Libertadoras: una revolución a medias

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Ilustración: Eder Leandro Rodríguez

Crónica

El auge de las ideas liberales en el medio siglo XIX fue el marco de múltiples avances sociales, el más significativo: la abolición de la esclavitud. La carta de 1853 impulsó reformas como el divorcio y el matrimonio civil, aunque las mujeres aún no fueran ciudadanas.

En 1848, año en que el rey Luis Felipe I cayó en Francia después de que el pueblo asaltara el palacio de Las Tullerías y proclamara la Segunda República, o que Carlos Marx publicó en Londres el Manifiesto del Partido Comunista, que aceleró el choque de trenes entre la revolución industrial y la clase obrera, en Bogotá, en el periódico El Aviso, Ezequiel Rojas explicó la razón de su voto por López con las bases doctrinarias del Partido Liberal. Un año después, José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez, en La Civilización, hicieron lo propio con el Partido Conservador. También puede leer: Libertadoras: coraje en público y privado

En palabras de Luis Eduardo Nieto Arteta, “en 1849 el liberalismo quería realizar en breve tiempo todas las promesas no cumplidas en la revolución de independencia”. No lo alcanzó, pero, como agregó Jaime Jaramillo Uribe, “terminó la Colonia y comenzó la República”. Cayó el monopolio del tabaco, tomó forma la Comisión Corográfica de Codazzi, que aportó el inventario geográfico de la Nueva Granada, la colonización antioqueña siguió forjando pueblos, y el patriota que presenció el fusilamiento de Policarpa Salavarrieta en 1817, obligado por los realistas, fue el destinado a liderar la transformación. Siga leyendo: Libertadoras: la libertadora del libertador

Con apoyo de su secretario de Hacienda, Manuel Murillo Toro, además de una reforma fiscal para dinamizar las arcas de las regiones y garantizar las libertades de enseñanza y de prensa, López canceló una de las deudas sociales postergadas desde la creación de la república: la abolición de la esclavitud. La reacción fue la guerra, otra vez exacerbada desde los púlpitos por los avances paralelos en la separación Iglesia-Estado. Se libró entre mayo y septiembre de 1851, la ganó el gobierno y su victoria se tradujo en la carta de 1853, de corte centro federal, sufragio universal y garantías públicas.

Pero una vez más la condición de ciudadanos fue restringida a los “varones granadinos, casados y mayores de 21 años”. Volvieron a quedar por fuera las mujeres y se les privó de la libertad de elegir o ser elegidas para funciones públicas. Con prejuiciosos argumentos, como el que acuñó el cronista liberal Emiro Kastos: “La vida pública no es su elemento. Quédense, pues, en casa, calmando con sus dulces sonrisas y sus cuidados afectuosos los desengaños y sinsabores que llevamos de la calle”. La excepción se dio en Vélez, donde, asumiendo la soberanía provincial, se aprobó el voto femenino.

A pesar del ímpetu liberal, aún prevalecían falsos razonamientos. Pero a regañadientes, en medio del revolcón social, creció la educación femenina y se formalizaron leyes para autorizar el divorcio y el matrimonio civil. Después de tres intentos fallidos, en junio de 1853 se aprobó la reforma que hizo del matrimonio un asunto civil y autorizó el divorcio por casos de adulterio, abandono o mutuo consentimiento”. En sentir de la historiadora Rocío Serrano Gómez, “una ley tan completa que preveía tratamiento para la división de bienes comunes, custodia de los hijos y obligaciones de los padres”. Libertadoras: Las Juanas de la independencia

No obstante, la misma autora refiere que la Iglesia incitó a los fieles a ignorarla, señalando como “pecadores y concubinos” a quienes acudieran al matrimonio civil. Al año siguiente ya cursaban dos proyectos para derogarla. En 1856, sufrió su primer revés cuando una nueva ley cambió el divorcio por separación de cuerpos. Como la carta de 1853 aceptó que las provincias expidieran constituciones, en Santander se reguló que el divorcio podía disolverse a voluntad de uno de los cónyuges, dándole opción a la mujer para promoverlo. La norma tampoco sobrevivió a los vaivenes políticos.

Eran los días finales de López en el poder, que coincidieron con los primeros de la carta de 1853, y correspondía a José María Obando desarrollarla. Pero pudieron más la división liberal entre gólgotas y draconianos o la férrea resistencia de los conservadores. No fue posible evitar otra guerra y esta vez detonó en abril de 1854, tras un golpe de facto apoyado por los artesanos. En ocho meses, José María Melo y su círculo fueron derrotados, decenas de artesanos fueron desterrados a la desolada región de Chagres, en Panamá, y empezó el freno del establecimiento a las reformas liberales.

De esta intensa secuencia de sucesos históricos que impactaron al mundo con revoluciones y reformas legales en los años 50 del siglo XIX, en el país quedaron semillas de libertad para los tiempos venideros, la más trascendente: la abolición de la esclavitud. Tres siglos y medio de vergonzoso tráfico de seres humanos que concluyó por ley el 21 de mayo de 1851 y que la carta política de 1853 proclamó en su artículo sexto con dudosa premisa: “No hay ni habrá esclavos en la Nueva Granada”. Los expertos dicen que al menos quedaban 20.000 de ambos sexos en varias regiones.

Como refiere Aline Helg en su libro Nunca más esclavos, “todas las aboliciones de la esclavitud en las repúblicas suramericanas correspondieron a gobiernos liberales”, y el de José Hilario López lo fue, con guerra y Constitución a bordo, y al menos desde las normas saldó una deuda pendiente. Tercer país de América y sexto en el mundo en cesar el oprobio: 12’332.000 de esclavos tan solo en el nuevo continente. López tenía una razón más para adelantarse a Estados Unidos, Holanda, Cuba o Brasil, que fue el último (en 1888): su gratitud hacia Antonia López.

Cuando defendía la república con Nariño y cayó prisionero en la cuchilla del Tambo en 1816, López fue enviado a Popayán, donde se salvó de ser fusilado, y luego a Santa Fe, donde volvió a escapar de la muerte. Pero fue obligado a servir a España por tres años, durante los cuales Antonia López, esclava que había dejado su padre al morir, se encargó de su casa en el Cauca y ofició como institutriz de sus hermanos menores huérfanos. “Esta virtuosa mujer ya no es mi esclava, es mi primera amiga, y por prueba de gratitud le concedo su libertad y le ofrezco mi protección”, anunció a su regreso.

Cuando lo hizo, Bolívar y Santander organizaban la república, y el gesto de López era apenas consecuente con la directriz impartida por el Libertador tres años antes, cuando anunció “la libertad absoluta de los esclavos que han gemido bajo el yugo español en los tres siglos pasados”. Con mayor razón y derecho, cuando muchos combatían en sus filas y otros lo hacían con los realistas por idéntico objetivo. Además, él se lo había prometido a Alejandro Petion, presidente de Haití —primer territorio libre de América—, en gratitud por su decisivo apoyo a la empresa de la independencia.

En Angostura pidió “libertad absoluta de los esclavos como imploraría mi vida y la vida de la república”, pero los legisladores dispusieron que debía hacerse “en el término preciso y los medios prudentes, justos y filantrópicos que el Congreso tuviese a bien fijar”. Por las presiones esclavistas y el poder de los propietarios de plantaciones, minas o haciendas, se aprobó gradualmente. El contentillo fue la ley de manumisión de 1821 con libertad de vientres, la obligación de los dueños a vestir y alimentar a los hijos libertos y, en contraprestación, estos debían servir a los amos hasta los 18 años.

Los propietarios podían manumitir esclavos si ellos o un tercero pagaban lo invertido en su crianza. Como se esperaba, fueron pocos casos. En 1839, en plena guerra civil de Los Supremos, cuando se cumplían 18 años de la ley de partos y los esclavos de esa edad debían quedar libres, otra ley los obligó a presentar partidas de bautismo como requisito para obtener su libertad. En 1842, se dilató otros siete años bajo el argumento del aprendizaje para entrar a la república. Para salvar sus capitales, muchos dueños empezaron a vender a sus hombres y mujeres en países donde persistía la esclavitud.

En 1851, después de tres décadas de independencia, el gobierno de López sancionó la ley. “A partir del 1º. de enero de 1852 serán libres todos los esclavos que existan en el territorio de la república”. Con 18 artículos más dedicados a avaluar su costo, los certificados para presentar a las juntas de manumisión o los vales sin interés para acreditar en las oficinas de hacienda. Ni un agregado para reparación a los libertos por tantos años de infamia. Los amos indemnizados con intereses, y los esclavos, sobre todo los mayores de sesenta años, forzados a ser siervos de sus antiguos amos para sobrevivir.

Una oscura realidad republicana solo explicable por el legado esclavista, tan prolongado como el dominio europeo en América. Lo pormenoriza el historiador Alfonso Cassiani Herrera cuando señala que, en el territorio de la Nueva Granada, acompañando a los encomenderos, “la presencia de negros esclavizados se dio desde el mismo momento de la Conquista”. En su ensayo, San Basilio de Palenque: historia de la resistencia, 1599-1713, añade que cuando Belalcázar recibió el título de gobernador de Popayán, en 1540, “pudo entrar cien negros esclavos, libres de derechos”.

Pero al tiempo con la esclavitud empezó la resistencia. Como anota Aline Helg, “decenas, cientos y luego miles de cautivos africanos, entre los cuales se encontraron mujeres y niños, se liberaron de la esclavitud huyendo hacia las montañas, por los ríos, en los llanos y bosques tropicales”. Se les llamó cimarrones y forjaron historia en sus palenques. En la región aurífera de Remedios y Zaragoza, en las minas aluviales de la costa Pacífica; en Betancourt y Tabaca, por la Sierra de Luruaco; en San Miguel y Arenal, por la Sierra de María, o en el palenque que comandó Benkos Biohó en las ciénagas de Matuna.

En sus Noticias historiales, el franciscano Pedro Simón detalló que Biohó huyó con su mujer (Wiwa), tres negras más y cuatro negros de la misma ama, junto a otros esclavos. Tras seis años de resistencia en los montes de la Sierra de María, firmó una capitulación en 1605 y se mantuvo libre por 16 años, pero la alarma de su ascendente entre los desposeídos precipitó su captura, en marzo de 1621, en Cartagena. Sometido a un sainete judicial, fue llevado a la horca y su cuerpo descuartizado. Sus hijos Orika y Sando continuaron la lucha en los palenques de San Miguel, Sierra María y San Basilio.

Como Wiwa y Orika, mujer e hija de Benkos Biohó, otras negras dejaron memorias libertarias. Polonia, quien en 1581, en Malambo, comandó a 150 palenqueras que obligaron a sus perseguidores a pactar una entrega de tierras. Agustina, quien en Tadó (Chocó), en 1795, quedó embarazada de un esclavista que quiso obligarla a abortar y ante la negativa de un juez a escucharla, incendió varias haciendas. O Paula de Eguiluz, deportada de Cuba para ser juzgada por “bruja, herbolaria y mora” en el Tribunal de Inquisición en Cartagena y absuelta para convertirse en “maestra de brujas blancas”.

A través de la fuga, el cimarronaje, la manumisión, el alistamiento militar o la revuelta, no faltaron los líderes esclavos como Barule o Domingo Criollo, y mujeres dispuestas a comprar la libertad de sus hijos antes que la suya, a emanciparse como nodrizas, parteras o sanadoras o, siguiendo las huellas de su africanía, dejando legados mayores. Como la cimarrona Catalina Luango, que curó guerreros hasta su muerte y luego fue idolatrada como un mito en la laguna de Palenque, o María Matamba, quien fue memoria viva de las hazañas negras en Honda hasta que vio llegar la independencia.

Un sueño de libertad que fue aplazado hasta 1851, a pesar de casi un siglo de gestos republicanos. En 1766, la decisión de la dama Javiera Londoño de liberar a 125 esclavos en Rionegro (Antioquia); en 1781, la de José Antonio Galán en la revuelta comunera con los esclavos de Mariquita; o la del presidente de Antioquia, Juan del Corral en 1813, cuando liberó a los esclavos aunque solo consiguió que fuera una ley de partos, dejando palabras que resumen las dudas republicanas: “No bastó la espada de la revolución para romper sus cadenas ni las luces de la filosofía para mejorar su condición”.

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