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Mujer mariposa

Una reflexión sobre lo que significa cambiar, ser otra mujer y habitar nuevas pieles. ¿Quiénes somos cuando dejamos de ser quienes éramos?

Mujer mariposa
Fotografía de la artista Tatiana Castillo justo después de tatuarse la mujer mariposa.
Cortesía

La mujer mariposa es una iconografía presente en una gran variedad de técnicas de ilustración, pintura y tatuaje tradicional. Una imagen que retrata a una mujer con alas de mariposa que salen de su espalda. Un símbolo que decidí adoptar en mi piel como recordatorio, como una especie de llamado amable hacia mí misma.

De todas las cosas que se transforman, las más hermosas son las que surgen con alas y en contra de las corrientes, vuelan mientras hacen reverencia a los rayos del sol. Que posan sus secretos como recordando, como dando un aire de vida y libertad a lo que antes fue una herida. Una historia que se abre para desencarnar la profundidad de la costumbre, del dolor del desamor, de la pérdida.

Cuando entregué mis alas lo hice de manera voluntaria, como llamando, invitando a otro a que me eleve con las suyas y me sostenga. A que se lleve el peso y yo, a fuerza del amor y la liviandad, no necesitara más las mías.

Hace poco menos de un año mi vida comenzó una metamorfosis drástica. Pude reconocerme como una larva encerrada en una crisálida construida por mí misma durante años. Un espacio conocido, que había habitado antes. Sabiendo en el fondo que algún día tendría que salir de allí.

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Mujer mariposa

Las barras que encarcelan nuestro ser suelen ser reforzadas por nuestros propios pensamientos.

Y como toda mariposa, al salir de su crisálida, aparentemente marchita, mojada y medio tiesa, me enfrenté al cambio. Afrontando la crudeza de la soledad y el miedo a verme a mí misma todos los días. No con la lupa de la víctima, sino con el conocimiento de haber tenido la responsabilidad absoluta de la herida.

Ofrecí mis alas. Luego las guardé metros bajo tierra, guardadas por un siete cueros en la montaña del páramo, mientras me entregaba a construir los cimientos de una casa a medias, temporal, prestada. Al enterrarlas hice una caja de madera cubierta en su interior por láminas de seda para protegerlas, por si algún día las necesitara de nuevo.

El paso que decide darse, sin mirar atrás, sin remordimientos, es el que libera. No fueron allí las alas ni el aire que me llevó a la transformación. Fue la certeza del cambio como única posibilidad del conocimiento de mi propio ser. De mi peso, de mis cargas y también de las ventanas que están abiertas como otras opciones de vida.

Bajé de la montaña y allí estaban mis alas. Me sentí lista para usarlas de nuevo. Para entenderlas como el símbolo de todo lo que necesito, el reflejo constante de las cosas que no puedo olvidar.

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Un vuelo que me recuerda que todo está adentro, en el corazón, en la piel que se mueve conmigo, que me contiene y me conecta con el mundo, con mi propia historia.

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