Hace varios días no escucho a los bomberos, ni al metro, ni a los transeúntes. Afuera de mi ventana solo suenan ambulancias. Al menos una o dos por hora. No estoy segura si sonaban antes con la misma frecuencia y aprendí a ignorarlas. Pero la sirena de cada ambulancia ahora me sube la frecuencia cardiaca.

Nueva York siempre ha sido una ciudad ruidosa: las sirenas de sus bomberos son casi una marca registrada; los chillidos del metro siempre cortan conversaciones en la frase más importante; los transeúntes más respetados son aquellos que saben insultar a gritos a los carros que se cruzan un semáforo antes de tiempo. Hace siete años me mudé a Nueva York y me acostumbré a su escándalo. Quejarse de la contaminación auditiva acá me parece casi un chiste de mal gusto. Ya no me quejo de la bulla, ni la noto, y lo que me sorprende son los escasos minutos de silencio en los que canta un grupo de pájaros frente a la ventana de mi apartamento en Brooklyn.

Pero hace varios días no escucho a los bomberos, ni al metro, ni a los transeúntes. Llevo dos semanas trabajando en casa y afuera de mi ventana solo suenan ambulancias. Al menos una o dos por hora. No estoy segura si sonaban antes con la misma frecuencia y aprendí a ignorarlas. Pero la sirena de cada ambulancia ahora me sube la frecuencia cardiaca.

Estados Unidos acaba de superar a todos los países en número de casos confirmados con Covid-19: más de 85 mil personas. Nueva York tiene el mayor número de estos, con más de 23 mil. La gran manzana es ahora el centro de la epidemia. El Gobernador, el alcalde, y cualquier experto médico en la ciudad repiten que esto es apenas el comienzo, que las próximas semanas van a ser muy duras, que los hospitales necesitan ya más máscaras para el personal de salud y más ventiladores para los enfermos. Respiro profundo unas cien veces al día.

Las ambulancias empezaron a sonar de forma más recurrente la misma semana en la que el presidente Iván Duque anunció que no entrarían más vuelos al país a partir del 23 de marzo. Mis papás y la mayoría de mi familia vive en Bogotá. Inmediatamente hablo con mis amigos colombianos en Nueva York. ¿Y si nos vamos esta noche antes de que nos dejen por fuera? ¿A cuánto está el tiquete? ¿Hay tiquetes? ¿Será que dura todo el mes la medida? ¿Esto no es inconstitucional? ¿Nos exponemos más al virus pasando por el aeropuerto de Nueva York? ¿Y si ya estamos contaminados y le llevamos este virus de mierda a nuestras familias? Desistimos. Respiramos profundo. Nos quedamos por fuera.

Por fuera y, paradójicamente, no tanto. Seguimos las declaraciones de Donald Trump al mismo tiempo que las de Iván Duque. Nos da más tranquilidad la alcaldesa Claudia López que el alcalde Bill de Blasio. Nos asustan las cifras acá pero vemos con preocupación el aumento de los casos allá. El desempleo aumenta, acá, allá, en todas partes, y debatimos qué se puede hacer para ayudar a la taquería del barrio o a nuestros familiares que se quedaron sin trabajo. Antes hablaba con mis papás una vez por semana. Ahora hablamos todas las mañanas. Compra Clorox y toma vitamina C, me piden ellos en nuestras conversaciones menos dramáticas. Pase lo que pase, estámos juntos, nos hemos dicho en las más difíciles.

No soy ciudadana de este país y en estos años no he dejado de sentirme extranjera. Pero dos momentos en la historia reciente me han hecho sentir en casa. La primera fue cuando Donald Trump ganó la presidencia en el 2016. La ciudad protestó, lloró, lo insultó, le escupió a sus edificios, y prometió que esta sería una ciudad para todos los que no nacieron acá. La quise en ese momento como quiero a Bogotá. La segunda crisis es esta, en la que no podemos reunirnos ni mucho menos escupirle a nadie. Mis amigos en esta ciudad son una familia prestada, que me recomienda también que compre Clorox y Vitamina C, y me llaman con la misma intensidad que mis amigos en Colombia. Las ambulancias siguen sonando. Pero también los pájaros que se sientan afuera de mi ventana. Estar por fuera del país en tiempos de Covid es tener las ansiedades divididas en varios lugares. Pero también es haber multiplicado el amor y la solidaridad. Pase lo que pase, estamos juntos.

*Camila hace parte del Department of facts, de The New Yorker. 

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