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La habitación de Virginia

En la tajada de tiempo que tuvo, y que ella mismo marcó con un final, arrojándose al río Ouse, Woolf mostró todos los mundos que guarda la realidad, todas las versiones que viven dentro de una persona, especialmente de las mujeres.

Virginia Woolf
Virginia Woolf es considerada una de las más destacadas figuras del vanguardista modernismo anglosajón del siglo XX.

Este 25 de enero se cumplen ciento cuarenta años del nacimiento de Adeline Virginia Stephen, más conocida como Virginia Woolf, probablemente una de las escritoras más extraordinarias de la literatura universal. Esa autora que quiso hilvanar la luz entre sus palabras y evocar el movimiento del agua, tanto en el océano como en el movimiento incesante de la ciudad. Y, si bien lo que se recuerda este año más que nada es el aniversario de su nacimiento, hay otro evento muy significativo de su vida que también vale la pena destacar: los cien años de Jacob’s Room, su tercera novela, publicada en 1922. Un libro que no suele recibir la atención que se merece y que sin embargo es fundamental para entender ese salto que da Woolf desde sus dos primeras obras, Fin de Viaje y Noche y Día (obras publicadas en Duckworth Press, la editorial de su hermanastro, quien abusó de ella en variadas ocasiones) a esas maravillas que son La Señora Dalloway, Al Faro, Orlando y Las Olas (por solo mencionar algunas), publicadas por la editorial que creó junto a su marido, Leonard: Hogarth Press. Ella misma notó ese brillo distinto y lo anotó en su diario (Woolf llevó un diario durante toda su vida, estaba siempre en conversación consigo mismo y con su obra), diciendo que por fin a los cuarenta años había conseguido escribir algo en una voz propia.

En la habitación de Jacob se empieza a perfilar una libertad distinta, una voluntad de experimentación, una forma diferente de marcar la ausencia, de jugar con la página.

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En Jacob’s Room tenemos otra elegía, una nueva pérdida que se marca como una ausencia: marca que quedará de ahí en más en la obra de Woolf. Por ella la muerte pasa sin que nos detengamos a contemplarla o dolernos, lo que nos queda es la ausencia, las sillas sin ocupar a la mesa, unos brazos que se estiran sin encontrar a nadie, unos zapatos con los que nadie más saldrá a caminar. Woolf marca la ausencia de Jacob sobre la página, el vacío que queda, el fantasma que conjuran las palabras de otros y también el blanco que va distanciando a los fragmentos entre sí, una experiencia ciertamente distinta a la composición más tradicional de Fin de Viaje (una suerte de novela de formación degradada, con un personaje que no es capaz de vivir de acorde a las expectativas de la época) y Noche y Día (donde comienzan a marcarse con más fuerza, aunque se delinearon algo en su libro anterior, las dos protagonistas recurrentes de la ficción de la autora: la gran anfitriona y la artista (o la rara, en el mejor de los sentidos)).

Pero volvamos un poco atrás. A la vida de una mujer que vivió muy joven la muerte de su madre y de su hermana Stella (que asumió el rol materno por unos años), que luego padeció la muerte de su padre (un hombre al que admiraba y consideraba un tirano doméstico en partes iguales y quien le enseñó a leer y a escribir en largos paseos) y saltó por una ventana en un primer intento de suicidio. Que sufrió abusos de parte de su hermanastro George Duckworth, que admiró y envidió profundamente a su hermana Vanessa Bell (quien encarnara para ella la mezcla perfecta entre la gran anfitriona y la artista; Vanessa fue una excelente pintora y diseñó las portadas de varios libros de su hermana), que cargó siempre como un fantasma la muerte de su hermano Thoby y se rodeó de los amigos de su hermano Adrian conformándose así el grupo de intelectuales de Bloomsbury.

Woolf fue autodidacta pero con gran disciplina y ferocidad. En sus diarios y cartas va marcando sus lecturas y cómo se desafía a aprender griego, a leer todo Shakespeare, a todos los rusos. Y esa figura de la lectora voraz, que es andrógina y no calzaría nunca en un solo sexo, queda inmortalizada en Orlando, una obra magnífica y apasionada. Una obra que llevaba el subtítulo de “Una biografía” como descripción, burla y desafío pues a ella siempre le pareció que escribir una biografía era algo imposible.

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Para Woolf, las personas están cambiando todo el tiempo, a cada segundo y, con eso, con tantas versiones, la idea de una sola narrativa que de cuenta de una vida se vuelve francamente imposible, sobre todo si quien escribe no conoce a la persona en cuestión. No importa cuán cerca esté esa persona, siempre estamos cambiando. Algo que resuena con particular intensidad si se piensa que Leslie Stephen, padre de Virginia, tuvo a su cargo el Dictionary of National Biography.

La biografía de Orlando es una biografía cambiante e imposible: Orlando pasa de ser hombre a mujer de un día para otro y sin mayor drama y la biografía abarca tres siglos. El ejercicio es llevado aún más lejos por la autora un par de años después cuando publica Flush, una biografía del perro de la poeta Elizabeth Barrett Browning. El gesto es audaz pues pone en cuestión el tipo de personas que suelen ser dignos de una biografía: ¿por qué no una persona común y corriente? ¿Por qué no un animal? Algo que también se une con una reflexión constante de la autora: los momentos que marcan la vida de una persona (o un perro) no son necesariamente los hitos que destacaría un biógrafo. Así, por ejemplo, en La señora Dalloway, la novela no nos muestra ni la boda de Clarissa ni el momento en que se convierte en madre pero sí se menciona, como el momento más importante de la protagonista, un beso que le dio su amiga Sally Seton un verano.

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La vida que fluye y que se escapa es el material de la obra de Woolf, los paseos por la memoria, sí, pero también las condiciones materiales que hacen posible la vida. Así, para escribir, nos dice la autora, no solo se necesitan ideas o un arrebato de inspiración, sino que un cuarto propio y dinero suficiente. En otras palabras: la posibilidad de cerrar una puerta a las interrupciones y requerimientos del mundo, independencia económica suficiente para poder comprarse una tajada de tiempo. Y Woolf tuvo su cuarto propio pero también su buena dosis de interrupciones. Interrupciones muchas veces marcadas por su marido Leonard Woolf y sus sirvientes que la obligaban a comer o le prohibían ir a la ciudad o escribir más de quince minutos diarios, o bien por los doctores que le recomendaban que descansara, que le sacaron dientes pensando que con eso controlarían su depresión y que le prohibieron embarazarse para no agravar aún más las cosas. Pero en la tajada de tiempo que sí tuvo, y que ella mismo marcó con un final, arrojándose al río Ouse, Woolf mostró todos los mundos que guarda la realidad, todas las versiones que viven dentro de una persona, especialmente de las mujeres.

Todas esas voces, todas esas posibilidades, todos esos futuros.

Esa ficción moderna que, nos dijo Woolf en su ensayo : “Modern Fiction”, es realista no cuando ordena y organiza sino cuando abraza al caos, al desorden.

Esa figura de la lectora voraz, que es andrógina y no calzaría nunca en un solo sexo, queda inmortalizada en Orlando, una obra magnífica y apasionada. Una obra que llevaba el subtítulo de “Una biografía” como descripción, burla y desafío pues a ella siempre le pareció que escribir una biografía era algo imposible.

Woolf escribió muchas fiestas en sus obras, eran parte del decorado de sus grandes anfitrionas, lo que ponía sus vidas en movimiento. Probablemente la más espectacular y conmovedora sea la de La señora Dalloway, que se narra como un regalo, una ofrenda, que Clarissa quiere hacerle a su ciudad, Londres, que sigue adolorida, y llena de vacíos, luego de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, a Virginia no le gustaban tanto. O no en la realidad. Sí le gustaba lo que ella llamó “el espíritu de la fiesta” y que consistía en la forma en que una celebración así transforma nuestra experiencia del tiempo: la anticipación, los preparativos; también la belleza de la decoración, de los vestidos, de las flores y luego los comentarios después de ella.

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Para Woolf, la fiesta perfecta, era aquella a la cual no se asistía. Y así se quedó muchas veces en su casa, arreglada para salir, con la ventana abierta, escuchando la música a lo lejos, los invitados apurando el paso, y esperando que alguien luego regresara para contarle cómo estuvo todo.

Se cumplen 140 años de todas las Virginias Woolf que existieron sobre la Tierra. Todas sus versiones, todas sus alegrías (ese humor despiadado que mostraba en diarios y cartas; les recomiendo especialmente el volumen que contiene las de ella y su gran amigo Lytton Strachey), toda su melancolía profunda y conmovedora atención sobre las vidas y pensamientos de los personajes en sus obras (ese descenso a la mente de Septimus, soldado que vuelve de la guerra cargando fantasmas), toda esa inteligencia en sus lecturas y ensayos (El cuarto propio, sí, pero también El lector común) y todos esos dolores que la llevaron muy temprano a la muerte. Leerla (a ella, pero también leer sobre ella) es deslumbrarse frente a todas esas versiones, frente a ese mundo cotidiano que está enamorado de la vida a pesar de todo, aunque sea por un momento.

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** María José Navia es una escritora y académica chilena. Doctora en Literatura y Estudios Culturales por la Universidad de Georgetown, Profesora en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile y autora de tres libros de cuentos y tres novelas. Una de ellas, Kintsugi, fue publicada en Colombia por Himpar editores en 2020, editorial que también publicará una de sus colecciones de cuentos, Una música futura, este 2022.