Breve reflexión en medio de un momento desalentador para el país. ¿Vivimos un tiempo que no podemos entender?

“Mi relato será fiel a la realidad”, escribió Jorge Luis Borges en el inicio de ‘Ulrica’, un cuento que pareciera trazar una realidad que se reescribe día a día en Colombia, acaso un ciclo, una condena que nunca acaba.

Javier Otálora, el personaje principal, sentenció en una corta frase lo que parece un hecho difícil de contrariar: ser colombiano es un acto de fe.

Esta historia, la única de amor que publicó Borges, apareció por primera vez en ‘El libro de arena’ (publicado en 1975 por la editorial argentina Emecé) y hace parte de lo que él entendió como su “mejor libro”, su obra maestra. Lea también: Jorge Luis Borges, 120 años de prestigio e incomprensión

El eterno escritor argentino describió en Otálora a un personaje particular, un docente de la Universidad de los Andes, en Bogotá, que encontró a miles de kilómetros de su hogar a quien cree que es el amor de su vida, una mujer noruega llamada Ulrica de quien desconoce hasta su apellido.

Este es el fragmento específico:

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.  Me preguntó de un modo pensativo: 

– ¿Qué es ser colombiano? 

– No sé -le respondí-. Es un acto de fe”.

Y pese a que algunas veces Borges parecía pesimista, también nos regaló algunas frases para entender el futuro en momentos de crisis.

“No hay razón para que el pasado nos abrume, ya que cada uno puede y debe bastarse”, dijo en noviembre de 1981 en una conferencia en Palermo, Buenos Aires, al repasar algunas de sus mejores obras.

En aquella charla, Borges se refirió al proceso de creación y recordó una cita de G. K. Chesterton, quien dijo que “es natural que lo real sea más extraño que lo imaginado, ya que lo imaginado procede de nosotros”, pero cuando la realidad supera la ficción parece que viviéramos en las páginas de una tragedia griega. La hipérbole se antoja necesaria para explicar los momentos inciertos. Lea también: Monos: la misma historia sin contar lo de siempre

En su poesía, el autor también reflexionó sobre el mayor vejamen de la civilización humana. En 1985, tras el fin de la Guerra de las Malvinas, Borges inmortalizó su impresión sobre ese y muchos otros conflictos bélicos a través de la historia de dos muchachos, uno inglés y el otro argentino, que se conocieron en el frente de batalla, en un poema titulado ‘Juan López y John Ward’, en que la reflexión parece ser que la guerra no deja ni vencedores ni vencidos, solo muerte.

 

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en

distintos países, cada uno provisto de lealtades,

de queridas memorias, de un pasado

sin duda heroico, de derechos, de agravios,

de una mitología peculiar, de próceres de

bronce, de aniversarios, de demagogos y de

símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos,

auspiciaba las guerras.

 

López había nacido en la ciudad junto al

río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad

por la que caminó Father Brown.

Había estudiado castellano para leer

el Quijote.

 

El otro profesaba el amor de Conrad, que

le había sido revelado en un aula

de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron

una sola vez cara a cara, en unas

islas demasiado famosas, y cada

uno de los dos fue Caín,

y cada uno, Abel.

 

Los enterraron juntos. La nieve

y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en

un tiempo que no podemos entender.


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