Libertadoras: tiempos de revolución social

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Ilustraciones: Eder Leandro Rodríguez

Crónica

Tras una intensa secuencia de sucesos históricos que impactaron al mundo con revoluciones y reformas legales en los años 50 del siglo XIX, en Colombia también surgieron cambios que marcaron la historia del país, el más trascendente hasta el momento: la abolición de la esclavitud gracias a una ley del 21 de mayo de 1851. Mujeres negras como Wiwa y Orika, mujer e hija de Benkos Biohó, Polonia de San Basilio de Palenqueo o Agustina de Tadó (Chocó), son solo algunas de las mujeres que dejaron memorias libertarias. Ellas lucharon doblemente por ser libres pues pelearon por su libertad como esclavas y por su emancipación como mujeres.

El 7 de marzo de 1849 es fecha de noticia en la historia nacional. Ese día, situados en dos círculos concéntricos en el centro de la nave principal de la iglesia de Santo Domingo donde sesionó el Congreso, 84 neogranadinos ungieron a José Hilario López como presidente en una jornada donde el protagonista fue el pueblo. Desde el día anterior, cuando empezaron los escrutinios, cerca de tres mil personas se apostaron frente al templo. Incluso causaron alarma cuando, entre empujones para escuchar a los electores, tumbaron las barreras de tablas que las mantenían alejadas del debate.

En medio del estrépito, el presidente del Senado ordenó desalojar las barras y el pueblo acató voluntariamente. Pero regresó el día 7 a las diez de la mañana. Decenas de hombres y mujeres, la mayoría portando bayetones rojos y avivando a López. A la tercera votación, las barras estaban otra vez desocupadas. Caía un aguacero recio, pero la gente se mantuvo afuera del templo. “Que no falte el gritico”, aconsejó un antiguo combatiente de la Independencia. A las cinco de la tarde, fue anunciado el triunfo de López. La multitud desfiló por las calles y celebró hasta entrada la noche.

Al día siguiente, como anotó en sus memorias Salvador Camacho Roldán, la prensa conservadora aseguró que el resultado era producto de la intimidación de una barra armada de puñales. También se dijo que Mariano Ospina Rodríguez, al depositar su sufragio, expresó: “Voto por el general López para que el Congreso no sea asesinado”. El asunto se volvió leyenda y la oposición empezó a hablar de “los puñales del 7 de marzo”. Pero lo que había sucedido ese día en la Nueva Granada tenía una explicación: la sociedad despertaba de su larga siesta de arraigo colonial.

Aunque la derrota de los jefes supremos en 1841 había consolidado un orden centralista y católico, acompañado de una reforma educativa que eliminó algunas cátedras para privilegiar la disciplina y la moralidad, era difícil que ese modelo se sostuviera en una nación que daba el giro económico hacia el libre cambio y acogía los ecos reformistas que agitaban al mundo. Así lo entendió Tomás Cipriano de Mosquera en 1845, cuando optó por un mandato modernizador que sacara a la nación de su parsimonia y explorara nuevos caminos para la economía, la libertad religiosa o la política.

Fue una época en la que se abrieron paso las agremiaciones como formas de expresión colectiva, con herreros, albañiles, cargueros, talabarteros, zapateros, carpinteros o sastres, todos dispuestos a intervenir en las sesiones de las Sociedades Democráticas o de Artesanos. En la otra orilla, también despuntaron las Sociedades Católicas, aferradas a la defensa de los valores tradicionales. Una división de caminos que, sumada a la evolución ideológica de los grupos de poder y las discusiones religiosas, derivó en la creación de los partidos políticos liberal y conservador.


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