Los niños de la guerra: relatos desde la selva

Por: Guillermo González Uribe
@HJCKradio Foto: AFP

No Ficción

Ningún niño debería ser un objetivo de guerra. Su reclutamiento es igual de repudiable que el abandono del Estado y luego su deliberado ataque hacia ellos. Compartimos con ustedes un capítulo del libro "Los niños de la guerra", de Guillermo González Uribe. Un compendio de historias de niños a quienes fue arrebatada su infancia.

Una niña en vueltas de grandes:

Sofía tiene ojos negros, grandes y vivarachos. Es atractiva, conversadora,
pícara y a la vez infantil y tierna. La noche en que la conocí andaba
de fiesta con sus compañeros de convivencia, despidiendo a un grupo
que salía de un hogar para niños desvinculados a continuar su proceso
en las casas juveniles. Estaba arreglada como cualquier joven que anda
de rumba en la ciudad. Maquillada, con ropa ceñida a su cuerpo bien
delineado, bailó, recitó, se rio, coqueteó y tomó del pelo a más de uno. Al
día siguiente me llevaron a conocer los cuartos donde viven y encontré a
un par de niñas haciendo tareas. Las saludé. Una de ellas, peinada de
colitas, me miró riendo y dijo «¿No me reconoce?». Finalmente me di
cuenta de que era ella, parecía una niña de escasos diez años.

Nací hace 17 años. Lo que más recuerdo de mi infancia son cosas duras. Mis padres son de bajos recursos y por cosas de la vida nos tocó dejar lo poco que teníamos y salir de donde estábamos. Teníamos finca y teníamos casa pero tocó salir de mi tierra, dejar todo botado, no volver más y andar por ahí pidiendo posada. Empezamos una vida nueva en Mocoa. Yo estaba pequeña, tenía por ahí unos siete años, si no eran menos. Nosotros somos diez hermanos, yo soy la del medio, la quinta. Estuve estudiando un tiempo: primero hasta segundo de primaria, luego unas profesoras del colegio me brindaron apoyo para que acabara de estudiar, porque mis padres no tenían cómo.

Allá en Mocoa estuvimos donde un familiar. Luego nos tocó irnos para una finca de donde se llevaron a mis dos hermanos mayores para la guerrilla. Los conquistaron, los convencieron y ellos, en esa pobreza, pues se fueron; también porque les gustaba. Y estaban conquistando a otro hermano que era muy pequeño, como de diez años, entonces mi papá decidió salirse otra vez para el pueblo. Volvimos a Mocoa, donde estuve con mi familia hasta que me tocó irme a rodar.

La situación económica era muy mala. Mi mamá estaba fracturada, fatigosa, no sabía qué hacer con todos esos hijos, sin poderles dar estudio, sin darles de comer. En esos días se acabó el gas en la casa, se acabó todo. Yo tenía nueve años y era la que salía a buscar alimentos, y a donde los familiares a recorrer y a pedir; ahí fue cuando me enseñé a pedir. A uno primero le da pena, pero qué hace si los hermanos tienen hambre y la mamá no sabe qué hacer ni tiene trabajo. Era horrible: estaban a punto de echarnos de la casa porque no habíamos pagado arriendo. También teníamos dificultades porque mi papá era muy borrachín. Él se iba a donde una amante que tenía, pero volvía a la casa a pegarle a mi mamá, a pegarnos a nosotros. Llegaba a tocar la puerta y todos teníamos que irnos de la casa. Siempre que volvía, nosotros nos íbamos para donde una hermana que vivía cerca de la casa; ella ya había conseguido marido y estaba viviendo aparte. La situación era muy dura. Mi papá se fue y nos dejó abandonados.

Mi mamá a veces se fatigaba y se enloquecía por ratos; de la rabia, del desespero se desahogaba con nosotros. Un día cogí una muda de ropa y me fui sin saber para dónde, porque para donde mi familia no pensaba ni arrimar. Me fui para Puerto Asís. Llegué a Puerto Asís y me senté en el parque a llorar; tenía hambre y no tenía nada. Me le arrimé a una señora —primero estudié cómo iba a hacer— y le dije que mi mamá me había echado de la casa, que no tenía nada qué hacer y que yo le trabajaba para que me diera de comer. Me aceptó y me llevó para su casa; ella también era pobre. Yo le cuidaba los niños mientras ella vendía dulces en el parque. Así estuve un tiempo hasta que ya no me gustó más; le dije que quería hacer otra cosa, porque yo trabajaba solamente por la comida, y necesitaba conseguir plata para comprar mi ropa.

Me dijo: «Usted va a estar conmigo». A mí me dio miedo y le pregunté: «¿Estar de qué o qué?». Dijo: «Usted va a estar de amante conmigo y yo le pago». Le respondí: «Pero ¿cómo, si soy una niña?».

En esas un señor me dijo: «Venga, vamos, yo le pago 200.000 pesos y me ayuda a doblar la ropa en el almacén». Yo, confiada, me monté en su moto —ya estaba como aprendiendo a confiar en las personas que me decían «Vamos»; yo me iba y ya no me daba miedo nada—, cuando me di cuenta de que ese señor, ¡mentiras!, me estaba llevando para otra parte, me estaba sacando del pueblo y me dijo: «Usted va a estar conmigo». A mí me dio miedo y le pregunté: «¿Estar de qué o qué?». Dijo: «Usted va a estar de amante conmigo y yo le pago». Le respondí: «Pero ¿cómo, si soy una niña?».

Yo tenía por ahí diez años, porque a esa edad fue cuando empecé a ambular. Pensé «No, yo con este señor no». Íbamos en una moto alta y yo salté, me voltié un tobillo, pero bueno, porque ya estábamos un poco retirados del pueblo. Me fui para una casa que estaba cerca y el señor de ahí me brindó apoyo. Luego me fui para Pitalito; llegué a ojos ciegos. Yo siempre era así, de sorpresa; un día me iba sin saber adónde ni con quién ni nada. Llegué al pueblo y en un restaurante conseguí que me dieran la comida a cambio de ver a un niño y hacer pequeños trabajos. Allá estuve unos días, hasta que la señora del restaurante me dio 10.000 pesos: ¡Primera vez que cogía plata! Entonces me fui para Neiva, yo había oído hablar de la ciudad y decidí irme para allá.

En esa época todavía uno se subía al bus y no les cobraban a los niños. Le pregunté a varios choferes que si pasaban por Neiva, hasta que uno me dijo que sí. Me monté y a cada rato le preguntaba que si habíamos llegado, hasta que me dijo: «Aquí es Neiva». Me bajé y ahí mismo venían unos gamines. Yo llevaba una maletica pequeña, y dice uno: «Vean esta chiquitica por aquí, está sola y está buena». Y me pegan qué corretiada, y yo más asustada. Por fin me metí donde unas monjitas. Después ellas me ayudaron a ubicarme en un trabajo donde una señora que tenía plata. Entré a ayudar con lo que más podía: lavar loza, organizar, barrer, trapear: cosas sencillas. A la señora le conté mi historia, entonces le dio mucho pesar y decidió adoptarme. Me dijo que ella me cambiaba el apellido y que me iba a ayudar en todo. Yo, feliz. Ya me iba a matricular en el colegio, me había comprado buena ropa y ya no era empleada sino su niña. Entonces llamé a mi mamá —mi cuarto era superespecial, tenía de todo— y me contestó llorando; yo no pude aguantar. Dejé todo botado y me volé por la noche para la casa. Ni me despedí. Regresé a Mocoa. Toda la noche viajé y al otro día llegué tarde a la casa.

Mi mamá fue feliz al instante, pero al ratico ya estábamos mal otra vez. Entonces me fui. Pedía y bregaba a conseguir plata o lo que fuera. Si me daban ropa grande se la llevaba a mi mamá. Todo lo que me pudieran dar lo recogía y se lo llevaba, pero yo llegaba y al instante me iba. No podía durar porque sabía que no nos entendíamos; pero entendía su situación, sabía por qué vivía así. Además, mis hermanos pequeños eran muy apegados a las naguas de ella; así estuvieran aguantando hambre no salían de la casa, porque les daba miedo. Ni siquiera salían al mercado a comprar porque se perdían. Los más grandes estaban por fuera y las mujeres habían conseguido marido simplemente para que las mantuvieran, porque no se sentían capaces de mantenerse solas. De los hombres, el otro se fue a raspar amapola por allá en Santa Rosa, y yo mantenía rodando, hasta que un día me interné a trabajar. Fue en una fuente de soda, pero ahí no trabajaba afuera sino adentro, ayudaba a ver los niños. Después la señora me transformó, porque yo no tenía nada, ni senos ni nada, y me colocaba brasieres de esos que tienen espuma, zapatos altísimos, cosas así grandes; me peinaba, me maquillaba y me ponía a atender las mesas. Ella me pagaba un porcentaje de las ganancias, pero tenía que aguantarme muchas cosas. Los borrachos eran muy groseros, le decían a uno palabras y no lo respetaban. Me salí de allí y me metí a una discoteca, pero había que trasnochar mucho. Atendía mesas y en esas distinguí a un señor; yo no sé ni a qué horas. A veces me pongo a pensar: «Pero ¿a qué horas pasó todo esto que no me di cuenta?».

Es que me han pasado unas cosas… He buscado matarme más de una vez, pero siempre he fallado; ya no recuerdo ni cuándo ni a qué horas. He tratado de matarme de aburrida, de desesperada o porque creo que es la mejor solución. Y cuando lo de mi hermano… Yo lo quería muchísimo a él, a mi hermano el finado. Le cogí mucho cariño, porque yo era como un poco alejada de todos. Los mantenía, los apoyaba, pero en mi profundo no amaba de verdad a ninguno. Con mi mamá era que yo decía: «Así me dé duro, yo estoy al lado de ella», pero con mis hermanos casi no, porque como es normal, los hermanos pelean mucho. Una noche estaba en la discoteca cuando me avisaron que habían matado a mi hermano, lo mataron diciendo que era un sapo.

Él hablaba mucho con el Ejército, vivía al lado de un batallón, por Miraflores. Él conversaba mucho con los soldados. Llegó la guerrilla y lo mató, le mandó unos cuantos tiros, le rellenó el cuerpo de bala. A mí me dio mucha rabia; realmente yo siempre he tenido ese coraje, siempre he querido como la venganza, porque me han causado mucho daño; pero ahora ya no pienso así. Entonces yo me desesperé, porque él era el hermano con el que había tenido más vínculo y lo quería mucho, y eso fue muy duro, porque también mataron a mi tío en esos días. Lo mató la guerrilla diciendo que era paramilitar. A mi papá nunca le tuve ese cariño que le tuve a mi tío, que era hermano de mi papá. Ellos son dos hermanos casados con dos hermanas, un vínculo así muy bueno. Entonces me mantuve en la disco pensando: «¿Qué voy a hacer para vengarme?». Ya tenía muchas cosas acumuladas. Le estaba contando. En la disco distinguí a un señor viejo, ya como de cuarenta años, que iba a tomarse sus tragos. Yo nunca me había conseguido un novio, de decir: «Huy, qué lindo», no. Nosotros nos hicimos como novios y dije: «Vamos a ver si funciona». Yo tuve un novio durante un año, cuando tenía ocho años, un día nos peleamos por una bobada, porque nunca nos maltratábamos, simplemente porque le dije: «Estúpido», terminamos.

Yo decía que prefería quedarme sola que conseguir novio, porque los hombres lo hacen sufrir mucho a uno, y yo no pensé nunca más conseguir un hombre. Y me conseguí a ese señor; pero él se desapareció, nunca más volví a verlo, quedé sola otra vez. Yo no era tanto porque me gustara sino por descubrir, por saber qué siente uno compartiendo la vida con otra persona; era como por eso. Y éste se perdió. Por esos días unos amigos me invitaron a una presentación de Las Diosas del Vallenato. Yo fui, ellos me dieron alguna bebida, me llevaron a una residencia y abusaron de mí. Después me sentí horrible. Llegué a la disco y no pude trabajar, me puse enfermísima. Luego me dio rabia, entonces le dije a un primo: «¿Sabe qué? Yo ando buscando a los guerrilleros», y entonces él me respondió: «Yo distingo a uno». Le dije: «Preséntemelo», y me lo presentó. Estaba cansada de todo y dije: «Aquí no aguanto más, me voy». El guerrillero me habló y me dijo que allá era bueno, que a las mujeres les iba bien, que eran las niñas consentidas.

Me convenció y me fui. Llegué a un frente y no me quisieron aceptar, dijeron que era muy pequeña, que era una niña, que no era capaz. Insistí pero me dijeron no, no y no. Entonces le dije a uno: «¿Sabe qué?, deme dirección de otros guerrilleros»; yo sabía que estaban divididos en columnas, porque mis hermanos me habían contado. Yo sabía la vida de ellos, en qué partes operaban unos y en qué partes operaban otros. Entonces le dije: «A los del Caquetá ¿en dónde los puedo encontrar?», Él me contestó que en Curillo. Llegué a ese pueblo y vi a unas personas vestidas de camuflado. Pensé: «Huy, el Ejército». Cuando uno va con un pensamiento en la cabeza, como que a uno le da miedo, pero no, eran los guerrilleros. Me encontré con uno que precisamente había ingresado a mi hermana, pero al instante no lo distinguí. Me puse a hablar con él y de pronto me dijo: «Ah, usted es la hermana de Ana». Yo le respondí que sí. Dijo: «Esa vieja se voló, esa vieja no aguantó, pero ¿usted quiere ingresar?». Yo le contesté que sí y me llevaron al campamento. Cuando llega una mujer allá es como si llegara carne fresca, esos hombres, hummm, cansan mucho. Uno y otro dicen: «Venga para acá, venga para acá», uff. Al otro día me sacaron la hoja de vida, porque allá le sacan eso también; ellos investigan quién es uno, cómo se llama, dónde vivía, qué hacía, por qué va, qué quiere. Allá se dan cuenta cuando uno es mandado y lo matan. Me sacaron la hoja de vida, me cambiaron de nombre y… es difícil cuando le cambian a uno el nombre: lo llaman y uno no distingue; ni sabe a quién están llamando. Me dijeron: «Hey, usted, Sofía, preséntese donde el comandante Tomás». Me fui para donde el comandante —ni sabía pararme firme ni nada— y le dije: «Sí, ¿me llamó?». Él apenas alzó la cara y… ¡era el mismo señor viejo ese, el que me había cuadrado! Fue un susto y una alegría. Me pegó un regaño: «¿Usted qué hace acá?», me dijo. «Yo nada, yo ingresé anoche —le respondí—; y ¿usted por qué está acá? ¿Por qué se vino sin despedirse?». Me contó que estaba ahí desde hacía quince días, que había tenido que irse de afán y dijo: «Listo, ya metió las patas, ya se montó en el bus que no debía montarse, ahora aguante, mija, resígnese a las normas y a lo que venga encima, porque si usted no obedece, a usted la matan». Él fue claro conmigo, me dijo así, y yo le dije: «Ah, bueno, usted que ya lleva unos diitas más, usted me indica a mí, me enseña lo que ha aprendido». Él dijo que sí, que me iba a enseñar. Cuando pensé: «Pero, ¿comandante?», yo sabía que los comandantes no subían de días: «¿Comandante?». Me fui para donde otro y le pregunté: «Hola, y ese señor ¿qué? ¿Desde hace cuánto tiempo está acá?». Dijo: «¿Tomás? No, mija, ese ingresó desde niño, ese lleva muchos años de estar acá, por eso es comandante». Yo dije: «Uff, ¿dónde estoy subida?». A los muchachos les daba rabia, me miraban con ese señor y me decían: «Ranguera, subiste como palma y vas a caer como coco». Me decían ranguera, de subir el rango, como decir ser una gamina y cuadrarse con un presidente. Como ya éramos novios de afuera y él estaba solo, porque en esos días había terminado con la mujer, una socia, nosotros seguimos así de noviecitos. Aunque allá no hay novios, allá de una vez los hombres lo cogen a uno de amante, no esperan nada. Pero yo estaba todavía con psicosis, y le comenté que no quería estar con él por lo que me había pasado, que fuéramos simplemente novios, y él se me burlaba: «Qué novios, si acá no hay novios». Estuvimos así casi un mes. Fue mucho tiempo, todos los días la gente se nos burlaba.

Él me respetó, pero los demás me decían: «Si usted no está con él, la va a dejar». Además, yo miraba que a su lado tenía muchos respaldos: tenía respeto, plata, nada me hacía falta; tenía seguridad, entonces yo me entregué a él, pero al poco tiempo el superior, el comandante máximo, nos separó, porque cuando llega una mujer siempre la catean para ver si es flojita; hay mujeres que se riegan por todo el campamento, y otras veces las cogen así abusadas. A mí me humillaban y muchas veces me cogían sola y me decían cosas como: «Usted tiene que ser mía», y yo que no. A Tomás lo mandaron para el pueblo y yo quedé sola un mes. De noche era horrible. Dormía con botas y con todo y llegaban a tocarme, hasta que un día, llorando, fui donde el comandante y le dije que yo no iba a aguantar más.

Él me dio la orden de que al que llegara a cansar, le zampara un tiro, fuera quien fuera. Me fui contenta por todo el campamento, pero yo era para no hacerlo, y dije: «Esta noche el que me vaya a tocar se muere. Esta noche tengo la orden; al que me toque le doy un tiro». Fue santo remedio, nunca más me volvieron a tocar. Tomás regresó al campamento y pidió permiso para sacarme con él al pueblo. No duré más tiempo en el campamento, salí rápido de allá. Durante ese tiempo me explicaban sobre la guardia, lo que hacían allá; eran días completos sentados en unos palos largos, en el aula que dicen ellos, escuchando parlamentos. Ellos le meten mucha política a uno. Mantienen metiéndole psicosis; que si el Ejército lo coge, lo viola, lo mata, lo hace pedazos. Y dicen: «El que ingresa acá y se vuela, pailas». Yo quería saber quién había matado a mi hermano. Empecé a hablar como mal de él, yo decía: «¡Huy, no!, yo tenía un hermano que era horrible, era sapo del Ejército, mantenía con ellos», y esto y lo otro.

Hasta que una vez un chino se me arrimó y me dijo: «Hola, ¿de quién es que vos hablás?». Le dije: «De un negrito que mataron qué días por allá, al otro lado del río, cuando se estaba bañando». Él dijo: «Ah, vos estás hablando de un tal Rodrigo. A ese perro lo maté yo. Él iba contento en pantaloneta con un tal Gustavo, iban comiendo mango y dizque a bañarse —perfectamente igual a como me contó otro hermano—, y lo cogimos y le disparamos; salió corriendo y le dimos un tiro en la pierna para que se cayera, luego lo cogimos, lo hicimos cantar y le hicimos tragar un tiro». Esas palabras me rompían el alma, pero yo hacía fuerza; tenía mi pistola y me daban ganas de matarlo de una vez, pero no, porque también me mataban a mí. Días después, como allá a veces toca dormir de a dos, me tocó con él, y yo de noche pensaba matarlo. Dormíamos juntos, comíamos juntos.

Desde ahí he tenido resistencia con el enemigo, porque aprendí a tener valor para compartir, incluso él me daba comida con la mano y yo comía, pero mascaba con rabia. Hasta que un día nos separamos de columna. Yo le dije a él, otro día que nos encontramos: «A usted ¿quién le dio la orden de matarlo?». Me dijo: «Ah, pues Tomás». Y yo: «¡Ay, Dios mío, compartiendo mi vida con estos dos tipos!». Ya sabía quiénes habían hecho lo de mi hermano, ahora faltaba saber quién había matado a mi tío. Me di cuenta de que eran los mismos, porque era como una comisión de los que van a matar a las personas. Fue horrible. A Tomás muchas veces lo intenté sacar de allá, para cobrarme las que me hizo, pero él andaba con diez al rabo de él, con diez guardias; a él no lo dejaban para nada, y entonces yo le decía: «Vamos para Villa Garzón», lo invitaba, porque él casi no era conocido allá. Él podía salir a la ciudad y salía conmigo hasta cerca de Villa Garzón, pero se regresaba.

Un día estuvimos casi en la pata del pueblo, pero él la sentía, la olía tal vez y se regresaba. Entonces me di por vencida. «No puedo hacerle daño a este cucho porque en ninguna parte estamos solos», pensé. Lo bueno fue que el chino que le disparó a mi hermano murió al poco tiempo. Lo mataron porque un día, por ahí dándoselas de muy vivo, se puso a escribir una carta, una carta de bobadas, no sé qué diría en la carta, pero el caso fue que lo amarraron —además era un matón de los de primera y a los matones de primera siempre los matan; un matón que se ha enseñado a matar muere en su ley—, y también lo mataron. Mi corazón sonreía porque yo decía: «Ah, también tuvo la de él», pero en mi profundo dije: «Pero por qué, si él sigue órdenes; acá uno sigue órdenes». Me puse a pensar, pero finalmente dije: «Al fin y al cabo ya están muertos los dos, mi hermano y él». Yo seguí viviendo con el cucho, mantenía al lado de él, humillada porque a veces me pegaba, pero también tenía plata y todo. Tenía plata en los bolsillos y a veces bultos de plata que tenía que estar cuidando. Era zona de coca. Nosotros íbamos a visitar las fincas, éramos financieros. Estábamos encargados de conseguir la plata, las remesas de ropa y armas. Entonces llegábamos a las fincas, mirábamos las hectáreas que tenían, analizábamos cuántos kilos tenían que salir y les dábamos la orden de que nosotros vendríamos por la coca, que no se la vendieran a nadie más y que si se la vendían a otro tenían que pagar un impuesto, por eso conseguíamos tanta plata.

Nosotros amontonábamos la mercancía por piezas, luego la vendíamos en grandes cantidades y nos quedaba mucha plata. Pero él me maltrataba, me insultaba, no me dejaba nunca sola, que porque él me quería y le daba miedo que me fuera con otra persona. Una niña con un viejo, eso era imposible; todo el mundo se nos reía. Un día me cansé de los maltratos. ¿Qué ganaba viviendo con todo si no tenía mi felicidad? Decidí irme. Además, una chica lo seducía mucho, una campesina; entonces dije: «Ah, yo me voy para el campamento», y me fui. Otro comandante superior quiso que yo fuera la mujer de él, o sea como decir: «Ya no está con él, agarre conmigo». Una noche quería obligarme a que estuviera con él y yo no, no y no. Y ese señor me cogió una rabia, que me hacía comer de la buena, me mandaba a trabajar duro y no me daba las cosas que necesitaba. Y ya no estaba Tomás, porque él se quedó en el pueblo y yo me fui para el monte. Andábamos de noche, aguantábamos hambre, nos tocaba cargar pesadísimo, estar toda la noche caminando. De día quietos, y caminar de noche por charcos y en zonas que me daban miedo.

Además estaba en embarazo, y allá una mujer no puede tener bebé. Entonces dije: «Tengo que volarme porque a mi bebé no lo dejo; me voy con mi bebé». Me volé cuando tenía como cuatro meses y ya todos se daban sospecha, porque yo era muy flaquita y el estómago se me estaba notando. Utilizaba cosas anchas para que no me miraran, pero se notaba cuando me iba a bañar, porque uno tiene que bañarse en ropa interior, y no importa dónde esté, ni con quién esté. Me volé con un campesino que era amigo. Él conocía todos esos terrenos y yo no. Era lejos y me tocó pasar por el monte, cerca de Curillo, hasta Puerto Guzmán, pura montaña, corriendo y corriendo. Por allá amanecí y la guerrilla me estaba buscando: yo estaba en un charco de agua picha y ellos alrededor caminando, buscándome, y decían: «Esa hijuepúchica no está por aquí», me insultaban, y yo: «Que no me encuentren, que no me encuentren», y no. Estuvieron cerca de mí; luego me metí en una finca, donde el señor que me estaba sacando, y llegó la guerrilla, a recatiar la casa, y comandante —uno que me quería mucho— sabía que yo estaba ahí, sabía que yo no podía hacerme una aguja, pero no dio la orden para que requisaran; él dijo: «Muchachos, ya, vámonos». Me salvó.

Al otro día muy temprano cogí montaña, peligrando que los encontrara de camino. Me dieron la dirección y me dijeron: «Vaya por esta montaña, camine hasta donde llegue a alguna casa, que por esa zona, como van en contra de la guerrilla, la van a ayudar». Yo dije: «Claro», y llegué allá, muerta del hambre. Caminé todo ese día y al otro día por la tarde fui llegando, pero porque iba corriendo; uno asustado corre y corre y sube y baja, y mojada por allá me caí. Iba por una palizada, iba sola, tenía hambre y por estar subiéndome rápido me resbalé de la palizada y caí a las piedras de abajo y me golpié. Ahí me di el golpe que me hizo venir el aborto después. Con ese dolor me quedé al rato dormida. Me desperté y lloré hasta que vi que venían bajando unos píldoros —de esos plátanos maduros— entre el agua, y yo: «Huy, qué rico». Me lancé a cogerlos, comí maduros y luego troté hasta llegar a una finca donde me ayudaron. Luego seguí, incluso pasé por el lado de un campamento y más adelante ya estaban haciendo retén. Por haber sido mujer de un comandante a uno lo siguen mucho, porque uno tiene mucha información. Entonces llegué a otra casa que me habían dicho, me ayudaron y me disfracé de campesina.

Cogí un bolso con plátanos y pasé por frente de los guerrilleros; ellos estaban haciendo retén en el río y yo pasé por el ladito; unos indiecitos que me conocían me ayudaron, y yo les dije: «No me vayan a sapiar, estén callados». Uno me respondió: «Tranquila, yo incluso la acompaño». El indiecito se fue conmigo, y yo caminaba como una viejita. Los otros apenas gritaban: «Hey, por el otro lado van dos personas, no las dejen pasar». Y me decía: «Tranquila, camine hasta el bordo y del bordo corremos hasta el otro lado». Los guerrilleros querían pasarse en motor para donde estábamos y nosotros corra y corra. Llegamos a una finca cerca de donde mi abuelita; pasé por esa finca para ir a Guzmán y me quedé al lado del río, donde vivía mi tío, y al otro día me fui en un expreso para Mocoa. Allá estuve enferma donde mi mamá: tuve el aborto.

Nadie sabía dónde había estado, así que les conté una historia diferente: que yo me había juntado con un campesino y que había estado cuidando marranos, pollos y unos hijastros; que estaba manteniendo unos niñitos. Yo les conté que el campesino me pegaba… Mi mamá lloraba mucho y me pedía perdón, me decía que nunca más me fuera de la casa. Yo ya tenía como unos quince años… Sí, eso fue dos diciembres atrás. Mi mamá madrugaba a darme sus calditos de dieta, porque en mi casa cuidan mucho a las mujeres en embarazo o en dieta. Hasta que un día que salí de la casa, tranquila, me encontré en el parque a un compañero andando de civil; yo me puse contenta. Pero ellos me ubicaron y luego, cuando yo estaba en la casa de mi mamá, fueron, me montaron en un carro y me sacaron del pueblo. Al otro día me pasaron al otro lado del río y me amarraron con un lazo grueso, de esos de tener los caballos, y me sentí muy mal.

Tenían que llevarme al campamento así, esa es la norma; que cuando uno se vuela y lo capturan, siempre tienen que amarrarlo, esté donde esté, y sea quien sea, así sea un comandante. Entonces ya nos fuimos para Calenturas, parte de Caquetá, y me llevaron al campamento. Yo era una persona que me había dado a querer mucho de esos señores, de todos los contingentes, de todos esos comandantes y chinos, así que llegué y me soltaron, confiaron en mí y me dejaron todo ese día y toda la noche suelta, como para que saludara a la gente. Al otro día me mandaron a bañar, como a las diez de la mañana, y luego a almorzar. Pero ya sabía que me iban a volver a amarrar. Cuando me dijeron: «Alce las manos», yo las alcé sin necesidad de nada más, porque a los otros los hacen tenderse en el piso y los golpean para amarrarlos. Luego me llevaron para el juicio, al consejo de guerra, y simplemente yo cogí y me solté el cabello al frente de hartos; había hartísimos, alcé la cara, y ríame y ríame, y mis lágrimas salían.

Lo único que esperaba escuchar era que me fusilaban. Estaba cansada de ambular y de todo, pero ninguno pidió fusilamiento, todos que fuera sancionada. Salí sancionada, y luego tuvimos que esperar la respuesta del secretariado de las farc, porque de los juicios tienen que mandar reporte al secretariado. Ellos analizan, miran si uno ha tenido errores, cómo ha sido uno, por qué llegó allá, y ellos deciden si uno vive o muere. Me dejaron amarrada a una cadena de cinco metros; ese era el espacio que podía andar. Tomás volvió al campamento, y lloraba; era un comandante y todo, pero lloraba por mí. Me dijo: «Pero ¿por qué hizo esto?», y yo le conté que había estado en embarazo, que había tenido un aborto y él lloraba y decía que él hubiera querido que yo tuviera el bebé. Me dijo: «Ahoritica no se sabe qué decisión tomen», y él sufría por eso. Pero él era el que mandaba a los guardias, y como a mí no me dejaban baño todos los días, me hacía sacar de noche, a escondidas, para bañarme. Yo divertía a los guardias y a cinco compañeros que estaban conmigo; les bailaba encima de la caleta cuando sonaba «La Ciguapa»; les bailaba y les decía chistes.

Me reía, los hacía reír y trataba de darles ánimo, porque ellos mantenían lloren y lloren, y les cantaba y se ponían contentos. Luego que los miraba contentos, me afligía, me ponía a llorar y me tiraba al piso, me desahogaba llorando y me ensuciaba todita y luego decía: «Pero si les doy ánimo a ellos, ¿por qué me voy a dejar?». Entonces me subía otra vez a la caleta y seguía riéndome. Decían: «Esta es como bobita; se enloquece, se enmugra, baila, nos hace reír, llora, no le paren bolas a esa loca». Trataba de darle ánimo a los otros, porque ellos creían que los iban a fusilar.

Eso fue como un mes completico, de fecha a fecha, cuando llegó el comandante, otro que no era Tomás, y me dijo: «Quítese ese lazo», y yo: «¿Cuál lazo?». «Quítese esa bicha, ese candado, arránquese eso». Y yo: «Pero ¿cómo voy a partir una cadena si yo no tengo fuerza?», pero él era chistiando, y yo le dije: «Mejor váyase de acá, no lo queremos ver, les estamos cogiendo rabia a todos ustedes porque nos están haciendo sufrir». Entonces él dijo: «No, de verdad, quedan liberados». A mí me mandaron a trabajar a la cordillera, a pagar sanción, y Tomás se quedó. Él se consiguió otra mujer, una civil, mientras yo permanecía sola, porque guardaba la esperanza de volver con él, a pesar de todo, pues él era mi respaldo. En la cordillera fue durísimo trabajar, porque estaban abriendo un camino. Era en un páramo feísimo y tocaba escalar. Lo llaman La Nevera. Estuve más de un mes trabajando duro, como un hombre; salía con las manos ampolladas, los pies ampollados, los cachetes todos rojos del frío y estaba amarilla, porque allá el sol no calienta. Cuando bajé estaban hartos frentes reunidos. Se estaban juntando porque iban a emboscar una estación de Policía que era difícil de tomar, por allá en el Caquetá, en El Paujil.

Entonces me sacaron en comisión. Yo sabía disparar, pero que se diga defenderme en un combate, no. Había hecho cursos pero de política, y uno de tiro, pero así saber defenderme, no, y además yo era una niña consentida. Ya cuando íbamos por Los Jazmines del Caquetá, una mañana nos mandaron a una exploración, a hacer un retén en un lado distinto del de la emboscada, para ver cómo estaba todo. Nosotros no pusimos cuidado de nada. Éramos grupitos de a veinte y los de veinte se dividían en de a cuatro o de a cinco, y nos fuimos metiendo por todo ese monte hasta que llegamos a una escuela. Allá nos pusimos a recochar y le pagamos a una señora para que nos diera comida. Era como estar liberados, de vacaciones.

En esitas hicieron un retén, cogieron un policía pero iban dos, y el otro se fue y a nosotros nos llamaron por la radio pero, por estar jugando, no recibimos el informe. Cuando al otro día fue que miramos los camionados de guerrilla a toda, y corra a coger las cosas y a escondernos. ¡Nos metieron una regañada! Dijeron que el Ejército venía en pela, y nosotros corra, porque el camión iba lleno. Esa noche nos quedamos en una finca, pues ya íbamos todos cansados. Nos fuimos a dormir pero mandaron una exploración, porque los perros estaban latan y latan, y cuando eso pasa es porque hay gente o animales cerca. Mandaron a explorar pero el explorador salió a tomarse una gaseosa y nosotros confiados de que él había ido. Yo presté el turno de guardia de dos a cuatro de la mañana. Fui y entregué la guardia, pero uno siempre con miedo porque escuchaba ruidos, yo sentía que ya nos iban a matar, sentía la muerte encima. Entregué sin novedades y el otro se quedó dormido en la guardia; no escuchó nada ni pasó ninguna información. Estábamos esperando el desayuno para salir, pero yo estaba enferma: tenía como ocho nuches por entre las piernas, nacidos y fiebre.

La enfermera me estaba revisando cuando escuchamos fue que pa, pa, pa. Me paré y corra a la puerta. Miré que venían los chulos —nosotros les decimos chulos a los soldados—. Estábamos en plena loma y cuando miramos fue que iban subiendo como gusanos. Salí para la otra puerta y también venían. Estábamos emboscados. No había nada que hacer. El otro guardia estaba ahí, con la cabeza destapada a tiros. Lloviznaba y estaban todos los muchachos alrededor de un palo esperando el desayuno para partir. Entonces miré que mis compañeros iban cayendo como quebrados por pedazos; me dio desesperación. Adentro estábamos el ranchero, haciendo el desayuno, la enfermera, la familia y mi persona.

De pronto el ranchero cogió el fusil, salió disparando y les quebró las piernas como a tres soldados, y los soldados con más rabia mandaban granadas a la casa, que ya estaba destrozada, y nosotros con tres niñitos y la mamá; ellos se metieron debajo de la cama, y nosotros sin saber qué hacer. Cogí el arma para disparar, pero luego pensé que no había mucho qué hacer y que si lo hacía me podía ir peor. Boté el arma, boté el chaleco, corrí y les grité que no dispararan porque había niños adentro, pero no me escucharon y siguieron mandando balas. El ranchero salió a disparar otra vez, echó una ráfaga y lo mataron. Ya sólo quedábamos nosotras. La casa estaba destruida, las paredes, todo. Echaban bombas, granadas.

Quedamos en un rinconcito y los tiros caían por encima, fue como un infierno, fue como decir: «Si quedo viva, quedo loca; si quedo viva, no recuerdo nada; si quedo viva, quedo inválida; yo de aquí no salgo buena». Esos eran mis pensamientos porque las balas llovían y lo único que yo hacía era sobarme la cabeza y pensar. Mi compañera me dijo: «¡Hey!, venga, no haga nada; venga, venga». Nos vestimos de civil, nos quedamos allá y llegó el Ejército. Entró un soldado y dijo: «Ya llegamos, los vamos a ayudar». Los niños se salieron de debajo de la cama, yo cogí a un niñito y lo cargué, la enfermera cogió a otro niñito y la mamá al tercero; nosotras les habíamos dicho: «Digan que somos familiares suyos». Cuando de repente ese soldado empezó fue a echarme el carretazo: «¡Huy, mamacita!», me dijo, y que dizque dónde estudiaba. Yo le dije que por ahí, y mi compañera dijo que yo estudiaba en Florencia. O sea, ella decía una cosa y yo decía otra. Ella dijo que yo era su hermana y yo que era prima.

Y yo ríame como de nervios, y la otra estaba reasustadísima. Cuando el soldado me dijo: «Venga, nos vamos para Florencia», Él me dio la mano y yo no le extendí la mía, porque estaba enllagada; entre carne viva y sangre tenía mis manos de trabajar; mis pies estaban enllagados de las botas mojadas, mi piel de la cara estaba quemada. Así de lejos se conoce a un guerrillero. Él me dijo otra vez que lo acompañara a Florencia, y yo que no. Al fin le dije: «Soy una guerrillera». Entonces entró un cabo primero y me cacheteó, me pegó, me tiró al piso, me pateó y dijo: «Llévense a esta perra de acá, llévensela que la mato», y yo ríame en el piso, de los nervios.

Al fin le dije: «Soy una guerrillera». Entonces entró un cabo primero y me cacheteó, me pegó, me tiró al piso, me pateó y dijo: «Llévense a esta perra de acá, llévensela que la mato», y yo ríame en el piso, de los nervios.

Luego me sacaron para un batallón y ahí ya me calmé un poco, porque un oficial fue a hablar conmigo. Luego me trasladaron para la corre, para la correccional de menores de Florencia, y de ahí para la casa del menor. Después me mandaron para Bogotá y entré a este programa. Allí empecé a querer nuevamente mi vida. He estado en casas en otras ciudades y le cogí aprecio a muchas cosas; perdoné a varias personas. Se me arregló mi vida. Tuve muchas cosas claras.

Aprendí a valorar la vida, a querer estudiar, a perdonar y lo hice con mi mamá y con otras personas. Funcionó porque antes yo la recordaba y la quería encontrar y cobrarme todas y ahoritica no. Sí quisiera saber de ella.  Aquí he aprendido a tener muchas cosas positivas; perdí el miedo. Recién llegué me daba miedo hablar con los educadores, sentía que ellos me iban a hacer daño, pero ya aprendí a valorar todo. Ahora pienso seguir estudiando y tengo un proyecto que estamos trabajando, que es montar una miscelánea para sostenerme y terminar mis estudios. Pienso terminar mis estudios y capacitarme en sistemas, estudiar luego en la universidad, ser enfermera, o sea ascender, no pienso quedarme en una sola cosa.

El libro Los niños de la guerra, de Guillermo González Uribe, fue editado y publicado por Aguilar. 


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