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Roberto Roena y la fuerza del bongó

"Potente cual marejada" fue la vida de un hombre que se fugó de la candela, pero que ardía en cada respiro. Adiós a Roberto Roena.

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Sucede algo con la salsa y es que está absolutamente hermanada a la pista de baile, a la fiesta. Así llegó a Roberto Roena a la salsa, como un espejo ardiente que se levantaba del piso y funcionó como motor de sus mejores pasos, cuando a los 9 años soñó con ser bailarín y fue haciendo de su cuerpo un elástico lleno de ritmo, hasta convertirse en “El Gran Bailarín”. Así empezó en la música, desde la seducción del cuerpo y el impulso incontrolable, el quiebre inevitable de la cadera al ritmo de la clave. Su hermano, Francisco “Cuqui” Roena fue su dupla. Ambos bailaban justo al lado del otro, ambos como sombras de una misma luz que nadie sabía bien de donde venía, pero tenía la capacidad de llenar todo de resplandor cuando bailaban.

El mambo y el cha cha chá construyeron un camino lleno de cadencia en la vida de Roena, hasta conducirlo a Nueva York en compañía de sus hermanos y buena parte de su familia que solo sabían vivir de bailar. Así pasó la adolescencia y esa primera adultez, a mediados de los años 50, ya hecho un hombrecito de cuerpo atlético y cabello rizado —un negrito chévere como diría Maelo y a quien conoció allí— que dejaba sin aire a los televidentes.

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Al cumplir 16, el Combo de Rafael Cortijo lo cambió todo. Empezó como bailarín y corista de la orquesta, mientras recibía sus primeras lecciones de percusión. Así se entrenó e hizo del bongo una extensión de su propio cuerpo. Un mundo de espectáculo se abría ante Roena y él solo se disponía a moverse por el escenario, siempre con ese brillo particular de verdadero showman. Pisó y dejó huella en espacios como el salón de baile El Palladium y el Teatro Puerto Rico, hasta llegar para quedarse en Nueva York.

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La música fue encontrándolo con los más grandes y ya para 1960 no solo había grabado álbumes, sino que lo había hecho en compañía de quien siempre se mereció para Roena el primer lugar: el sonoro mayor, Ismael Rivera. Del Cortijo pasó al Gran Combo de Puerto Rico y durante una década diseñó el sonido que quería para su propia orquesta. Sabía dirigir músicos y llevar un show, se movía en esa línea movediza de ser un increíble frontman y a la vez, no descuidar nunca la forma de cantar, no sobrepasar los silencios que siempre le hacen bien a las canciones.

Luego vino la Apollo Sound, una agrupación que como buen augurio de la época de su creación y primer ensayo —20 de julio de 1969, día del lanzamiento del cohete Apollo 11— elevó el legado de Roena hasta los lugares más insospechados, convirtiéndolo hasta el presente en un referente obligado al momento de hablar, y bailar, claro, salsa brava. A esa aventura se sumaron compañeros de épocas pasadas, como Mario Álvarez Cora, Elías López, “Cuchón” Núñez, Al Albreu y Piro Mantilla, quienes como relojes nuevos, sabían de la precisión y la entrega que siempre caracterizó a Roberto Roena. Una historia extensa y llena de éxitos empezó en ese momento. Quizás, para 1969, "Tu Loco Loco, Y Yo Tranquilo" los enfrentó a una multitud deseosa de salsa, y de manos de Catalino Tite Curet Alonso, el compositor de la canción, vinieron nuevos himnos como "Consolación", "El Escapulario" y "El Barrio Sin Guapo".

Una lista extensa y seguramente inacabada podría reunir las mejores canciones de Roberto Roena, pero no hay virtud en los conteos, porque podrían limitar un sonido extenso y tibio que Roena supo mantener en el fogón hasta hoy. Sin embargo, es innegable la fuerza que produjo en su carrera las canciones publicadas en 1976, particularmente "Mi Desengaño", una canción infaltable en cualquier episodio de ruptura para todo amante de la salsa. Justo un año después, publicó “Roberto Roena y su Apollo Sound 9”, y la primera canción de ese álbum Marejada feliz, registra una de las imágenes más bellas sobre el amor, el tiempo y la espera: "Por eso ahora me voy, junto a la orilla del mar, a preguntarle a las olas si han visto a mi amor pasar".

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"Potente cual marejada" fue la vida de un hombre que se fugó de la candela, pero que ardía en cada respiro. Hace falta, también, explorar el lenguaje para poder nombrar ese sentimiento —que es, sobretodo, un hueco en el pecho— de ver morir a los músicos que han ayudado a formar el corazón con el que amamos. Todas las claves fueron de Roberto Roena y ahora, solo le queda al mundo escucharlo, brindar y bailar en su honor.

Recordaremos el 23 de septiembre del 2021, como el día que ya nadie contestó en el 722 3126 en Puertorro, ni el 541 7950 al otro lado, en "Niuyol". Gracias Roena, no hay Guaguanco que pueda con tu partida.