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Renoir y las formas de pintar el presente

Para recordar y honrar su inmenso legado artístico, recorremos algunas de las pinturas que dan cuenta no solamente de su talento, sino de la agudeza visual, la capacidad de percepción sobre los sentimientos de los encuentros cotidianos que lo han hecho merecedor de un lugar primario en la historia del arte.

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Pierre Auguste Renoir fue uno de los más destacados impresionistas. Su encuentro con la pintura viene hermanado con la necesidad de dar orden a los sucesos del tiempo, a través de las imágenes.

La impresión responde a la reproducción de algo, siendo fieles a la imagen original. Esa fue la premisa que dio línea al movimiento artístico que desde 1874, se propuso mostrar el instante, plasmar en color el presente, un momento del día tal y como lo veían los pintores. Fue una de las primeras veces en el que los artistas salieron de los estudios para buscar las escenas cotidianas que se convertirían en obras. Así la cotidianidad adquiere un margen de protagonismo dentro de las obras impresionistas.

Pierre Auguste Renoir fue uno de los más destacados impresionistas. Su encuentro con la pintura viene hermanado con la necesidad de dar orden a los sucesos del tiempo, a través de las imágenes. No en vano, su paleta de color evoca paisajes tranquilos que recrean las distintas temperaturas que la luz del día da a los elementos, los lugares y por supuesto, las personas.

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Nacido en 1841, en Francia, Renoir se convierte en uno de los referentes claves de los movimientos artísticos de su país no solo por hacer parte del movimiento impresionista, sino por una característica particular de su pintura: el difuminado. Todas sus obras, especialmente los desnudos, tenían ese rasgo definitivo, una ruptura de las líneas secas y las formas definidas. Bajo el pincel de Renoir, los cuerpos parecían desvanecerse con el lienzo.

Fue hedonista como ninguno de sus compañeros, su intención artística tuvo como centro la alegría de vivir, más allá de llenar de tecnicismos sus cuadro y hablar de la luz o la naturaleza. Esa preocupación respondía a una necesidad de liviandad que había sido negada en su vida personal, primero con una vida familiar y amorosa llena de tormento y a la vez, al enfrentar problemas físicos que fueron mermando su fuerza para pintar.

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A mediados de 1880, cuando ya el prestigio de su talento lo había convertido en un referente de la pintura en Francia, Renoir fue diagnosticado con artritis en ambas manos, un hecho que limitada el tiempo que podía dedicar a la pintura. Así es como empieza a impregnar de realismo sus cuadros, redescubriendo la belleza de las cosas que, sin ser alterada, resultan ser agradables a la vista.

Para recordar y honrar su inmenso legado artístico, recorremos algunas de las pinturas que dan cuenta no solamente de su talento, sino de la agudeza visual, la capacidad de percepción sobre los sentimientos de los encuentros cotidianos que lo han hecho merecedor de un lugar primario en la historia del arte.

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Julie Manet y un gato

Este cuadro responde a un encargo que Eugène Manet, hermano del también pintor Edouard Manet, le hizo a Renoir. Más allá de su amistad y el indiscutible talento de Renoir, Manet quiso que fuese él quien pintara a su única hija porque confiaba en su capacidad de lograr atrapar en una imagen la ternura de la niña.

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Para lograr el lienzo, Julie Manet dijo en entrevistas que hubo varias sesiones, de las que recuerda mucho silencio y calma. Renoir, un pintor hecho de paciencia, se tomó el tiempo de ir construyendo el retrato, teniendo en cuenta lo que sucedía en el instante y es por eso que el gato que sostiene Juelie, parece estar sonriendo y acomodándose en el regazo de la niña.

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El almuerzo de los remeros

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En medio de la terraza de la Maison Fournaise, a las orillas de Sena, se alquilaban botes para enamorados y se organizaban fiestas que podían durar varios días y noches seguidas. Durante una de esas extensas jornadas, Renoir se plantó en frente de los obreros y distintas mujeres que se encontraban para disfrutar, con el propósito de capturar esa alegría de la celebración.

Varios amigos del pintor se encontraban allí, entre ellos Gustave Caillebotte, también pintor y coleccionista de la época, y Aline Charigot, modelo y una de las protagonistas de buena parte del catálogo de obras de Renoir, quien además, sería después su esposa.

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La Grenouillére

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La Grenouillere era otro de los espacios que más frecuentaba el pintor, junto a Monet. Ambos encontraban en este lugar una fuente de escenas con potencial de pinturas y por eso, gran parte de las escenas de los dos artistas recrean lugares parecidos.

"Renoir deja esta obra de arte como un testimonio de su filosofía y nos recuerda que la técnica no es lo que diferencia su obra de la de Monet, sino su forma de ver las cosas, su impresión. El ver la belleza en lo cotidiano, el sobreponer lo bello al dolor".