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“Diemer vs. Trommsdorf”: una cartografía sobre el control, la memoria y el tiempo

Hablamos con Mauricio Montenegro sobre su nueva novela, el deseo frenético de control y la escritura como catarsis.

Mauricio Montenegro
“Diemer vs. Trommsdorf” es la primera novela publicada por el autor. Montenegro recibió el premio de Novela Inédita que otorga el Ministerio de Cultura.
Cortesía

Un tablero de ajedrez extendido sobre la mesa. 64 casillas. Dos jugadores. Un reloj. Esa es, a grandes rasgos, la imagen mental que viene a la cabeza cuando se habla de una partida de ajedrez. Sin embargo, en Diemer vs. Trommsdorf, la primera novela de Mauricio Montenegro, el juego se convierte en un escenario perfecto para ahondar en lo que antecede a un movimiento, para pensar en el tiempo, reparar en el pasado y dimensionar el eco de los recuerdos en el presente. Lea también: Ariana Harwicz, entre lo salvaje y lo frenético.

A lo largo de la historia, cada una de las fichas muta y olvida su forma hasta ser peón y el recuerdo del padre a la vez; torre o la inmensidad de la pérdida; también rey y el dolor de perder a un perro; y otras veces, alfil o lo que debí decir antes de que acabara todo. “El ajedrez es esta permanente condensación del pasado y del futuro en un solo momento”, escribe Montenegro en Jugada 12: la única opción, y así el tablero es también el calendario de las deudas que un jugador tiene consigo mismo.

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Luego de una escritura dedicada y de ampliar, poco a poco, el universo de Diemer vs. Trommsdorf, que pasó de cuento a relato corto y finalmente a novela corta, Montenegro recibió el premio de Novela Inédita que otorga el Ministerio de Cultura.

Conversamos con el autor sobre la pulsión permanente del control, la necesidad de anticipar los movimientos de los demás en el ajedrez y en la vida. Además, de la escritura como una catarsis espontánea.

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Portada de la novela "Diemer vs. Trommsdorff”.
Portada de la novela "Diemer vs. Trommsdorff”.

Montenegro rastrea con rigurosidad un episodio real. La Partida de ajedrez entre Emil Joseph Diemer y Fro Trommsdorf que tuvo lugar el 4 de abril de 1973, y se convirtió en un episodio de referencia para los amantes del juego. Esa forma de registrar con meticulosidad fechas, lugares y movimientos, sin dejar de lado el curso de la historia. A la vez, "Diemer vs. Trommsdorf” es una cartografía del ajedrez hecha por un apasionado. Así describe Montenegro su inmersión en el ajedrez, bajo la piel de escritor: “Esta es una partida clásica que yo conocía y tenía anotada a mano de los años en que jugué y estudié. Me había gustado siempre y el año pasado quise visitarla de nuevo, como si releyera un libro. Cuando recordé lo que me gustaba y lo interesante que es por sus giros, por su luz, por sus genialidades, me pregunté quiénes son los jugadores y ahí me apareció la historia. Empecé a escribir y lo primero que hice fue hacer una entrada en mi blog. Luego me di cuenta que seguí escribiendo de los personajes, pero la historia me la dio la propia partida y la propia vida de Diemer, eso fue muy interesante”. Le puede interesar: Irene Vallejo y la tarea de imaginar el mundo.

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La lectura de esta novela está acompañada por una constante sensación de duda por la forma en la que Montenegro logra difuminar los umbrales de la ficción y obliga a la consulta rápida para constatar en dónde inicia ese lenguaje. A lo largo de la escritura de la historia, el autor abonó un terreno que había cautivado buena parte de sus lecturas por años: la ficción autobiográfica. “Siempre he leído muchas biografías, autobiografías y digamos que reconozco los tópicos del género. La biografía ficcionada me llama mucho la atención y es un poco lo que intenté hacer aquí: con base en una biografía real, en unos hechos reales, generales, ficciono sobre los detalles que articulan un momento con otro y que hacen verosímil una descripción”.

Esa idea se mueve con la verdad de cada uno de los jugadores y crea una estela de tiempo alrededor de su vida, no mejor o peor, sino apenas una posibilidad, un pasado y una historia que exigen amplitud en los lazos familiares y los afectos de cada ser que aparece en la historia. “Uno va encontrando retos y para hacerlo creíble necesitas más personajes, ahí es donde realmente la historia empieza a hacerse más densa. No necesito motivaciones del personaje y las motivaciones normalmente son otros personajes, entonces necesito un padre de primera mano, necesito una pareja, un doctor y así es que van tomando forma”. No deje de leer: Cinco libros para comprender el conflicto de Afganistán.

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Una vez esbozada la familia aparece una nueva variante, el tiempo. En medio del tablero de ajedrez, parece dibujarse de una manera particular, casi limpia. El tiempo es la medida de cada uno de los movimientos de los jugadores —algo que sucede afuera—, pero es también un desplazamiento hacia el pasado —una metáfora de oscilación, desde la inmovilidad—. Las filas y las columnas se encuentran y se convierten en el nuevo espacio de una ficha, al mismo tiempo que son una fecha, un suceso, un recuerdo que aparece en medio de la acción.

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“Las partidas de ajedrez tienen también una forma narrativa y un modo particular —apertura, juego medio, finales; inicio, nudo, desenlace—, pero además de eso también tienen momentos críticos, giros dramáticos, momentos de silencio, momentos de espera. Yo quería explorar cómo esa similitud que hay entre la partida y una historia, por eso decidí que la estructura de la historia en seis o siete capítulos iba a seguir esa cantidad de momentos de manera secuencial de la partida”.

Las partidas, además de dar nombre a los capítulos de la novela se convierten en un prisma para reflejar una idea e iluminarla a la luz de cada personaje. Por ejemplo, la jugada 12 expresa una idea general que es la idea de tener una única opción y así se llama el capítulo. Entonces, esa idea de en qué momento la vida nos lleva a situaciones en que no tenemos opciones o nos vemos arrinconados lleva a Diemer a visitar ciertos recuerdos y a mí me da la oportunidad como escritor de sugerir esa reflexión”.

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La metáfora entre el ajedrez y la vida encuentra aún más puntos de encuentro. Podemos hablar de la idea de control, la rigidez y la inteligencia, de la carga simbólica que asumen los amantes de este juego. Montenegro logra reflexiones, a través de la ternura, sobre conceptos que parecen distantes. Para él, el ajedrez queda relegado a la forma primaria de leer el libro, el título apenas. “Se puede decir muy rápidamente que este es un libro sobre el ajedrez, pero no es suficiente. Es más una novela sobre el control, sobre el azar y el ajedrez. Es una excusa para llegar a esos temas, pero en realidad se trata del conflicto entre el ajedrez y la vida que a su vez representa el conflicto entre la razón y la emoción, o la razón y el azar”.

Siempre llega todo a un mismo punto: no podemos jugar ajedrez con la vida. No podemos. Ese es el choque constante de Diemer, aceptar la importancia que tiene el azar en la vida con la emoción, el error, la torpeza, todas estas cosas se salen de control y que hacen parte de la cotidianidad.

Esa pelea desde la ambigüedad que nos enfrenta todo el tiempo con un espejo —nosotros, con nosotros mismos— no es exclusivo de un personaje o un escritor, sino que refleja una marea constante entre lo que pensamos y lo que sentimos. La literatura tiene una bondad y no es ofrecer verdades, sino que le permite al lector hermanar su pensamiento, intuición y obsesión con los de otras personas. “La literatura no ofrece respuestas, digamos, directas. Pero sí creo que ofrece respuestas, no las que comprendemos inmediatamente, pero que si te están sugiriendo cómo a otras personas les ha pasado, les ha pasado y tienen las mismas preocupaciones. Siento que la mayor parte de la literatura que a mí me gusta trabaja especialmente sobre el fracaso, momentos y situaciones en la que los personajes se ven enfrentados a la pérdida, porque finalmente la literatura es una forma de pensar”.

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El fracaso es unos de los grandes temas de la literatura, se ha escrito tanto sobre él, como sobre el oficio de escribir. Sin embargo, sea cual sea el tema del que se escriba, hay un sentimiento —casi un órgano—, desde el que emergen los relatos porque al final, las historias son sensaciones con las que se conectan distintos lectores. "Escribir esta novela, de algún modo, fue también un proceso catártico. Me imagino que así es muchas veces el re-escritura, tiene esa función catártica y un espacio para saldar cuentas conmigo mismo y con mi pasado. Las cartas, por ejemplo, vinieron de manera muy natural de la historia porque son cartas que yo realmente estaba escribiéndole a alguien. Se convirtieron en eso, cuando empecé a escribirlas me di cuenta de que era realmente yo quien había decidido transcribir esas cartas y, de algún modo, tenían cabida en la novela. De otra manera no las hubiese escrito nunca".

"Sé que no vas a recibir esta carta ni voy a enviarla, pero hoy entendí algo sobre nosotros que debo tratar de poner en palabras (...) Hoy entiendo que nunca hablamos realmente sobre tus expectativas ni sobre mis deseos, simplemente dejamos que el silencio llenara los espacios en blanco, que aquello que no se dijo fuera reemplazado por suposiciones (...) Hoy entiendo que, para ti, el mundo era como un lienzo en blanco, mientras yo he querido siempre que sea como un tablero".