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Virginia Woolf: una diarista en medio de la guerra

Al cumplirse 140 años del nacimiento de la escritora Virginia Woolf recordamos sus memorias y momentos reflexivos que inmortalizó a través de su primer diario. Allí nos narra como transcurre su vida desde 1915 hasta 1919.

Virginia Woolf
Los textos de los diarios de Virginia Woolf resultan imprescindibles para una comprensión del método e intención de la novelista inglesa.

La autora británica Virginia Woolf nació el 25 de enero de 1882 en Kensingto y murió el 28 de marzo de 1941 en Lewes, Reino Unido. Leer sus diarios hacen sentir el cosquilleo en el estómago mientras imaginamos la velocidad del tren, pese a que, no hayamos viajado en uno. Una vez comencé a leer los diarios, mis pasos y mi mente se trasladaron a Asheham House, Sussex, lugar donde más que su casa era su refugio. Aún no llegaba a la última página, iba a penas en la mitad, pero eso no importaba. Poco a poco iba descifrando sus gestos y en cada tarde iba grabándome su forma elegante de narrar. Entre más la leía más entendía sus emociones, desde el primer momento me dispuse a leerla en voz alta, supongo que quería que de sus palabras resultaran ecos y así quedara algún rastro de que por una semana había vivido y pisado las calles junto a ella.

De repente me encontré esta entrada del 26 de noviembre de 1917: “No me gusta el domingo; lo mejor es convertirlo en día laborable & intentar desenmarañar la mente de Brooke: Con el tañido de las campanas de la iglesia resultó bastante adecuado”. Al igual que yo la señora Woolf detestaba los domingos, los encontraba oscuros y aburridos. Fue por eso por lo que, me decidí a salir de la casa. Me negaba a dejar el libro solo. Sí, hacía mucho el libro había dejado de ser solo un objeto así que, lo acomodé en mi mochila café, lo guardé con tal cuidado como si fuese una bola de cristal que al menor impacto podría romperse.

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Llegué a la pastelería de siempre y mientras Victoria quien es la mesera de aquel lugar, se esforzaba por atender a más de cinco personas, moví mis manos en señal de que no se preocupara. Tenía todo el tiempo del mundo para esperar mi café y mi ponqué de siempre. “jueves, 22 de noviembre: Presumí tanto de este diario & de la fascinación por llenarlo de la fuente inagotable de Garsington que me avergüenzo de saltarme días; & aun así, como señalo, la única posibilidad de que este diario sobreviva es esperar a que yo esté de humor para escribir”. Habría que imaginarla en su cuarto prendiendo un cigarrillo mientras escribía con la mano izquierda todos los detalles de los amaneceres y anocheceres en Londres. Le encantaba mirar la luna y contar cuantas estrellas podía observar desde su ventana, Se propuso escribir sin falta después de tomar el té pues no quería renunciar a sus palabras. Caminaba de lado a lado mientras pensaba como podía empezar su novela “Noche y día”. Había momentos donde se negaba a sus primeros episodios causados por la bipolaridad, enfermedad que padeció desde pequeña. Aunque se esforzaba le era imposible no acordarse de la primera vez que enloqueció. Fue en 1895 cuando su madre Julia Stephen murió. Ella tenía tan solo trece años. Posteriormente se enteró del fallecimiento de su hermana Stella. Desde allí empezó a escuchar diversas voces que no la dejaban dormir. Se recuperó gracias al apoyo y amistad de Violet Dickinson. Después, de nueve años volvió a tener otro episodio tras saber la noticia de que su padre Leslie Stephen había muerto de cáncer. Por lo que, su hermana mayor Vanessa Stephen decidió trasladar a su familia a Gordon Square, Bloomsburry. Allí conoció a cuatro jóvenes que estudiaban en Cambridge. Turner, Clive Bell, junto con Saxon Sydney y Lytton Strachey con quienes compartiría hasta su vejez.

En enero de 1915 volvió a comprar un nuevo cuaderno para escribir todas las tardes aprovechando que su esposo Leonard Woolf salía a llevar las reseñas que había escrito durante toda la semana.

Seguramente, por eso su obsesión de escribir cada día sobre los lugares y personas a las que frecuentaba. En enero de 1915 volvió a comprar un nuevo cuaderno para escribir todas las tardes aprovechando que su esposo Leonard Woolf salía a llevar las reseñas que había escrito durante toda la semana. Sin embargo, su última entrada, fue el 15 de febrero de aquel año. Sus constantes dolores de cabeza, sumado a varias noches de insomnio la llevaron a sufrir una crisis quizá la peor de toda su enfermedad, su esposo tuvo que contratar a varias enfermeras pues su actuar violento era hacía él. Esta crisis duró alrededor de tres meses en las Leonard no pudo ni asomarse a su cuarto. En 1917 decide continuar con su cuaderno, allí se percibe a una mujer que va paso tras paso para llevar a cabo una de las cosas que sueña: Seguir viviendo su experiencia como diarista. “lunes 8 de octubre: El descubrimiento de un viejo cuaderno que escribí en 1915, en una caja de madera guardada en mi armario y que aún hoy hace que nos riamos de Walter Lamb, me anima a intentar llevar este diario ahora que empiezo. Así pues, seguiré el siguiente plan: escribir después del té y hacerlo sin reservas; y, a propósito, Leonard ha prometido añadir una página cuando tenga algo que decir. Tiene que superar su modestia”.

Me había tomado el café y la torta, pero sentía mucho frío. Desde las ventanas del lugar donde me encontraba podía ver la luz que provenía del sol y de un cielo claro. No obstante, mi mente se encontraba en Inglaterra, donde los amaneceres estaban dibujados por una gran niebla qué impedía ver con claridad y saber hacía donde podíamos dirigirnos. Entonces, mientras pasan los días en su narración se lee a Virginia como una mujer tranquila que, aunque lucía más delgada, estaba en un momento de serenidad, leer sus diarios nos lleva a encontrarla más humana y fuerte pues de esta manera, está protegiendo a sus empleadas del servicio para que no enloquezcan a causa de la guerra. “Luego cogimos el tranvía a Kingston & tomamos el té en Atkinson, donde ya solo te sirven un bollo. Hay escases de todo. La mayoría de las carnicerías están cerradas. No se pueden comprar bombones y las flores son tan caras que me conformo con las hojas que recojo… De repente, la guerra se ha hecho presente en todas partes”. Las explosiones y ataques parecían rodearlos. Por lo que, la señora y el señor Woolf decidieron dejar algunos colchones en la cocina. Tan pronto como escuchaban ataques aéreos se refugiaban en el primer piso. Llevar este diario hizo que Virginia se percatara de que los bombardeos en Londres solían ser en las noches de luna llena. Entonces, se preparaban y tomaban una taza de cacao mientras los estruendos sonaban cada vez más cerca. Virginia subía el tono de su voz y les contaba a sus empleadas algunos chismes de sus amigos para que sus empleadas se distrajeran. La guerra había dejado herido a Philip hermano de Leonard. El jueves 7 de marzo Virginia se encontraba nostálgica y anotó la siguiente frase: “Cuando más ve uno los efectos de la guerra en jóvenes que tendrían que estar felices más odias todo el asunto”.

Sin duda, la guerra seguía y con esto se cerraban las posibilidades de salir a cualquier lugar, aunque en el día no solían haber ataques, el terror invadía cada parte de la ciudad. Por su parte, Virginia Woolf se aferraba cada día más a su cuaderno. Allí podía ser ella, incluso contar las peleas que tenía con su esposo. Fue la guerra lo que la llevó a hablar con sus amigos sobre todo con Clive Bell sobre el arte. Hablaban de arte para no morir, para no dejarse conducir por los días grises y de profundo dolor. Asistir al club y presenciar conversaciones interesantes era lo que ayudaba a que no volviera a encontrarse de nuevo con su enfermedad. Por eso, escribía para huir de las voces, para reflexionar sobre la guerra y los días desesperanzadores. Resistía para no dejar de plasmar en su diario.

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“viernes, 11 de enero: Otro día sedentario que, sin embargo, merece una nota por el placer de consignar que la cámara de los Lores ha aprobado la ley del sufragio. No me siento mucho más importante, aunque tal vez sí un poco más. Es como un título nobiliario: puede ser útil para impresionar a gente a la que se desprecia”. Es evidente que leer los volúmenes de los diarios de la escritora británica no solo nos acerca a sus pensamientos y a su vida íntima, además, nos conduce por momentos donde la sociedad logró un cambio, como la noche de 1918 donde las mujeres de más de treinta años por primera vez podían votar. Concentrarse en los gestos y palabras de las personas que visitaba la llevaban siempre a un momento de reflexión. El poder de la escritura la hacía una mujer que aún en situaciones deprimentes a causa de la guerra y de las voces que desde los trece años la atormentaban no la hiciera desistir al narrar momentos agradables y al mismo tiempo angustiantes de su vida. Aun con todas las bombas y muertes que la desgarraban, en un rinconcito de Inglaterra se refugiaba una mujer que esperaba pacientemente encontrar silencio en la madrugada para escribir inolvidables líneas como: “Me sorprendió que la edad consista no en cambiar de opiniones, sino en tener las mismas, pero marchitas”. Virginia siempre eterna.