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“Encanto” y las grietas que deja la familia

La familia Madrigal nos enfrenta a la figura heroica real, en un escenario en el que la fuerza radica en aceptar la vulnerabilidad, porque no hay virtud en soportar nada, ni el dolor, ni el silencio, ni la carga impuesta por la familia.

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Quizás ese sea uno de los rasgos características de todas las familias, el desconocimiento entre parientes.

La casa es por definición, una edificación construida y destinada para ser habitada. Es la estructura, el contenedor. Pero más allá de la firmeza del concreto, hay algo intangible que convierte ese lugar en algo más que un espacio, un límite difuso que trazan los habitantes a partir de los afectos. Eso que no-tiene-forma es una sensación y un ritual que parece transformarse con el paso del tiempo y sin embargo, hay algo que perdura. Eso es un hogar.

La magia del milagro que salvó la vida de Los Madrigal, hace de la casita un hogar. En medio del Encanto, un pueblo que se construye a partir del recuerdo del Valle de Cocora y buena parte del Eje Cafetero, esta familia es el punto de partida y encuentro de todo lo que sucede con sus vecinos; siempre dispuestos y atentos a los demás, mientras adentro impera el silencio.

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Quizás ese sea uno de los rasgos característicos de todas las familias, el desconocimiento entre parientes. Siempre está claro el hilo de consanguinidad que nos une: somos hijas de nuestras madres y nuestros padres, sobrinas de sus hermanos y primos hermanos de los hijos de esos tíos. Hay un nombre que nos identifica y, a falta de dones mágicos, características que nos encuentran con otros miembros del árbol genealógico, pero más allá de eso, nada.

La respuesta a esa distancia es el silencio. La primera grieta del hogar. En ese espacio negro encuentran su raíz los secretos que se sostienen por generaciones y tejen de manera definitiva un nudo que, más temprano que tarde, todo lo detiene, todo lo rompe. Pero es ese instinto de tensar todos los hilos del tejido lo que termina por darnos una voz que nos hace reconocernos.

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Vistos desde la puerta de la casa, Los Madrigal son una familia soñada. Mujeres hermosas que hacen brotar flores, curan con comida y tienen super fuerza. Madre, hermanas y tías cumplen con lo que la abuela —y la magia—ha designado para ellas, mientras los hombres acompañan. Pero como en las familias reales, no se habla de las lealtades que pactamos de manera tácita, de las responsabilidades que asumimos sin que nos correspondan, de ese sentimiento insoportable de amar y odiar tanto esa manada, de la ferocidad con la que ese amor nos devora a nosotros mismos.

Los retratos familiares están llenos de tíos Bruno que se esconden en la última página, como una herida pospuesta y abandonada a su suerte, al silencio. Y todas esas cosas que no-se-dicen revientan un día las paredes y los vidrios, apagan las velas, fragmentan la burbuja de la familia que creemos tener y se convierten en un aullido que, lejos de encontrarnos a través de las palabras, nos enfrenta de una esquina a otra, y solo flechas impregnadas de rabia cruzan los extremos, hasta que alguien baja los brazos y se rinde pidiendo una tregua.

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Quién sabe desde qué momento del mundo creímos que ser fuerte es aguantar, hasta hacer que el cuerpo se apague. Como inhalar de manera sostenida, o apretar los dientes para retener las lágrimas y nunca, pero nunca, pedir ayuda. ¿De qué sirven los poderes? ¿Qué valor puede tener ser un héroe, si es ese delirio de salvación la única motivación? Nadie salva a nadie. Nadie necesita ser salvado porque la vida consiste en eso, aprender a atravesarse.

La familia Madrigal nos enfrenta a la figura heroica real, en un escenario en el que la fuerza radica en aceptar la vulnerabilidad, porque no hay virtud en soportar nada, ni el dolor, ni el silencio, ni la carga impuesta por la familia. Yo misma he visto el descenso de la mía, he asistido el derrumbe de todos los que ubiqué en un altar imposible para cualquier ser humano y ha sido esa caída la única visión honesta que he tenido de ellos.

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Alguna vez escuché que como hijas, somos implacables, hasta que llega un día en el que añoramos benevolencia por parte de los que amamos. Todo el tiempo transitamos el umbral entre ser-quien-daña y ser-herido, pero ese ciclo solo se interrumpe cuando se es lo suficientemente honesto —y valiente— para reconocer el dolor que hemos durante mucho tiempo. Y en Colombia, en la mayoría de casos, ha sido un dolor impuesto.

Si fuera posible ver cómo nos deteriora todo lo que no decimos y que nos duele, seguramente seríamos todos cuerpos llenos de grietas y muchas de nuestras partes flotarían en los ríos o en los campos, en cualquier lugar donde se que haya terminado ese abuelo —hijo, hermano, padre, madre— que nos arrebataron. "Ya solo falta hacer lo necesario / En el mundo que sigue cambiando / Tumbando sus paredes" escribió Lin-Manuel Miranda, en una de las canciones que compone la banda sonora de la película, y continúa, "Ahí viene nuestro milagro" porque quizás sí se trate de eso, de tumbarlo todo, cargar los escombros y volver a empezar. Finalmente, uno mismo es su propia, su única casa.