Nicanor Parra: la luz de la palabra

Por: Luisa Fernanda Calderón
@_Ludo_vica Fotos: AFP

Literatura

A un año de su muerte recordamos a uno de los poetas más importantes de nuestra lengua. Parra pasó sus últimos días escondido en casa, como una fantasma, una figura mítica, un borgiano minotauro.

Era martes. El 2018 contaba sus primeros veintitrés días. Su poesía era la transición, la nueva luz de la palabra, pero el poeta no logró nunca más salir de la noche y de su oscuridad. En la madrugada del 23 de enero, en Santiago de Chile, Nicanor Parra murió. Creador de la antipoesía, el poeta se hizo viejo alejado del mundo, en su casa de Las Cruces, un lugarcito costero no muy lejos de la capital. Antes del 23 ya muchos pensaban que estaba muerto. Fuera del esplendor del mundo literario y editorial, Nicanor pasó sus últimos días escondido en casa, como una fantasma, una figura mítica, un borgiano minotauro; disfrutando, tal vez, del silencio y de la soledad. 

Hoy es un día azul de primavera,
Creo que moriré de poesía.

 

Eso decía Nicanor Parra en Es olvido, texto que hace parte de su famoso libro Poemas y antipoemas publicado en Santiago en 1954. El poeta no murió de poesía, murió después de acumular 103 años. ¿Qué sería lo último en lo que pensó antes de dejar de existir? María, el personaje que recuerda en Es olvido, murió con su nombre en las pupilas. ¿Qué nombre quedaría impregnado en los ojos del poeta cuando sucumbió al fatídico destino de los mortales? Quiero pensar que murió teniendo la respuesta que siempre buscó, la del sentido del hombre en el mundo a través del lenguaje. Pero no, esos seríamos nosotros, no Nicanor Parra.

Hay un día feliz; vaya nombre para un poema tan desalentador para muchos, menos para Parra. Porque pareciese que en su poesía está impregnada la verdad del mundo y con ella la futilidad que hay en la búsqueda de la felicidad en otro lugar que no sea la niebla, la tristeza y la desazón que proviene de ser humano.

Dicen que el poeta chileno se distanció del lenguaje poético tradicional; yo creo que construyó su antipoesía a través de los vestigios de la tradición, renovando el mundo poético con la inmersión de lo cotidiano. Como en algún lugar el poeta decía, su poesía era la de la calle, la de la palabra hablada en lo popular; estaba más cerca del novelista que de la solemnidad. Y eso es lo que hace tan especial a Nicanor Parra; que en una misma estrofa nos puede hablar de la tristeza y la melancolía, y luego de los elementos que están en una mesa a la hora de tomar el té. Lo trascendental y lo cotidiano encerrados en un solo lugar. Es por esa renovación del lenguaje que Nicanor, en La montaña rusa, se atreve a decir lo siguiente: 

 

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices.

Nicanor renovó la poesía no solo en Chile sino en toda Latinoamérica. Su actitud irreverente, transgresora, contestataria, le hizo acreedor de un sinnúmero de detractores, burlándose él mismo de su posición como persona non grata; pero, lo que es mejor, tras de él había (hay) una cantidad enorme de lectores en posición de reverencia; los seguidores de la antipoesía. Parra no tenía pelos en la lengua, o en la pluma, para mofarse de la tradición poética, tal como lo muestra en su poema Cambios de nombre publicado en 1962 en Versos de Salón:

A los amantes de las bellas letras
Hago llegar mis mejores deseos
Voy a cambiar de nombre a algunas cosas.
Mi posición es ésta:
El poeta no cumple su palabra
Si no cambia los nombres de las cosas.

¿Con qué razón el sol
Ha de seguir llamándose sol?
¡Pido que se le llame Micifuz
El de las botas de cuarenta leguas! 

¿Mis zapatos parecen ataúdes?
Sepan que desde hoy en adelante

Los zapatos se llaman ataúdes.
Comuníquese, anótese y publíquese

Que los zapatos han cambiado de nombre:
Desde ahora se llaman ataúdes.

Bueno, la noche es larga
Todo poeta que se estime a sí mismo
Debe tener su propio diccionario

Arremete contra la metáfora, contra la solemnidad, contra la eterna necesidad del poeta de usar un lenguaje rebuscado en poemas privados del principio de comunicabilidad con su público, con el receptor. Se abalanza contra el poeta de la superioridad lingüística, contra el poeta recitador de monólogos, contra el neoclásico, el barroco, el gótico, el intelectual de la Edad Media perdido en los Siglos XX y XXI. En Obra gruesa (1969), específicamente en su Manifiesto, explica su visión de la poesía de la siguiente manera: 

Para nuestros mayores
La poesía fue un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un artículo de primera necesidad:
No podemos vivir sin poesía.

Un artículo de primera necesidad; solo Nicanor habría podido colocar en ese espacio tan mundano a la poesía. Porque Nicanor, nuestro antipoeta, no era un rebelde, era un hombre sincero. Nicanor no era un performance poético (patético) y bohemio; él era y es en sí mismo la enunciación viva de la poesía o, más bien, del sentimiento poético.

Este es nuestro mensaje.
Nosotros denunciamos al poeta demiurgo

Al poeta Barata
Al poeta Ratón de Biblioteca.

Todos estos señores
-Y esto lo digo con mucho respeto-
Deben ser procesados y juzgados
Por construir castillos en el aire
Por malgastar el espacio y el tiempo
Redactando sonetos a la luna
Por agrupar palabras al azar
A la última moda de París.

Para nosotros no:
El pensamiento no nace en la boca
Nace en el corazón del corazón.

Su muerte fue conmoción para muchos. Sin embargo, como pasa con los grandes, su obra poética pervivirá y trascenderá los peligros del tiempo y del olvido; ojalá siempre desde la esencia transgresora, fuera de la tradición. “Yo quiero hacer un ruido con los pies/ Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo”, decía Nicanor en Solo de piano. Cuánto ruido has hecho y seguirás haciendo. Tal vez lo que no intuyó —o no nos quiso decir— fue que su alma era su poesía y el cuerpo la obra que nos dejó. Larga vida al antipoeta, al antilázaro, buen viaje y buena marcha, en memoria del eterno Nicanor.



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