Ensayo

Bolsonaro en Brasil, Duque en Colombia o Trump en Estados Unidos son el cuerpo masculino de las barreras que se levantan contra una nueva cresta de las olas feministas. ¿Cuál es la historia de las olas del feminismo?

Desconozco por completo quién fue la primera persona en nombrar los momentos de mayor fuerza y visibilidad del movimiento feminista como “olas”.

Las olas son, por definición, ondas que se desplazan sobre la superficie de ríos, lagunas y mares; aunque desiguales y heterogéneas, sus puntos de mayor altura son llamados crestas y, los de menor, valles. Con puntos altos y bajos, el feminismo ha mantenido esa esencia y tal vez esas a las que hemos llamado “olas” son, en realidad, apenas las crestas de un movimiento que se reconoce cíclico, circular y espaciado.

Feministas en Inglaterra protestando por su derecho a votar y ser elegidas, 1906.

El movimiento de las sufragistas, referenciado en muchos estudios como la primera ola feminista, no habría sido posible sin la participación previa de las mujeres negras estadounidenses en la lucha por la abolición de la esclavitud. Por supuesto que las mujeres ya habíamos tenido un papel fundamental en la Ilustración y la Revolución Francesa (y seguramente en un par de momentos históricos más) pero esa premisa que buscaba el reconocimiento de los ciudadanos “Libertad, igualdad y fraternidad” solo tuvo cuerpo de mujer cuando entendimos que, incluso dentro de los grupos oprimidos, éramos las marginadas, las explotadas y las excluidas.

Así, cada ola feminista se construyó sobre el acumulado de otras mujeres, en la mayoría de los casos desconocidas y lejanas. Heredamos banderas, discusiones, ganancias y repliegues. Sobre el derecho al voto construimos reflexiones y exigencias al respecto de la participación política; sobre la revolución sexual y el acceso a derechos reproductivos cuestionamos la maternidad impuesta y la negación de nuestro placer sexual. Al conseguir el derecho al trabajo, entendimos que el sistema económico encontraba sus bases en nuestra explotación, en el trabajo que hacemos a diario sin recibir un pago a cambio y al que, además, nos enseñaron a llamar  “amor”

En lo que podríamos llamar la cuarta ola del feminismo, cuando creíamos ya tener asegurados los mínimos alcanzados por nuestras antecesoras, alcanzamos una nueva cresta con el movimiento #MeToo y la ola verde que, desde el sur del continente, defiende el derecho a un aborto legal, seguro y gratuito. Ambas reivindicaciones tratan acerca de nuestros propios cuerpos, acerca de nuestro derecho a decidir sobre ellos y a reservarnos el derecho de admisión y permanencia en los mismos (¿Vieron cómo la propiedad privada todavía tiene más derechos que nosotras?)

Las olas, sin embargo, no solo tienen crestas y valles; no solo suben y bajan, sino que también se desplazan y se trasladan, avanzan cautamente acumulando energías y propagando su influencia. Son cíclicas y para detenerlas es necesario romperlas; que se estrellen abruptamente contra barreras lo suficientemente fuertes para disipar la contundencia de lo acumulado.

Esas barreras cobran forma de instituciones y personas. A veces, de personas que son instituciones.

Jair Bolsonaro en Brasil, Iván Duque en Colombia o Donald Trump en Estados Unidos, entre otros, son el cuerpo masculino de las barreras que se levantan contra una nueva cresta de las olas feministas. Que a la cabeza de un país lleguen hombres que abierta y reiteradamente se han pronunciado en contra de los derechos de las mujeres y los grupos minoritarios es reflejo fiel  de una sociedad que se acostumbró y que se siente cómoda con que la mitad de su población viva en estado de opresión y sometido a violencias permanentes. Es el resultado de considerar que cualquier cosa es más importante que los derechos humanos inherentes a la existencia misma de la mujer.

Jair Bolsonaro es conocido por haberle dicho a Maria do Rosário, ex ministra de derechos humanos de Brasil que no “se merecía” ser violada por ser “fea”; una apreciación que no solo banaliza la violación sino que sugiere que hay unas mujeres que por su apariencia física son merecedoras de violencias. En años previos, Bolsonaro manifestó preferir un hijo muerto que un hijo gay, afirmó que los pobres solo sirven para votar y que los negros no sirven “ni para procrear”.

Una vez posesionado, el ahora presidente de Brasil excluyó toda referencia a la población LGBTI del organigrama ministerial y de las directrices de protección de los derechos humanos del gobierno federal. Al tiempo, creó el Ministerio de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, cuya cabeza, Damares Alves, ya se ha declarado antiaborto y ha advertido que su gestión será “terriblemente cristiana” y defensora de la familia heteroparental.

Por su parte, Donald Trump construyó su campaña -y posterior gobierno- en torno a un discurso antiinmigrantes, antilatinos y antimujeres. No solo la actriz Angelina Jolie, la presentadora Rosie O´Donell, la cantante Cher y su contrincante en la lucha por la presidencia de Estados Unidos, Hilary Clinton, han sido víctimas de comentarios misóginos por parte de Trump sino que, el ahora presidente estadounidense, se ha referido pública y reiteradamente a las mujeres -como colectivo- de maneras despectivas y humillantes.

Manifestación de mujeres casadas que reclaman el derecho al trabajo en Londres.

Iván Duque, presidente de Colombia, encarna el regreso de un gobierno conocido por sus medidas regresivas para las mujeres y la población LGBTI. La campaña en contra de la “ideología de género” mediante la cual se buscó deslegitimar el Acuerdo de Paz entre la guerrilla de las Farc y el Estado colombiano dejó en evidencia la postura del actual partido de gobierno frente a los derechos de las mujeres y las diversidades sexuales:

Pero esta generación de machos presidentes es síntoma y enfermedad al tiempo. La historia ya ha sabido demostrar que darle poder a discursos regresivos y autoritarios tiene eco en todos los campos de la sociedad: se acentúan las violencias cotidianas a las que están expuestos los grupos oprimidos y se legitiman las agresiones por parte del grupo opresor. Duque, Bolsonaro y Trump son per se una amenaza para las mujeres del continente americano: nos han declarado la guerra.

Las mujeres negras, las lesbianas, las pobres, las campesinas, las indígenas y las migrantes son aquellas que están en mayor riesgo. En ellas cae el peso del sistema económico que se para sobre la explotación de su fuerza de trabajo, de los acuerdos culturales por los que cualquiera puede acceder a sus cuerpos y de las instituciones diseñadas para garantizar impunidad en caso de que las asesinen.

En los próximos años, muchas mujeres cuyos nombres e historias desconocemos (y desconoceremos siempre) serán esclavizadas, torturadas y asesinadas a manos de un grupo de hombres asustados por el avance contundente del movimiento feminista y respaldados por los discursos de odio que se legitiman desde el poder.

Todos y todas estamos viviendo bajo la dictadura del miedo: de los que temen perder sus privilegios frente a las que tememos perder nuestra vida a manos de los primeros… y sobra decir que no es una guerra justa si no tenemos lo mismo en juego.

Basta decir, a propósito, que las olas también son de diferentes tipos. Las hay libres que obedecen al ritmo natural del mar, el río o el lago. Las hay forzadas por el viento y sus intensidades. Existen esas que, antes de alcanzar velocidad o altura, se disuelven y camuflan con la arena en un encuentro temprano con las costas. Y están las que llamamos tsunamis, provocadas por terremotos o explosiones volcánicas, esas que estimuladas por todo tipo de fuerzas de la tierra y el fuego arrasan con cada barrera que se interpone a su paso.

En esta guerra querrán disolvernos y distraernos. La acentuación de las violencias físicas, sexuales y psicológicas nos obligará a concentrarnos en proteger nuestras vidas, en pedir que no nos maten; al tiempo, nos hará tener que volver a defender derechos ya adquiridos – como el aborto o las licencias de maternidad – para que no podamos avanzar en la consecución de algunos nuevos: la paridad política o la eliminación de la brecha salarial. Necesitaremos más manos y más cuerpos para hacer justa la pelea porque veremos a muchas de nosotras alinearse del lado del enemigo.

Las feministas brasileras se organizaron con la campaña #EleNão (“Él no” en español) en contra de la elección de Bolsonaro. El  29 de septiembre de 2018 llenaron plazas y calles, en la que podría ser la mayor manifestación de mujeres en la historia de Brasil, para expresar su rechazo al candidato.

La elección y posterior posesión de Bolsonaro como presidente no agotaron las fuerzas de las mujeres que ahora enarbolan el lema “nadie suelta la mano de nadie” como estrategia de cuidado colectivo y reacción conjunta ante las políticas machistas y regresivas que, como sabemos, ya se han hecho evidentes en Brasil.

Del otro extremo del continente, en la multitudinaria marcha de las mujeres que tuvo lugar el 21 de enero de 2017 en Washington, Angela Davis sumó su rechazo al gobierno Trump y señaló los que deberían ser los múltiples frentes de resistencia en este momento histórico, no solo en Estados Unidos:

“Nos dedicamos a la resistencia colectiva. Resistencia a los multimillonarios, a los especuladores hipotecarios y gentrificadores. Resistencia a los corsarios de la salud. Resistencia a los ataques contra musulmanes e inmigrantes. Resistencia a los ataques contra las personas con discapacidad. Resistencia a la violencia estatal perpetrada por la policía y por la compleja industria penitenciaria. Resistencia a la violencia institucional e íntima de género, especialmente hacia las mujeres trans de color (…)

Los siguientes 1.459 días de la administración del Trump serán 1.459 días de resistencia: ¡Resistencia en las calles! ¡Resistencia en las aulas! ¡Resistencia en el trabajo! ¡Resistencia en nuestro arte y en nuestra música!

¡Esto es solo el comienzo! y tomando las palabras de la inimitable Ella Baker: Nosotros, que creemos en la libertad, no podemos descansar hasta que llegue”

Así que, es un terrible momento para ser mujer, sí, pero es un fantástico momento para ser feminista porque ante  la amenaza de perderlo todo, solo nos quedan cosas por ganar.

Como las olas, tendremos valles y momentos de repliegue. Estaremos agotadas. Pero las mujeres que nos antecedieron son tierra y son fuego de las que acumulamos energía y por las que deberíamos estar dispuestas a ser tsunami… Ya lo hemos sido antes y ya empezamos a serlo ahora.



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