Ensayo

Muchas mujeres siguen maldiciendo al feminismo porque no se identifican con ninguna feminista reconocida. El feminismo no es una marca. No es un estilo de vida. No es una persona. Una mujer. ¿A quién beneficia el feminismo que está en boga?

La primera vez que escuché la palabra feminismo tenía 14 años. Iba por la mitad de octavo en un colegio mixto de una vereda en Rionegro, Antioquia. Apenas  entendía lo que estaba pasando en mi cuerpo y a los golpes —literalmente — las personas a mi alrededor me enseñaban las reglas que tenía que cumplir si no quería pasar mi adolescencia sumida en la soledad y el desprecio.

Las condiciones no parecían difíciles de acatar, sobre todo porque para la mayoría de las mujeres que me rodeaban no eran reglas sino un pacto tácito, una verdad que no se me había revelado, que debía ser digna para que se me revelara. Tres puntos eran claves: ser delgada, sutil y mantener el equilibrio entre ser deseable e indiferente.

Esas eran las normas si quería pertenecer a cualquier grupo social y, especialmente, si quería ser amada por un hombre, vista por un hombre. Aprobada por alguno. Para mí estas condiciones eran misiones casi imposibles. Nunca he tenido la talla promedio de una mujer hermosa. No soy obesa, pero en la tabla de belleza femenina que se inventaron los hombres estoy ubicada en la categoría GORDA. Mi tono de voz es altísimo, nunca supe como hablar con suavidad y delicadeza, así que eso de ser sutil no se me daba tan bien. Y lo otro… lo otro: ser deseable e indiferente al mismo tiempo. No lo logré. Puse toda mi fuerza pueril para salirme con la mía, pero al no cumplir las dos condiciones anteriores no podía ser deseable por ningún hombre.

Tenía 14 años y escuché a una profesora hablando de feminismo. Una palabra que parecía de otro idioma, velada para mí. Una amiga que también la escuchó me dijo que se trataba de un montón de feas, pero inteligentes. Tenía 14 años y también fue la primera vez que entendí que en mi contexto la belleza siempre reñía con la inteligencia. Así que decidí huir de esa palabra porque a los 14 no quería parecer inteligente, ser inteligente. A los 14 quería ser hermosa.

No fue hasta llegar a Bogotá, a los 21, cuando volví a escuchar de feminismo. Sin embargo, renegaba de él porque no tenía un conocimiento racional del movimiento. Cuando me llamaban feminista, porque tenía ciertas opiniones que evidentemente estaban ligadas al movimiento, yo oía: “Sos una víctima rabiosa, que además de gorda odiás a los hombres”. Esta caricatura de las feministas es la que han creado las personas que más le temen al feminismo: las que más tienen que perder cuando el movimiento triunfa. Cada vez que recuerdo cómo renegaba y despreciaba la palabra, me avergüenzo de mi ignorancia. Me avergüenzo de mi miedo, porque ese renegar se basaba ante todo en mi miedo a ser condenada a la soledad y al rechazo, a no ser aceptada nunca por la mayoría. Entiendo por qué muchas mujeres abominan el movimiento y se distancian de él con orgullo. Porque cuando te llaman feminista, la etiqueta suena a insulto. De hecho, generalmente esa es la intención subyacente.

Mi encuentro con el feminismo fue paulatino. Mis amigas comenzaron a enviarme artículos y videos sobre teorías y prácticas del movimiento. A Ángela y Helena, mi amor y gratitud. Intento que mi feminismo sea sencillo, aunque sé que es complejo, evolutivo e imperfecto. Sé que no puede ni va a arreglarlo todo. Solo pretendo defender aquello en lo que creo. Creo en la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres. Creo que las mujeres debemos tener libertad reproductiva y acceso asequible e ilimitado a la asistencia sanitaria que necesitemos. Creo que debemos ganar el mismo salario que los hombres si desempeñamos las mismas labores. Creo que las mujeres no somos el complemento del hombre, ni su compañía ni su costilla.

Hace poco publiqué en Twitter un episodio que tuve en un almacén de ropa. Lo que peor me sentó de ese momento no fue que ningún pantalón me pasara de las rodillas, sino que a pesar de haber leído lo que he leído, visto lo que he visto, seguía siendo la adolescente de 14 años que solo anhelaba ser aceptada y amada por otros. Y sé que esto es un hecho infantil. Porque más allá de cómo me percibo a mí misma en medio de mi clase, una clase acomodada y acéfala ante estos temas, la pregunta real es qué papel estoy jugando yo en un mundo racista, en un momento en el que el  fascismo se tomó el poder y yo hago parte de uno de los tentáculos de ese poder (los medios de comunicación). Qué estoy haciendo yo en un país que nos restringe cada vez más, con más descaro y frivolidad. Qué estoy haciendo en una región donde mueren asesinadas más de nueve mujeres al día víctimas de la violencia machista.

No es necesario que todas creamos en el mismo feminismo. El feminismo debe ser pluralista porque cada una es una experiencia viva, un testimonio diferente. Pero con ese afán de que todas quepamos, y de que todas hablemos, se nos ha olvidado socavabar en nuestros propios conceptos. Se nos ha olvidado, por ejemplo, criticar con vehemencia el modelo económico que nos rige hoy y nos somete a todos a una esclavitud que parece perpetua. Criticar también nuestros niveles de consumo. Parece que estuviéramos esforzándonos en que el feminismo sea una marca personal y no un movimiento social. Y lo digo por mí, porque al revés de lo que pasaba hace 10 años, ahora llamarse feministas en ciertos espacios también te da un estatus: como en las redes sociales, los eventos académicos, incluso a la hora de conquistar. ¿Estamos disfrazando nuestros privilegios de feminismo?

La raíz del éxito del movimiento es el trabajo colectivo, pero primero debe surgir de un esfuerzo personal por criticar, destruir, derrumbar, atacar todo lo que de nosotras sigue a la conducta patriarcal que nos enseñaron desde niñas. Muchas mujeres siguen maldiciendo al feminismo porque no se identifican con ninguna feminista reconocida. El feminismo no es una marca. No es un estilo de vida. No es una persona. Una mujer. Me pregunto a quién beneficia el feminismo que está en boga. Es un disparo en el pie lo que estoy escribiendo, porque me enuncio desde la comodidad, desde una posición de poder. Pero ese también es mi deber, supongo: entender cómo estoy profundizando todo esto.

El terreno que hemos ganado es valioso. Cada vez veo a más mujeres que se respetan y dejan de creer que la otra es una competencia, como nos han infundado. Veo mujeres que dicen abiertamente que son feministas en espacios que antes parecían inalcanzables para nosotras: las salas de redacción, por ejemplo. Pero no somos todas. ¿Somos conscientes de eso? ¿Sabemos que la mayoría de las mujeres todavía no pueden parar e ir a marchar porque no pueden dejar de hacer sus quehaceres? ¿Sabemos que todavía la mayoría de las mujeres no entienden para qué sirve el feminismo? Cuestionémonos también si estamos mandándole los mensajes a la gente que lo necesita.

Si esto que estamos haciendo y promulgando en redes sociales no es solo parte de un espectáculo para enaltecer nuestra imagen y vendernos como la imagen del movimiento. Si los mensajes que estamos escribiendo, como este por supuesto, no van a ir destinados a las mismas mujeres que me pasaron los enlaces y los libros que yo leí. Preguntémonos si nos quedamos en las ciudades, en los centros, en las universidades. Preguntémonos si hemos hecho suficiente por nuestras madres, nuestras abuelas, nuestras tías.

Si en vez de juzgar a quienes reniegan del feminismo, hemos entendido que, aunque nos duela, históricamente el feminismo se ha dedicado mucho más a mejorar las vidas de las mujeres blancas heterosexuales en detrimento de todas las demás. Y esto no quiere decir que no debamos abrazar al movimiento y entender sus imperfecciones. Quiero decir que debemos abrir los ojos y ser más agudas y certeras en nuestras opiniones y acciones. Quiero decir que no basta con subir nuestras fotos con nuestros pañuelos verdes y usar un pie de foto con una frase de Judith Butler, quiero decir que el feminismo debe atravesar nuestras vidas, las formas cómo concebimos el mundo y cómo nos relacionamos no solo entre nostras sino con los hombres.

Quiero decir que hay que dejar de romantizar al movimiento y atrevernos a criticarnos las unas a las otras sin reproducir los insultos machistas. Quiero decir que en este mundo en donde todo parece estar respondido, en donde las opiniones se demoran segundos en ser publicadas, hacen falta más preguntas.

El feminismo no es perfecto, pero en su mejor versión me ha ayudado a encontrar mi voz. Me ha ayudado a creer que mi voz importa, incluso en este mundo donde tantas voces piden ser escuchadas.

Nos vemos en la calle.

 



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