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'Orgullo y prejuicio', el imaginario del amor en el siglo XIX

La novela 'Orgullo y prejuicio' es una de las más famosas de toda la historia, Jane Austen creó un imaginario del amor y ha trascendido por siglos. Aquí le dejamos un fragmento de la historia de Elizabeth Bennet y el señor Darcy.

Orgullo y prejuicio
Pintura de la novela "Orgullo y prejuicio", (sin fecha).
Archivo.

Orgullo y prejuicio fue publicada de manera anónima en 1813, esta es la novela más conocida de la escritora inglesa Jane Austen quien un año antes había publicado Sentido y Sensibilidad. El libro cuenta la historia de las hermanas Bennet y su tarea de conseguir esposo para no perder la herencia de su padre.

En un baile de la comunidad Elizabeth Bennet, la segunda hija conoce al señor Darcy, un amigo del señor Bingley, un joven adinerado que llegó al pueblo. A Lizzy le parece completamente arrogante y odioso, pero mientras va avanzando la novela se conoce la verdadera historia entre los dos. Aquí le dejamos un fragmento de la primera parte.

1

Es una verdad reconocida por todo el mundo que un soltero dueño de una gran fortuna siente un día u otro la necesidad de una mujer.
Aunque los sentimientos y opiniones de un hombre que se halla en esa situación sean poco conocidos a su llegada a un vecindario cualquiera, está tan arraigada tal creencia en las familias que lo rodean, que lo consideran propiedad legítima de una u otra de sus hijas.

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—Querido Bennet —le decía cierto día su esposa—, ¿has oído que Netherfield Park ha sido alquilado al fin?
Mr. Bennet contestó que no lo había oído.
—Pues así es —prosiguió ella—; lo sé porque Mrs. Long acaba de estar aquí y me lo ha contado todo.
Mr. Bennet no respondió.

—¿No te interesa saber quién lo ha alquilado? —preguntó su mujer con impaciencia.
—Estás deseando decirlo y no tengo inconveniente en escucharlo.
Aquello fue suficiente para ella.
—Has de saber, querido, que Mrs. Long dice que Netherfield Park ha sido
alquilado por un joven muy rico del norte de Inglaterra, que vino el lunes en un coche tirado por cuatro caballos y quedó tan encantado que de inmediato llegó a un acuerdo con Mr. Morris; tomará posesión antes de San Miguel, y algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana próxima.
—¿Cómo se llama ese joven?
—Bingley.
—¿Es casado o soltero?
—Soltero, naturalmente, querido; un soltero de gran fortuna: cuatro o cinco mil libras al año de renta. ¡Qué partido estupendo para nuestras hijas!
—No entiendo cómo puede afectarles semejante cosa.
—Querido Bennet —replicó su mujer—, ¿por qué en ocasiones te cuesta tanto entender las cosas? Has de saber que es mi intención hacer que se case con una de ellas.
—¿Es ése el motivo por el que proyecta establecerse aquí?
—¿Proyectar? ¡Qué majadería! ¿Cómo puedes hablar así? Pero es muy probable que se enamore de una de ellas, y por eso debes visitarlo en cuanto llegue.
—No encuentro motivo para hacerlo. Puedes ir tú con ellas, o puedes enviarlas solas, que quizá sea lo mejor; tú eres tan hermosa como cualquiera de nuestras hijas, de modo que no me extrañaría que se enamorase de ti.
—Me adulas, querido. No negaré que he sido bella en mi juventud, mas ahora no puedo presumir de eso. Cuando una mujer tiene cinco hijas ya crecidas, no debe pensar en sus propios encantos.

—En esos casos a la mujer no le quedan muchos encantos de que presumir.
—Pues bien, querido, has de visitar a Mr. Bingley en cuanto tome posesión de su nueva casa.
—No puedo prometértelo.
—Piensa en tus hijas. Considera sólo lo que representaría para una de ellas. Sir William y lady Lucas han resuelto ir sólo por eso, pues sabes que no suelen visitar a los recién llegados. Has de ir sin falta, porque si no lo haces ni yo ni ellas podríamos visitarlo.
—Eres demasiado escrupulosa. Estoy seguro de que Mr. Bingley se alegrará mucho de verte. Si lo consideras conveniente le escribiré unas líneas dando mi consentimiento para que se case con la que elija, aunque no sé si podré evitar recomendarle a Elizabeth, nuestra pequeña Lizzy.

—Espero que no lo hagas. No es mejor que las otras, y estoy segura de que no es ni la mitad de hermosa que Jane, ni la mitad de alegre que Lydia. No sé por qué es tu preferida.
—Ninguna tiene cualidades que la hagan recomendable —replicó él—; todas son necias e ignorantes como tantas otras jóvenes; pero Lizzy, al menos, es más astuta que sus hermanas.
—¡Bennet!, ¿cómo puedes hablar así de nuestras hijas? Lo haces para importunarme. Compadécete de mis pobres nervios, por favor.
—Te equivocas, querida; tus nervios me merecen el mayor de los respetos. Los conozco desde hace mucho tiempo. Te oigo hablar así de ellos desde hace al menos veinte años.

—¡Ah!, no sabes lo mucho que me haces sufrir.
—Pues espero que te dejen vivir el tiempo suficiente para que veas llegar al vecindario a muchos jóvenes con rentas de cuatro mil libras al año.
—Aunque vengan veinte, no sacaremos nada si no los visitas.
—Ten por seguro, querida, que cuando los veinte hayan llegado, los visitaré a todos.

Mr. Bennet era tan singular mezcla de suspicacia, humor sarcástico, reserva y caprichos, que veintitrés años de experiencia no habían bastado a su mujer para descifrar su carácter. Ella era más comprensible. De escasa inteligencia, poca instrucción y temperamento indeciso, cuando algo la disgustaba se imaginaba nerviosa. El objetivo de su vida era casar a sus hijas; su diversión favorita, visitar a sus vecinos y cotillear.

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