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Los libros prohibidos y la censura en Colombia

Bajo la mirada de los gobiernos y de la iglesia, la censura ha estado presente en casi toda la historia de la literatura colombiana.

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Por estos días ha suscitado en el país una nueva controversia, esta vez sobre la posible censura que sufrieron algunos escritores al no ser incluidos como parte de la lista de invitados a la Feria del Libro en Madrid que se celebra por estos días en España. “Uno no quisiera que una feria literaria se convirtiera en una feria política, ni para un lado ni para el otro (…) se ha tratado de tener cosas neutras donde prime el lado literario de la obra”, aseguró el embajador de Colombia ante ese país después de que se le preguntara por la exclusión de algunos autores.

Hay que tener en cuenta que el tema de la censura en las letras colombianas no es nuevo. Uno de los casos más antiguos y documentados data de los tiempos de la Colonia cuando el Virrey José Manuel de Ezpeleta ordenó en 1794 la desaparición todas las copias existentes en Santa Fe de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, traducida del francés e impresas por Antonio Nariño.

Durante los años de la independencia, la tradición de censurar libros era mucho más de la raigambre eclesiástica. Durante este tiempo, la iglesia poseía un índice de libros prohibidos que no podían ser exportados a América y que, en caso de ser traídos, debían ser destruidos. Dos de esos textos fueron Niebla, de Miguel de Unamuno y Las flores del mal, de Baudelaire. Otros, por su parte, tenían tachaduras con color rojo sobre las frases prohibidas por la diócesis. Dicho índice, que nació durante la época de la Inquisición, fue reeditado y ampliado en ocho ocasiones, hasta su abolición en 1848.

Un siglo más tarde se presentaron nuevos casos. En 1866, el presidente Tomás Cipriano de Mosquera mandó incinerar el libro Geografía general de los Estados Unidos de Colombia, compilado por Felipe Pérez, pues supuestamente favorecía a Brasil en sus amplias pretensiones de expansión sobre los territorios del Amazonas. Cincuenta años más tarde y con razones similares, Marco Fidel Suárez censuró la obra La Amazonia colombiana, una publicación de Demetrio Salamanca hecha en 1916 y de la que solo se conservan tres copias, una de ellas, en la Biblioteca Luis Ángel Arango.

En 1888 y durante la presidencia de Rafael Núñez, se firmó un concordato con la iglesia, donde el gobierno colombiano se comprometía a impedir que en las aulas de clase se propagaran las ideas contrarias al dogma católico. La puesta en marcha de este acuerdo significó la prohibición de las obras de Voltaire, Jean Jacques Rousseau, Charles Darwin y Thomas Paine, entre otros.

Dos décadas más tarde, el sacerdote español Pedro Ladrón Guevara que se había radicado en Bogotá en 1906, publicó un manual de censura literaria. En la introducción del manual se explica que un libro habría de ser censurado por ser “herético, impío, incrédulo, blasfemo, clerófobo, malo, de malas ideas, deletéreo, dañino, peligroso, inmoral, obsceno, deshonesto, lascivo, lujurioso, libre, indecente, cínico, voluptuoso, sensual, apasionado, peligroso para jóvenes, imprudente y temerario”. Tras su publicación en 1910, la lista del religioso llegó a 2057 obras censuradas.

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En esta lista estuvo el escritor José María Vargas Vila, un consumado liberal radical que publicó la mayoría de sus novelas durante la hegemonía conservadora, entre 1886 y 1930. La iglesia aseguraba que su ateísmo influenciaba a los lectores a través de sus libros, especialmente Aura o las violetas, publicada en 1887. En este manual también fue señalado el General Rafael Uribe Uribe por su ensayo El liberalismo colombiano no es pecado, publicado en 1912, y Bernardo Arias Trujillo con su obra Por los caminos de Sodoma: confesiones íntimas de un homosexual en 1932.

Con el paso del tiempo, la censura en el país fue intensificándose. Pero no sería hasta después de los sucesos del Bogotazo el 9 de abril de 1948, cuando los ánimos caldearon el escenario político. Durante la presidencia de Mariano Ospina Pérez, el periodista Jorge Zalamea era director de una revista crítica del gobierno. En 1951, en una de sus ediciones, Zalamea publicó La metamorfosis de su excelencia, un relato con el que criticó vorazmente al presidente. Al enterarse, Ospina hizo retirar todos los ejemplares de los puntos de venta. Un año más tarde, Zalamea se exilió en Argentina donde escribió El gran Burundú-Burundá ha muerto. Ambas ediciones tuvieron que comercializarse hasta 1976.

Tras su publicación en 1967, Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez estuvo prohibida en algunos colegios y en algunas universidades del país por un lenguaje que, para algunos académicos de la época, era considerado soez además de desarrollar escenas explícitas de sexo. Solo hasta 1982 y tras ganar el Premio Nobel de Literatura, la novela fue desprendiéndose de ese veto histórico.

El caso de quema de libros más reciente en el país sucedió el 13 de mayo de 1978, día en que se celebraba de la fiesta de la Virgen de Fátima. Esa noche, Alejandro Ordoñez Maldonado, actual embajador de Colombia en la OEA del Gobierno de Iván Duque, junto con varios miembros de la organización “Tradición, Familia y Propiedad” hicieron una hoguera en Bucaramanga con el propósito de quemar libros que fueron sacados de una biblioteca pública. Entre las obras que alimentaron las llamas figuraban títulos de Descartes, Gabriel García Márquez, Sigmund Freud, Karl Marx, Thomas Mann, revistas y periódicos con fotografías de desnudos femeninos y hasta una Biblia protestante.