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Cinco poemas de Carmen Alardín

La poeta mexicana fue maestra de Letras en la UNAM, su voz fue grabada en las ediciones de "Voz viva de México" en 1990 y en el 2004 fue instituido el Premio Literario Carmen Alardín. Hoy conmemoramos ocho años de su fallecimiento con una selección de poemas.

Carmen Alardín
Carmen Alardín fue una de las poetas que marcó la literatura mexicana.
Cortesía.

Era todo tan leve como el punto

más liviano del sol cuando amanece.
Era todo tan suave como el higo
picoteado de pájaros con sueño.
Era luz que se quiebra en tu sonrisa
suspendiendo sus frutos en la sombra.
Era todo tan tenue que cabía
en un adiós o en una bienvenida.
Era todo tan tuyo y tan ajeno
que se fue dispersando con la vida.

Sin palabras quiero guardarte,

sin memoria, sin espectros,
sin ningún más allá que nos pregunte,
sin ningún más acá que nos conteste.
Guardarte elemental y simplemente
como un poco de lluvia en el tejado,
o el caracol retiene, según cuentan,
el sonido del mar.

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Otras navajas

Qué lástima mi amor que las navajas
se utilicen con fines asesinos,
porque podrían relucir al cabo
de una noche brillante y oportuna
delineando la curva de tus senos
y haciendo un viaje utópico a la isla
donde se oculta inmerso mi pasado.
Qué lástima mi amor que las navajas
tengan tan mala fama en las novelas,
pues con ellas se graban iniciales
de un amante que triste se despide
junto a su amada en un atardecer.
Qué lástima mi amor que las navajas
no recuerden tu sangre ni mi sangre
porque el pacto de luna hace ya mucho
que tras una muralla se ocultó.

Inesperada sangre

Tan inmersa en la vida parecías
que nadie imaginó que se abrirían
tus alas más allá del corazón.
Tan inmersa en la vida te cruzabas
con ballenas de luz y alegres peces,
que nadie te advirtió que las escamas
del dolor circundaban tu futuro.
Tan inmersa en la luz, tan dibujada
la corta línea de tu vida,
se apagó y nos dejó frente a los ojos
la sangre que fluyó sin anunciarse.

Señales

Elegiste su alma y la llenaste
de naranjas ingrávidas,
de tazas de café junto a los puertos,
de simulacros, de ángeles dormidos.
Elegiste su nombre y lo mezclaste
con las letras del tuyo,
con médulas de buey
y semen de serpiente,
hasta dar con el cuerpo requerido
para cruzar el muro de otros mundos.
Elegiste un espacio y lo llenaste
con la humareda de tu ausencia.
Fue así como el amor te dio la fuerza
para volar sobre la muerte.