Académico

En medio de las protestas sociales en Colombia, los manifestantes han puesto en jaque la historia y la forma cómo las estatuas y los distintos monumentos han contado siempre los relatos del pasado.

La reciente ola de protestas en el país contra la reforma tributaria, la brutalidad policial y las medidas ineficientes del actual gobierno frente a la emergencia social, ha incluido una serie de ataques a monumentos en distintas regiones de Colombia que los que manifestantes vinculan con la esclavitud y el colonialismo. Es un fenómeno que se ha presentado inicialmente con las estatuas de conquistadores españoles y demás figuras históricas. Sin embargo, en la medida en que esto ocurre, inevitablemente surgen preguntas sobre cuál es el límite entre lo aceptable e inaceptable frente a estas manifestaciones, pues si bien, no podemos volver al pasado para cambiar ese relato y hacer de este algo más aceptable y que se ajuste a nuestro presente, tampoco puede borrarse la historia, pues esta como la de todos los demás, está llena de tragedias y de buenos finales.

Conversamos con Felipe Arias Escobar, historiador y periodista musical. Para él, actualmente en el país deben ponerse muchas cosas en perspectiva histórica. “Somos una sociedad que desde la forma en como entiende el patrimonio y su conservación, tiene una visión muy legítima y compresible de que Este, en todo su conjunto y amplitud, debe ser preservado sin miramientos. Y esto es absolutamente legítimo”, afirma. Sin embargo, Arias reconoce que tampoco podemos desconocer que nuestra sociedad, dentro de sus urgencias y de sus practicas políticas, puede eventualmente marchar a un ritmo muy diferente a esa visión de lo patrimonial, y que esa marcha no es ni buena ni mala, sino histórica y tiene que ver con solicitudes que hacen distintos sectores que buscan representaciones del pasado mucho más amplias, incluyentes y conectadas con las realidades del siglo XXI.

Para él, las entidades culturales del Estado están advertidas desde hace mucho tiempo sobre la necesidad de dar otros significados a la historia y de construir otra clase de contenidos y herramientas que complementen esas visiones tradicionales del pasado por diferentes razones. “Es importante que reconozcamos que con estos actos no se está borrando la historia, porque en sí las acciones son la historia misma y desde el punto de vista del reconocimiento como motor de la memoria y del pasado, la acción está por encima del objeto inerte como una representación estática de ese acontecimiento”.

Arias Escobar dice que esta serie de manifestaciones son una invitación a que las y los historiadores le expliquen a la gente, a la luz de experiencias de la construcción de memoria, que procesos históricos como la conquista, la colonia, la independencia o más recientemente el fenómeno del conflicto armado, “no suceden en blanco y negro”.

Además reconoce que no solo los detractores sino también los simpatizantes quedaron atrapados en esas simplificaciones históricas. “La idea es la amplitud del pasado y del relato histórico y de su reconocimiento de la misma manera en que nos hemos esforzado en reconocer un presente diverso de nuestra realidad. Si hoy somos diversos, es porque nuestra historia y nuestra construcción de memoria debe serlo. No se trata de derribar una representación unilateral del pasado para poner otra igual. A veces las estatuas no caen por acciones políticas, sino por su deterioro y su falta de conservación”, agregó.

El historiador nos reveló que en 2004 y mucho antes de que empezara toda esta serie de protestas en el país, en el Parque de la Independencia en Bogotá, el busto de Julio Arboleda, un esclavista y traficante de esclavos africanos del siglo XIX, cayó roto al suelo luego de que un árbol le viniera encima. Sin embargo, aunque el monumento fue llevado a la estación de Policía de Germania, allí fue robada su cabeza y desde entonces, se desconoce su paradero. “Esto también nos habla de una decadencia de ese discurso histórico oficial que debe ser sustituida y eficiente de entender un pasado acorde con la manera como aspiramos a representarnos a nosotros mismos en el siglo XXI”.

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También advierte que como sociedad es importante entender que la historia, cualquiera que sea, es un relato y cada sociedad, cada grupo y comunidad, construye formas comprensibles, legítimas y acordes con su experiencia presente para entender su propio pasado. Es decir, la historia misma es histórica en el sentido de que las prioridades que se establecen en su narración, cambian en el tiempo. No obstante, agrega que es un grave problema, porque como sociedad, solemos tener una visión mucho más monolítica de la historia y de pensar que simplemente es una fuente de verdad absoluta e inmutable.

Pese a estos planteamiento, Arias Escobar observa con preocupación la ligereza con la que se estaba proponiendo compartir a través de las redes sociales las figuras y esculturas en el espacio público en homenaje a los indígenas. “Aunque hay algunas como “La Gaitana” de Arenas Betancourt en Neiva, hay otros que tienen una carga de estereotipos de sesgos y estereotipos occidentales de como se representan a los indígenas. Encontramos un montón de representaciones de caciques muiscas con plumas en la cabeza y un taparrabo, porque en ese imaginario, ser indígena implica ser eso. Esos reduccionismos del pasado a partir de ficciones occidentales, no dejan de ser coqueteos muy peligrosos con el racismo”, agregó.

La reinterpretación histórica de los símbolos

El historiador asegura que la reinterpretación histórica de los monumentos es un ejercicio permanente que debemos hacer. “El patrimonio cultural tiene un valor en tanto la sociedad de un presente se está apropiando y está dialogando con él. Hace mucho más, en ese sentido, quien la derriba y la ataca que quien sigue de largo y le da valor tan pronto la ve destruida en el suelo”. Además, reconoce con algo de asombro que en este país sabíamos tan poco de ellos, que desconocíamos lo fácil que era tirarlos al piso.

Para él, Colombia había tardado en volver a ese capítulo de la guerra de las imágenes. “Hemos tardamos en volver a la destrucción de las iconografías de líderes políticos y la destrucción de íconos indígenas que hizo la conquista española en el siglo XVI, al borrado de escudos y la quema de retratos públicos que se hizo durante la guerra de la independencia”, opina. “Hay evidencias y vandalización de monumentos y esculturas en el espacio publico que se hicieron durante el periodo de La Violencia, con turbas de conservadores que atacaban a bustos liberales y polémicas alrededor de nombres de expresidentes o líderes políticos regionales que se les pone a plazas y avenidas. Hemos olvidado gran parte de esas discusiones, pero son disputas permanentes”.

A propósito del derribamiento de la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada ubicada en la Plazoleta del Rosario en Bogotá a manos del pueblo Misak, el historiador explica que aunque es una plaza que se construyó a finales de los años sesenta, el movimiento estudiantil de esa época quiso que ese espacio fuera bautizado como Plaza Camilo Torres, petición que el establecimiento ignoró y en respuesta, ordenó que se llamara Plaza Guillermo León Valencia. “Nadie la llamó así, quedó como un vestigio de esos lugares de disputa de la memoria en el espacio público. Aunque la espectacularidad de las vías de hecho nos resulta nuevas, esto es algo que pasa siempre en nuestra sociedad”.

Así mismo, recuerda que hay un caso emblemático en el que el acto de derribamiento de un monumento permitió una resignificación. “A principios de los setenta, en la Universidad Nacional se derrumbó la escultura de Francisco de Paula Santander que estaba ubicada en la plaza principal de la ciudad universitaria. Al ser derribada, los agentes recuperaron esa escultura, que además es de Luis Pinto Maldonado, una copia de la que está en su tumba en el Cementerio Central. Hoy en día, esa escultura sigue siendo parte del acervo cultural y del patrimonio artístico de esa universidad y está exhibida en el Claustro de San Agustín con los huecos que le provocó la caída. Incluso, Gonzalo Arango llevó esta historia a la música en la canción “Llegaron los peluqueros”, interpretada por los Yetis”, recuerda.

Arias Escobar asegura que desde su uso más tradicional, el monumento es un artefacto que nos invita como ciudadanos al enaltecimiento, no necesariamente del pasado, pero sí de una parte de él. ¿Cómo monumentalizar la diversidad y la amplitud de orígenes, de criterios y de relatos del pasado? En el caso del pasado, está condenado a ser una visión muy delimitada y unilateral del pasado. “Que esto nos sirva como una invitación a dialogar, a ampliar y a complementar esas múltiples unilateralidades en nuestro presente y en la forma en que hemos representado nuestro pasado”. Sin embargo, concluye que es ahora cuando surge la necesidad que desde medios culturales y desde los medios masivos y las posibilidades que ofrece el debate político, se reflexione acerca de cómo la historia debe ser un ejercicio permanentemente invocado en la manera en como discutimos el presente.

 


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