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Ariana Harwicz, entre lo salvaje y lo frenético

La escritora argentina Ariana Harwicz ha hecho de sus obras una tensión desquiciada que cuestiona los mandatos de la maternidad, de la pareja y la intimidad familiar. Nos aventuramos a explorar lo salvaje y lo instintivo al interior de sus obras.

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En el año 2007, la escritora argentina Ariana Harwicz emigró a Francia y en esa tierra, lejana y desconocida, engendró una literatura que supo traspasar las fronteras del lenguaje. "Mi literatura es producto de mi extranjería. Salí de mi país y me fui al campo persiguiendo el propósito de escribir”, dice en entrevista con la HJCK durante su visita por primera vez a Colombia en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, donde presenta su último libro, “Desertar”, un intercambio de cartas con el filósofo francés Mikael Gómez Guthart en el que debate sobre las diversas presiones que se ejercen actualmente sobre el arte y la literatura y el valor de expresar lo correcto y lo incorrecto.

Después de la publicación de su primera novela en 2012, “Matate, amor”, Harwicz llamó la atención de la crítica. A esta le siguieron “La débil mental” en 2014 y “Precoz” en 2015, para integrar una trilogía protagonizada por mujeres que cuestionaban los mandatos de la maternidad, de la pareja, la intimidad familiar y la impostura y la postura de estos vínculos en cada una de sus protagonistas. En 2019, Harwicz dio un gran salto con “Degenerado”, esta vez para dar voz a un pedófilo feminicida sin abandonar la primera persona torrencial que caracteriza su prosa. "Pensé que el crimen hoy por excelencia es el crimen sexual y dentro de ellos el crimen sexual con niños”, responde sin reparo.

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¿En qué influyó en su obra habitar otra lengua como la francesa?

Es como si todo empezara de ceros. La llegada a otra lengua y la experiencia de vivir cambian por completo: desde explicar un chiste hasta hablar sobre algo y que alguien no te entienda. Eso generó en mí un tipo de escritura que no hubiera sido la misma si estuviera en un país donde todos habláramos el mismo idioma, donde no está fundado todo en el malentendido y la corrección del como hablas. Eso engendró un personaje y un estilo. Mi sello personal.

La cultura francesa está sumergida en una burbuja difícil de permear. ¿Cómo es la experiencia de una escritora latinoamericana al escribir para un público como el francés?

La publicación a Francia llegó hace un año y medio, durante la pandemia. Es algo rarísimo porque aunque yo pienso todo el tiempo con la sociedad francesa, todo el odio y el análisis que incluyo en mis textos tienen que ver con la sociedad argentina. Sin embargo, hablo de la sociedad francesa desde sus violencias y sus cinismos. Escribo sobre un lugar en el que no hablo.

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La crítica la califica como una escritora radical y subversiva. ¿Se considera así?

El termino radical que a mí me encantaba y que significaba de verdad lo subversivo y lo rebelde, hoy ha sido aplicado a todo el mundo. Para mí ya no es nada.

¿Qué tan difícil es el camino para una escritora que siempre está dispuesta a provocar?

El camino siempre es difícil. Aunque haya caminos más posibles, más largos y tortuosos que otros, la mayoría tiene un camino difícil. Lo más difícil del mundo luego de construir una obra, es que te editen, te traduzcan, te lean y te inviten a eventos y círculos de conversación.

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Es una larga lucha para todo el mundo. Para mí lo fue. Intentarlo, escribir, enviar los manuscritos impresos por correo para luego recibir negativas. No obstante, después de varios intentos logré autopublicarme en Argentina. Creo que lo que hoy me pone contenta de mis libros que están traducidos es que no son obras comerciales, porque ahora es más fácil traducir libros para grandes públicos y que están sujetos a temáticas de una agenda.

Para usted, la escritura es inquieta, es buscar lo que no se dice. ¿Qué le falta por decir?

Si se trata de pensar de las condiciones en las que están pensando los intelectuales y los artistas hoy, me parece que todos puestos bajo sospecha en el banquillo de los acusados. También pienso que hay una gigantesca poesía fenomenal respecto de algunos autores que dicen estar del lado bueno de la historia, mientras que hay otros a los que las editoriales no les publican sus obras, o que no les dan publicidad, y si lo hacen estos ya están demonizados cuando en realidad, hay un gran cinismo en esa división binaria entre la maldad y la bondad. Pensar la literatura desde esos términos es un error.

Hablemos de censura. ¿Alguna vez has sentido una mordaza al opinar o referir sobre algo?

La censura es un clima de opresión y de intimidación para pensar en general. En mi experiencia, sí se han retirado del mercado algunas ediciones de “Degenerado” tanto por su narrativa como por la forma en la que está escrita. Creo que es el miedo circundante al que están expuestas las editoriales. Nadie quiere ser expulsado. Hoy nos gusta el morbo de espiar y ver lo que hace el otro. Pero no decirlo me parecería criminal respecto a la novela.

En las traducciones de sus obras a otros idiomas, muchas veces se corre el riesgo de perder contextos, gestos e intencionalidades, y si se quiere hasta accidentes lingüísticos.

La experiencia de las traducciones me ha ayudado a pensar y a investigar una vez más al saber como se piensa hoy. Las adaptaciones al teatro al cine, no son más que una forma de ver como se piensa la literatura y cuál es la noción y la posición del artista. De esa forma es posible identificar qué pulso marca la época, cuáles son sus limitaciones, saber cuál es la doxa, cuales son los modos de intimidación, qué es lo que se puede decir y qué palabras se remplazan por otras. La experiencia con “Matate amor”, con “La débil mental” y con “Precoz” y “Degenerado” es extraordinaria. Hay pocas lenguas con las que no pude trabajar cerca, pero en la mayoría pude ver como piensa la traductora en relación con su cultura, con su violencia y del como interpreta mi escrito alguien que es ajeno a mí.

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En “Depravado”, ¿cómo logra construir al protagonista humano antes que al monstruo?

Si vas a juzgar a un personaje vas muerto. Si lo haces, no hay nada que un personaje pueda hacer o decir porque ya está condenado. A mí lo que me resulta fascinante del arte es esa imposibilidad de entender a alguien y de señalarlo con el dedo. El orden del amor y de las relaciones humanas permite entender cuánto cabe en un ser humano de maldad, de altruismo, de miserabilidad y de corrupción. Esa es la complejidad de escribir. Yo nunca condenaría un personaje, mucho menos al degenerado.

Sus tres primeras novelas forman parte de un mismo eje: la familia. Y con ella, la maternidad. ¿Por qué se retrata como un estado salvaje?

A mí me interesa saber cómo cada uno de los lectores percibe mis obras. Los hay quienes las ven como obras poéticas y otros las ven como antimoral. Me parece bueno conocer todas las lecturas posibles, sobre todo las más difíciles, extrañas y alejadas de lo que yo pienso, porque las obras no son estáticas y se van metamorfoseando al cabo de un tiempo, y tú al final, terminas leyéndolos y comprendiéndolos en otra clave totalmente distinta.

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Mis libros no son únicamente frescos de la familia. También son paisajes de la soledad, sobre la extranjería, sobre la inmigración y sobre el linaje insertos en un paisaje que para mí fue novedoso porque yo no soy del campo. Yo soy absolutamente citadina. La experiencia de vivir casi 30 años en Bueno Aires y luego mudarme a un lugar tan disímil y tan extranjero, me obligó a forzar la mirada de otro modo en este salvaje lugar desde donde puedo observarlos mejor, desprovistos de lo social y arrinconados, llevados a lo marginal.