Literatura

En Colombia hemos tenido demasiados conflictos que se habrían podido resolver pero que terminaron en una guerra, demasiados proyectos que se habrían podido llevar a cabo pero que acabaron extraviados en disputas, entre facciones y demasiados consensos que se rompieron por rencores.

La cárcel del alma (Fragmento)

Las dicotomías han fascinado al ser humano desde la antigua Grecia y ninguna ha tenido tanta influencia, alimentado tantos debates e inspirado a tantos artistas como el dualismo cuerpo-alma. Platón explicaba la creación del ser humano en los siguientes términos: el “Demiurgo” (algo así como el creador del universo) puso en la cabeza de los hombres un alma inmortal, concebida bajo el orden perfecto de la matemática. Pero en un cierto momento, dejó de lado su tarea y se la confió a los dioses subalternos. Al crear el tronco y las extremidades, estos dioses depositaron allí un alma que, a diferencia de la anterior (la creada por el Demiurgo), es mortal e imperfecta, como corresponde a su condición de dioses inferiores. Para evitar la contaminación entre las dos almas, la cabeza y el resto del cuerpo fueron separados por el cuello, que es como un dique que se interpone entre lo eterno y lo perecedero. El alma mortal, a su turno, fue dividida entre dos; la irascible, que fue localizada en el corazón y la concupiscente, que fue puesta en la parte inferior del cuerpo, donde está el hígado. En ese lugar, dice Platón, se ubican las pasiones violentas y fatales. No solo eso, allí está el asiento “del placer, el mayor cebo para el mal; del dolor, que nos aleja del bien; de la audacia y del temor, imprudentes consejeros; de la cólera, rebelde a la persuasión; de la esperanza, que se deja seducir por la sensación irracional y el amor desenfrenado”. Casi dos mil años después, René Descartes, uno de los padres de la filosofía moderna, creía haber descubierto el lugar preciso del cuerpo donde se encontraba el alma cognitiva; esta es la glándula pineal, decía, ubicada en el interior del cerebro.

Hasta hace relativamente poco se daba por descontado que los humanos somos seres escindidos en dos partes y que una de ellas, el alma, quiere nuestro bien, mientras que la otra, el cuerpo, nos pone en peligro. No deja de haber algo de belleza en esta metáfora: un alma encerrada en la cárcel del cuerpo, como un dios bueno que no quiere que el cuerpo en el que habita muera; que le da buenos consejos y que a veces logra aplacar los desafueros de ese cuerpo, que es su carcelero. Con esta metáfora, los seguidores de Jesús de Nazareth conquistaron el mundo antiguo. Pablo de Tarso era un judío que perseguía a los cristianos y que seguramente había leído a Platón con cuidado. Su conversión, en el camino de Damasco, después de caer de su caballo, es una de las escenas más famosas del mundo religioso (Caravaggio pintó dos cuadros hermosos de esa epifanía). Después de abrazar su nueva fe, Pablo se dedicó a difundir por el Mediterráneo el mensaje de su salvador. Hablaba de las bondades de una vida opuesta a los placeres del cuerpo y sus pasiones, ese bastión del diablo que arruina la salvación del alma. Pablo tenía una dolencia que lo mortificaba, una “espina clavada en la carne”, decía él. No se sabe en qué consistía ese mal, pero algunos, como el filósofo Michel Onfray, sostienen que era un problema de impotencia sexual. Puede ser. El hecho es que Pablo le pidió a Dios que lo liberara de ese padecimiento, pero tal cosa no le fue concedida y esa negativa fue interpretada por el discípulo con una revelación: el castigo del cuerpo es una bendición y el dolor físico una muralla que mantiene el demonio a raya. La carne es del diablo y el espíritu es del señor.

Luego vino San Agustín, otro gran padre de la iglesia, quien no se enemistó menos con el cuerpo. La concupiscencia, decía, ese le pecado original: así nacemos todos, con ese yugo a cuestas. En sus confesiones cuenta lo siguiente:

…del fango de mi concupiscencia carnal y del manantial de la pubertad se levantaban como unas nieblas que oscurecían y ofuscaban mi corazón hasta no discernir la serenidad de la dirección de la tenebrosidad de la libido. Uno y otro abrazaban y arrastraban mi flaca edad por lo abrupto de mis apetitos y me sumergían en un mar de torpezas.

Todos los hijos de la España clásica, sobre todo sus segundones y bastardos en el Nuevo Mundo, fuimos educados bajo los parámetros de la dicotomía alma-cuerpo. Yo, que nací en la segunda mitad del siglo XX, recibí en el colegio una educación moral que puedo resumir de la siguiente manera: “¡ten mucho cuidado!, el demonio ronda por tu cuerpo y se vale de los placeres carnales para hacerte pecar y para conducir tu alma a las profundidades incandescentes del infierno”. Mis profesores ponían cada día, en la parte superior del tablero, una frase de Monseñor José María Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Recuerdo algunas: “cuando has buscado la compañía de una satisfacción sensual… ¡que soledad luego!”, o “no olvides que eres…el depósito de la basura”, o esta otra:

El mundo, el demonio y la carne son unos ventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer -que nada vale-, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad.

Aquí la metáfora parece invertirse: ya no se trata de un alma prisionera del cuerpo, sino de lo contrario, de un cuerpo prisionero del alma; un alma que, según nuestros confesores, no puede dejar ningún placer a salvo, ni siquiera el de ingerir los alimentos: “el día que te levantes de la mesa sin haber hecho una pequeña mortificación has comido como un pagano”, dice Escrivá de Balaguer. Tal vez este tipo de meditaciones medievales llevaron a Montaigne a decir que “la religión no ha tenido fundamento humano más cierto que el desprecio por la vida”.

Yo tuve la fortuna, sin embargo, de tener un padre agnóstico que, como ya dije, no creía en esas cosas y una madre creyente, incluso muy piadosa, pero que estaba convencida de que eso del diablo y sus dominios, era un invento del Vaticano. En mi casa la consigna que se impartía era la temperancia, y tal vez venía de Aristóteles: hay que gozar de todo, empezando por los placeres del cuerpo, sin caer en el desierto de la abstinencia, ni en el desfiladero del abuso.

 

Cortesía: Editorial Ariel (2021)


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