Publicidad

Publicidad

Publicidad

push logo
Sabemos que las notificaciones pueden resultar horribles, pero prometemos no abusar. Entérate de todo el mundo cultural en HJCK.
¡Claro que sí!
No, gracias.

Publicidad

La figura de la muerte en la literatura colombiana

En este texto tratamos de identificar algunas de las narraciones que han explorado los momentos más macabros de nuestra historia y cómo la violencia que ha vivido Colombia ha sido determinante frente a nuestra comprensión de la muerte.

muerte-colombia-literatura.png
La literatura funciona como un medio para comprender distintas construcciones metafóricas que varios autores han creado sobre la muerte y que, a manera de documento de memoria, coinciden con hechos históricos de violencia.
Jesús Abad Colorado

Más allá del hecho biológico detención del latido cardiaco— la muerte es un acontecimiento individual. Su complejidad atraviesa dimensiones sociales, culturales y religiosas, y son esas particularidades las que amplían sus lecturas y significados, los rituales que la acompañan y las formas en las que se eligen recordar a los muertos. Aunque suceda de zarpazo o llegue por fin después de un larga enfermedad, hay siempre una necesidad de contar la vida de quien ya no está, bien sea por honrar su memoria o como una forma de combatir la ausencia, y es justo en esa instancia que el leguaje funciona como un punto de encuentro. Así, es fácil preguntarse cómo se narra la muerte en un país que registra tantas masacres hasta la pérdida de cuenta.

En La figura de la muerte en la memoria literaria colombiana, Ida Viviana Valencia Ortiz, literata bogotana, asegura que "Pensar la identidad de una nación a partir de su literatura nos permite acceder a diversos elementos que, a través de la ficción, se erigen como figuras simbólicas que revelan características importantes para interpretar las causas y los efectos de las dinámicas culturales que hacen historia y tejen identidad en un país". Bajo esa perspectiva, la literatura funciona como un medio para comprender distintas construcciones metafóricas que varios autores han creado sobre la muerte y que, a manera de documento de memoria, coinciden con hechos históricos de violencia. En este texto hacemos un intento por identificar algunas de las narraciones que han explorado episodios macabros de nuestra historia: la muerte, las masacres; los mismos que a través de la ficción, han dotado de distintos sentidos la pérdida de la vida.

Publicidad

A menudo se habla del eterno retorno de la guerra en Colombia como un rezago y una deuda con la modernidad. Para Valencia tiene que ver con el origen de buena parte de los países latinoamericanos porque se encuentran "anclados en los principios de la civilización, cuando se les ocurrió a los europeos venir a saquear a los países del Tercer Mundo para acrecentar sus fortunas y poder continuar con sus matrimonios acaudalados, con su expansión santa, que traía a estas tierras violencia, enfermedad y muerte, aliados de la destrucción, la venganza". Ese hecho fundacional, atravesado por la violencia y la posesión a la fuerza, arrasó no solamente con los bienes de las comunidades indígenas sino que eliminó sus conocimientos y con la destrucción de esa cosmovisión, la realidad perdió el sentido, dejando apenas un espacio estrecho para la imposición de pensamiento.

Con el tiempo, la violencia ha cambiado de formas pero no se ha moderado. Por el contrario, ha afinado los modos de operar y ha mantenido el viejo silencio conocido ante la muerte. "Escudriñar entonces en las líneas de la ficción, donde es posible construir un mundo al antojo de quien crea la narración, la novela, donde la sociedad funciona con las reglas que el autor impone desde su relación con el mundo real, tal vez para satisfacer sus deseos de poder, tal vez para evocar un mundo diferente y explorar los posibles pasados, los posibles futuros en los que la situación sea diferente de la real, de la que cuenta la historia o de la que se vislumbra reflexionando los panoramas cerrados de sociedades caóticas como la colombiana (entre muchas otras)", propone Valencia al revisar la ficción como un mapa de navegación de la historia del país.

Publicidad

Los titulares, las noticias y los informes hablan de personas asesinadas, de cuerpos hallados sin vida, despojando a quien ha muerto de su nombre, su historia y su pasado, como si todo el relato de su vida solo pudiera contarse desde ese fatídico instante en que su corazón se detuvo. Sobran los eufemismos en los discursos oficiales para referirse a ellos porque ha alcanzado la desidia y el cinismo para inventar que hay muertos buenos y muertos malos, dando cabida a una idea macabra del merecimiento de la tragedia. Si bien las estadísticas no los nombran ni reconocen su individualidad, al menos los contienen. Según el Registro Único de Víctimas (RUV), históricamente 9'204.910 personas han sido reconocidas como víctimas en Colombia y 1.804.832 más, a pesar de ser víctimas directas de desaparición forzada y homicidio, no han tenido atención ni reparación estatal.

La muerte y la literatura colombiana

Publicidad

La importancia de nombrar y contar lo que ha sucedido a través de la literatura, explica Valencia, es que "logra mostrarnos diferentes puntos de vista de la historia, diferentes maneras de nombrar la realidad inmiscuida en nuevos mundos, en sus narraciones que permiten a los lectores y lectoras acercarse a la historia con otros ojos, recomprender su pasado y de esta manera iniciar la comprensión de su contemporaneidad". Desde la orilla de la ficción recordamos algunas postales literarias, relatos sobre la muerte que acompañan y dan forma a un velorio que no termina.

"Los Ejércitos", de Evelio Rosero

Publicidad

“Comeré lo que hayan dejado en sus cocinas, dormiré en todas sus camas, reconoceré sus historias según sus vestigios, adivinando sus vidas a través de las ropas que dejaron, mi tiempo será otro tiempo, me entenderé, no soy ciego, sanará mi rodilla, caminaré hasta el páramo como un paseo y después regresaré, mis gatos continuarán alimentándome, si llorar es lo que queda, que sea de felicidad, ¿voy a llorar?, no, solo arrojar una carcajada impredecible que me ha amparado todo el tiempo, y voy a reír porque acabo de ver a mi hija, a mi lado, te has sentado en esta piedra, le digo, espero que entiendas todo el horror que soy yo, por dentro, o todo el amor -esto último lo digo con voz alta y riéndome-, espero que te acerques compadeciéndome, que perdones al único culpable de la desaparición de tu madre, porque la dejé sola".

"Abraham entre bandidos", de Tomás González

Publicidad

Año 1954. A Abraham lo esperan en su casa. Enrique Medina, un reconocido bandolero que fue su compañero de primaria, ha decidido llevárselo a la fuerza para el monte. La guerra es la misma que había años antes y que habrá años después. Mientras Abraham y su amigo Saúl aguardan —a veces impacientes, a veces estoicos— el final de una marcha que parece infinita, en la ciudad, Susana, esposa de Abraham, cuenta las historias que componen la otra cara de la moneda: la de más de cincuenta años de una vida familiar que nunca ha estado del todo ajena al conflicto. En el monte, víctimas y victimarios entretejen sus vidas y descubren que los enemigos se convierten en cómplices cuando se comparte una misma miseria.

"La gente volvía a hacerse ilusiones y a pensar que ahora sí llegaría la paz. Uno se engaña. Algún día se acabarán, claro, porque nadie se acostumbra a que anden matando así a la gente (ni siquiera los que matan), pero vea usted en lo que estamos todavía".

Publicidad

"Los Ejércitos", de Evelio Rosero

“Comeré lo que hayan dejado en sus cocinas, dormiré en todas sus camas, reconoceré sus historias según sus vestigios, adivinando sus vidas a través de las ropas que dejaron, mi tiempo será otro tiempo, me entenderé, no soy ciego, sanará mi rodilla, caminaré hasta el páramo como un paseo y después regresaré, mis gatos continuarán alimentándome, si llorar es lo que queda, que sea de felicidad, ¿voy a llorar?, no, solo arrojar una carcajada impredecible que me ha amparado todo el tiempo, y voy a reír porque acabo de ver a mi hija, a mi lado, te has sentado en esta piedra, le digo, espero que entiendas todo el horror que soy yo, por dentro, o todo el amor -esto último lo digo con voz alta y riéndome-, espero que te acerques compadeciéndome, que perdones al único culpable de la desaparición de tu madre, porque la dejé sola".

Publicidad

"Changó el gran putas"

"Dame, padre, tu palabra,
la palabra evocadora de la espada de Soundjata
la sangrienta espada cantada por tu kora
la que bañó en sangre el suelo de Krina
solo para que Changó-Sol
todas las tardes
allí manchara su máscara roja.
¡Padre Kissi-Kama, despierta!
Aquí te invoco esta noche,
junta a mi voz tus sabias historias.
¡Mi dolor es grande!

Publicidad

(Hay un vodú escondido en la kora
dolor antiguo
alguien llora
dolor de las madres cuando pierden el hijo,
alguien llora
dolor de las viudas enjugándose con las sábanas
del muerto,
alguien llora
dolor de los huérfanos,
dolor que cierra los ojos
cuando el sol se apaga en pleno día
hay un vodú escondido en la kora
un dolor antiguo)".

"Río Muerto", de Ricardo Silva Romero

Publicidad

"Un relámpago entre el monte encendió las siluetas armadas con fusiles y describió los escombros del camino destapado. Hubo una parte de él, tal vez su cuerpo, que alcanzó a preguntarse –y su voz de la conciencia, que no tenía otra voz, era grave– “¿por qué no estoy pisando el acelerador?”, “¿por qué no estoy escapándomele a esta muerte”, “¿por qué no corro hacia las lomas junto a Belén?”. Pero el resto fueron las luces polvorientas y el estrépito del furgón. Fue frenando de a pocos para no llevarse por delante a sus tres, cuatro asesinos. Y luego, cuando su resignación apagó el camión y abrió la puerta y se bajó de un salto a la carretera y notó que iba a morir jadeando de miedo, vinieron los fusilazos en la oscuridad: «Tome por sapo, bobo hijueputa».

Se desgonzó. No se fue atrás como un hombre talado, sino abajo como un hombre sin huesos, como si morir fuera lo mismo que ser asesinado. Cerró los ojos y se dijo «no», pero quería y no podía gritar “ay”, unos segundos antes de desfallecer en el suelo cubierto de charcos y de piedras".