Libertadoras: coraje en público y privado

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Ilustración: Eder Leandro Rodríguez

Crónica

Josefa Acevedo de Gómez es conocida como la primera escritora de la República. Escribió consejos para las mujeres casadas y uno de los primeros tratados de economía doméstica que se conocieron en el país en su obra sintetiza lo que fueron los roles de la mujer en las complejidades de lo público y lo privado. Josefa Acevedo de Gómez luchó por el bienestar de las mujeres desde la escritura.

“Hace ya medio siglo que vine al mundo, y mi educación se resintió de la época en que nací. Entonces no había casas de educación para mujeres y nos criábamos sin saber ni los primeros rudimentos de la lengua”. Estas frases de Josefa Acevedo de Gómez, escritas en 1853, a sus 50 años, resumen el desigual escenario en que crecieron las generaciones de mujeres que vivieron la transición a la república, y al tiempo resaltan la voz femenina que fue la excepción. La primera escritora civil, cuya obra sintetiza una época marcada por las dificultades para formar una sociedad sobre ideales liberales.

Entre la resistencia a proscribir muchas costumbres coloniales, el ojo moralizante de la iglesia y la autoridad paterna, los hogares se desarrollaron sobre bases de desigualdad social impuestas a las mujeres. Pero al quedar excluidas de las funciones públicas y limitadas en su reconocimiento como ciudadanas, obraron como las administradoras de sus casas. En su obra “Tratado sobre economía doméstica para el uso de las madres de familia y de las amas de casa”, Josefa Acevedo abordó esa perspectiva de modelo familiar con un obstáculo: la mayoría de mujeres no sabía leer ni escribir.

En cambio, ella, nacida en enero de 1803 en Santa Fe, creció y vivió en ambiente de estudio permanente, en una familia de nueve hijos encabezada por sus padres José Acevedo y Gómez y Catalina Sánchez de Tejada, ambos ilustres. Él, acreditado comerciante que el 20 de julio de 1810 se hizo célebre como “tribuno del pueblo”, y luego fue uno de los firmantes del Acta de Independencia; y ella, de prominente condición, hija de un teniente español de milicias de caballería. Cuando Pablo Morillo concretó la reconquista española en 1816 y llegó a Bogotá, la familia sufrió el rigor de la guerra.

En compañía de su hijo mayor, Acevedo y Gómez huyó hacia Caquetá con el objetivo de llegar a Brasil y escapar del cadalso al que empezaron a ser llevados sus amigos, pero murió en la ranchería de una pareja de esclavos negros que habían huido de Popayán con sus seis hijos. Con sus capitales embargados y las propiedades improductivas, la familia Acevedo Tejada pasó por Gachetá, Tabio y La Calera, antes de regresar a la capital en 1819, tras la victoria de los libertadores. Tres años después, cuando Josefa acababa de cumplir sus 19, un primo hermano de su padre le propuso matrimonio.

Se llamaba Diego Fernando Gómez, era dueño de una fortuna en vales del tesoro, predios, mulas, esclavos y muebles, y además integrante de la comisión redactora del primer código civil como prestante abogado, pero le llevaba 18 años y tenía un hijo de cinco. “Ni él ni yo teníamos amor. Él me estimaba y deseaba establecerse; yo agradecí su franqueza, correspondí a su estimación y quería ser jefe de familia”, escribió ella tiempo después. Se casaron en abril de 1822 y se instalaron en la hacienda El Chocho de Fusagasugá, donde la selecta biblioteca se quedó corta para los afanes intelectuales de Josefa.

“Se entregó a instruirse”, como lo relató la historiadora Aída Martínez Carreño en su ensayo “Josefa Acevedo de Gómez, su vida, su obra”. En esos primeros años de matrimonio nació y murió su primera hija, Amalia Julia, y la segunda Amalia Luisa. Respecto a su marido, afloraron “algunos nublados, pesares y alternativas”. Según el autor Víctor Sánchez Montenegro, era un hombre muy instruido, pero también de carácter “extraño y violento” y ella sabía “todos los milagros y decires de la sociedad corrompida que presenciaba tan de cerca, y al mismo tiempo tan alejada de ella”.


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