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Sylvia Molloy y el mirarse a sí misma

La escritora y profesora argentina Sylvia Molloy falleció ayer en su residencia en Nueva York a sus 83 años. Su trabajo fue crucial para la literatura LGBTIQ+ y la crítica literaria. Aquí traemos un fragmento de su libro "Desarticulaciones".

Sylvia Molloy
Sylvia Molloy creó la maestría en escritura creativa español en la New York University, la primera en los Estados Unidos.
Lucio Ramírez.

Sylvia Molloy marcó la literatura argentina y su trabajo es admirado por la crítica literaria a nivel mundial. Molloy descubrió que escribir acerca de lo que le sucedía era una forma de recuperar la memoria y volverla novela.

En Desarticulaciones, publicado en el 2010 por la editorial Eterna Cadencia, Sylvia Molloy narra en primera persona, siendo ella la protagonista y quien encarna a aquella mujer preocupada por una vieja amante que perdió la memoria por el Alzheimer.

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Aquí le traemos un fragmento de esta novela que es un reflejo de lo que sentía Sylvia y que hizo parte del proceso creativo para implementar la autobiografía como su género característico. La escritora también dejó huella en quienes aman libre y para quienes no logran hacerlo del todo, su literatura es, tal vez, el refugio en medio de la oscuridad.

Desarticulaciones

Para ML., que todavía está

Tengo que escribir estos textos mientras ella está viva, mientras no haya muerte o clausura, para tratar de entender este estar/no estar de una persona que se desarticula ante mis ojos. Tengo que hacerlo así para seguir adelante, para hacer durar una relación que continúa pese a la ruina, que subsiste aunque apenas queden palabras.

Desconexión
La fuimos a ver una tarde y, mientras yo me cercioraba de que todo estaba en orden, E. se quedó conversando con ella en su dormitorio, donde pasa buena parte del día, mirando a través de la ventana el exiguo rectángulo de cielo que queda entre dos edificios. Me contó algo que no sé si sabía que me estaba contando, me dijo E. cuando volvimos a casa, me contó que de chica fue con una tía a visitar a una parienta vieja que estaba internada muy grave, conectada a una máquina, y que en algún momento en que estaban solas con la enferma la tía había hecho un movimiento con la cabeza, como asintiendo -me mostró el movimiento, me dice E., reproduciéndolo a su vez-, y ella se había agachado y había desconectado la máquina que respiraba por la enferma. Y que después se habían ido. E. me dice que no sabe qué desencadenó esta historia, ni si se daba bien cuenta de lo que le estaba contando, pero era como si necesitara contármelo, dice, o contárselo a alguien, a lo mejor no se lo ha contado nunca a nadie. O a lo mejor lo inventó, pienso yo, preguntándome si conectaban a la gente a máquinas que la mantuviera viva en los años veinte, o a lo mejor esto pasó más tarde y lo cuenta como si hubiera ocurrido cuando era chica, para diluir la responsabilidad de matar a alguien. No lo sabremos nunca, claro está, porque ya ha olvidado esta historia. Y da lo mismo.

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Releo lo escrito y se me ocurre otra cosa, acaso obvia: ¿Y si nos estuviera pidiendo algo?

Retórica
A medida que la memoria se esfuma me doy cuenta de que recurre a una cortesía cada vez más exquisita, como si la delicadeza de los modales supliera la falta de razón. Es curioso pensar que frases tan bien articuladas -porque no ha olvidado la estructura de la lengua: hasta se diría que la tiene más presente que nunca ahora que anochece en su mente-no perdurarán en ninguna memoria. Esta mañana cuando llegué dormía profundamente, después de la frenética alteración de ayer. Abrió los ojos, la saludé, y dijo “Qué suerte despertar y ver caras amigas". No creo que nos haya reconocido; individualmente, quiero decir. Hace dos días, antes de la crisis, le pregunté cómo se sentía y me dijo “Bien porque te veo". A la enfermera hoy le dijo “Estás muy linda, te veo muy bien de cara”, a pesar de que era la primera vez que la veía y que la enfermera no hablaba español. Traduje, y la enfermera la amó en el acto. También la amó en el acto, recuerdo, una mesera negra dominicana que nos atendió un día en un café, cuando todavía andaba (por la ciudad sin perderse. La mujer nos oyó hablar español y cuando le dijimos de dónde éramos no podía creerlo, dijo que no nos imaginaba latinoamericanas porque éramos de "raza fina". Como un rayo ella respondió “raza fina tiene la gente buena”. A una amiga que no la ve desde hace tiempo y a quien llevo a verla: “¿Querés que te muestre la casa?”. Y ante nuestra sorpresa nos lleva de cuarto en cuarto como si se acabara de instalar y nosotros la visitáramos por primera vez.

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Lógica
Opera impecablemente por deducción, con lo cual compruebo, una vez más, que para pensar razonablemente no es necesaria la razón. Como siempre me pregunta por E., aunque a estas alturas el nombre para ella se ha vaciado, cuando la ve igual me dice, cuando me despido, cariños a E., como si no estuviese allí. Le contesto E. está bastante cansada, hoy tuvo un día largo en el juzgado. Por supuesto, me contesta, es verdad que ustedes andan complicadas con ese juicio terrible. No, me apresuro a contradecirla, no, como para ahuyentar la posibilidad de que sus palabras tengan poder convocatorio, no, qué esperanza, simplemente tuvo un día largo en el juzgado porque allí trabaja, es abogada. Me parece que la desilusiono. Creo que su explicación, en cierto sentido perfectamente lógica (juzgado, por ende juicio), le gustaba más. Era por cierto más dramática.

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