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"Los dormidos y los muertos": la historia de la farsa y la tragedia

Hablamos con Gustavo López sobre su más reciente novela y cómo, según él, Colombia no ha hurgado suficientemente desde la ficción, inclusive desde la poesía y el arte, en su propia y triste historia.

LosDormidos
"Los dormidos y los muertos" es una novela histórica que a través de una familia en Manizales cuenta la historia del país.
Cortesía

La historia de Colombia es cíclica. Al adentrarnos en los momentos álgidos y violentos es sencillo sentir un deja vú: la lectura de ellos parecen un agujero en el que no avanzamos, ni retrocedemos. Sobre esa cartografía de nosotros mismos escribe Gustavo López en su más reciente novela Los dormidos y los muertos (editada por Rey Naranjo). Ahí navega por la historia de Colombia —específicamente entre de 1930 y 1966— para reconstruir una figura política que marcó su vida, la de Laureano Gómez. En el proceso trazó líneas difusas entre la rigurosidad histórica y la ficción, atravesando una familia inventada que guarda algunos aspectos similares a la suya.

Hablamos con Gustavo López sobre la posibilidad de habitar la historia desde la ficción y la importancia del pasado en el presente de un país.

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"Muertos y Dormidos" se enuncia en el título y en toda la novela como una sentencia irreversible, con todo el peso de la muerte que es el final, el gran final de la vida. Sin embargo, al final se dejan ver algunas formas de conciencia a lo largo de la historia. ¿Cómo fue escribir un libro enmarcado en el siglo pasado, pero que parece un poco conversar con la actualidad del país?

Yo soy una persona esencialmente de pesimista. No manejo una cierta dosis de optimismo. A veces puedo ser catastrofista, he oído que algunos pensadores dicen que nosotros los colombianos somos por esencia catastróficos. Yo me sitúo en esa línea, en esa periferia de personas que piensan no necesariamente que las cosas van mal, siempre han ido mal y van a empeorar; pero sí creo que nosotros merecemos una mejor suerte como nación y como personas. Ahora bien, nosotros necesitamos y estamos llegando a un despertar. Ese despertar de los dormidos no necesariamente nos va a llevar a un futuro de progreso y de mejoría, pero por lo menos tiene que haber un cambio.

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Diría que esta es una novela del siglo pasado que tiene sus raíces en el siglo XIX, cuando Colombia comenzó su período de independencia, es decir, la descolonización del país. Lo primero que hicieron los próceres, o sea los fundadores de la patria, fue embarcarse en una guerra civil que se llamó La Patria Boba. En 1811 ya las tropas de federalistas y centralistas estaban combatiendo entre sí y eso permitió la reconquista española. Después, cuando Bolívar y Santander logran, digamos, la independencia del país y establecer lo que llamaríamos la patria nueva, lo más importante que hay en ese período y ha sido recalcado por los historiadores, es el conflicto entre Bolívar y Santander. Un conflicto a muerte que llevó a que Bolívar tuviera que volarse de la casona presidencial y refugiarse en una quebrada en una fría noche septembrina en el siglo XIX. Gabriel García Márquez recuerda en el coronel Aureliano Buendía, que peleó 32 guerras y las perdió todas., y así hasta hasta nuestros días, los conflictos nos siguen persiguiendo

Bajo ese ese pensamiento, Gustavo, ¿usted cree que la historia de Colombia o que el único destino, quizás, de la historia de Colombia sea ese de ir en bucle, de repetirse y encontrarse con la fatalidad y la muerte?

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A veces tiende uno en sus días de pesimismo a creer que Colombia es esa rata que se muerde la cola y que su historia vuelve y se repite, primero cómo farsa y después cómo tragedia. Siempre, siempre he creído que las cosas pueden empeorar y tienden a empeorar. Evidentemente que no podemos decir que estamos en los mismos indicadores del siglo XIX o de principios del siglo XX, no, pero también uno se da cuenta de que en cuanto al constructo social, a la mentalidad misma, Colombia tiene unos grandes rezagos y unas grandes deudas pendientes con la modernidad y con la racionalidad.

A veces tiende uno en sus días de pesimismo a creer que Colombia es esa rata que se muerde la cola y que su historia vuelve y se repite, primero cómo farsa y después cómo tragedia.

Ese pensar es evidentemente un pensar pesimista, pero no necesariamente tendremos que abandonarnos a la desesperanza. Siempre tendrá que haber un espacio para la esperanza, como decía el escritor de El hombre unidimensional, Herbert Marcuse, "Solo a los sin esperanzas le será dada la esperanza". Cuando llegue un momento en nuestra propia historia en que ya no encontremos más camino que recorrer, habrá la posibilidad de abrir un boquete y volver a salir por ahí y levantar la cabeza. Eso es lo que yo creo. No creo en un futuro lleno de logros o de felicidad instantánea. El reino de cucaña del que hablaba Estanislao Zuleta. Precisamente nosotros somos un país de dificultades y Zuleta decía en el Elogio de la dificultad, porque no hay que añorar un mundo feliz y olvidado, no hay que buscar, es un mundo posible.

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En un momento de la cultura, del arte y en general de la vida, donde se premia la rapidez y la urgencia, donde todo tiene que ser muy digerible, ¿por qué optar por escribir una novela larga que requiere toda una revisión histórica muy juiciosa del país? ¿Por qué hacerlo de esa manera?

Parto de una teoría auto invocada y es que Colombia no ha hurgado suficientemente desde la ficción, inclusive desde la poesía y el arte, en su propia y triste historia. En España se publican al año 70 novelas sobre la guerra civil española, es decir, un período de tres años de 1936 1939 en la que España se desangró y Colombia, que tiene un período específico de la violencia liberal conservadora que comenzó en 1930, porque la violencia no comenzó en el 48 con la muerte de Gaitán, fue una hecatombe, y siguió hasta 1965. Cuando esa violencia transmutó de una violencia campesina rural, en una violencia de corte citadino.

Parto de una teoría auto invocada y es que Colombia no ha hurgado suficientemente desde la ficción, inclusive desde la poesía y el arte, en su propia y triste historia.

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Cuando comenzamos a buscar su correlato literario encontramos que hay muy poquita obra. El mejor para mí, hasta ahora, es Estaba la pájara pinta, de Alba Lucía Ángel; En segundo lugar, García Márquez con La mala hora; después viene lo de Gustavo Álvarez Gardeazábal. La novela de violencia generalmente se escribía en clave rural y esta intenta mirar cómo pudo haber impactado en una ciudad de la pequeña provincia colombiana como Manizales y cómo afectó a una familia de la pequeña burguesía. Un peluquero así como mi padre y unos hijos que fueron creciendo al influjo de los cambios que se venían suscitando en ese período de la historia de Colombia, porque precisamente es uno de los hechos importantes para resaltar y es que esa violencia comienza a declinar —la violencia liberal conservadora— cuando a su vez, comienzan a aparecer otros movimientos intelectuales que miraban el país desde otra perspectiva.

La familia es indispensable en la estructura del libro. ¿Cómo fue para ti hacer una inmersión en su propia familia dentro del proceso de escritura? ¿Qué descubre uno de su familia cuando la habita desde la ficción?

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La novela no tiene el carácter autobiográfico que podría parecer, yo retomo algunos elementos de mi propia familia, pero no para hacer un ajuste de cuentas con mi pasado. Pero sí busco encontrar unos elementos de mi familia que puedan ser importantes para la fabulación literaria. Por ejemplo, el ser godos, el ser de Manizales, el vivir en el barro los agustinos, que era un barrio muy tradicional que la pequeña burguesía artesanal manizaleña, porque entonces uno va viviendo al principio como la familia le enseña. Esa estructura lo llena todo con su ejercicio y con su ejemplo y con sus órdenes, con su ordenamiento jerárquico y de pronto, a medida que los hijos van encontrando, van abriéndose al mundo, esa estructura comienza a resquebrajarse y los hijos comienzan a mirar el mundo de otro modo.

Así me pasó a mí cuando descubrí la actividad política desde la izquierda. Cuando yo entré a la universidad fueron los años en los cuales no había movimientos trotskistas, movimientos del Partido Comunista marxista leninista, movimientos que fueron derivado también en un accionar violento. Esa fue la época en la que comenzaron a aparecer vertientes o facciones del marxismo leninismo maoísmo y derivó en la incursión de intelectuales y estudiantes universitarios en la guerra de guerrillas, casi siempre de una manera absurda y de una manera fugaz que terminó mal, porque siendo seres de ciudad, siendo pequeña burguesía, las inclemencias del campo pasan factura inmediatamente.

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Volvamos sobre una cosa que mencionó en otra entrevista, usted dijo que el desafío que tiene uno cuando hace ficción sobre un personaje nos estereotipar. Hay una obligación no dejarse llevar por la simpatía, por la ideología o por la antipatía. Sin embargo, no podría decir que la escritura es un asunto neutral y uno se escapa de los prejuicios del autor. ¿Cómo medió usted con su opinión en la construcción de los personajes de este libro?

La literatura no puede ser neutral, pero tampoco puede tener un compromiso ideológico o un compromiso político, ni siquiera un compromiso temporal. La literatura tiene que ser atemporal y un escritor en últimas termina por ser visto desde una perspectiva más estética o ética que cualquier otra perspectiva política. Obviamente que hay escritores que han incursionado en la política y casi siempre, cuando los escritores lo hacen bien sea en la derecha o en la izquierda, lo hacen de mala manera. Se vuelven realmente unos perros guardianes de la ideología. Hay que ver el espectáculo tan lamentable que exhibe Mario Vargas Llosa cuando hace sus defensas a ultranza del libre mercado, ni siquiera se toma el trabajo de defender la democracia, sino que defiende el libre mercado, lo cual lo sitúa en la perspectiva más tacheriana del espectro político.

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Generalmente esa escritura es sucia, llena de borrones. Es una escritura que nunca está hecha para sobrevivir. Termina por ser un artilugio literario, como una anomalía, pero la gran escritura —piensen en Borges— en su obra solamente se advierte una decisión por contar una historia de la mejor manera posible. Entonces, cuando yo construyo un personaje o construyo una situación, me olvido perfectamente de lo que yo pueda pensar políticamente, pero busco estar inmerso en esa realidad paralela que genera la ficción. Es un oxímoron, la realidad que genera la ficción. Pero tiene que ser así, usted está construyendo, está haciendo una distorsión de la realidad. No hay una historia que pueda ser fidedigna y peor aún, lo que dice Juan Gabriel Vásquez en El arte de la distorsión yo lo suscribo completamente, la ventaja de una novela literaria basada en la historia no es contar genuinamente lo que sucedió en la historia, sino aprovechar esa libertad creativa que tiene el escritor para poder generar una nueva obra, una nueva manera de ver el mundo. Tal vez para pensar lo que debió haber sido el mundo y no lo que fue.

Esa inmersión nos devuelve a un primer punto que hablábamos en esta conversación y son los vacíos de la historia que tenemos todos, del eterno desconocimiento y quisiera que nos contara ¿qué aprendió usted en la escritura de este libro sobre Colombia?

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Sí, aprendí mucho. Primero que todo aprendí que la que la élite colombiana, como decía Antonio Caballero, el recordado y el nunca bien ponderado Antonio Caballero, Colombia no tiene clase dirigente, tiene clase dominante. hay una élite que en este país no ha tenido una empatía suficiente con su propio entorno, que no ha aprendido de la historia, que no ha querido meterse Y darse la pela de crear, construir un país posible para todos. Y aprendí además, que hay un montón de historias todavía que merecen ser contadas. Voy a poner un ejemplo, la guerra de Villarrica.

Es una guerra olvidada que estuvo muy vigente entre 1953 y 1955. tuvo como fundamento a el municipio liberal de Villarrica en el Tolima, que fue a bombardeado con napalm por orden de Gustavo Rojas Pinilla. Hay un mito en el cual se dice hubo napalm en la guerra de Villarrica y resulta que la investigación que yo he logrado reunir, inclusive fotografías, muestran que si hubo una un bombardeo en aviones 26 de la Fuerza Aérea Colombiana y Thunderbolt contra el municipio. Lo que pasa es que yo creo que no fue suficientemente la carga de napalm como para que fuera tan devastadora su consecuencia.

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En la biografía no autorizada de Gustavo Rojas Pinilla muestran cómo este se empeñó en destruir cualquier vestigio de resistencia en una en una zona del Tolima que estaba muy cercana a sus propias fincas. Ese era su principal interés. Entonces uno va aprendiendo de la historia y quiere saber más y quiere que se cuente más. Obviamente yo no voy a quedarme en la novela histórica porque creo que el escritor tiene que buscar en uno u otro lado su su nicho estético, pero me parece que hay una, los escritores jóvenes deberían podrían. Ojalá busquen acercarse más a estos eventos de la historia de Colombia. Intenten contarlo desde su propia perspectiva.

Este libro plantea como un pequeño gran desafío la mezcla de la investigación rigurosa y el universo de la ficción. ¿Cómo sentía usted que se le iba la pluma? ¿Hasta dónde iba la historia y cómo iba la ficción? ¿Cuál era ese punto de encuentro?

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Comenzó como una historia en la cual el personaje central iba a ser Laureano Gómez. Para mí es un recuerdo infantil, mi familia tenía una adoración especial por él y mi papá lo invocaba a cada rato y yo me preguntaba quién era ese señor tan importante que tenía toda la devoción familiar. Entonces comencé una investigación que iba desde los discursos, la mentalidad Laureaninta y encontré a James Henderson que es un profesor norteamericano, quien se dedicó largo tiempo a estudiar la historia de Colombia y tiene dos libros fundamentales para entender esto. Primero es la modernización en Colombia, los años de Laureano, Cuando Colombia se desangro, un análisis muy interesante sobre la violencia en el Tolima de los 40 y los 50.

Cuando ya tuve un perfil claro de lo que era Laureano Gómez, su hispanismo o su catolicismo, su dogmatismo, recuérdese que inclusive en su momento Laureano Gómez fue llamado El hombre Tempestad, el monstruo y Gilberto Alzate Avendaño, un contradictor dentro de su propio partido, decía "Es que lo que quiere Laureano es disciplina para perros". Ya construido el perfil, entendí también que no iba a ser una novela histórica, sino que tenía también que incluir los elementos precisamente que la habían enriquecido desde el principio: una historia familiar. Comencé a construir la historia en un doble plano, el plano de la familia y el plano de la historia, y a veces pasaba eso, que tenía un capítulo en el cual hablaba de la entrevista de Laureano Gómez y su ejercicio político y la violencia desatada en la provincia al tenor de su voz de relámpago, o al otro día, amanecía escribiendo una un ensayo de estética para cuestionar la obra de Débora Arango o escribía sobre Gandhi. Él era un profundo admirador del Mahatma Gandhi, como algunos piensan que él era nazista. Él era un enemigo acérrimo de Adolfo Hitler y de su y de su solución anti judía. Él era reaccionario. Era falangista al modo de Francisco Franco y de Oliveira Salazar, porque él era ante todo católico.

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En el segundo elemento había unos trozos pequeños de mi familia, pero fundamentalmente de la mentalidad pequeño burguesa de Manizales, incluyendo la Catedral de Manizales que ha sido tan importante mi propia familia, el periódico La Patria y la vida cotidiana de Manizales de entonces. Quería hacer esa reconstrucción para que no quedara solamente como una novela, apenas con un fondo histórico, sino que fuera una ficción completa. Decía Jorge Orlando Melo que queda aprender historia leyendo un libro de ficción está cometiendo un error. El que quiere aprender historia que vaya a los libros de historia. Esto es para uno recrear, entender mejor y recrearse con esas fabulaciones. Pero no es la historia real.