Literatura

Durante este año y medio, la pandemia ha reescrito la forma de despedirnos de nuestros seres queridos. El último libro de la prestigiosa autora nigeriana, Sobre el duelo, habla sobre la muerte de su padre y la dolorosa realidad de no poder viajar para su funeral.

Evito los pésames. La gente es amable, tiene buenas intenciones, pero saberlo no hace que sus palabras duelan menos. “Desaparición”. Una de las favoritas de los nigerianos, evoca para mí oscuras tergiversaciones. “Ante la desaparición de tu padre”. Detesto “desaparición”. “Está descansando” no me aporta consuelo, sino una mofa que dibuja el camino hacia el dolor. Mi padre podría muy bien estar descansando en su habitación de nuestra casa en Abba, con el ventilador moviendo el aire caliente, la cama cubierta de periódicos doblados, un libro de sudokus, un viejo recordatorio de un funeral, un calendario de los Caballeros de San Malumba, una bolsa llena con frascos de medicinas y sus libretas de páginas cuidadosamente pautadas donde anotaba cada cosa que comía, el registro de un diabético. “Está en un lugar mejor” asombra por su presuntuosidad y tiene algo de inapropiado.

¿Cómo vas a saberlo tú? ¿Acaso no debería ser yo, la que ha perdido a su padre, quien tuviera antes acceso a esa información? ¿De verdad debo enterarme por ti? “Tenía ochenta y ocho años” irrita profundamente porque la edad no es relevante para el dolor: no se trata de lo viejo que era, sino de cuánto lo queríamos. Sí, tenía ochenta y ocho años, pero ahora de repente se abre un cataclismo en tu vida, te arrebatan una parte de ti para siempre. “Ha asado, así que celebremos su vida”, escribió un viejo amigo, y me indigné. Qué fácil es pontificar sobre la permanencia de la muerte cuando, de hecho, es la permanencia de la muerte la fuente de la angustia.

Ahora me estremecen las palabras que les dije en el pasado a amigos en duelo. “Busca consuelo en tus recuerdos”, solía decirles. Que te arranquen el amor, sobre todo de manera inesperada, y que luego te digan que recurras a los recuerdos. Más que auxilio, los recuerdos me traen elocuentes puñaladas de dolor que dicen “Esto es lo que nunca más volverás a tener”. A veces me provocan risas, pero risas como rescoldos que enseguida vuelven a arder por el dolor. Espero que sea cuestión de tiempo; que sencillamente sea demasiado pronto, que sea terriblemente recientemente para esperar que los recuerdos sirvan solo de bálsamo.

Lo que no me parece un hurgar deliberado en las heridas es un simple “lo siento”, porque du banalidad no implica nada. “Ndo”, en igbo, me conforta más, una palabra que es “lo siento” con un peso metafísico, una palabra que abarca más que el mero “lo siento”. Los recuerdos concretos y sinceros de quienes le conocieron son mi mayor consuelo y me conforta que se repitan las mismas palabras: “honesto”, “sereno”, “amable”, “fuerte”, “callado”, “sencillo”, “tranquilo”, “integridad”.

Mi madre me cuenta que la ha llamado Ayogu para decirle que mi padre fue el único jefe que “nunca le dio el menor problema”. Me acuerdo de Ayogu, alto con maneras gentiles, el chófer de mi padre cuando era vicerrector adjunto de la Universidad de Nigeria, en la década de 1980. ¿Fue acerca de Ayogu o del otro chófer, Kevin, el activista encantador, acerca de quien una vez mi padre me dijo tranquilamente, cuando yo, con la altivez de una niña de siete años, quise que me llevara en coche al colegio: “Es mi chofer, no el tuyo”?

 

FRAGMENTO

Cortesía Literatura Random House


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