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El piano y sus intérpretes

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  • De Santa Ana a Blanca Uribe

    A las mujeres se les entregó la música como un pasatiempo, una labor más para acompañar el bordado o las labores estéticas ideales para amenizar las veladas familiares. Sin embargo, en Colombia han sido las mujeres las protagonistas de los grandes conciertos, de los premios y de los festivales. Esta es la historia de una pianistas y a través de ella, el recuerdo de las mujeres en la tradición del piano en el país.

    -Laura Galindo M.

  • El piano era una profesión de hombres. Un pasatiempo de señoritas, pero una profesión de hombres. En 1888, el periódico La Voz de Antioquia publicó un anuncio de página entera en su sección de clasificados de martes: doña María del Rosario Uribe de White tenía todo listo para abrir el Instituto de Santa Ana. Por fin, las señoritas de clase alta tendrían una escuela a la altura de las más prestigiosas de Inglaterra para educarse, demostrar la posición social de su familia y aumentar su propio valor a los ojos de los pretendientes.

    Dependiendo de la cantidad de décimos que estuviera dispuesto a pagar el padre o tutor, las señoritas podían ser admitidas como internas, semi-internas o externas. Cada modalidad con intensidades académicas distintas, pero núcleos comunes: bordado, tejido, lectura, religión, urbanidad, piano, canto, aritmética básica y ejercicios calisténicos. En el siglo XIX, las mujeres se debían al hogar, la familia y el marido. Su educación, entonces, estaba dirigida a ser esposas, madres y amas de casa.

    El piano, por su parte, tenía una vida doble. Era un instrumento profesional, de grandes intérpretes y grandes compositores, y era un instrumento doméstico, ideal para que las señoritas amenizaran las veladas familiares. Los repertorios, desde luego, eran diferentes. Los varones se presentaban en los teatros y concursos importantes con obras de compositores canónicos como Bach, Beethoven o Chopin; y las señoritas tocaban piezas cortas, sencillas y, por lo general, festivas.

  • La historia cambia, pero también pesa.

    Me senté en un piano por primera vez cuando tenía 8 años. En alguna de esas reuniones de adultos, en las que los hombres tocan guitarra y las mujeres cantan. Puse las manos sobre un teclado desatendido y, por instinto, se articularon los intervalos melódicos de un bambuco que tarareaba mi abuela. Años más tarde, comprobé que la historia es la misma para todos los que tocamos algún instrumento. Desde ese día, el piano se convirtió en un juguete más: de las fichas de construcción, pasaba al piano y del piano a la bicicleta. Nunca fue un estudio formal, con horas de práctica y ejercicios técnicos. Fue un juego, el de aprenderse la música de moda para mostrársela a los amigos y a la familia en navidad.

    Cuando resolví que el piano sería mi vida me encontré dos muros enormes: no tenía los conocimientos suficientes y no tenía referentes que pudiera seguir. Sabía de pianistas que iban de gira por el mundo ganando competencias: Lang Lang, Radu Lupu, Vladimir Ashkenazy, Christian Zimmerman. Sabía de pianistas colombianos con carreras importantes: Oriol Rangel, Jaime Llano, Luis Carlos Figueroa, pero no sabía de ninguna mujer. Y eso, he de admitirlo, pesa.

    Marcia Citron, autora de Gender and the Musical Canon, un libro que me obligó a respirar hondo, dice que las mujeres sufrimos de ansiedad de autoría cuando de escribir o interpretar música se trata. Más simple: no nos sentimos capaces. Cuesta reconocerlo, pero es cierto. Es el mismo impulso irracional que nos hace preferir un taxi conducido por un varón que uno por una mujer cuando vamos tarde. En el fondo, en algún lugar escondido que me aún me apena reconocer, llegué a pensar que los hombres eran mejores pianistas que las mujeres. Tenían manos más grandes, más fuerza en los brazos, menos miedos y casi ningún complejo.

    Estaba comenzando la universidad cuando di con Blanca Uribe. Aún guardo el programa de mano que le pedí que me firmara al final del concierto en el que la escuché tocar por primera vez. “Con cariño y mis mejores deseos”, dice. Es una mujer menuda de no más un metro con cincuenta y cinco, de manos pequeñas y, para entonces, casi 70 años. Una mujer pianista. De sonido enorme y profundo, ideas musicales sensibles y limpieza técnica inmaculada. Finalista del Concurso Chopin de Varsovia, medalla de oro en el Concurso internacional de Ginebra, tercer lugar en el Concurso Internacional de Piano Van Cliburn y primer premio del Concurso Internacional de Orense. Esos, por nombrar algunos, la lista es larga y generosa.

    Me volví su seguidora. Iba a escucharla siempre que tocaba en mi ciudad. Leí al detalle sus biografías, me aprendí de memoria sus títulos, quise estudiar en las universidades en que estudió y tocar los repertorios con los que se consagró. Blanca Uribe estaba ahí, en los escenarios. Era colombiana, era mujer y era brillante. Estaba ahí, en donde por primera vez soñé estar yo.

    Para el 2007, Uribe era profesora de piano en Vassar College, en Nueva York. Antes lo había sido en NYU y en Eastman School of Music. Escuelas prestigiosas y de músicos geniales, que viajan por el mundo ganándose concursos. Comencé a trabajar duro para postularme en alguno de esos programas y, quizá, con un poco de suerte, volverme su alumna. Para no ahondar en detalles sin importancia, nos volvimos a encontrar ocho años más tarde en Medellín, ella había regresado a Colombia para trabajar en el departamento de Música de la Universidad Eafit y yo, como su admiradora más fiel, me había hecho aceptar en la maestría en música bajo su tutoría.

    Medellín, la misma ciudad del Instituto de Santa Ana para señoritas, fue mi escuela de piano. Pero esta vez, las mujeres tenían otro lugar. Además de mi maestra, estaba Teresita Gómez, de quien supe de través de una anécdota, que no me atrevo a asegurar como cierta, en la que le preguntaban por diferentes compositores. “Bach”, decían. “El padre de todo”, respondía ella. Cuando llegó el turno de Beethoven, admirado y temido entre pianistas por la dificultad de su música, Gómez respondió: “¡Tenía que ser sordo ese hijo de puta!”.

    Con ambas recibí clases. Blanca Uribe fue mi maestra oficial y Teresita Gómez la versión de esa tía alcahueta que acompaña la sobrina a perforarse el ombligo. Me enseñaba digitaciones más fáciles para que los pasajes imposibles salieran sin tantas lágrimas, me mostraba pianistas virtuosos equivocándose en recitales para que me sintiera menos sola y me convencía de intentar repertorios difíciles bajo la premisa: “Si lo haces mal, nadie se va a morir, no eres cirujana”.

    He de confesar que jamás fui la alumna más brillante, ni estuve de gira por el mundo, ni me gané medallas olímpicas. Para ser franca, me volví periodista después de graduarme. Pero entendí el piano como un camino, como un lenguaje y como una forma de pensar el mundo. Entendí el piano como un espacio de reflexiones profundas a partir de referentes cercanos y como una esquina de encuentros interdisciplinarios en las que puedo mencionar a Wagner, recordar Apocalipsis Now y explicar los intereses políticos de la Segunda Guerra Mundial. Como un lugar en el que soñé y sigo soñando.

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  • En una entrevista con la HJCK, la pianista colombiana Teresita Gómez dijo que cuando iba a comenzar un concierto, cuando se sentaba al frente del piano y sentía la energía recorrer sus dedos, le sucedía algo especial: su mente parecía quedarse en blanco. No importaba lo mucho que hubiese estudiado las digitaciones, cuántas horas había pasado escuchando la música que presentaría, las semanas dedicadas a la práctica; justo al mirar de frente las 88 teclas de esa bestia de madera que le rugía en una lengua que solo ella podía entender, su mente se vaciaba. Después de una hora o dos, estremecida por los aplausos, su espíritu regresaba a su cuerpo, a su lugar. Luego de esa conversación, uno podría pensar que el piano rapta por el tiempo en el que es tocado el espíritu del músico: se lo come, lo guarda en la caja de resonancia y de ahí es de donde saca su sonido.

    La historia del piano, como la conoceremos en este especial de la HJCK, nace en Europa, pero su viaje no tarda en llevarlo a los salones de baile de Francia y los suburbios de Harlem, en Estados Unidos. Este instrumento ha codificado un lenguaje sobre el amor y la guerra, ha ambientado las luchas civiles y ha servido como reivindicación femenina y racial. Por estas razones, y aprovechando que el día 88 del año (29 de marzo) es el Día internacional del piano, decidimos contar cómo lo que parece un divertimento para algunos o el lujo de una élite es, realmente, una creación de la humanidad que solo puede hablar de algo tan trascendental como el lenguaje del alma.

    Hurgamos en nuestros archivos, visitamos a los pianistas más importantes de nuestro país, escribimos sobre el recorrido del piano y traemos a ustedes El piano y sus intérpretes, un especial de la HJCK y Comfama sobre el instrumento rey.

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  • Una historia entre octavas

    Diversión para reyes, entretenimiento para burgueses, reivindicación para minorías y siglos después de su invención el sonido que ha marcado la mayoría de pueblos en el mundo. Esta es la historia de un entretenimiento aristócrata europeo que pasa en forma de ritmo a barrios populares en todo América. Un recorrido del piano por la música clásica y su paso por el jazz hasta la salsa.

    -Nicolás Cáceres

    Parte I

    De prototipos a composiciones atemporales

    El siglo de las luces está a punto de cambiar para siempre la historia occidental. Aparecerá la máquina de vapor, la enciclopedia, la Bastilla caerá y la primera revolución industrial sucederá. Un hombre a principios de siglo, de origen paduano trabaja en la corte de Fernando de Médici, el primogénito libertino del Gran Duque de Toscana conocido como “el patrón de las artes” gracias a su afamada colección de instrumentos junto a su afición genuina a la música. No se sabe con certeza cuándo, ni cómo presentó su invento. Primero fue un spinettone, luego un clavicordio. Sin embargo, su espíritu era mucho más ambicioso para quedarse allí. Quería un instrumento que pudiera registrar tonalidades altas y bajas mientras el sonido fuese permanente.

    Bartolomeo Christofori lo lograría para 1711, aunque los registros llevan su trabajo hasta 1698. Su “cimbalo col piano e forte” llegaría para quedarse en la historia del arte como el origen del instrumento rey. No obstante, no fue popular al principio. El piano necesitaría de mejoras técnicas y profundos cambios sociales para lograr su popularidad en nuestros tiempos.

    “Realmente empieza a ser muy reconocido con uno de los hijos de Bach, que es Johan Christian Bach, que lo populariza en Londres. Eso es alrededor de 1770, o sea, pasan 60 años desde la fabricación del primer prototipo. Bach padre lo ve en 1747 y aunque le interesa, considera que aún el prototipo está limitado. No alcanzo a ver un prototipo suficientemente atractivo”, cuenta Felipe Calle, pianista y profesor de piano colaborativo e historia de la música en el Conservatorio del Tolima con Maestría en el Cleveland Institute of Music mientras conversamos en una cafetería de Bogotá.

    Es precisamente uno de los 20 hijos de Bach, Carl Philipp Emanuel Bach, uno de los primeros compositores en utilizar ampliamente el fortepiano para sus obras. Tanto así que trabajó de la mano con el constructor Gottfried Silbermann (es él quién le presenta el prototipo a Johann Sebastian), considerado como el primer alemán en construir un fortepiano, evolucionando el prototipo de Christofori. Sin embargo, no sería Carl el Bach más influyente en cuanto a la popularización del piano.

    Para 1764 sucedería un encuentro trascendental. Un joven genio de ocho años visita Londres junto a su padre. Lo recibe uno de los pianistas más famosos de la ciudad, el mismísimo Johann Christian Bach que como bien se mencionaba el papel del “Bach de Londres” como se le conoció, es fundamental para su popularidad. Aunque se inclinó por la ópera, concentró parte de su obra en composiciones para piano. Pero su papel en la evolución del instrumento no quedaría ahí. El encuentro marcaría al joven genio profundamente, tanto así que para 1777 cuando tenía 21 años, concentraría su obra en conciertos desde el pianoforte. Estamos hablando de Wolfgangus Theophilus Mozart.

    Es en este mismo año que el compositor visita el taller de Johann Andreas Stein (que terminará convirtiéndose en una de las empresas fundamentales en el siglo XIX en la producción y desarrollos del piano) y queda impresionado por los avances en sonido que presentaba este modelo alemán. Paralelo a Mozart, empieza destacarse la obra para piano en compositores como Haydn y tan solo algunos después, la aparición de otro “superdotado” para la música, influenciado por su padre y la visión del niño genio que daba conciertos a los 7 años como Mozart, aparecería Ludwig van Beethoven, considerado uno de los mayores intérpretes del instrumento gracias a sus sonatas que permanecen vigentes hasta nuestros tiempos.

    La cúspide de los pianistas clásicos llegaría con el virtuosismo de Chopin y su figura dentro del romanticismo, Litzs y Schumaan en la primera mitad del siglo XIX. “Yo creo que Schumann es alguien que le dio otro punto de vista al piano. Su complejidad, su técnica. Y otro que revolucionó, fue Franz Liszt. Mandó construir unos pianos que tenían más octavas para tener más posibilidades en su composición. La técnica del piano la lleva a otro nivel en acordes, en velocidad. Yo digo que Schumann en esa parte muy romántica de composición, en la estructura de las piezas, pero de la técnica es Liszt”, narra Natalia Henao, licenciada en música, mágister en literatura y docente de Historia de la Música, en la Fundación Universitaria Bellas Artes, de Medellín.

    Si bien podríamos hablar de obras cumbres como la Sonata para piano n° 14, de Beethoven o Liebestraum, n° 3, de Liszt, debemos detenernos un momento para explicar este punto de la historia porque la concepción del instrumento cambia por completo. La popularización del piano para el siglo XIX no está ligada solamente a los avances tecnológicos generados por talleres en Alemania, Inglaterra o Viena, ni al avance técnico de las composiciones. Nada es ajeno a los cambios sociales, y mucho menos, en el paso del siglo de las luces a la industrialización.

    La música, como cualquier otro tipo de entretenimiento y de arte, estaba reservada para la realeza, duques y personas con títulos nobles. Los grandes compositores, así como los artistas de la época, solían estar estrechamente relacionados con las cortes de los Reyes y los sitios construidos para apreciar el arte, además de los palacios y los sitios religiosos. Es común encontrar en la biografía de los autores clásicos una profesión que les permitía ganarse la vida: profesores. También debemos situarnos en un momento donde la tradición musical de los pueblos no era transmitida de forma escrita, si no que precisamente era una tarea que se enseñaba en la práctica y en la cual, su mayoría, estaba limitada a herederos y personas con poder.

    Teniendo esto en cuenta y con la aparición de la máquina a vapor, el ferrocarril, la caída de las monarquías y la Revolución Francesa echando raíces se consolidó la burguesía. La reproducción en serie cambió el panorama en términos de productividad pero también en términos de las dinámicas cotidianas en un hogar. El piano fue uno de los elementos que empezaron a ingresar en los hogares burgueses de todo el mundo.

    Para este momento, en la segunda mitad del Siglo XIX ya no hablamos de algunas reproducciones en palacios. Hablamos que gracias a la revolución industrial existe una competencia entre marcas productoras de piano para sacar el prototipo más eficaz en cuanto sonido. Y cada prototipo, no tiene solo una reproducción, si no que se habla de cientos que empiezan a ingresar a la casa de burgueses en el continente europeo y en Estados Unidos. Esto además contribuirá a la estandarización de un modelo base que se mantiene hasta nuestros días. Y de forma paralela empieza a asociarse con el mundo femenino debido a esa conexión de tareas del hogar y de brindar entretenimiento doméstico.

    Los compositores ahora escribían reducciones de sus sinfonías para aficionados y escribían piezas a cuatro manos para que las familias pudieran tocarlas. Sus clases ahora estaban al alcance de una mayor parte de la población y el piano, aunque se sigue considerando un objeto de lujo, empieza a estar presente en espacios de diversión y entretenimiento compartidos como los salones de baile, que se fueron popularizando con la migración de personas del campo a las ciudades. Y si se tenía alguna duda, las composiciones de los autores que hoy conocemos y veneramos dentro de este período no solía ser la música popular del momento salvo algunas excepciones. Eran famosos por su complejidad y por su renombre en las instituciones que frecuentaban, sin embargo, la música que sonaba regularmente eran vals que se hacían populares en estos sitios compartidos socialmente.

    Es decir, para este momento, el piano ya no estaba reservado para algunos nombres. Era un objeto de valía y belleza estética, pero también se consideraba como fuente de entretenimiento social en lugares compartidos y también de forma íntima en los hogares. Pero recuerden algo importante, era un objeto solamente de la burguesía que nunca fue mayoritaria en el mundo.

  • Parte II

    Uno, dos, tres: ¡Jazz time!

    La sociedad como la conocíamos ha cambiado completamente a inicios del siglo XX. Cientos de años atrás estaba la figura de un rey al que había que rendirle culto. Ahora, se habla de Derechos de los hombres, igualdad, abolición de la esclavitud, constituciones, leyes y democracia. El mundo parece haber dejado la barbarie atrás, pero como dijo Goya: “el sueño de la razón engendra monstruos” y la primera parte del siglo será una bofetada a esos ideales.

    Para 1906, un hombre logra enviar un mensaje mediante ondas electromagnéticas de alta frecuencia. La humanidad ha creado la radio. Y en comparación con el piano, no necesitas estudiar, solo comprender su básico funcionamiento, entonces el entretenimiento no se limitará a la música. Solo necesitarás algún activo para adquirirlo. El piano, como efecto directamente proporcional a la popularización de la radio, sería reemplazado de los hogares. Pero eso no sería problema, el piano ya estaba grabado en lo profundo de la cultura.

    La competencia por la producción de los mejores pianos la encabeza Estados Unidos. Atrás se han quedado las fábricas alemanas, italianas y francesas. Steinway & Sons, vigente hasta hoy, se convertiría en la compañía con los avances tecnológicos más relevantes del instrumento. La industria ya estaba formada y no volvería a depender de unos cuántos aristócratas. Además, la producción en masa lo había llevado a lugares insospechados como escuelas o comunidades marginales que lo adoptaron rápidamente. Con el sueño de la conexión mundial, diversas culturas que antes parecían demasiado lejanas, estaban se aproximaban. Y con ello, nuevos ritmos se adentraron en la música clásica.

    Ragtime, el puente entre la música clásica y el jazz

    Un joven pianista negro de Texas se propone llevar un ritmo surgido en las entrañas de la cultura africana y la comunidad negra a la categoría de música clásica. Este joven aprende en casa de uno de los patrones de su madre sobre piano y sus bases. Viaja por San Luis y todo el sur de Estados Unidos. Toca en bares y en teatros mientras trabaja en piezas y montajes escénicos para piano. Cuando tiene 31 años, publica Maple Leaf Rag. El ragtime ha alcanzado su máximo esplendor. Scott Joplin, su protagonista.

    “El ragtime era música europea pero tocada, digámoslo de esta manera, tocada a lo negro. O sea, es pura música francesa pero tiene como el feeling del americano. Pero sigue siendo la misma música francesa, sus raíces y su forma, pero ya más sincopado, porque esa era su naturaleza”, explica Natalia Henao.
    Inspirados por estos ritmos, compositores clásicos como Debussy y Stravinsky lo incorporaron dentro de sus obras como exploraciones artísticas, no como una inclinación o favoritismo de lo considerado “música clásica” por el ragtime en particular, ya que este tipo de obras, terminaron siendo criticadas por la utilización de “ritmos primitivos” dentro de un “arte superior”.

    El ragtime será el predecesor de un género nacido en las entrañas negras de un país y una sociedad profundamente racista que pondrá contra las cuerdas a eruditos, será protagonista de revoluciones sociales y el piano, hará parte fundamental de él.

    Las primeras décadas del siglo XX en Nueva Orleans, con más un millón de personas afroamericanas escapando del racismo, la popularidad de los clubes nocturnos y las orquestas se elevaron en gran medida. El Jazz abarrotó esos bares, se escuchaba en todas partes y el piano se incluyó en lo que se denominaría el Hot junto al saxofón, donde se destacan los ritmos militares (herencia de los ejércitos de la Primera Guerra Mundial) y una distancia marcada de ritmos africanos que sí estaban presentes en el ragtime. Storyville será el epicentro del género, un barrio de entretenimiento nocturno, lugar de juego y prostitución, donde el jazz nacería.

    Con la intervención de este barrio a finales de 1919, la vida nocturna se traslada a Chicago y mayoritariamente a New York. Es allí, en Harlem, donde se mostrará al mundo la cultura afroamericana de la mano de artistas que empezarán a grabar los primeros discos de Jazz que se popularizarían como el caso de Louis Armstrong. Para 1930, la figura de Duke Ellington ya era reconocida y la imagen de su figura dirigiendo a su orquesta sentado en el piano ha quedado grabada en la memoria popular. Las big band eran la sensación de entretenimiento y el swing dominaba el mundo. El Jazz alcanza una connotación comercial en este punto aunque se mantuviese considerada como música de unos cuantos.

    Al respecto, Natalia Henao agrega: “Es curioso, porque también los directores de las big band como Duke Ellington, dirigían desde el piano, como lo hacían en el barroco. El barroco se dirigía desde el clave. Entonces mira que le da mucha importancia a este instrumento, como quien dice, es de ese instrumento de donde salen las composiciones, de ese instrumento, salen los arreglos”.

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  • Para la década de los 40, desde una facción del Jazz solían ver al swing como una rama menor del género. Con figuras de un virtuosismo exorbitante para la época como Art Tatum que convertiría el “Boggie Boggie” y Bud Powell que traduciría el “BeBop” de Charlie Parker al piano, el insturmento evolucionaría para la década de 1950, donde el factor de improvisación junto a la técnica era la ley para hacer parte de los círculos de la élite del género o el Hard Bop. Figuras experimentales y transgresoras como Thelonious Monk o Bill Evans (considerado el pianista más influyente de los últimos tiempos) aparecerían.

    “El Chopin del Jazz” como fue considerado Evans, parafraseando a Natalia Henao, le dio el mood a lo que hoy concebimos como Jazz. Marcó un canon que estuvo presente en obras trascendentales como “Kind of Blue” de Miles Davis. Además fue de los pocos blancos que pudieron hacer parte del género junto otras figuras como Dave Brubeck o Chet Baker.

    El desarrollo del Jazz gracias a su fuerza creativa y a su estampida intelectual y virtuosa, pudo evolucionar hasta hoy en día. Sin embargo, es entrando en la década de los 50 donde adquiere una connotación política mucho más marcada. La música es un factor determinante de identidad para los pueblos. Nos hallamos en ritmos, la historia de nuestros ancestros se resume en una nota y es posible expresar lo que somos. El Jazz y el Blues en este caso son la historia de la comunidad negra de Estados Unidos y la banda sonora del movimiento por los derechos civiles.

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  • Mississippi Goddam

    Un ritmo alegre va y viene. Son las primeras notas de un piano que marcará el compás de una canción de cinco minutos. El auditorio en su totalidad es completamente blanco. Las manos de la sacerdotisa continúan tocando hasta que las palmas del público se extinguen. Es la primera vez que el mundo escucha esa canción. ¿Una nueva historia de amor? ¿Una mujer cantando sobre la felicidad? ¿Un nuevo hit mundial? El Carnegie Hall escucha las primeras líneas y palidece. “Alabama me tiene tan molesta, Tennesse me hizo perder la tranquilidad y todo el mundo sabe lo de Mississippi, maldita sea”. Estamos ante la primera canción por los derechos civiles de la artista y uno de sus mayores himnos. Estamos hablando de Nina Simone.

    Para 1964 cuando aparece la composición de Simone, ya es una artista reconocida. Ha pasado casi una década desde que Rosa Parks se negó a cederle el puesto a un hombre blanco y generó la caída de la terrible ley “separados pero iguales” en EEUU. Casi 8 desde la escolta de la guardia nacional a estudiantes en Arkansas y tan solo uno desde que Martin Luther King pronunciará en Washington “I have a dream”. Si bien la reivindicación de la cultura negra y el jazz ya se habían unido en algunas canciones, como en (What Did I Do To Be So) Black & Blue de Louis Arsmstrong o Strange Fruit, de Billie Holiday ambas en 1929. Sin embargo, aunque en la práctica la Ley de los Derechos Civiles ya había sido aprobada, la aparición de la canción de Nina Simone surge cuando la violencia se recrudecerá aún más contra la población negra y se recrudecerá con los asesinatos de Malcolm X y Martin Luther King años más tardes.

    La canción de Nina se convierte en un elemento de reivindicación, una bandera ondeando ante la injusticia, la segregación y el racismo estructural. Su poder radica en que acá no hablamos solo del piano, siquiera de algún otro instrumento o una figura artística central (aunque por supuesto contribuyó). Hablamos de la música no solo como un placer intelectual sino como un ritmo que abandera la historia de un pueblo en su lucha por la reivindicación ante la historia y el futuro. Y esos ritmos, no podrían venir de otro lado, que como mencionamos al principio, una música nacida en las entrañas de las comunidades negras.

    El Jazz desde su aparición fue considerado por los críticos de la música “culta” como una confrontación de ritmos salvajes, anticuados y sin fundamento provenientes de una “minoría inculta y cuestionable” apoyados por supuesto en un racismo visceral y arraigado en lo más profundo de la sociedad. De estas críticas proviene esa percepción donde vemos al Jazz como contrario de la música clásica. Sin embargo, existen muchísimos entre ambas, que se tendieron desde el inicio y que aún hoy se mantienen. “Muchos de estos pianistas tuvieron su formación en lo clásico. Solemos pensar que son opuestos, y no hay muchos vínculos y hubo una gran admiración por el arte de muchos compositores y pianistas clásicos por los pianistas del jazz”. Me advierte Felipe Calle.

    Un ejemplo de esto es la misma Simone, formada en lo clásico y con el sueño de ser una de las grandes compositoras en este tipo de música. Y aunque por el mismo racismo no podría cumplirlo, si nos dejo una frase perfecta para la ocasión “Para la mayor parte de los blancos, Jazz significa negro y Jazz significa sucio y eso no es lo que toco. Yo toco música clásica negra”.

  • Parte III

    Ketchup, mambo: ¡Dale play al sabor que viene la salsa!

    “Salí de casa una noche aventurera, buscando ambiente de placer y de alegría ¡Ay, mi Dios, cuánto gocé!” Pregonaba Ignacio Piñeiro en “Echele Salsita” un son cubano de la década de los 30s en el siglo XX. Y esos versos junto al título, serían el origen de un género popular y latino que está presente en la identidad y los corazones de miles.

    Si bien el piano acompañó al Jazz, el Soul y el Blues en la cruzada por los Derechos Civiles y la reivindicación de la comunidad afroamericana, con su expansión mundial a inicios del siglo XX llegaría a latitudes como Japón donde se desarrollarían grandes empresas productoras del instrumento como Yahama y también llegaría Suramérica pero no se adentrará tan rápido en el mundo de la salsa.

    Para 1930 y 1950, se empiezan a gestar las primeras fusiones de ritmos propiamente afrocubanos. Con la aparición del “Bebop” figuras como Dizzy Gilliespie harían estas inclusiones en el Jazz aún más fuertes derivando en una categorización denominada “CuBop o Jazz afrocubano” donde saldrían a la luz figuras como Tito Puente. Sin embargo, la predominancia en este género estaba permeada por los instrumentos de percusión y viento, junto a la utilización de claves y ritmos. “Llegan los sonidos afrocubanos, el son cubano, el montuno, el chachachá. En fin, bueno, esas vertientes que van formando lentamente la salsa. Pero qué hace a la salsa digamos similar al jazz: el mambo. El mambo si tú escuchas mambo, eso es como una salsa más”, explica Natalia.

    Esta latinización del Jazz fue bien vista en Harlem. Mantenía la improvisación y la dificultad técnica sin dejar de ser una manifestación cultural de una parte de la población que también provenía de la marginalidad como los inmigrantes provenientes de Cuba o Puerto Rico. Sin embargo, su popularización se debió a que representaba algo que se ha convertido en el estereotipo de lo latino: “El sabor” y “el baile”.

    Si bien existe una discusión por el momento en el cuál la salsa empieza denominarse así, muchas historias concluyen en un diálogo replicado muchas veces. Para 1968 un disc-jockey de apellido Escalona le pregunta a Richie Ray: “¿Qué es lo que ustedes tocan?”.

    ―Esto que nosotros hacemos lo hacemos con sabor, es como el ketchup, que le da sabor a la comida.
    ―¡¿Qué es eso de ketchup?!
    ―Bueno, eso es una salsa que se utiliza en los Estados Unidos para darle sabor a la hamburguesa.
    ―¡Ah...! ¿Entonces lo que ustedes tocan es salsa? Pues, damas y caballeros, vamos a escuchar ahora la salsa de Ricardo Ray y Bobby Cruz.

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  • Con el bautizo del género llegaron dos grandes revoluciones: parecía la Fania All Stars, el sello que llevaría a que la salsa fuese conocida en el mundo entero y por lo tanto aumentaría su popularidad en Sudamérica que había comenzado a llegar a partir de los años 50s bajo la visión Johny Pacheco, sacando figuras como Hector Lavoe, Rubén Blades, Celia Cruz, Ismael Rivera, etc. Pero una revolución musicalmente hablando, mucho más grande fue añadir el piano (eléctrico) a las orquestas entrando la décadas de los 70s por parte del Larry Harlow. Precisamente, el primero en firmar con la Fania que le daría el sonido a lo que hoy seguimos concibiendo como salsa, alejándose de sus orígenes marcados del Cubop.

    El piano se acoplaría de manera tal que para adaptaciones en países como Colombia, donde la salsa encontraría uno de sus lugares en el mundo con figuras como Fruko y sus Tesos bajo el sello de Discos Fuentes en los años 70 y posteriormente con Grupo Niche o el Joe Arroyo en los 80, sería protagonista de tarareos de canciones que hemos bailado, disfrutado y gozado en fiestas, reuniones y en cualquier ocasión como parte fundamental de nuestra identidad como latinos sumado a la definición de eso que somos: una historia escrita entre octavas.

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