Manifiesta no saber firmar

Por: Ángela Martin Laiton
@MartinaLaiton Foto: Tatiana de Nevó / AFP

Ensayo

Esta semana se hizo público un audio donde funcionarios del MinTic se refieren a un grupo de indígenas con insultos y palabras denigrantes. Esta no es la primera vez que el Estado ha minimizado e intentado borrar la importancia de nuestros pueblos indígenas. Este ensayo es un repaso por esa historia.

“Manifiesta no saber firmar, nacido el 31 de diciembre”, de esa forma se marcaron las cédulas de cientos de indígenas Wayuu en la Guajira colombiana. El Estado certificaba mayoría de edad, garantizaba votos para candidatos que llegaban a los territorios. Lo más oprobioso del asunto fueron los nombres despectivos que los funcionarios escribieron de los indígenas:  “En wayunaiki no existe la efe, entonces no podemos articular Rafael, sino Rapayel; así por deformación, en realidad por burla pusieron Raspahielo. Una tía, Castorila, quedó registrada en la cédula como Cosita Rica”. Estos casos fueron narrados por la escritora indígena Estercilia Simanca Pushaina en su libro Manifiesta no saber firmar* y también descritos en el libro Palabrero, del escritor y traductor Philip Potdevin. Ese podría ser solo el inicio de una lista de agravios comentidos por el Estado en contra de las comunidades indígenas.

Para nadie es un secreto que quienes liberaron a América del yugo español proferían un gobierno de carácter blanco y elitizado, sostenido en las doctrinas académicas y políticas de Europa, los pueblos indígenas siguieron tratándose como a subalternos, esa minoría de edad kantiana con la que hoy quiere seguirse gobernándolos. El mismo Miguel Antonio Caro, presidente de Colombia entre 1892 y 1898,  centró en su régimen de “Regeneración” en la construcción de una nación bajo directivas de depuración racial a sectores que consideraba denigrantes. Iglesia y Estado, cada uno con sus herramientas, hicieron todo lo posible por destruir lenguas, cosmogonías y valores culturales de los pueblos indígenas. El blanqueamiento en Colombia debía darse a toda costa para que la nación pudiera alcanzar estándares de desarrollo como los europeos.

Podríamos llenar miles de páginas con las múltiples formas con las que el Estado colombiano ha buscado constantemente la eliminación de los pueblos indígenas. Incluso, después de la Constitución del 91, con la constatación de este como un país multiétnico y pluricultural, la traducción de la misma a siete lenguas indígenas ( en Colombia hay 65 lenguas vivas) y la inclusión de las llamadas “minorías étnicas” en políticas estatales; las formas de gobierno siguieron optando por un trato jerarquizado, racista y discriminatorio. En este país, alguien que lee y escribe en castellano, que vive en las ciudades y trabaja 8 horas en una oficina se siente profundamente occidental y superior al mundo rural, indígena y afro.

A finales de los 90 y comienzos de la década del 2000, el país se encontró hundido en el narcotráfico, apabullado en el auge de la peor violencia paramilitar y una represión estatal brutal, gobernando por y para la guerra. Esa sociedad que en los años noventa luchaba por erigirse desde otra perspectiva democrática y había puesto todo su empeño en la Constitución del 91 (país multiétnico y pluricultural), no logró nunca construir algún tipo de identidad, incluso respeto, por los pueblos indígenas que la conforman. Todo lo anterior sigue evidenciándose en diversos lugares de la sociedad,  en la educación impartida en los colegios se sigue abordando la cuestión indígena desde lo pasado, referenciando un antes de la conquista española que en la mayoría de ocasiones se representa, además, con la identidad del “buen salvaje”, pero que no se conecta en nada con el presente de los niños y niñas. La imagen del primitivo permanece tanto en la forma de gobernar del Estado como en las representaciones sociales que se tienen de los pueblos indígenas, las narrativas son presentadas en mitos y leyendas, incluidas en términos de lo folclórico pero nunca de lo literario y lo identitario.

Organizaciones como la ONIC o el CRIC surgidas en los sesenta a partir de la lucha por la tierra, buscan desde su creación la integración, autonomía y respeto por los territorios indígenas y las personas que los habitan; desde allí han dado una dura pelea con distintas instancias gubernamentales y actores del conflicto armado por el respeto a la vida y los derechos de los pueblos indígenas. Es muy paradójico, cómo los indígenas organizados y reclamando derechos han sido estigmatizados en estos años; en diversas ocasiones se ha señalado a los Nasa en el Cauca como aliados de las guerrillas, las instituciones militares han cometido los peores atropellos y en el Senado, la bancada del Centro Democrático, les ha llamado “terratenientes, narcotraficantes y aliados del terrorismo”, incluso la senadora Paloma Valencia pidió dividir al Cauca entre indígenas y no indígenas, toda una política de racialización y discriminación digna de la corona española. Sin embargo, si la representación de los indígenas se hace en fiestas, campañas y nombramientos, investidos con atavíos ceremoniales y sin cuestionar las políticas de gobierno, se habla con orgullo de la ancestralidad americana.

A partir del último escándalo surgido por un funcionario del MinTIC en donde reafirmaba las miradas que tiene sobre el mundo indígena el partido de gobierno, de la ausencia del Estado que visibilizó la pandemia por Covid-19,  dado que los departamentos amazónicos no cuentan con Unidades de Cuidados Intensivos para atender a los indígenas que están muriendo, los proyectos de ley para la explotación minera y las licencias de turismo en territorios sagrados de los pueblos indígenas, el asesinato sistemático de sus líderes y el silencio cómplice de la sociedad colombiana, solo puedo pensar en las palabras del poeta yanakuna, Fredy Chikangana:

“Me entregaron un puñado de tierra para que ahí viviera.
«Toma, lombriz de tierra», me dijeron,
«Ahí cultivarás, ahí criarás a tus hijos,
ahí masticarás tu bendito maíz».
Entonces tomé ese puñado de tierra,
lo cerqué de piedras para que el agua
no me lo desvaneciera,
lo guardé en el cuenco de mi mano, lo calenté,
lo acaricie y empecé a labrarlo . . .
Todos los días le cantaba a ese puñado de tierra;
entonces vino la hormiga, el grillo, el pájaro de la noche,
la serpiente de los pajonales,
y ellos quisieron servirse de ese puñado de tierra.
Quité el cerco y a cada uno le di su parte.
Me quedé nuevamente solo
con el cuenco de mi mano vacío;
cerré entonces la mano, la hice puño y decidí pelear
por aquello que otros nos arrebataron.”

 

*La investigación de Estercilia Simanca Pushaina fue adjuntada después de la publicación de este artículo. El título de este texto es igual al del libro de Simanca.


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