Libertadoras: una voz excepcional entre guerras

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Ilustraciones: Eder Leandro Rodríguez

Crónica

En 1861 venció la única revolución triunfante en la historia nacional. El ganador, Tomás Cipriano de Mosquera, un personaje polémico entre las tensiones políticas. Soledad Acosta de Samper, promotora de revistas para mujeres, y ella misma primera escritora de la nación.

“Cada provincia tiene el poder constitucional bastante para disponer lo que juzgue conveniente a su organización, régimen y administración interior”. Esta premisa liberal y federalista incluida en la carta política de 1853, en plena agitación revolucionaria en Europa y reformista en Colombia, permitió seis meses después un hecho inusual en la provincia de Vélez (Santander). En representación de once distritos parroquiales y dos cantones, sus diputados expidieron una constitución en la que se dispuso, en uno de sus postulados, que todos sus habitantes casados o mayores de 21 años tenían derecho a votar.

Para que no quedaran dudas de que la concesión incluía a las mujeres, en las disposiciones de carácter electoral quedó refrendado que los jurados de votación también se debían conformar “en proporción de sexos”. A pesar de que al sancionar la carta, el gobernador de Vélez resaltó que esas atribuciones desconocían la constitución nacional, que limitaba la condición de ciudadanos solo a los varones casados y mayores de 21 años, la decisión fue histórica. En términos cronológicos, se adelantó trece años a Suecia y 16 al primer estado de Estados Unidos (Wyoming) en la extensión del derecho del sufragio a las mujeres.

La reacción no demoró. En ensayo del historiador Mario Aguilera Peña, publicado por la Red Cultural del Banco de la República, se incluye un texto de El Pueblo, de Medellín, en que un colaborador anotó que el voto femenino no era más que “galantería”, pues la mujer no pedía derechos políticos ni emancipaciones. Lo suyo era “adherirse a los seres que sufren, sacrificarse por las personas que aman, llevar consuelo a la cama de los enfermos, y aceptar de lleno sus graves y austeros deberes de esposa”. Basada en un texto del escritor José María Samper, para la historia quedó la versión de que las mujeres de Vélez terminaron por renunciar a su derecho al voto.

Lo único cierto es que cuatro años después, una nueva constitución en Santander modificó el artículo y únicamente le otorgó el voto a los varones. El citado Aguilera Peña agrega que además la Corte Suprema anuló la osadía de Vélez, con el argumento de que “los habitantes de la provincia no podían tener más derechos y obligaciones que los demás granadinos”. La paradoja de esta historia es que el promotor del primer voto femenino, Ricardo Vanegas, figura del liberalismo en Santander, no vivió para ver desmoronada su idea, pues murió apuñalado por un coterráneo suyo ofendido en su honor, pues Vanegas no quiso casarse con su hija, a quien había dejado embarazada.

Eran tiempos de duelos a muerte por dignidad o de antagonismo político exacerbado, con sucesivas guerras civiles, tratados de paz, leyes electorales y constituciones. La guerra de 1851, que ganó el gobierno López y derivó en la carta de 1853. La guerra de 1854 por un golpe de facto que terminó en la expulsión de los usurpadores vencidos. Otra carta de derechos en 1858 con énfasis federalista y medio centenar de constituciones provinciales. Y una ley electoral en abril de 1859 que intentó centralizar los escrutinios electorales durante el gobierno conservador de Mariano Ospina y agitó de nuevo los clarines de la guerra.

Primero en Santander a través de una rebelión conservadora contra la encerrona electoral de los liberales; y luego en Cauca y Bolívar, como una réplica a la contrarreforma política de Ospina, pues, en el sentir liberal, se trataba de una iniciativa para legalizar el fraude. Un intenso forcejeo partidista con múltiples sucesos adicionales para atizar el fuego: el regreso de los jesuitas, nuevos intentos de reforma educativa y la tentativa de marcha atrás en la separación Iglesia-Estado. En su obra El país que se hizo a tiros, el escritor Gonzalo España aporta un ejemplo del venenoso entorno. El indignante castigo público dado a una mujer en Bogotá, señalada de robar la custodia de una iglesia.

Se llamaba Carlota Mogollón y, como en los tiempos del tribunal de la Inquisición condenando brujas o hechiceros en Cartagena, fue sometida a una “espantosa pena física y moral, impuesta y ejecutada por los clérigos, porque se la acusaba de un delito del que un jurado de católicos, personas intachables, la declaró después inocente”. El mismo autor añade que frente al Palacio Arzobispal, en diciembre de 1859, en la antesala de una guerra civil cantada que solo aguardaba un pretexto, en otro auto de fe religiosa, el clero envalentonado encendió una hoguera para quemar libros, papeles e impresos, con concurrencia de los agentes de la autoridad.

La confrontación se hizo inatajable desde finales de 1859, pero antes de enfrentar a Tomás Cipriano de Mosquera, que se insubordinó en el Cauca en mayo de 1860, el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez optó por golpear a los liberales en su centro ideológico: el estado de Santander. En junio le declaró la guerra y con 4.000 hombres al mando de Pedro Alcántara Herrán —vencedor en la guerra de Los Supremos—, y el propio Ospina en la marcha, ocupó San Gil y Bucaramanga y el 16 de agosto en El Oratorio destrozó a los liberales y tomó cerca de 300 prisioneros, entre ellos a los jefes Eustorgio Salgar y Aquileo Parra, futuros presidentes de Colombia.

Pero Mosquera lo había anunciado desde que fue derrotado en las elecciones de 1856. Si ganaba Ospina lo tumbaba con los liberales. Si lo hacía Murillo Toro, con los conservadores. Se atrincheró en Cauca y atacó a Antioquia. La guerra pudo terminar con amnistía y entrega de armas tras un cese de hostilidades, en 1860, en la llamada esponsión de Manizales. Pero Ospina no la aprobó, Mosquera retornó al Cauca, atravesó la cordillera Central, cruzó el Magdalena y, con apoyo de varios estados, el 18 de julio de 1861 entró a Bogotá. Entre los vencedores, una lancera caucana conocida como La Negra Dolores. Ha sido la única revolución triunfante en la historia nacional.

Desde su condición de mandatario vencedor, el 20 de septiembre, los estados de Bolívar, Boyacá, Cauca, Cundinamarca, Magdalena, Santander y Tolima lo respaldaron firmando el Pacto de Unión, que creó una nueva nación, ahora denominada Estados Unidos de Colombia. Con dos leyes de entrada que fueron fuente de discordia: la tuición de cultos, que obligaba a los curas a ser autorizados por el poder civil para ejercer su culto, y la desamortización de bienes de manos muertas, para expropiar y sacar a remate los bienes de la Iglesia adquiridos a través de donaciones, testamentos o hipotecas, a cambio de muchas misas para la salvación de las almas.

Aunque la guerra se extendió durante varios meses más, al final se impuso el tiempo del radicalismo liberal y su inamovible jurídico: la Constitución de Rionegro del 8 de mayo de 1863. Sin pena de muerte ni privativa de la libertad más allá de diez años, con libertad absoluta de imprenta, porte y libre comercio de armas y municiones, gobiernos de apenas dos años o derecho de gentes para resolver los conflictos civiles. Sin embargo, desde la tradición, en su artículo 33, restrictivo para las mujeres frente al ejercicio político. Solo quedaron como elegibles para puestos públicos “los colombianos varones mayores de 21 años que sean o hayan sido casados”.

Como el vencedor Mosquera, que a los 22 años contrajo matrimonio con Mariana Arboleda y Arroyo en 1820; pero, a la usanza de muchos propietarios de esclavas, a los 19 años ya era padre de dos hijos, varón y mujer, con dos negras de la extensa hacienda de su familia. Como lo describe Víctor M. Uribe en su trabajo La vida privada de algunos hombres públicos de Colombia: de los orígenes de la República a 1880, Mosquera fue un hombre “precoz en sexualidad y amores”. En Cartagena tuvo otro hijo varón con una costurera, pero finalmente se casó con su prima Mariana, de excelentes caudales.

Con el paso de los años, la pareja terminó distanciándose y Mosquera tuvo tres hijas extramatrimoniales más que admitió en su testamento. Cuando llegó por primera vez a la Presidencia, en 1845, tenía 47 años y lo acompañaba el más publicitado de sus amores: Susana Llamas, una mulata antioqueña que dio de qué hablar en Bogotá, hasta que el mandatario la distanció con prudencia, le montó una tienda y después la instaló en Brooklyn (Estados Unidos), cuando estableció allí su sede de negocios al dejar el gobierno. Amalia, su hija con Mariana Arboleda, terminó casada con Herrán, el referido vencedor en la guerra de Los Supremos y presidente en 1841.

En medio de la comidilla social y de las presiones familiares, Mosquera admitió en su correspondencia —muy activa con diversas mujeres que le pedían favores o le hacían sugerencias políticas— que su familia había manumitido a una esclava llamada Visitación para que declarara que sí había vivido con Susana. Al final, también la dejó. La vida le alcanzó para liderar la revolución de 1861, promover la carta de Rionegro y gobernar dos veces más a Colombia, hasta que una conspiración política lo sacó en 1867. Dos años después enviudó y en 1872, a sus 77 años, se casó con su sobrina María Ignacia Arboleda, de treinta, madre de su último hijo.

En contraste con las aventuras amorosas de Tomás Cipriano de Mosquera, una recatada pareja de renombre obtuvo notable protagonismo en la segunda mitad del siglo XIX. La que conformaron el abogado e intelectual José María Samper y la dama bogotana Soledad Acosta Kemble. Él, nacido en 1828, hijo de un hacendado de Guaduas y, hasta su deceso en 1888, influyente político y escritor, con una obra de más de 50.000 páginas; y ella, hija única del general Joaquín Acosta y su esposa inglesa Carolina Kemble, nacida en 1833 y, hasta su muerte, en 1913, en palabras de la historiadora Carolina Alzate, “la escritora colombiana más importante del siglo XIX”

En 1849, cuando se desencadenaron los sucesos que dieron pie a la creación de los partidos políticos, la elección del liberal José Hilario López y la revolución del medio siglo XIX, José María Samper se estrenaba como personaje público. Además de catedrático en derecho constitucional, luego pasó por la Secretaría de Hacienda, entonces a cargo de Manuel Murillo Toro. A su vez, Soledad Acosta —cuyo padre era cercano a Santander y se había destacado como canciller, director del Observatorio Astronómico y del Museo Nacional, entre otros cargos— regresaba de educarse en París y en Halifax (Canadá), donde había vivido con su abuela materna.

Cuando Samper y Soledad Acosta se conocieron, en Guaduas, él era un acatado líder liberal como gestor del centro de pensamiento llamado Escuela Republicana y además dirigía el periódico El Neogranadino. Se casaron en mayo de 1855 y las palabras de Samper resumen que su manera de pensar no era distinta a la de la mayoría de hombres de su tiempo: “Solita no era lo que comúnmente llaman una mujer bonita, ni tampoco hermosa, porque ni tenía los ojos grandes, ni las mejillas rosadas y llenas, ni el seno turgente, ni sonrisa amable y seductiva, ni cuerpo verdaderamente lozano. Pero tenía ciertos rasgos de belleza que a mis ojos eran de mucho aprecio”.

Dos años después de su matrimonio se radicaron en Europa, donde él continuó su carrera como escritor y ella, que ya trabajaba en su diario íntimo desde tiempo atrás, mostró también óptimas condiciones para la traducción y la escritura, con primeras colaboraciones en el impreso Biblioteca de Señoritas, que en esa época se publicaba en Bogotá. Hacia 1862 se trasladaron a Lima (Perú), donde él ofició como redactor del diario El Comercio y, junto a su esposa, fundó la Revista de América. Ella ya era madre de cuatro hijas —Bertilda, Carolina, María Josefa y Blanca Leonor— y ofició como la redactora de buena parte de los artículos publicados en la citada revista.

Cuando regresaron a Colombia, ambos retomaron a sus actividades intelectuales, pero también empezaron a afrontar los apremios políticos que ya se vivían en el país por la resistencia del radicalismo liberal a oxigenar sus cetros de poder y el interés del conservatismo de retomarlos. En 1869, a sus 36 años, Soledad Acosta publicó su primer libro: Novelas y cuadros de la vida suramericana, un texto de 438 páginas que recogió su obra dispersa. El prólogo fue de su esposo y lo presentó con palabras elogiosas que también dejaron ver las diferencias de género: “Ya que su sexo no le permitía prestar otro género de servicios a la patria, buscó en la literatura, desde hace más de catorce años, un medio de cooperación y actividad”.

De ahí en adelante, mientras Samper se acomodaba a los fragores políticos que poco a poco lo distanciaron del radicalismo liberal, Soledad Acosta continuó consolidando una obra que, según su biógrafo Gustavo Otero Muñoz, se concretó en 48 narraciones breves y 21 novelas. Poco a poco, su voz cobró importancia nacional, aunque se atravesaran en su camino los desencantos políticos, las persecuciones contra su esposo y la desgracia. En 1872, durante una epidemia, fallecieron sus hijas María Josefa y Carolina. Tres años después, Samper fue encarcelado por apoyar la primera candidatura de Rafael Núñez. Su defensa pública la asumió Soledad Acosta.

En septiembre de 1878, dos años después de otra guerra civil, y casi veinte de haber sido corresponsal de Biblioteca de señoritas, Soledad Acosta editó la revista La Mujer, una publicación quincenal de lecturas para la familia, “exclusivamente redactada por señoras y señoritas”. Aunque la mayoría de los textos fueron de su autoría, hasta 1881 esa empresa periodística permitió proyectar algunas de las primeras voces femeninas: Eufemia Cabrera de Borda, Silveria Espinosa de Rendón, Eva Verbel, Agripina Montes del Valle, Waldina del Valle Ponce de León, Agripina Samper de Ancízar o Bertilda Samper, hija de la directora, entre otras.

En ese tiempo, con limitaciones temáticas, su obra era reflexiva. Por ejemplo, en su texto El corazón de la mujer expuso: “Cuántas mujeres desdichadas no hemos visto, solamente porque han creído indispensable casarse a todo trance para conseguir un protector que ha sido su tormento y su perdición”. Paradójicamente, su esposo, en calidad de delegatario en la creación de la carta política de 1886, a la hora de la concesión de derechos observó: “La mujer no ha nacido para gobernar la cosa pública y ser política, precisamente porque ha nacido para obrar sobre la sociedad por medios indirectos, gobernando el hogar doméstico y contribuyendo a formar las costumbres”.

Cuando José María Samper falleció, en 1888, Soledad Acosta ya había desarrollado una nueva revista: La Familia, y creó también el impreso El domingo de la familia cristiana. Luego se trasladó a París y, después de un breve silencio editorial, hacia 1898 recobró sus publicaciones. Su último esfuerzo fue Lecturas para el hogar, entre 1905 y 1906, pero hasta su muerte, a los ochenta años, en 1913, sacó a relucir su faceta de historiadora y perteneció a varias asociaciones nacionales y extranjeras. La síntesis de su vida la aporta la periodista Myriam Bautista en su ensayo Única ciudadana de su tiempo: “Vivió en el siglo XIX como si fuera una mujer del siglo XXI”.

En cuanto a las normas, a pesar del énfasis libertario de los radicales, tampoco consagraron en la práctica los derechos de las mujeres. En su ensayo Las colombianas durante el siglo XIX, la historiadora Patricia Londoño Vega destaca que como la constitución de 1858 permitió que cada estado expidiera sus códigos, el de Cundinamarca fue el primero en adoptar uno de naturaleza civil, seguido por el estado del Cauca. Según la autora, estos códigos se inspiraron en el que había adoptado Chile en 1855, con elementos del derecho común español y el código civil francés. “Este, basado en gran parte en el derecho romano, le negaba toda capacidad legal a la mujer casada”.

En el mismo trabajo académico se lee que, en mayo de 1873 se expidió el código civil de los Estados Unidos de Colombia, similar al que había realizado Cundinamarca, aunque con ciertas modificaciones como otorgar a las mujeres casadas “unos mínimos derechos patrimoniales en cuanto a la administración y usufructo de sus bienes de uso personal (ropa, joyas e instrumentos de su profesión u oficio)”. Este código se mantuvo vigente hasta que cayó el federalismo en el país y se impuso el régimen de La Regeneración de Rafael Núñez y su aporte fundamental: la centenaria constitución de 1886. Un año después, tras la firma del Concordato con la Santa Sede, empezó otra historia de dificultades.


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