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La editorial Seix Barral presenta la obra de Manuel Puig

"The Buenos Aires Affair", "Maldición eterna a quien lea estas páginas" y "Pubis angelical" son algunos de los títulos que acaban de ser lanzados en nuevas ediciones con prólogos de Mario Mendoza, Claudia Piñeiro y Camila Sosa Villada y diseño renovado.

Puig
Manuel Puig Aunque se asumió como homosexual desde su pubertad, escribió y militó respecto a este tema, llegando a declarar que algo tan «banal» como la sexualidad no puede definir la identidad de una persona.
Cortesía

Manuel Puig (1932-1990) es uno de los escritores en lengua castellana más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Poseedor de un estilo propio y diferenciado del de sus contemporáneos, sus trabajos fueron maltratados en su momento por una crítica conservadora que se resistía a aceptar como valiosa una obra que incorporaba referencias a la cultura popular, las cuales abarcaban desde el tango a las telenovelas, pasando por las películas de Hollywood o las revistas de actualidad.

Nacido en General Villegas un 28 de diciembre de 1932, Manuel Puig pertenecía a la segunda generación de emigrantes que habían llegado a Argentina procedentes de España. "Mi abuelo era de Barcelona. Un anarquista. Se casó con una gallega jovencita", recordaba el escritor, que nunca más volvió a tener contacto con aquella parte de su familia que había quedado en Cataluña y Galicia.

“Mi madre es de origen italiano. Era una chica de ciudad, terminó sus estudios de química y fue a este pueblo a hacerse cargo del laboratorio de un hospital. Allí conoció a mi padre y se casó. Se quedó a vivir allí, pero nunca pudo adaptarse al pueblo. Iba mucho al cine y allí me llevó. Desde chico me empezó a llevar al cine”, recordaba Manuel Puig en el programa de Televisión Española A fondo.

El escritor argentino había nacido en General Villegas, un pueblo en plena Pampa seca que, a sus ojos infantiles, parecía salido de una cinta del Oeste. Además de lo agreste del paisaje, la convivencia en el lugar resultaba muy hostil para un niño sensible, reposado y poco amigo de la violencia. “Era la vigencia total del machismo. Allí estaba aceptado que debían existir fuertes y débiles. Lo que daba el prestigio era la prepotencia. Lo que realmente hacía respetar a alguien era que gritara fuerte”.

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Descontento con ese tipo de vida, Puig resolvió “ignorar esa realidad y tomar al cine como la realidad, ente comillas, mi realidad. Las comedias musicales, las comedias sofisticadas de la Metro (Goldwyn Meyer), para mí pasaron a ser la realidad. Lo otro, el pueblo, era como un western. Una película que yo había ido a ver por error, pero de la que no me podía salir”.

Convencido de que solo se sentía cómodo en la penumbra de la sala de proyección, cuando llegó el momento de elegir una carrera profesional, Puig decidió dedicarse al cine. Sin embargo, no tardó en comprobar que «a mí lo que me gustaba era ir al cine, no hacer cine». A pesar de esa distancia entre el celuloide como mundo soñado y la realidad de la industria cinematográfica, fue gracias a las películas por lo que Manuel Puig comenzó a experimentar con el lenguaje. Acomplejado por el castellano en su variante argentina, que consideraba propia del subdesarrollo de General Villegas, el escritor empezó a estudiar aquellos que consideraba los “lenguajes del cine”: el inglés, el francés y el italiano.

En 1956, mientras cursaba Literatura italiana en Roma, consiguió una beca para Centro Sperimentale di Cinematografia y, poco después, comenzó a trabajar en rodajes, aunque de nuevo con poco éxito. “Lo que yo buscaba era un refugio de la realidad. No luchar. El plató es una cosa terrible. Hay que saber muy bien lo que se quiere, tenerlo muy claro y proyectar una seguridad en ti mismo porque, si no, el fotógrafo te quiere hacer su película porque él la ve de un modo, la actriz principal interpretar su parte como se le ocurrió al leer el guion... Cada integrante del equipo tiene su película en mente y es el director el que tiene que poner un poco de orden. Se necesita un modo de ser muy especial para lograrlo”.

Aunque también intentó probar suerte como guionista, los resultados fueron igual de decepcionantes. Según él mismo recordaba, escribía en inglés con infinidad de errores y haciendo pastiches que recreaban aquellas películas que le apasionaban, sin atreverse a explorar su faceta como autor. Solo después de un viaje por España a finales de los años cincuenta, Puig reparó en la riqueza de ese idioma que despreciaba y probó a escribir en castellano. A pesar de que en un primer momento el objetivo era hacer un guion, la complejidad de la trama hizo que descartase su fin cinematográfico y comenzase a darle forma de novela, en la que comenzó a descubrir esa voz propia que, paradójicamente, no solo le abrió las puertas del mundo literario, sino que le permitió acceder a esa industria con la que tantos desencuentros había tenido. De ese modo, empezó a escribir el guion de la novela de José Donoso El lugar sin límite y las adaptaciones de sus propias novelas, como Boquitas pintadas, llevada al cine por Leopoldo Torre Nilsson en 1974, y Pubis angelical rodada en 1982 por Raúl de la Torre.

Tres años más tarde, Hector Babenco filmó la que tal vez sea la más popular de las adaptaciones de Puig a la gran pantalla, El beso de la mujer araña, cinta protagonizada por William Hurt y Raul Julia. En 1997, siete años después de la muerte del escritor, Wong Kar Wai, admirador declarado de la obra de Puig, adaptó The Buenos Aires affair con el título de Happy Together.

Conocedor en primera persona de las dificultades que rodean el proceso de creación de una película, Puig no siempre quedó satisfecho del resultado final de esas versiones. No obstante, procuró siempre ser elegante en sus críticas y respetuoso con el trabajo del realizador, el equipo y el elenco de actores.

Los títulos que encontrará en esta reedición

Pubis angelical (1979): Prólogo de Camila Sosa Villada
The Buenos Aires Affair (1973) Prólogo de Mario Mendoza
Maldición eterna a quien lea estas páginas (1980) Prólogo de Claudia Piñeiro
La traición de Rita Hayworth (1968) Prólogo de Bob Pop
Boquitas pintadas (1969) Prólogo de María Dueñas
El beso de la mujer araña (1976) Prólogo de Antonio Muñoz Molina