Entrevista

Una entrevista sobre los avatares que las mujeres han sorteado para enfrentarse con sus propios cuerpos, cómo han vivido durante años con la culpa de su propio goce y cómo, también, es posible entender su reflejo con piedad.

En Literatura al margen estuvo con nosotros María del Mar Ramón presentando “Tirar y vivir sin culpa: el placer es feminista”. Este libro, publicado por la editorial Planeta, cuenta los avatares que las mujeres han sorteado para enfrentarse con sus propios cuerpos, cómo han vivido durante años con la culpa de su propio goce y cómo, también, es posible entender su reflejo con piedad. Cinco capítulos de historias contadas en primera persona pero que, a la lectura de cualquier mujer, parecen experiencias colectivas. Escuche a María del Mar hablando de masturbación, amor, justicia y ética dentro de las relaciones y como siempre, al final, tendrán una mini playlist de la invitada.

Presentamos uno de los prólogos de “Tirar y vivir sin culpa: el placer es feminista”

Hay una maldición que recorre la historia de América Latina: a más riqueza mayor pobreza; a más belleza mayor violencia; a más valor mayor saqueo. En Potosí, Bolivia, la plata fue buscada para desencontrar el territorio y convertir la minería en un agujero sin fondo cuando se nombró descubrimiento a una forma de desembarcar para quitarlo todo. ¿Qué pasa en un país donde la selva parece oxígeno y la playa paraíso, donde la música parece hacer del sexo un arrumaco vertical y del café y del cacao una gracia que provoca el perfume en una novela enredada de una realidad destilada de mágica? Ahí está Colombia. Como una serie mal traducida por el FBI para mostrar corrupción. Y una lectura no leída en donde las muertes se redoblan para que el espanto no desencaje más la boca. Ahí está Colombia como una belleza condenada a la crueldad rebajada en polvos desencantados y en auxilios que ya nadie escucha como una sordera producida por la sobredosis de gritos. No hay manera de entender a América Latina sin entender —o por lo menos sin desentenderse— de Colombia. No hay manera ya de entender a un país sin entender el efecto sicario  de la violencia replicada como un caracol sin peso sobre el cuerpo de las mujeres, sobre la crueldad sedada de espanto y sobre el escenario para que el paraíso tenga tetas y no tenga muslos que sobren. No hay manera de entender la política sin comprender que se trata de las venas íntimas de la política que acosan y que inhiben, que simulan orgasmos y que comen lechuga como tortugas para no ser rápidas, aunque el sexo fast food se encuentre en un baño de una fiesta en donde la ‘desinvitación’ es a portar el cuerpo propio. “No se puede escribir posando”, alegó María del Mar Ramón en Twitter. Ahí, en las letras vacías que redoblan la apuesta del filo la leí en un perfil fatal de lucidez con un cuchillo de doble corte y la penetración que le gusta meter hasta el fondo como cuando desafía a los varones a mirarse para atrás o a dejarse mojar su propio objeto de deseo hasta la línea en la que perdieron la masculinidad como exploración para querer ser muñecos de manuales destartalados hasta la parodia de cowboys latinos. Le podría decir María. Pero prefiero llamarla Mar. Así la leo. Porque ella conoce su mejor perfil de niña terrible que guiña el ojo como una femme fatal y recorre la Patagonia, Argentina, con el proyecto “Fanáticas de los boliche” para derrumbar prejuicios y hacer algo más que sobrevivir como meta, hacer del goce una forma de bandera cabalgada en las tetas y las estrellas que sobrevuelan el derecho a perderse en la oscuridad que no está perdida si se puede bailar y sentir las cosquillas que ella describe como en la primera vez que la calentura y el reguetón le entonaron el cuerpo.

Pero no exhibe su ‘rubiedad’ como una portación de identidad para pasar la frontera sino como una muestra más de la crueldad de la misoginia sobre todos los cuerpos —y no para desentenderse sobre los cuerpos más castigados, desclasados y discriminados más que sobre otros— sino para develar como en un viejo cuarto de fotografía —en donde la revelación va llegando con el tiempo y la oscuridad que enciende las luces— que es aquí, en América Latina, donde todas tenemos tierra en los pies y la leche en polvo de su casa se mezcla con azúcar para simular un dulce para el que no alcanza, pero que sobra en el binarismo de discriminación y expulsión. Y que los atracones son una forma del hambre y que el hambre es necesidad y construcción para agradar. Porque si no alcanza con el hambre como infierno por falta también se construye el hambre por sobras. Si hay cuerpos despoblados de posibilidades no hay ningún cuerpo de mujer habilitado para ser posible salvo el cuerpo imposible: el que es delgado sin llegar al hueso, el que es pulposo sin rellenar, el que es producido sin simular y el que es excepción para que la felicidad no pueda replicarse sin frustración cabalgando en cada boca que se cierra al placer de comer para ser digna del placer de coger después de ser indigna del displacer de ser una chica bien. Mar habla de porno y hace literatura porno. Cuenta el dolor hasta que duele, cuenta el placer hasta que arde, cuenta la violencia hasta que el miedo despierta, cuenta el machismo hasta que desespera la rabia, cuenta el desamparo hasta que el llanto la abraza en una literatura feminista que traspasa el papel y las redes en donde las distancias se allanan. Y cuenta para la mayor de las razones de un feminismo ya teorizado, pero todavía en urgencia de llegada: cuenta como solo se cuenta cuando la desnudez —del cuerpo, de las letras y del relato— puede salvar. Pero ella que escribe desde y para Colombia y está regada por el feminismo multitudinario y en marcha de la Argentina, la ironía del sur y un país en donde la violencia todavía no se adivina en una dimensión de plaga y, sin embargo, con la misma raíz: las dictaduras latinoamericanas y el efecto multiplicador de las violencias en el desdén de la crueldad desde la kioskera con la niña que busca su golosina hasta los compañeros que le ‘bullynean’ su autoestima con la palabra gorda como satanás del deseo. Así es como, desde la esquina de su hogar o en el cuarto donde el ordenador la hace vibrar en contradicciones, ella cuenta algo más que el cuarto propio: cuenta la intimidad de un continente que la tiene de viajera para perder los puntos cardinales y volver a reinventar las brújulas. Claro que estamos perdidas. Por eso es que podemos encontrar un placer sin rumbo, pero con rumba latina. Y con Mar.

LUCIANA PEKER, escritora y feminista argentina.


Canción actual
Title
Artist