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Weegee y las formas del mal

Un hombre con un radio llega primero que la ley y a veces, primero que la muerte. Es el testigo que fotografía la noche en la Nueva York de los años 30's y 40's consumida por la mafia. Esta es la historia de Weegee, el reportero que logró capturar las formas del mal.

Hanna Arendt, alguna vez escribió que toda violencia por naturaleza era instrumental y “como todos los medios siempre precisa de una guía y una justificación hasta lograr el fin que persigue”. Para Weegee, retratar la violencia y sus consecuencias era la forma de subsistir, aunque por supuesto, con mucha polémica, ya que, en nuestra cultura occidental, la muerte aun considerada tabú es un momento de eterno respeto y consagración donde llega el fin de los tiempos para una persona y el inicio del mayor misterio de la humanidad; de manera paradójica, la vida, efímera en su cuantía, no ha logrado tener ese respeto perenne de la sociedad en general y se ha encargado de que la tragedia haga parte de todos nuestros días. Este, por supuesto, era el caso de la Nueva York de los años treinta del siglo pasado. Las cinco familias de la mafia ya dominaban la ciudad junto a San Francisco y Chicago tras el impulso que tomaron en los barrios de inmigrantes italianos los grupos de protección que se habían conformado después de las grandes migraciones europeas al continente americano en el inicio de siglo para después convertirse rápidamente en traficantes de alcohol, prestamistas y mensajeros de venganza en un país sumido por La Gran Depresión.

El caos necesita de un narrador que le de forma al absurdo. El de este colapso sería Usher H. Fellig nacido en una familia numerosa originaria de Zolochiv, hoy parte de Ucrania pero que en ese entonces era una provincia del Imperio Austrohúngaro. Cuando tenía solo diez años de edad en 1909 toda su familia migraría a Estados Unidos, allí, su nombre sería cambiado por Arthur. Como la mayoría de inmigrantes, la carencia fue parte de sus días. Trabajó como comerciante, asistente de ferrocarril y cuando tuvo 20 años sería contratado para ser técnico de laboratorio y además como fotógrafo de documentos. Aunque años después declararía que ser freelance era la única forma de lograr su trabajo, probablemente se deba a las escasas oportunidades que tuvo para ser un reportero contratado por un medio debido a su formación autodidacta que para ser reconocido y poder vender sus fotografías, pasaba el tiempo en las comisarías de la ciudad esperando escuchar alguna información para poder retratar el suceso.

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Su forma de trabajo, aunque particular, resultó provechosa. Para la década de los 30’s, en gran parte de forma ilegal y después con el permiso del comisionado, era el único reportero en toda la ciudad en tener un radio dentro de su carro con la frecuencia de la policía. Gracias a esto, lograba llegar primero que todos, incluso de la muerte, a cualquier hecho. Desde asesinatos, peleas, incendios, protestas o accidentes, allí estaba Fellig. Su rapidez y por supuesto, la presencia en este tipo de historias que decidía cubrir le ganaron el sobrenombre por el cual lo conocería el mundo: Weegee, una especie de juego de pronunciación con la palabra ouija, para aquél hombre extraño que habla con los muertos, que fotografía las formas del mal que aparecen en la noche y que traduce la oscuridad en obras de arte; el distinto, el que vive en su pequeño carro dotado de bombillas de flash, negativos y la radio con las calamidades siempre sonando.

Weegee
Weegee escribiendo en el maletero de su carro mientras fuma. 1942.

Las fotografías de Weegee, aunque crudas impusieron una estética que aún se mantiene. Develaron, el gusto por enfrentarnos a la muerte, lo catastrófico y la tragedia cotidiana sin la necesidad de ser los protagonistas; supo ser el filtro estético entre el desgarro social del crimen para convertirlo en un objeto que producía un efecto visual parecido al placer. La obra de Weegee aunque generó conmoción, más allá del escándalo supuso la fama para el reportero. Tanto sería su impacto, que rápidamente, no solo sería el de los crímenes (aunque fuese reconocido por ello) sino que también retrató a la alta sociedad que pululaba en New York, tanto así que llegó a los círculos donde figuras representativas mundiales como Dalí o Marilyn Monroe pidieron ser retratados por él. A partir de la década de los 40’s sería expuesto su trabajo en el MoMa, lanzaría su libro de fotografías Naked City considerado una de las piezas fundamentales de la fotoreporteria y comenzaría a trabajar y hacer algunas colaboraciones con producciones de Hollywood derivando en un trabajo experimental, alejado de sus temas de referencia hasta su muerte en 1968.

Vea aquí la película de culto The Naked City (1948) inspirada en el libro de fotografías de Weegee en su idioma original.

Weegee
Pareja besándose en una proyección 3D en el Palace Theater, 1945.

Sobre lo ético

Por supuesto también hay una pulsión con este tipo de imágenes. ¿En qué nos convertimos cuando nos alimentamos de estas fotografías? ¿Se banalizan las consecuencias del mal o por el contrario nos hacen más conscientes? El tema, en general, fue tratado por Susan Sontag en su ensayo Ante el dolor de los demás publicado en el 2003. “¿Quiénes son el «nosotros» al que se dirigen esas fotos conmocionantes?” se pregunta la escritora y filosofa mientras toma de referencia Tres Guineas de Virginia Woolf, el ensayo donde le responde a un hombre que le preguntó sobre cómo evitar la guerra. Ese «nosotros» incluiría no únicamente a los simpatizantes de una nación más bien pequeña o a un pueblo apátrida que lucha por su vida, sino a quienes están sólo en apariencia preocupados —un colectivo mucho mayor— por alguna guerra execrable que tiene lugar en otro país. Las fotografías son un medio que dota de «realidad» (o de «mayor realidad») a asuntos que los privilegiados o los meramente indemnes acaso prefieren ignorar, complementa Sontag. La obra de Weegee y su valía radica precisamente en eso, mostró, aquello que se oculta tras cifras, titulares grandilocuentes y nombres sin rostro. Se encargo de retratar, más allá del mal, la cara de una ciudad (y un país) que pocas veces ha hecho introspección para curar sus heridas y poder ser, ese ejemplo que pregonan ante el mundo.

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"Refinada de manera moderna y consabida -adoptando la desmaña, la ingenuidad, la sinceridad antes que la destreza y el artificio del alto comercio y del arte-, Arbus señaló que el fotógrafo del que se sentía más cerca era Weegee, cuyos brutales retratos de víctimas de crímenes y accidentes eran la materia prima de los tabloides de los cuarenta. Las fotografías de Weegee son sin duda perturbadoras, su sensibilidad es urbana"
Susan Sontag, Sobre la fotografía (1977) hablando sobre la influencia de Weegee en la fotógrafa Diane Arbus y la fotografía de ciudad.

No obstante, también queda cierta duda sobre la espectacularización de la tragedia y basar toda la vida, explotando este recurso que parece inagotable. Sin embargo, elijo creer que como escribió Sábato en Sobre Héroes y Tumbas, en un trasfondo, esa capacidad de retratar la muerte es una esperanza universal por la vida: “el hombre no está solo hecho de desesperación sino de fe y esperanza; no solo de muerte sino también de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y amor. Porque si prevalece la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede. Lo que demostraba, a su juicio, la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos. Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que este mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación. Pero, por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades.”

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