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En busca del sonido perfecto

Antes de empezar a fabricar violines, Svetozar Bogdanovski había sido pintor toda su vida y nunca se planteó cambiar los pinceles por los arcos de crin de caballo, hasta que el descubrimiento del talento de su hijo pequeño, Kostadin, con este instrumento le llevó a aprender a fabricarlos.

Svetozar Bogdanoski
El luthier Svetozar Bogdanoski trabaja en un violín en su taller en Veles, Macedonia del Norte, el 14 de octubre de 2022.
AFP.

Lo que empezó como un pasatiempo y una forma de procurar un violín a sus dos hijos pequeños -su hija menor, Frosina, pronto quiso también aprender a tocarlo- se convertiría con los años en una búsqueda obsesiva del sonido perfecto.

"Cada vez me alejaba más de la pintura y me adentraba más en los secretos de la fabricación de violines y la búsqueda del sonido", explica Bogdanovski a EFE.

"El sonido se convirtió en una obsesión. Lo que antes era pintura sobre lienzo se convirtió en una búsqueda del color del sonido: el volumen y la fuerza del sonido se convirtieron en mi ocupación diaria".

Alimentar esa obsesión requería una determinación insaciable por aprender el oficio de luthier y asumir los vastos conocimientos y las variadas técnicas necesarias para producir un instrumento de la máxima calidad. "Para muchos era ilógico, pero yo no pensaba mucho en lo que me estaba metiendo. Estaba decidido a triunfar", afirma.

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Compromiso con el oficio

La fabricación de violines es "muy compleja, delicada y requiere vastos conocimientos", así como herramientas y materiales específicos, explica Bogdanovski, que recuerda que cuando empezó su andadura como maestro violinista, "no había Internet" ni video-manuales en Youtube, y la bibliografía que poseía "era muy pobre".

Uno de los materiales más importantes es la madera "altamente acústica", como el abeto y el arce, que, por suerte para Bogdanovski, abundan en las montañas de Bosnia-Herzegovina, con lo que iba a los bosques a escoger él mismo los árboles, algunos de 400 ó 500 años de edad.

Pero pronto se dio cuenta de que viajar para elegir las mejores materias primas no bastaba para conseguir el sonido perfecto. "Hay que sumergirse en la propia profesión, la construcción del instrumento, la construcción del sonido, armonizar todo lo que hace que el instrumento reproduzca el mejor sonido", dice.

El último elemento crucial para que el violín cante es el arco, que Bogdanovski califica de "capítulo especial aparte" en el minucioso proceso de fabricación de un violín.

"Requiere conocimientos de la más alta tecnología, resinas, aceites esenciales y bálsamos (...) Hay que conseguirlos, recogerlos, estudiar su carácter para poder fabricar un arco que sea elástico, resistente y duradero", explica. Para esta labor ha contado con el apoyo de su esposa Tanja Biseva, que es violinista profesional y también es artista.

Búsqueda eterna

A medida que mejoraba la calidad de sus trabajos y sus hijos se convertían en maestros violinistas tocando los instrumentos hechos a mano por su padre, se corrió la voz entre músicos destacados, que viajaban desde muy lejos a su taller para arreglar sus propios violines o comprar un Bogdanovski.

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"La buena palabra viaja lejos", afirma el luthier, que ha ganado dos veces el premio de la Violin Society of America (VSA) en Estados Unidos.

"Hoy mis violines se comparan con los de los mejores maestros clásicos de la era clásica italiana. Es un gran placer haber alcanzado un nivel tan alto", afirma Bogdanovski, que cree que gran parte de su éxito se debe a su "intuición artística", a diferencia de otros luthiers que prefieren un enfoque más técnico.

"Yo confío en mi instinto interior, mi intuición y mi tacto", afirma Bogdanovski, que lleva más de 30 años en busca del sonido perfecto.

"¿Dónde está el final de esta búsqueda del tono perfecto? Creo que no hay final porque el tono es fluido, como la eterna búsqueda de la piedra filosofal en los talleres de los alquimistas", afirma.

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