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Arthur Rimbaud, un corazón entre las tinieblas

Un enfant terrible, un hombre maldito entre los malditos, así era Arthur Rimbaud, una de las más exquisitas plumas de la lengua francesa.

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Aunque Rimbaud abandonó la poesía a los 21 años, se convirtió en uno de los prodigios de la lengua francesa.
"By the Table", por Henri Fantin-Latour

Un enfant terrible, un joven maldito entre los malditos, así era Jean Nicolas Arthur Rimbaud, una de las más exquisitas y bellas plumas de la lengua francesa jamás escrita. Su poesía, irreverente y trágica, transgresora y surrealista, es precursora de eminentes letras como William Burroughs, Henry Miller y otros grandes de la generación beat que florecieron durante la era de la contracultura.

“Nada ordinario germina de esa cabeza. Será un genio del mal o un genio del bien”. Esa fue la sentencia premonitoria que dijo el maestro de escuela luego de que el joven Arthur ganara consecutivamente todos los premios de lectura y literatura de su escuela. La abrumadora expresión melancólica de su diáfana prosa combinada con la crueldad de su tez pálida, su voz quebradiza y sus enredados cabellos, lograron enamorar a Paul Verlaine y tras de él, al mundo entero.

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El "Shakespeare niño", como lo consideró Víctor Hugo, nació en Charleville el 20 de octubre de 1854, en el seno de un hogar desdeñable. Abandonados él y sus hermanos por su padre, Rimbaud pasó la infancia junto a su despiadada madre que lo castigaba encerrándolo en el granero de su casa, una experiencia que años más tarde inmortalizó en su poemario "Iluminaciones" de 1886:

En un granero, donde fui encerrado a los doce años, conocí el mundo, ilustré la comedia humana. En una despensa aprendí la historia. En cierta fiesta nocturna, en una ciudad del Norte, encontré a todas las mujeres de los antiguos pintores. En un viejo pasaje de París me enseñaron las ciencias clásicas. En una magnífica mansión cercada por todo el Oriente realicé mi inmensa obra y pasé a mi ilustre retiro. He braceado mi sangre. Mi deber me es remitido. No hay ni que pensar más en ello. Soy realmente de ultratumba y nada de comisiones

La asfixiante atmósfera de su hogar le ahogaba. Agobiado, Rimbaud escapaba una y otra vez de su casa. Lo hizo desde los 16, hasta que definitivamente huyó a París, sin dinero y abandonado a su suerte, que sería poca y no le duraría mucho. Terminó preso a mano de unos comisarios alemanes luego de que se colara en un tren. Tiempo después fue rescatado por Georges Izambard, quien además de pagar la fianza, lo hospedó en su casa por un largo tiempo y se convirtió en su profesor.

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Tras su regreso a casa, en mayo de 1871, Rimbaud le envió una de las llamadas Cartas del vidente. En esta carta (que incluye el poema El corazón atormentado), el joven Arthur le confiesa que quiere ser poeta, y que está trabajando para convertirse en un auténtico "vidente":

Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas yo sé expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos. Los padecimientos son enormes, pero hay que ser fuerte y haber nacido poeta, y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno culpa mía. Nos equivocamos al decir: yo pienso: deberíamos decir: me piensan. — Perdón por el juego de palabras. — Yo es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y mofa contra los inconscientes, que pontifican sobre lo que ignoran por completo!

En París, Paul Verlaine, que ya era un poeta consagrado, había quedado maravillado con los originales de Las primeras comuniones y El barco ebrio, que había recibido de Rimbaud. "Ven, querida gran alma, te esperamos, te queremos”, escribió desde París el otro maldito, agregando en el sobre de la carta un boleto de tren. Así fue como el joven Arthur se mudó a vivir con Verlaine y su joven esposa.

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Embriagados con ajenjo y hastiados de fumar opio y drogarse con hachís, este período junto a Verlaine fue el más productivo de toda su vida, hasta que en una de esas noches de excesos, Rimbaud acaba hiriendo a un fotógrafo con una vara metálica. Verlaine, para salvarlo de las autoridades, lo envía de regreso a la casa de su infancia. Pocos meses después, Arthur regresa a París a buscar a Verlaine, quien abandona a su esposa y a su bebé para irse con su joven amante a Londres.

¡Gracioso hijo de pan! En torno a tu frente coronada de florecillas y hayas, tus ojos, bolas preciosas, se agitan. Manchadas de parda hez, tus mejillas se ahuecan. Tus colmillos resplandecen. Tu pecho semeja una cítara, tintineos circulan por tus brazos rubios. Tu corazón late en ese vientre donde duerme el doble sexo. Paséate, de noche, moviendo dulcemente este muslo, aquel muslo y esta pierna izquierda.
Antiguo, 1886

En un viaje a Bruselas, Rimbaud y Verlaine discuten y, en medio de una borrachera, el joven poeta resulta herido de un disparo en la muñeca y su amante es condenado a dos años de cárcel. Inspirado en esta tormentosa relación, Arthur escribe Una temporada en el infierno, la única que publica en vida. Contrató a un impresor inglés y prensó cien copias, las cuales terminaron arrumadas en un sótano hasta que mucho después, a comienzos del siglo XX, un crítico francés las encontró.

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Arthur Rimbaud llegó en 1880 a un puerto del ardiente Cuerno de África, en el Mar Rojo, entre Arabia y Abisinia, bajo la asfixiante canícula y allí fue encontrado casi agónico por compatriotas que lo socorrieron y le ofrecieron trabajo. Llevaba años errando por el mundo, Suecia, Bélgica, Holanda, Alemania, Gran Bretaña, Chipre, Java, Zanzíbar, Egipto, Alejandría. Algunas veces encontraba trabajo en un barco u otras hacía de albañil o capataz, antes de partir de repente hacia otros rumbos, como si dentro llevara la condena del viaje y la angustia de expiar un pecado o buscar un espejismo lejano.

¿Será posible que Ella me haga perdonar las ambiciones continuamente pisoteadas, — que un final acomodado nos resarza de los periodos de indigencia, — que un día de éxito nos adormezca en la vergüenza de nuestra fatídica inhabilidad, (¡Oh palmas!, ¡diamante! — ¡Amor, fuerza! — más alto que todas las alegrías y todas las glorias! — de todas las maneras, en todas las partes, — Demonio, dios, — Juventud de este ser: ¡yo!), Que veamos en unos accidentes de hechicería científica y en unos momentos de fraternidad social la restitución progresiva de la ansiada libertad primigenia?… Pero la Vampira que nos vuelve amable nos ordena entretenernos con lo que ella nos deja o, si no, que seamos más tunantes. Andar a las heridas, por el aire fatigoso y el mar; a los suplicios, por el silencio de las aguas y del aire letales; a las torturas risueñas, en su silencio atrozmente encrespado.
Angustia, 1886

Este hombre irascible y amargo, elocuente y capaz de muchos silencios, trató de hacer una fortuna que nunca llegó, porque murió en Marsella a los 37 años, después de que le amputaran la pierna derecha sin saber que tras abandonar la poesía, se convertiría en uno de los mitos de la literatura universal. Ignoró que era el gran Arthur Rimbaud, el hombre con el corazón entre las tinieblas.