Suicidio: matar lo que no se entiende

Por: David Carranza Muñoz
@Carranzamunoz30 Pinturas de Willem de Kooning

Narrativa

Los casos de suicidio en Colombia aumentaron un 42% en los últimos cinco años. Las muertes autoprovocadas dejaron de ser casos aislados, para convertirse en un fenómeno en ascenso. Las historias de Clara, Jesús y José*dan pistas sobre un tema tabú en el país.

Jesús tomó la cuerda que usaba su prima para saltar lazo. Le dio las gracias a su mamá por decirle dónde estaba y se fue a su cuarto. En la tarde del día siguiente, mientras su abuela y su tío rezaban el rosario en la primera habitación del corredor de la casa, caminó hasta el fondo del pasillo y entró a otro cuarto. Amarró uno de los extremos de la cuerda a una viga del techo. Con la otra punta hizo un nudo rústico, y se la ajustó al cuello. Dio un paso, nadie sabe qué pasó ni qué pensó antes de que tomara la decisión. Jesús tenía 13 años.

Su tío encontró el cuerpo suspendido. Dejó al niño como estaba. Cuando la mamá y la hermana de Jesús llegaron, el cadáver aún estaba pendiendo del lazo.

“Ellas lo que hicieron fue bajarlo, en medio de su angustia ellas no sabían que no podían. Se supone que tenían que esperar. Lo bajaron, le cambiaron la ropa y lo acostaron en la cama”, dijo una de las primas del joven.

Jesús fue uno de los 63 niños y niñas de entre los 10 y 14 años que se suicidaron en 2013. Aunque esta cifra ya es alarmante, lo que más preocupa es que los casos van en aumento. En 2017, 107 niños de ese mismo rango de edad se provocaron su propia muerte. Esto significa un incremento de 70% en los últimos cinco años.

Recorte de “Hombre rojo con bigote” (1971), Willem de Kooning.

 

El suicidio en menores de edad en general se ha incrementado en un 46% en el último lustro. Mientras que en 2013 se presentaron 182 muertes autoinfligidas en menores de 18 años, para 2017 el número de casos llegó a 267.

En los informes Forensis de Medicina Legal se enlistan ocho suicidios de menores de 10 años durante esa época, sin embargo, en el libro “Suicido: Neurobiología, factores de riesgo y prevención”, editado por la Asociación Colombiana de Psiquiatría Biológica y supervisado por su director, el psiquiatra Jorge Téllez, se afirma que el acto de quitarse la vida “lo adquiere el niño alrededor de los 10 años de edad”.

Los registros preliminares sobre suicidios en menores de edad en 2018 son desalentadores. Hasta septiembre de este año, 207 personas entre los 10 y los 17 años se suicidaron, 25 casos más que en ese mismo periodo del año pasado.

La principal razón por la cual se quitaron la vida es el desamor, seguido por el conflicto con una pareja o expareja, después por sufrir una enfermedad física o mental, por problemas escolares, por maltrato físico, sexual o psicológico y en último lugar por el suicidio de un familiar o amigo. Sin embargo, en el 75% de los casos no hay información sobre la motivación del suicidio. Estas cifras demuestran la dificultad para recolectar datos confiables que den una luz sobre en qué situaciones los menores de edad son más vulnerables a quitarse la vida.

Paola Acevedo, psiquiatra y docente de la Universidad del Bosque, y médica del Instituto Prestador de Salud (IPS) Remy, enfocado en salud mental, dice que “hay personas que tienen una problemática muy grande y no toleran la presión adecuadamente. Eso es lo que, creo yo, corresponde al aumento de intentos y suicidios, especialmente en jóvenes”. Para Acevedo, el incremento en la tasa de muertes autoinfligidas puede estar ligado a cómo se le ha educado a la generación nacida en la época del cambio de siglo. “Hoy en día los papás, desafortunadamente, para tener al hijo tranquilo le dan todo lo que pide (…) No establecen límites adecuados y entonces ahí vienen sentimientos de intolerancia al ‘no’ como respuesta. A mí me parece que hay que coger a los papás en reuniones de padres en los colegios, en la comunidad, y empezar a mostrarles que decir ‘no’ también es querer al otro. El ‘no’ no es necesariamente algo malo”.

Nubia Bautista, coordinadora del Grupo Integrado para la Salud Mental del ministerio de Salud le atribuye el incremento de muertes autoprovocadas en niños, niñas y adolescentes a las dinámicas de sus círculos sociales más cercanos. “Las familias disfuncionales son detonantes de menores de edad propensos a generar conductas suicidas. En los colegios el bullying, sumado al consumo de alcohol y sustancias psicoactivas, son riesgos inherentes a estos desenlaces”, asegura la funcionaria.

En otro de los capítulos del libro sobre suicidio editado por la Asociación Colombiana de Psiquiatría Biológica, el psiquiatra Humberto Molinello explica que desde la ciencia se clasifican dos tipos de factores determinantes que conllevan al suicidio en la niñez o adolescencia, los predisponentes y los precipitantes. El primer grupo tiene que ver con aspectos personales o externos que forjan la vida del niño. Entre ellos están los antecedentes familiares de suicidio, la presencia de trastornos de afecto o de conducta, abuso de sustancias, experiencias de abuso sexual, violencia intrafamiliar y personalidad impulsiva.

En el segundo grupo están las circunstancias que provocan tomar la decisión final de quitarse la vida. Entre ellas están las fallas académicas, eventos vitales como la muerte de un familiar cercano o un amigo, una ruptura amorosa, un embarazo no deseado, la disminución de la autoestima, la sensación de vacío afectivo, conductas de imitación de casos en la comunidad o de personajes públicos que se hayan suicidado y la sensación de desesperanza hacia el futuro.

José intentó suicidarse cuando era un niño. Fue en 1999, cuando apenas tenía 12 años.

Yo vivía en unas condiciones muy difíciles. Mi padre nos maltrataba mucho. Vivíamos en una escasez de recursos bastante fuerte y lo hice. Simplemente me tomé las pastillas. Me tomé 10 pastillas de las que tomaba mi madre y perdí la consciencia. Mi madre me llevó a que me desintoxicaran en el hospital y básicamente la motivación fue un poco… es decir, es como una enajenación social que uno tiene, una alienación más bien como de carácter… así como de falta de motivación por la vida. Como un desencanto por la vida. Tenía sueños, en efecto, pero sabes que yo pienso que el suicidio no existe. En realidad, lo que existe es

un mundo homicida, un mundo que te cubre tanto que como que tú en realidad no te quieres suicidar, sino que ya estás enajenado. Las situaciones o la depresión te han gobernado de tal manera que el suicidio resulta ser simplemente una circunstancia por la cual, es decir… resulta ser el momento culmen de una situación demasiado fuerte que te ha enajenado tu principio de autoprotección. La motivación quizá fue el desencanto por la vida, el desentendimiento por la vida.

Me alejé de mí, me alejé de mi amor por la vida, es decir, yo no sé, algo me gobernó y lo hice.

A mi papá le importó poco o nada que yo lo hiciera. A él no le importó, no le mostró importancia, ni siquiera me acompañó al médico. En los últimos momentos que recuerdo, yo estaba consciente y mi papá no quiso acompañarme al hospital. Yo solamente recuerdo que estaba ahogado, no podía respirar.

Mi papá nos pegaba a mi mamá y a mí. Me golpeaba con palos, con piedras, me maltrataba. Mi casa era muy pobre. Mi padre era alcohólico y siempre llegaba a pegarnos. A veces yo dormía en la calle con mi mamá o dormía solo en la calle huyendo de los maltratos de mi papá. Él nos pegaba mucho, me insultaba, me amenazaba.

Lo que me ha pasado es que he incurrido mucho en la autoagresión, es decir como que esa desazón con el mundo siempre la reflejo en mí mismo.

“Pascua lunes” (1956), Willem de Kooning.

La tendencia al alza en el fenómeno del suicidio no afecta solo al grupo poblacional de niños, niñas y adolescentes. En todos los sectores etarios se presentan incrementos alarmantes. Los casos de suicidio en general crecieron un 42% en los últimos cinco años. En 2013, 1.810 personas se quitaron la vida; para 2017 el número de casos subió a 2.571.

Estas cifras sugieren que cada día del año pasado, siete personas tomaron la decisión de provocarse su propia muerte. Todo parece indicar que este año, de nuevo, se cerrará con un incremento en el número de suicidios. De enero a septiembre de 2018, se han presentado 91 muertes más que en ese mismo periodo del año anterior, según Medicina Legal.

El número de hombres que deciden quitarse la vida es mucho mayor que el de las mujeres en todas las edades. “Los hombres usan formas más violentas para conducir a la muerte, por eso en ellos es más probable que un intento de quitarse la vida se haga realidad”, dijo el psiquiatra Téllez.

En Colombia, así como en el mundo, se estima que por cada suicidio femenino hay cuatro masculinos. Esa relación se ha mantenido casi igual desde 2013, pero varía de acuerdo con las tradiciones culturales y sociales de cada país. En China, la proporción es de 1 a 1 en las áreas urbanas y los suicidios femeninos sobrepasan a los masculinos en las áreas rurales. No obstante, y a pesar de las limitaciones que existen para tener un registro preciso de los intentos de suicidio, se cree que las mujeres lo intentan de tres a cuatro veces más que los hombres.

El suicidio, según Téllez, es “un trastorno multidimensional que resulta de la compleja interacción de factores biológicos, genéticos, psicológicos y ambientales”. Padecer una enfermedad mental es un factor de riesgo importante cuando se evalúa la posibilidad de un suicidio. Los estudios realizados en Colombia, entre ellos las encuestas nacionales de salud mental, concluyeron que al menos el 40% de los colombianos ha sufrido, sufre o sufrirá un trastorno psiquiátrico diagnosticado. Los más frecuentes son los problemas de ansiedad, los depresivos y el abuso de sustancias psicoactivas.

En la relación entre el suicidio y las enfermedades mentales persisten diferencias entre términos que son usados para analizar el fenómeno. Para Medicina Legal, la entidad encargada de llevar el registro de las muertes violentas en el país, la enfermedad mental es considerada una razón del suicidio.

Samuel Vanegas, sociólogo y docente de la universidad Javeriana, argumenta que “en sentido estricto uno no puede decir que la depresión es una causa. Puede ser una condición, pero no una causa. Me explico, si eres depresivo, pero tienes una red afectiva fuerte, pues las probabilidades de que te suicides tienden a aminorarse”. Para Vanegas esa distinción es importante para aclarar que, como se insiste desde la psiquiatría, no toda enfermedad mental conduce al suicidio ni todos los suicidios son inducidos por una enfermedad mental. Además, aunque el riesgo de muerte autoprovocada es mucho mayor si se padece bipolaridad, esquizofrenia o depresión, un pensamiento simplista sobre el vínculo entre el suicidio y la salud mental se vuelve un argumento más para acrecentar el estigma que existe sobre quienes sufren alguna de estas afecciones.

Clara tiene esquizofrenia paranoica desde los 23 años, ahora tiene 55. Durante todo este tiempo ha escuchado voces en su cabeza que le piden suicidarse.

Comencé a sentir deseos de tirarme por la terraza de mi casa. Pensaba que el diablo me perseguía, entonces me daban ganas de… oía una voz que me decía: “Tírate, tírate”. O que me decía “suicídate, suicídate”. Esas voces todavía hay veces las oigo. Las que me dicen que me suicide las oigo todavía. Hay veces siento voz de hombre, otras veces siento voz de mujeres.

 Empecé a tener ganas de cortarme las venas con un cuchillo, con una cuchilla. Eran mucho los deseos entonces me tocó reforzar el tratamiento psiquiátrico. Me daba desespero. Pensaba que el diablo me iba a meter la cola, que me iba a hacer daño.

 Otra que pensé fue echarme ácido sulfúrico en la cabeza. Aquí en la frente para no pensar tanto. De las últimas cosas que he pensado es tirármele a los carros. Eso lo pienso todavía y lo deseo. Tirármele a los carros. Como estoy recién salida de la clínica y tengo esas ideas me llevaron a mi psiquiatra particular y él me reajustó el medicamento y me dijo que no saliera sola.

“Aquellos nombres estaban escritos en agua” (1975), Willem de Kooning.

Si se tiene en cuenta la información brindada por Medicina Legal, sufrir de una enfermedad mental o física es históricamente la primera razón de suicidio en Colombia. El 29% de las personas que se quitaron la vida en 2017 lo hicieron por ese motivo. Sin embargo, no hay que perder de vista que en cerca del 54% del total de los casos no hay información de los detonantes de la muerte.

De acuerdo con Carlos Valdés, director de esa entidad, tal nivel de subregistro se presenta “porque no hay antecedentes de salud, de seguimiento de las personas. Muchas son personas que viven solas, no hay historias clínicas y no es posible que podamos documentar las causas”.

María José Sarmiento, psiquiatra de la universidad Javeriana, magíster en antropología aplicada de la universidad de Salamanca e investigadora, asegura que el gasto para el cuidado de la salud mental en Colombia es inversamente proporcional al aumento de suicidios en el país. Además, “cada año ha disminuido el presupuesto y se gasta mucho menos de lo presupuestado”.

El dinero asignado para el rubro Dimensión Convivencia Social y Salud Mental disminuyó en un 48% desde 2015 hasta 2017, de acuerdo con los datos del ministerio de Hacienda.

En 2015 se destinaron un poco más de 110.000 millones de pesos, de los cuales se ejecutó el 80%. Para el año 2016 el presupuesto se redujo en un 25% y se gastó poco más de la mitad. Ya para 2017, año en el que más colombianos se quitaron la vida en la última década, se adjudicaron cerca de 57.000 millones de pesos, de los cuales se invirtió solo el 20%, es decir, cerca de $11.500 millones.

De allí el reclamo que se le hace al Estado desde distintos sectores como las asociaciones de psiquiatría, los pacientes y psiquiatras particulares, para que asuma su rol como garante de la accesibilidad al cuidado integral de la salud de sus ciudadanos y que tome medidas para enfrentar el fenómeno del aumento de las enfermedades mentales y el crecimiento en la tasa de suicidios.

“En Europa, en otros lados; la asistencia en salud mental, el acompañamiento, la prevención, la atención de primer nivel está a la orden del día. Aquí en cambio no. Aquí hasta que la gente no esté loca no se le para bolas”, dice José Rodolfo Parra, psiquiatra con experiencia de más de 28 años y director de una residencia para pacientes con enfermedades mentales.

La poca inversión en salud mental es una preocupación global. En el mundo, el gasto para esta rama de la medicina es de menos de dos dólares diarios por persona y de menos de 25 céntimos en los países con ingresos más bajos, según datos de la OMS. De acuerdo con esa misma entidad, los trastornos mentales crecen en todo el mundo. Se estima que desde 1990 hasta 2013, las personas que sufren depresión o ansiedad aumentaron en cerca de un 50%. El cálculo es que aproximadamente un 10% de la población mundial está afectada por algún problema o trastorno mental.

Con respecto al suicidio, en los países de la región también aumentaron los casos. La tasa media de muertes autoinfligidas en el continente americano subió de 8,3 por cada 100.000 habitantes en el 2000 a 9,8 por cada 100.000 habitantes en el 2016.

Latinoamérica tiene una tasa más baja (6,8 por cada 100.000 habitantes) que la media global (10,6 por cada 100.000 habitantes). Sin embargo, la tendencia en los países de este lado del mundo va en aumento, mientras que, en otras regiones, como Europa, se ve un decrecimiento en las estadísticas. En el viejo continente la tasa de suicidio cayó siete puntos desde el 2000 hasta el 2016. Hoy la relación es de 17 suicidios por cada 100.000 habitantes.

En lo que tiene que ver con los países vecinos, de acuerdo con las cifras oficiales de Venezuela, la tasa de suicidios desde el 2000 hasta el 2016 se redujo en cuatro puntos, ubicándose en 3,7 por cada 100.000 habitantes. Sin embargo, las cifras dadas por el gobierno de ese país no son confiables. Organizaciones no gubernamentales como el Observatorio Venezolano de Violencia aseguran que los casos de suicidio aumentaron enormemente.

Una de las dificultades comunes en los países de América Latina es que hasta hace poco tiempo se mide con rigor las cifras relacionadas con este fenómeno. Es el caso de Ecuador, que de 2013 a 2017 presentó un incremento del 70% en el número de muertes autoprovocadas. Sin embargo, la razón aparente de tal aumento en ese país fue el cambio en la forma de recolección de la información.

Uruguay es el país latinoamericano con la tasa de suicidio más alta. Según los datos preliminares de 2017, los casos se presentaron en 19 de cada 100.000 habitantes. A diferencia de Colombia, en el país del cono sur la tasa de suicidios entre las personas mayores de 70 ha sido la más en alta en los últimos cinco años.

El Reino Unido es uno de los estados que logró bajar estos índices. En 2016, cerca de 5.000 británicos tomaron la decisión de suicidarse. Aunque parezca un número importante, esa fue la cifra más baja en los tres años anteriores. La tasa de suicidio también viene decreciendo desde 1981. El último pico tuvo lugar entre 2007 y 2013, durante la recesión económica, y afectó mayormente a los hombres. No obstante, para 2017 la tasa de suicidio masculina fue la más baja en los últimos 30 años.

Desde el ámbito médico se consideran términos como el parasuicidio, el daño autoinfligido deliberado o el comportamiento suicida mortal y no mortal; sin embargo, los tres estados más aceptados de la conducta suicida son las ideas suicidas, el intento suicida y el suicidio consumado.

La vida de José oscilaba entre el maltrato por parte de su papá y su adicción a las sustancias psicoactivas, dos circunstancias que lo impulsaban a quitarse la vida.

Yo vivía solo con mi papá y mi mamá. Ella tenía trastorno afectivo bipolar agudo.

Fui drogadicto desde los 10 años y de alguna manera eso me generó cierta enajenación. Tomaba, fumaba, aspiraba… esas cosas. Como que me ponían… me enloquecían mucho y eso empezó a repercutir en mi cabeza y yo pensaba cosas muy locas de la vida.

 Lo de la droga lo superé por el amor de alguien que me acogió, que fue como mi segunda madre. Ella me acogió en su casa, me dio amor, me dio mucho cariño, me dio un cariño impresionante. Yo básicamente lo que necesitaba era eso.

 Era una tía que pidió la custodia de nosotros dos, de mi hermana y de mí. El Bienestar Familiar, que me parece que es una institución que yo no sé…, me parece lo más nefasto, que en vez de protegerme lo único que hizo fue dejarme en la boca del lobo. Mi tía pidió la potestad de nosotros y le dieron la de mi hermana que era mayor. No le quisieron dar la mía que tenía ocho años. Precisamente a los niños son los que más hay que proteger y esa porquería del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar lo único que hizo fue dejarme ahí, a expensas del sufrimiento que viví tan impresionante. Me dejó expuesto a la droga.

Si yo hubiera tenido el amor de mi tía desde los ocho años, no hubiera vivido tanta porquería. Pero el ICBF lo único que me hizo fue daño, lo único que hizo fue exponerme y me dejó ahí en una situación miserable. A los 15 días después de que mi papá firmó el compromiso de no maltratarme, llegué al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar a que me ayudaran y me dejaron ahí. Miserables.

Yo me acuerdo que mi tía…, que todos llorábamos. Que yo les rogaba “por favor, no me dejen”. Yo era de 8 años rogándoles. “Por favor, déjenme ir, déjenme ir con mi tía. Ese señor me va a matar”. Y claro, fue cuestión de un par de semanas para que… no… les importó un bledo dejarme tirado ahí como un miserable y ahí fue cuando no tuve ninguna protección, ni del Estado. Solamente de mi tía.

Ese amor que me dio mi tía fue cuando yo ya cumplí 15 años. Me llevó a vivir con ella porque la ley ya lo permitía, algo así. Básicamente ella me cuidó. Me dio mucho cariño. Yo era un niño rebelde, malcriado en todo el sentido. Hice sufrir mucho a mi mamá. El tema es que yo no tenía ninguna base. Las bases de educación que tuve fueron las que me dio mi tía, entonces ese cariño de alguna manera me devolvió la vida.

El ministerio de Salud advirtió que haber sido víctima de maltrato infantil o vivir en un hogar donde se presente violencia intrafamiliar agudiza el factor de riesgo. Diferentes estudios psiquiátricos relacionan la impulsividad que se genera en algunas personas cuando deciden suicidarse con lo que la medicina llama “estresores intensos de la infancia”. Estos son situaciones como el rechazo, el abandono, el abuso físico, sicológico o sexual.

Circunstancias como estas “contribuyen a desarrollar una expresión anormal de la impulsividad y de la conducta agresiva, que puede manifestarse en la edad adulta como comportamientos impulsivos, conductas de autoagresión, abuso de alcohol y sustancias psicoactivas o conformar un trastorno de personalidad”, según el psiquiatra Jorge Téllez.

La idea del suicidio viene acompañada por creencias populares como que “quien amenaza con suicidarse nunca lo hace”. Este tipo de concepciones no solo son equivocadas, sino que desvirtúan la gravedad de un intento de quitarse la vida por mano propia.

Los estudios estiman que por cada caso de suicidio hay de 10 a 25 personas que intentaron causarse su propia muerte. De acuerdo con esto, durante 2017 en Colombia pudo haber de 25.000 a 64.000 personas que trataron de quitarse la vida, sin embargo, solo se reportaron oficialmente un poco más de 8.000 casos. El 32% de esas personas tenían antecedentes de intentos previos. Desde la psiquiatría se considera que, si una persona trató de matarse, tiene un riesgo de suicidio 100 veces mayor que el de la población general.

José tuvo un segundo intento de suicidio en el 2014.

Mi madre se suicidó. Yo tenía 23 años cuando sucedió. Ella escribió una carta pidiendo perdón. Diciendo que lo que quería era descansar. Tuve problemas de alcohol después de la muerte de mi madre, hasta hace dos años. Yo tuve un problema demasiado fuerte con el alcohol que me enfermó bastante.

Dijo no acordarse de nada. Estaba borracho.

Esa vez fue con un cuchillo. Me traté de cortar las venas. Cuando me sucedió ese segundo episodio, me volvió a pasar algo muy similar a la primera vez. Es como una bomba de tiempo. Me doy cuenta que uno empieza a atajar un montón de cosas que no ha solucionado y llega un momento en que el cuerpo puff, como que explota, y es cuando entras en esa enajenación mental y simplemente lo haces. Y no te das cuenta ni siquiera en qué momento.

En la Encuesta Nacional de Salud Mental de 2015 se concluyó que “las personas que padecen trastornos mentales y del comportamiento y aquellas que tienen trastornos por consumo de alcohol u otras sustancias psicoactivas, tienen mayor probabilidad de presentar conducta suicida”.

Según cifras del ministerio de Salud, el consumo de sustancias psicoactivas, incluyendo el alcohol, ocupa el tercer lugar en lo que tiene que ver con los trastornos psiquiátricos más frecuentemente relacionados con el intento de suicidio. Los dos primeros son en su orden el trastorno depresivo y una categoría en la que se agrupan otros trastornos psiquiátricos. En los documentos se aclara que una misma persona puede tener varios diagnósticos de este tipo y padecerlos simultáneamente.

La enfermedad mental que sufría la mamá de José también es considerada por la psiquiatría como una amenaza. Desde la ciencia aún se investiga qué tanta prevalencia podría tener el tema hereditario en un comportamiento suicida. Sin embargo, en el boletín de salud mental del ministerio de Salud, se sugiere que tener una madre con trastornos mentales aumenta la probabilidad de provocarse la muerte.

“La enfermedad mental no tiene un claro origen genético, es decir, uno no puede decir que los hijos de una persona que haya sufrido de depresión necesariamente van a sufrir de esta enfermedad, pero sí aumenta el riesgo en un 50%”, explica la psiquiatra Paola Acevedo. Además, la experta advierte que el componente genético no se puede asociar a un gen o a un cromosoma específico y que “como la enfermedad mental es multifactorial, (el aspecto hereditario) tendría que combinarse con el factor ambiental y con la forma de ser del individuo para que la enfermedad salga a flote”.

Según Acevedo, con la muerte autoprovocada pasa algo similar, aunque depende también de las causas del suicidio. Aclara que “es diferente que la persona se suicide por una enfermedad mental o que sea en circunstancias ajenas a la vida, es decir, hay gente que se mata porque no logra tolerar adecuadamente la frustración. En esos casos el factor ambiental está incidiendo demasiado, entonces pasa lo mismo que para la enfermedad mental, sí aumenta el riesgo, pero no predispone. No necesariamente los hijos o los nietos de las personas que se suicidan también lo van a hacer”.

El psiquiatra José Parra explica en el tema de la herencia que para casos como las enfermedades mentales también se tiene en cuenta la epigenética. Esta “es la expresividad genética que ha sido modificada o que varía dependiendo de las circunstancias ambientales”.

Según esta teoría, no basta con que haya un gen defectuoso en la información heredada, sino que dependiendo de las situaciones favorables o desfavorables que atraviese el individuo, este gen podrá expresarse o no.

La tristeza que genera la muerte de un familiar es otro factor de riesgo. El hecho en sí mismo parece una amenaza menor, pero el suicidio se trata de una combinación de circunstancias, ligeras o trascendentales, que desencadenan en la muerte por propia mano. Por ejemplo, si una persona lucha contra un cúmulo de situaciones adversas, llámese depresión, estrés económico o baja autoestima (o con las tres al mismo tiempo), la pérdida de un ser querido puede ser la condición que desencadene la decisión de quitarse la vida.

Uno de los puntos más difusos de cuando se atraviesa por el duelo y se es vulnerable a tomar la decisión de provocarse la muerte es definir cuándo el dolor es tan vasto que se convierte en una amenaza para la propia vida.

“El duelo es una manifestación emocional y conductual normal que tenemos todos los seres humanos cuando perdemos algo que queremos, normalmente es un ser querido. Empieza a ser patológico y por ende convertirse en una depresión cuando la funcionalidad se ve comprometida. Cuando esa persona que hacía sus cosas con normalidad deja de dormir, cuando deja de comer, cuando todo el tiempo sus conductas están relacionadas con la muerte del ser querido y cuando empiezan a aparecer estas ideas de morirse, de querer quitarse la vida y de decir que no se es nada sin la persona que perdió, eso ya es una depresión. El duelo se complicó y se convirtió en una depresión”, explica la psiquiatra Paola Acevedo.

Jesús, el niño de 13 años que se ahorcó mientras su familia rezaba el rosario, pasó por la situación del duelo antes de quitarse la vida. Su mamá y su hermana vieron el cuerpo asfixiado por la cuerda tensa que lo sostenía. Desamarraron el nudo y acostaron el cuerpo del niño en una cama.

Se dieron cuenta de que antes de tomar la decisión final, Jesús se había cambiado de ropa y se puso una pantaloneta que era de su papá. En la puerta del cuarto en donde decidió quitarse la vida encontraron una carta colgada en la que se despedía de su familia, le decía a su mamá que la amaba y le pedía que no sintiera culpa por su muerte.

En ella también dejó escrito que quería mucho a su papá y que quería estar con él en el cielo. Terminó pidiéndoles que lo enterraran a su lado y confesándoles que no vivía feliz si no estaba con su padre.

“El papá de mi primito se le había muerto en diciembre en un accidente de tránsito”, cuenta una familiar. Jesús se quitó la vida cinco meses después, en mayo del año siguiente.

“Después de eso, él empezó con síntomas de depresión. Síntomas normales en un adolescente. Algo de rebeldía, comía mucho, pero él estaba en tratamiento con psicólogo. Sin embargo, a veces se ausentaba. Manifestaba muchos dolores de cabeza, pero nunca le vimos conductas suicidas”, narra una de las primas.

Jesús participó en grupos de apoyo que ofrecía la funeraria que había hecho los servicios exequiales de su papá. Allí fue atendido por un psicólogo, pero este no fue el único profesional que lo trató. También fue a consultas donde otra psicóloga particular. El diagnóstico fue el mismo en los dos casos: duelo.

La respuesta que recibió la familia era que el niño atravesaba un dolor profundo por la pérdida del ser querido y que estaba en una etapa de negación. Nunca le diagnosticaron depresión ni lo remitieron a un psiquiatra.

“Hubo algunas otras circunstancias previas y es que Alfonso* (el papá del niño) se separó de la mamá porque se involucró con otra mujer y tuvo una hija por fuera del matrimonio”, dijo la prima de Jesús. “Yo sé que les costó, pero, en cierta forma, como lo seguía viendo, no fue tan grave”.

La infidelidad del padre de Jesús a su esposa no fue la única razón de la separación. Alfonso tomaba mucho alcohol. Su pareja siempre se lo reprochó. A pesar de estas dos circunstancias, personas cercanas al núcleo familiar del menor aseguran que Jesús tenía un vínculo especial con su padre.

“Él era muy apegado al papá. El padre a pesar de que tuvo tantos conflictos con la mamá fue muy buen papá. Fue de esos que jugaba con ellos, los llamaba, incluso, cuando estuvieron separados, nunca dejó de estar muy pendiente de sus hijos. Mi primito lo veía como su ídolo”, aseguró otra familiar de Jesús.

Alfonso se accidentó cuando recorría las calles de Medellín en su moto. Todo indica que estaba borracho.

Lo que todos creían que era un duelo normal se convirtió en el factor decisivo para que Jesús acabara con su vida. Sus allegados no alcanzaron siquiera a sospechar, entre otras cosas, porque le escuchaban hacer propósitos para el tiempo que vendría.

“Él tomaba todo con naturalidad. Seguía haciendo planes a futuro, decía ‘el próximo mes voy a ir a Cali a visitar a mi primo’. Cuando eso fue el año que Nacional ganó la Copa Libertadores y él era súper hincha, entonces decía ‘voy a ver a Nacional’. Él pensaba en el futuro”, cuenta su prima.

La mamá de Jesús dice que no lo culpa y que lo perdona. “Es la voluntad del niño y él quería estar con su papá”.

“Para la familia fue un golpe muy duro porque se han muerto muchas personas, pero no por su voluntad, aunque hubo un tío que se suicidio, pero hace muchos años. Entonces para mi abuelita… mi abuelita ya falleció, más o menos al año siguiente que murió el niño. Mi abuelita siempre ha sido una persona muy resiliente porque le tocaron muchas cosas duras en su vida, pero cuando le tocó esa muerte, ella se puso muy triste, muy mal, fue algo que la tocó mucho, no sé si porque recordó también cuando se suicidó su hijo”.

Algunos miembros de la familia solo se enteraron hasta la muerte de Jesús que otro de sus parientes también se había quitado la vida. “Yo ni siquiera había nacido, a mí me dijeron toda la vida que se había accidentado. Solo como hasta hace dos años me contaron que se había suicidado. Es como que hace un tiempo había un tabú sobre eso”, asegura una de las familiares.

Tiempo después de la muerte del niño, sus familiares encontraron unos cuadernos con dibujos hechos por él. “Eran muñequitos de palitos. Decía ‘yo’ y al lado decía ‘papá’, y se dibujaban como en el cielo, como si estuvieran juntos los dos en el cielo”, cuenta su prima. Al contrario de lo que se cree, la religión no necesariamente es un factor protector.

En casos como el de Jesús se demuestra que las construcciones simbólicas tradicionales de los credos también pueden influir en algunos casos de suicidio. Las ideas judeocristianas del cielo y de la vida después de la muerte fueron elementos fundamentales para que Jesús tomara la decisión de matarse. Creyó que terminar con su vida era el camino para volver a estar con su papá.

En los musulmanes radicales, por ejemplo, cuando se declaran en guerra santa y deciden atar bombas a sus cuerpos para inmolarse, se presenta un tipo de muerte autoprovocada que el sociólogo francés Émile Durkheim, padre de la sociología del suicidio, llama un suicidio altruista. Este consiste en sacrificar la propia vida por el bien de un grupo o para salvar a otros. En estos casos hay plena consciencia y es un acto intencionado. Las muertes autoinflingidas en esta categoría sociológica responden a una “preponderancia de lo colectivo por sobre lo individual”, según explica Miguel Barrios, sociólogo y docente de la Universidad Nacional que estudia el fenómeno del suicidio desde su profesión.

Contrario a lo que se podría pensar por la estigmatización a los musulmanes y su vínculo con ataques terroristas suicidas los creyentes de ese credo son quienes menos se suicidan, de acuerdo con el libro Suicidio: neurobiología, factores de riesgo y prevención. Las personas que más se quitan la vida son aquellas que viven en países mayoritariamente ateos.

Clara no les hace caso a las voces que escucha por su creencia religiosa.

Pienso que, si me suicidara, iría directo al infierno, entonces eso también me ayuda a calmarme. Pero también pienso en mis hermanos y pienso que no me podrían enterrar en campo santo porque eso no se puede cuando una se suicida. Entonces eso me ha detenido.

La idea del diablo que me va a hacer daño, que me va a poner cola y cachos, es una idea casi permanente, pero las ideas de suicidio también son muy seguidas y, además, vienen en forma diferente. En tirarme a rodar por la escalera, esa no te la había contado, tirarme por la escalera a rodar.

Ay, Dios mío.

Yo tengo un enredo entre el mal y el bien porque a veces pienso mucho en Dios. Rezo, voy a misa, lo amo, comulgo y otras veces lo ofendo. Cuando estoy en crisis lo ofendo. Entonces digo, voy comulgo y después voy al baño y digo “orino a Jesús”. Es una lucha entre el mal y el bien.

Pienso que el diablo me quiere hacer el amor cuando me baño entonces no quiero bañarme y cosas así. Es una lucha que mantengo entre el bien y el mal. Pienso que me voy a condenar entonces otra voz me dice que tranquila que es la enfermedad. Y oigo voces, muchas voces, voces también que me dicen “mejor suicídate, mejor tírate a los carros”.

Yo no lo haría porque tengo fe en Dios. A pesar de que el diablo se me mete y me hace pensar cosas: que me case con él, que haga el amor con él; pero yo quiero mucho a Dios y no creo que lo haga.

Samuel Vanegas, sociólogo y docente, afirma que no se podría decir que la religión en sí misma es un factor de protección. “No es la creencia, sino como se concreta en alguna acción”, explica y agrega que el aspecto que podría mermar la vulnerabilidad “no sería tanto las ideas religiosas, sino si creer dota de sentido a esas personas”.

Desde la sociología, la nuez del asunto está precisamente en cómo y a qué están relacionadas las redes afectivas y de sentido. Las primeras hacen referencia al grupo social que rodea y contiene emocionalmente a una persona. La segunda tiene que ver, como lo indica su nombre, con qué le da sentido a la existencia.

“La red de sentido tienen que ver con pertenencia, con para qué estoy acá, cuál es mi papel en la vida, en la sociedad. La búsqueda del sentido siempre ha sido una motivación humana”, explica Barrios, quien también afirma que existe una especie de desconcierto colectivo ocasionado por los cambios sociales de estos tiempos (avances en los derechos de las mujeres, variación en el concepto de la masculinidad y la feminidad, reconfiguración de las aspiraciones personales). “Antes, esos sentidos estaban dados”.

La concepción de estas redes afectivas y de sentido son fundamentales a la hora de evaluar la vulnerabilidad al suicidio de los individuos desde la sociología. Durkheim concluyó en su obra El Suicidio, publicada en 1897, que la conducta suicida es una expresión, o una manifestación de un malestar colectivo.

“La propuesta para los médicos no es entrar en una discusión filosófica sobre el suicidio. Si es un suicidio altruista, si es un suicidio existencial, o cosas así, sino que las persona con ideas suicidas están fuera de sí”, argumenta el psiquiatra José Parra sobre la forma en la que la medicina aborda este asunto.

Para el docente Miguel Barrios “en esto siempre hay un ir y venir entre la postura biomédica versus la interpretación social de la conducta suicida, de tal manera que una buena comprensión del fenómeno no puede aislarse de lo uno o de lo otro”.

Clara no solo encuentra un resguardo en la religión. Desde que le diagnosticaron la enfermedad, sus ocho hermanos la acompañan y la apoyan. Vive con tres hermanas y una sobrina.

Ha tenido 15 hospitalizaciones en todo su historial médico, pero en lo que va del año la internaron cuatro veces. De los 32 años que lleva con la enfermedad ninguno fue tan difícil como este. Por una recomendación de su psiquiatra, ella y su familia decidieron que lo mejor era que se fuera a vivir a una residencia para personas con enfermedades mentales en la que hacen terapias de rehabilitación psicosocial.

El médico que la atiende desde hace 15 años le dijo que cuando se instalara en su nueva casa tendría que dictar clases a las demás personas que residen en ese lugar. El doctor se lo pidió porque Clara terminó la carrera de Química, a pesar de que fue mientras la cursaba que le diagnosticaron el trastorno.

Yo estaba en la universidad. Estudiaba licenciatura de química. Una noche me vine y me vine llorando por todo el camino a la casa. Le dije a mi mamá “ay, mami, lléveme al médico porque yo creo que me voy a volver loca”. Entonces me dijo “ay, mijita, no diga eso. Yo la llevo, pero el lunes porque hoy ya no se puede” porque era viernes, cuando eso no atendían los domingos ni los sábados.

Al otro día amanecí totalmente perdida. Con ideas que no eran mías. Que todo pasaba por mi culpa, que me querían hacer daño, que me querían envenenar.

¿Quién me decía esas cosas? Mi pensamiento, a mi pensamiento venían todas esas cosas. Después me atendió un psiquiatra y me dijo que sufría de esquizofrenia paranoica. Comencé a tener ideas … sentía que por mis manos pasaba café con leche en vez de sangre, entonces tuve ganas de cortarme. No lo llegué a hacer, pero me daba el deseo de cortarme para ver qué era lo que me salía, si café con leche o sangre. Eso fue las primeras veces que sentí ganas de hacerme daño.

El doctor me dijo que nunca me iba a curar de eso, pero sí me la iban a poder controlar con los medicamentos.

La Organización Mundial de la Salud estima que 26 millones de personas en el mundo padecen esquizofrenia. En Colombia se cree que aproximadamente 480.000 sufren este trastorno, lo que representa el 1% de la población.

Investigaciones sobre esta enfermedad han concluido que el suicidio es la principal causa de muerte prematura en esa población. Además, el riesgo de suicidio en personas esquizofrénicas es 8.5 veces mayor comparado con la población general. Este índice aumenta si la persona está hospitalizada.

Clara no estaba afiliada a ningún servicio de salud cuando sufrió la primera crisis. Ese lunes su mamá la llevó a un psiquiatra particular. Para cuando terminó su carrera ingresó al sistema nacional de prestación de servicios médicos, que en esa época era el Seguro Social. Con el cambio del modelo y la llegada de la Entidades Prestadoras de Salud (EPS), la derivaron a una de esas compañías.

“Debería haber un seguimiento. No lo hay. Casi todas las citas tocan con diferente médico. Cuando están hospitalizados sí les asignan un doctor, siempre él es el que va a estar examinándolos. Pero, cuando salen de la clínica, no hay un seguimiento porque les dan las citas muy distantes y ellos las necesitan más seguidas” – dice una de las hermanas de Clara – “Ella necesita que la vean por lo menos una vez al mes”.

Luego de la última vez que estuvo internada le asignaron una cita de control para dos semanas después. La atención médica que le seguía a ese encuentro fue programada para dos meses más tarde.

“Ella se puso malita. Estaba con ideas, con pensamientos. Si yo la llevaba a urgencias me la dejaban allá y ella no quería”, cuenta su hermana.

Cuando me internan me da mucha angustia porque haya existe una unidad que se llama Unidad de Cuidado Agudo (UCA). Entonces, el cuidado agudo me… es que hay gente muy enfermita, entonces… con esquizofrenia, paranoica y afectiva; bipolaridad, gente que se ha suicidado, que ha hecho el intento de suicidarse, gente que ha dejado el gas abierto para que se mueran. Otra forma de suicidio, ¿no?

Es muy feo porque hay gente muy enferma entonces en esa Unidad lloran, gritan, pelean, se orinan, se vomitan, gritan, los amarran. A mí nunca me han llegado a amarrar. Mentiras, una vez me amarraron.

Es desesperante estar en la UCA. A mí no me gusta.

Después de esa situación, su familia la llevó al psiquiatra particular que la atiende regularmente y fue en esa oportunidad que el médico les recomendó que se fuera a vivir a la residencia.

Como estar en ese lugar no es un servicio que cubre la EPS, su familia debe pagar mensualmente $1’350.000. A pesar de lo penoso que puede ser sufrir una enfermedad como la que padece, Clara tiene la ventaja de que su familia la puede apoyar económicamente con tratamientos que están fuera del plan que ofrece la empresa que le presta el servicio médico. Esa realidad dista mucho de la generalidad de los colombianos.

Las consultas que se pueden obtener a través de las EPS muchas veces tienen duraciones que oscilan entre los 15 y 20 minutos. Juan Ángel Isaac, exdirector general de Medicina Legal y expresidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, asegura que en ese periodo es imposible que el especialista le brinde al paciente una atención adecuada. La otra forma de conseguir ayuda profesional para afrontar este tipo de afecciones es, como lo hace la familia de Clara, pagar a médicos privados. El problema es que un psiquiatra cobra por una consulta entre $100.000 y $300.000 pesos. Es decir, entre un 12,5% y un 40% del salario mínimo. Se calcula que aproximadamente once millones de personas en el país, un cuarto de la población, ganan menos de un sueldo básico, de acuerdo con las estimaciones de la Central Unitaria de Trabajadores.

Otro factor que dificulta la atención psicológica y psiquiátrica en las EPS es el pago a los médicos de esa rama de la salud que, según Isaac, está entre $15.000 y $20.000 pesos por consulta. Estas especialidades están en los escalafones más bajos del ranking salarial de la medicina en el país.

Los médicos con mejores ingresos son los de especialidades quirúrgicas. En Estados Unidos, por ejemplo, quienes profundizaron en el estudio de la rehabilitación física y mental son los que menos ganan, según Henry García, director de la Asociación Colombiana de Psiquiatría.

En Colombia, 10 de cada 100 adultos de entre 18 y 44 años y 12 de cada 100 adolescentes tiene algún problema que sugiere la presencia de una enfermedad mental, según la Encuesta Nacional de Salud Mental publicada en 2015. A pesar de esto, profesionales en salud mental consideran que el Estado no ha puesto la suficiente atención a este tema.

Para varios expertos de la medicina, este problema tuvo su origen en la promulgación de la ley 100 de 1993. “El área más golpeada fue la salud mental. No fue tenida en cuenta en absoluto, para nada. De tal manera que en algún momento llegamos a considerar que el Estado no ha buscado la asesoría de las personas conocedoras de la salud mental como serían los psicólogos, los psiquiatras, los neurólogos”, dice Isaac. Con la sanción de esa ley se excluyó la hospitalización prolongada y la psicoterapia por más de un mes.

En 1998, a través de la resolución 2358, se creó la Política Nacional de Salud Mental, pero por deficiencias en el plan obligatorio de salud no se cumplió el objetivo de ejecución que se buscaba ni la cobertura que se propuso.

Lo más común fue que las personas que sufrían problemas, enfermedades o trastornos mentales a finales de los años 90 y principios del 2000 tuvieran que recurrir a tutelas para exigir que se les otorgara una atención integral de salud. La Corte Constitucional falló a favor de los pacientes en varias oportunidades.

Fue hasta 2013 cuando se adoptó una ley de salud mental (1616 de 2013).  Esta es la que rige actualmente y según su texto busca “garantizar el ejercicio pleno del derecho a la salud mental de la población colombiana, declarando que la salud mental es de interés y prioridad nacional, es un derecho fundamental y un tema prioritario de salud pública”.

En el artículo de reflexión Salud mental en Colombia. Un análisis crítico, las psiquiatras Luz Ángela Rojas y Diana Patricia Restrepo, y Guillermo Alonso Castaño, doctor en psicología de la salud, aseguran que con esa legislación “se ratifica el pensamiento general de que en Colombia se escriben muy bien las leyes en el papel, pero no tienen la fuerza para transformar un sistema de salud fragmentado y en crisis”.

Los lineamientos principales de esa política no han producido un cambio sustancial en la atención de la salud mental en el país porque las deficiencias en el sistema médico, la desarticulación de las entidades responsables y el déficit fiscal dificultan su implementación.

El Psiquiatra Isaac insiste en que el problema fundamental es que el sistema no está pensado para atender a pacientes con enfermedades mentales. “Sé que hay personas que le dan consulta para mes y medio, dos meses después de que la solicita. La patología mental no puede esperar. El pronóstico en la salud mental se vuelve más oscuro, más reservado y, por qué no decirlo, malo, en la medida en la que no haya una oportuna atención”.

Para García las dificultades que impiden la implementación de las políticas de salud mental están en varios frentes. “Es también un proceso de reconocer que no estamos en un país tan rico. El problema a veces es de presupuesto, a veces es de organización, a veces es de liderazgo, a veces es de trabajo con lo cultural. Colombia es un país muy diverso. Una cosa es la república de Bogotá Distrito Capital, pero a nosotros se nos olvida que en otras regiones las cosas culturales son totalmente diferentes. Hasta hace poco, en La Guajira, un departamento gigante, con tantas necesidades, había solamente un psiquiatra”.

El mismo ministerio de Salud reconoció que el tiempo para acceder geográficamente al lugar donde se prestan servicios de salud mental a nivel nacional es en promedio de 9,6 a 32 horas.

La OMS asegura que la mitad de las personas en el mundo viven en estados donde hay en promedio un psiquiatra o menos por cada 200.000 personas. En los países de ingresos bajos o medios, donde se producen el 75% de suicidios a nivel mundial, entre el 75 y el 85% de los pacientes no tienen acceso a ninguna forma de tratamiento. Incluso, en los países de ingresos altos, entre el 35 y el 50% de las personas con trastornos mentales graves no son atendidos adecuadamente.

Las muertes autoprovadas en el mundo superan en número a los fallecimientos causados por la guerra y los homicidios, según la OMS. Quitarse la vida por propia mano fue la cuarta causa de muerte violenta en Colombia durante 2017. La superan el homicidio, los casos por accidentes de transporte y las defunciones por accidentes.

El Estado hace planes y toma acciones para tratar de bajar los índices del homicidio y los accidentes de tránsito, pero, para la comunidad que está relacionada con el cuidado de la salud mental, hay una falta de voluntad política desde la nación para poner en marcha campañas de prevención del suicidio que incluyan o promuevan la identificación y el tratamiento temprano de los problemas psiquiátricos, educación sobre el consumo de alcohol y sustancias psicoactivas; y formación de los médicos generales en el área de la salud mental.

Otra de las deficiencias del Estado y de las EPS, es que raramente ofrecen procesos de rehabilitación psicosocial para los pacientes. Eso genera que las personas que sufren algún problema mental se les dificulte integrarse a los grupos sociales que los rodean y ser independientes económicamente.

Clara trabaja desde hace 21 años en la empresa de uno de sus hermanos.

Yo me creía una persona normal. Que saludaba normal y todo, pero qué día me dijo mi hermano que había ido a saludar a la oficina y no había saludado a los compañeros, entonces no sé si es que me está costando trabajo socializar. Pero por lo general yo soy una persona alegre y que comparto.

Cuando estoy trabajando yo me siento tranquila porque solo voy a trabajar cuando estoy bien. La vez pasada, en junio que los jefes no estaban, fui a trabajar. Me sentía enferma, pero no dije nada y entonces etiqueté mal. Cogí 25 etiquetas, las etiqueté y la caja trae 50. Guardé todas las 25 que sobraron y puse el sello de aprobado y entonces cuando vi que me sobraron tantas, un compañero de trabajo me dijo que no tenía que haber sobrado ninguna. Cogí el rollo que me quedó, me lo eché en el bolsillo y me lo traje para la casa. Lo iba a botar.

Le conté a mi hermana y ella me dijo “no, Clara, usted cómo va a hacer eso. Eso fue que se equivocó”. Me llamaron de la empresa. Me dijeron “Clara, me contaron que dejaste una caja mal etiquetada, faltan 25 etiquetas. ¿Por qué te las llevaste? Tú sabes que eso tiene información de la empresa”.

Por eso yo solo trabajo cuando estoy aliviada.

Como Clara tuvo cuatro internaciones este año, la EPS le envió una carta en la que le proponen pensionarse por invalidez. Para este proceso tiene que presentar a Colpensiones su historia clínica para que esa entidad le haga una calificación de pérdida de capacidad laboral. “Eso es larguísimo por todas las hospitalizaciones que ella ha tenido. Era un resumen y salieron como 260 páginas. Eso hubo que pagarlo en la clínica”, cuenta su hermana. Para ella, lo que pasa en esta situación es que la EPS quiere evitar pagar más incapacidades y dejar el caso del lado del fondo de pensiones.

En este tipo de jubilación solo le reconocerían el 45% de lo que podría ser el monto total de su asignación mensual cuando cumpla los requisitos para retirarse del trabajo.

Clara y su familia aún no han decidido qué hacer. La otra opción es esperar hasta el 2020, año en el que se jubilaría oficialmente bajo el régimen común.

Algunos expertos recomiendan que en Colombia se adopten regulaciones para las personas con enfermedades mentales parecidas a las que se implementaron en Canadá, donde se garantiza hogar, cuidado, empleo y educación a los pacientes, y se promueve la asignación de pensiones por invalidez a quienes presenten síntomas graves. Esto se dio tras reconocer que los problemas de salud mental afectan directamente las posibilidades de conseguir empleo y, por ende, la consecución de experiencia profesional.

Las personas que sufren enfermedades mentales no solo son excluidas en el ámbito laboral, sino también socialmente. En parte, esto se debe a que persisten ideas erróneas sobre quienes padecen una enfermedad psiquiátrica. “Hay gente que afirma que enfermarse de las emociones es debilidad, que es que ‘usted no pone de su parte’. Otros, desde tradiciones culturales, opinan que los trastornos psiquiátricos son brujería o situaciones de maleficios”, asegura García.

Clara es consciente de su enfermedad. Sin embargo, sabe que no todo el mundo entiende su condición.

Cuando estudiaba me tocó contarle a una amiga porque me puse malita. Me dijo “ay, ¿cómo así que a usted le da eso?” y me trató como mal.

Yo prefiero que no sepan, no me gusta que sepan. Aunque yo digo que es una enfermedad común y corriente, como la tensión que hay que cuidar, pero hay veces que la gente no entiende eso.

Le ponen a uno el estigma aquí (se señala la frente) y dicen “ah, ese está loco”.

La desmitificación de las afecciones psiquiátricas debería venir de la educación, de campañas a nivel nacional que generen un cambio en la percepción general de la sociedad, según García.

El señalamiento colectivo resulta muchas veces en un factor agravante de las afecciones. José cree que hay construcciones sociales erróneas, falta de empatía e incomprensión con quienes padecen enfermedades de la mente.

El hombre no puede llorar. Desde la casa al hombre le enseñan que si llora es un mariquita, es que llorar es para las niñas. Tiene que guardar una máscara constantemente. No quiero caer en estereotipos, pero me doy cuenta, en mi caso, que no puedo llorar y yo quiero llorar, pero no tengo un espacio donde verdaderamente hacerlo, no me siento tranquilo llorando y llorar es demasiado necesario. Nos enseñan a ocultar las emociones. Entonces como que siento cierta limitación para hacerlo. No me siento confiado, me siento como desnudo cuando lo hago, me siento como que se quita la ropa de mi alma, mi alma queda totalmente desnuda y cuando un alma queda desnuda, así como cuando un cuerpo queda desnudo, lo más fácil es que lo juzguen o que lo violen.

Eso es un problema de educación y es algo tan ridículo porque cuando alguien está deprimido dicen que “está haciendo pataleta”. No le prestan atención. Pero cuando alguien se suicida, todo el mundo se cree experto. Dicen “ay, cuando una persona se suicida, antes es muy valiente porque lo hace”. El otro dice “no, antes es muy cobarde”, entonces se creen expertos ya cuando el acto está consumado, pero cuando alguien necesita verdadera atención no hay un oído para escuchar. El mundo tiene demasiadas limitaciones hacia eso, y hay una dinámica que al árbol que menos hojas tiene es al que más piedras se le tiran. La persona que está deprimida es la que menos energía atractiva tiene, es decir, no genera una atracción para vivir con el otro. Simplemente lo que tiene es eso, es un constante señalamiento.

El hecho de quitarse la vida por propia mano es un acto sumamente repudiado a lo largo de la historia. En la civilización griega el suicidio fue debatido y analizado desde varias corrientes del pensamiento. Platón consideró que era una ofensa a la sociedad.  Y ya desde el siglo IV a. de C., Aristóteles juzgó el hecho como un acto de cobardía. En Atenas los cuerpos se enterraban teniendo en cuenta que la cabeza del difunto apuntara hacia el oriente, pero cuando alguien se causaba su propia muerte no era merecedor de seguir la tradición. En otras regiones se les amputaba la mano con la que se hubieran hecho el daño mortal, la enterraban aparte y el fallecido no podía recibir ceremonia alguna.

El cristianismo, desde las reflexiones de San Agustín, lo define como un pecado. Según el filósofo argentino Dario Sztajnszrajber, uno de los muchos cuestionamientos filosóficos que trae consigo la decisión de quitarse la vida es que el ser humano, al tener la capacidad de decidir cuándo morir, alcanza un poder comparable con el de Dios.

La distancia entre el concepto psiquiátrico y el filosófico de las muertes autoprovocadas es abismal y casi nunca están relacionadas. “La propuesta en la formación médica está en que los doctores no pueden aceptar razones filosóficas para dejar ir al suicidio. Hay que entender que la persona está en un momento de desesperación”, dice el psiquiatra José Parra.

La forma en las que una persona decide quitarse la vida está fuertemente asociada a la impulsividad. Esta se relaciona con fallas en el nivel de consciencia, lo cual hace que la inteligencia y el conocimiento para guiar el comportamiento se anulen.

“El suicida llega a un momento en el que comienza a ser inflexible, en el que solo ve esta salida, en que de pronto surge lo más grave que son los momentos de impulsividad porque puede llevar pensándolo un año, seis meses, un mes y, de pronto, en un momento le da esta exaltación. Hay factores que hacen que se prenda todo este combustible: terminación de una relación amorosa, un fracaso académico, demasiado alcohol; y se desencadena una tragedia”, explica el psiquiatra Henry García.

Hallazgos en autopsias psicológicas determinaron que la utilización de métodos violentos para acabar con la propia existencia se relaciona con mayores niveles de impulsividad y agresividad, abuso o dependencia de sustancias psicoactivas, y trastornos psicóticos a lo largo de la vida.

Sin embargo, hay quienes controvierten esa postura de la psiquiatría. José, por ejemplo, cree que algunas veces hay pleno nivel de realidad y reflexión en las personas que toman la decisión de quitarse la vida.

Yo pienso que el suicidio no es un acto de valentía. Es una situación circunstancial, es el acto culmen de un cúmulo de situaciones que son adversas para el ser humano y que simplemente el cuerpo responde a esas circunstancias suicidándose. Así como otros explotan con la rabia, otros con el alcohol, con la droga, otros lo hacen suicidándose. Yo sobreviví al suicidio, pero más como pérdida, creo que lo que más me ha costado superar es el tema como duelo por el sentimiento de culpa que queda, la frustración, las preguntas que uno le hace a la persona que se suicida.

Mi mamá escribió una carta pidiendo perdón. Decía que lo que quería era descansar.

Me sentí peor porque me di cuenta que había cierta consciencia. Ahí quité ese sofisma de que hay inconsciencia. Lo hizo y tomó la decisión con todas sus facultades.

Los individuos que intentaron suicidarse en forma impulsiva comparados con quienes lo hicieron premeditadamente tienen menores probabilidades de morir al momento de realizar el acto suicida y, como utilizan métodos más violentos, es común que queden con secuelas físicas severas.

Después de la muerte de Jesús, su familia se dio cuenta de que el niño pudo haber dado señales. “Cuando uno empieza a atar cabos de pronto sí había manifestado algo”, cuenta una de sus primas.

Además de los dibujos que encontraron en los cuadernos en donde se lo veía junto a su papá en el cielo, se enteraron de que Jesús le había contado sus planes a un compañero del colegio. “Le dijo como ‘hoy voy a hacerlo’, le dijo algo así, pero el amiguito incluso creo que, en el entierro, pues tenía sentimientos de culpa porque no le creyó que en realidad fuera a hacer lo que le había dicho”, dijo una de las familiares.

“Había pedido el lazo el día antes. Probablemente se tuvo que haber medido. Eso fue lo que dijeron porque la distancia en la que quedó no era mucha. No hizo un nudo de ahorcado, pero sí un nudo lo suficientemente fuerte para que no se soltara. Antes de hacerlo se puso una ropa que tenía del papá”, dice su prima, quien en principio cuenta sobre las pistas en voz alta y cuando termina habla muy bajo. “Sentí culpa porque yo ya había visto psiquiatría (ella estudió medicina) y a mí ya me habían dicho que la depresión en los adolescentes era atípica. Que ellos, en vez de estar tristes y no comer, eran rebeldes, respondían mal, comían mucho. Él manifestó esas cosas y yo nunca dije nada”.

En cuanto a las manifestaciones de las personas sobre el deseo de suicidarse existen mitos que no están basados en la experiencia ni en los estudios psiquiátricos. Uno de ellos es que quienes hablan sobre suicidio raramente toman la decisión de matarse. Eso es falso y totalmente contrario a lo que demuestran los resultados de varios análisis psicológicos y médicos. Es común que las personas que se quitan la vida hayan dado algún indicio o advertencia. Lo que se recomienda es que cuando alguien exprese esas ideas o intenciones suicidas sea escuchado, tanto por su entorno cercano como por un profesional de la salud mental que lo pueda ayudar.

Otra de las premisas recurrentes y que no tiene ningún argumento científico que lo respalde es aquella en la que se afirma que preguntar sobre suicidio puede desencadenar en actos que atenten contra la propia vida. No obstante, hay un acuerdo general entre los expertos que indica que preguntar sobre el tema puede ayudar a reducir la ansiedad que rodea el sentimiento, así la persona puede sentirse liberada y comprendida.

Para Clara las señales del suicidio son evidentes. Ella misma advierte a su familia y a sus médicos sobre su estado de salud. En los pacientes con problemas o enfermedades mentales la impulsividad se agudiza. Específicamente en la esquizofrenia se comprobó que la presencia de síntomas depresivos, que suceden frecuentemente en el periodo posterior a una hospitalización, puede desatar una conducta suicida.

Esa simultaneidad entre esquizofrenia y depresión está en fase de estudio. Los especialistas aún no detectan si hace parte del espectro clínico, es decir, de la naturaleza de la enfermedad; si es un efecto secundario a la toma de consciencia de la misma o si puede ser una reacción al efecto amotivacional de algunos medicamentos antipsicóticos.

Al principio de su enfermedad a Clara también le diagnosticaron depresión y ansiedad.

Lo que más me sienta son los medicamentos para el sueño porque cuando no duermo, cuando no me dan pastas para dormir, yo comienzo a pensar en ideas de suicidio, de hacerme daño, de levantarme y hacerle daño a mis hermanas. Por eso yo estaba pensando en decirles que cerraran las puertas porque yo pienso en abrirlas y hacerles daño.

Lo otro que he pensado es enterrarme un tenedor en el pecho. Eso es de las últimas cosas que he pensado. Enterrarme un tenedor en el pecho.

Ayer pensé que me iba a meter a la lavadora y como es un tambor, que la prendía y daba vueltas ahí y que me moría. Ahí pensé que no tengo ganas de vivir por la enfermedad. No quiero seguir sufriendo esta enfermedad.

Hoy por ejemplo oía que me suicidara, yo le dije al diablo, porque yo pienso que es el diablo, yo le dije “¡déjeme en paz, no me joda más!”

Me he sentido muy triste porque hace mes y medio que salí de la clínica y estoy pensando otra vez en esas cosas.

Las ideas de suicidio son el estado de la conducta suicida más difícil de medir por la complejidad para ser cuantificada. Al ser pensamientos no hay ningún hecho externo que refleje el sentir de personas que han considerado quitarse la vida, solo es perceptible por las señales que puedan dar aquellos quienes están en esa situación, pero muchas veces estas son cohibidas por el tabú o el estigma que rodea al suicidio.

La Encuesta Nacional de Salud Mental de 2015 concluyó que el estado más frecuente del comportamiento suicida es la ideación. Según los datos recolectados, 6,6% de los colombianos han pensado en quitarse la vida por propia mano.

Igual que en el intento de suicidio, en la ideación se presentan diferencias relevantes según el sexo. Las mujeres piensan más en provocarse su propia muerte (7,6%) que los hombres (5,5%).

Esta prevalencia de las ideas e intentos suicidas en las mujeres está estrechamente ligada a los abusos físicos o sexuales, especialmente los ocurridos en la infancia o adolescencia. En Colombia, durante 2017 se presentaron 10.385 casos de violencia intrafamiliar contra niños, niñas o adolescentes.

“Lo que hemos visto los psiquiatras en la práctica es que personas que han tenido carencias afectivas en las primeras etapas de la niñez, que no tuvieron calor humano, que no hubo liderazgo, son personas que van trastabillando, son personas que sufren componentes depresivos. Esas depresiones no pasan gratis, los golpea duro. La violencia intrafamiliar tenemos que frenarla”, dice el médico Juan Ángel Isaac.

En el especial Salud Adolescente, publicado por la OMS este año, se afirma que del 10 al 20% de personas de esa edad en el mundo presentan algún síntoma relacionado con la salud mental, como trastornos emocionales, alimentarios y de ansiedad, entre otros. Además, se asegura que el 80% de los episodios de depresión tienen su origen en la adolescencia.

“Cualquier violencia que haya en la infancia va a repercutir en toda la existencia. Una de las cosas que le destruyen a la persona que sufrió abusos en la infancia es la posibilidad de constituir redes afectivas que le den seguridad a su vida”, explicó el sociólogo Samuel Vanegas.

Otro factor predisponente y de riesgo para personas que manifiestan el deseo de quitarse la vida es el abuso o el acoso sexual. Tomar la decisión de quitarse la vida sería la consecuencia más extrema, pero, además, este tipo de delitos también inducen a enfermedades mentales.

El 2017 fue el año con el número más alto de casos de presunto delito sexual en el país en los últimos 10 años. Los registros de Medicina Legal dan cuenta de 23.798 reportes de este crimen. La población más afectada son los niños, niñas y adolescentes. En ese grupo se concentraron el 86% de las denuncias.

“(los abusos sexuales) Afectan vertiginosamente a los menores y a la estructura del yo que el individuo tenga, imagínate violado, que es la máxima expresión de la agresividad. Eso lo va a marcar de manera degradante y su salud mental va a estar comprometida. La recuperación de esta persona es muy poca. Y si nos vamos a lo que le ofrece el Estado, ¿qué le ofrece? Nada. La mayoría de las personas tampoco pueden pagar a médicos particulares porque dejarían de comer. La situación es gravísima”, asegura el psiquiatra Juan Ángel Isaac, expresidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría.

Las niñas son las más violentadas. En el 73% de todos los registros de 2017 las mujeres menores de edad fueron las víctimas. A nivel general, e igual que en la violencia intrafamiliar, es muy frecuente que un familiar o conocido sea el victimario. Con respecto al delito sexual, el 86% de los casos fueron perpetrados por alguien del entorno cercano.

Diferentes estudios demostraron que la impulsividad se asocia con traumas desarrollados en la infancia, como los relacionados con el abuso sexual, los maltratos físicos o el abandono. Las heridas emocionales no son la causa directa del aumento de la impulsividad, pero sí generan una deformación de ella y de la conducta agresiva. En la adultez estas distorsiones pueden derivar en adicciones al alcohol o sustancias psicoactivas, y trastorno de personalidad límite, una patología en la que se encuentran características como inestabilidad emocional, episodios micropsicóticos, inseguridad y dificultades en las relaciones sociales.

“El abuso sexual es frecuentemente encontrado como un factor que puede generar un problema en la maduración individual y específicamente en lo que sería la personalidad. Uno encuentra con mucha frecuencia intentos suicidas en un trastorno de personalidad que se llama la personalidad inestable o personalidad límite. En ellos, en un alto porcentaje, existe el antecedente de algún tipo de violencia, o de abuso, o de afectación en sus primeros años de vida”, explica el psiquiatra José Parra.

─Yo me doy cuenta porque empiezo a ver colores en los cuadros, empiezo a pensar en el pasado. En cosas malas del pasado.

─¿En cosas malas del pasado que pasaron con la familia?

Clara bajó el tono de la voz y siguió.

Sí… cosas. Que trataron de abusar de mí y eso. Un primo.

No fue vaginal, pero sí me tocó los genitales. Yo tenía siete añitos.

Fueron varias veces, hasta que una vez yo le dije “no me moleste más, déjeme en paz”. Él me dijo “ah, ¿no le gusta eso? Yo pensé que le gustaba”. Yo le dije: “no, pues no me gusta y no me moleste más, déjeme en paz”, entonces no me volvió a molestar.

Solo le conté a una de mis hermanas y a una prima. Preferí callarlo porque me daba miedo que las familias se pusiera a pelear. Mi hermana me dice que para qué me acuerdo de eso. Pero eso son cosas que le quedan a uno.

Henry García, presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, asegura que las personas que se ven sometidas a abusos desarrollan una reactividad mucho mayor a las situaciones de tensión. “Esa hiperreactividad también tendrá consecuencias a largo plazo a nivel de su adaptación, sus miedos, a su integración a la vida laboral, académica, de pareja. También lo han estudiado en cuestión de que afecta ciertos núcleos del cerebro ligados con la memoria, entonces nos damos cuenta del daño tan grande cuando hay un delito de estos en un niño. A largo plazo pueden hacer que se disminuya la posibilidad de adaptación, de sus capacidades y también se puedan destapar enfermedades y que este crescendo lleve a una catástrofe”.

Cuando estaba en la universidad tenía un novio y el novio me dijo un día que si entrabamos a un cuartico a estudiar. Yo le dije que bueno.

Él se puso a hacer sus planchas y yo me puse a hacer mis fórmulas.

De pronto sacó el pene y me lo metió a la boca. Yo no había tenido relaciones, solo las veces que ese primo me iba a tocar. Pero yo no sabía nada de penes ni de nada de eso. Entonces me metió el pene a la boca. Esa vez fue cuando me fui llorando a la casa y me dio la primera crisis.

“Hay gente que afirma que enfermarse de las emociones es debilidad, que es que usted no pone de su parte”, dice García. “Muchas veces la persona que se suicida no quería matar la vida. Quería matar un dolor, un sufrimiento, algo que no entendía”.

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