Libertadoras: mujeres para un país más equitativo

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Foto: Jonathan Bejarano

Crónica

El mundo le daba forma al nuevo orden político después de la Segunda Guerra, la Carta de Naciones Unidas había surgido para garantizar los derechos de la familia humana, y desde Colombia esa brega incluía las garantías de las mujeres. Es así como el 1 de diciembre de 1957, en desarrollo del plebiscito que le dio vida al Frente Nacional, las mujeres votaron por primera vez con una participación del 42%. Por su parte, Esmeralda Arboleda y Josefina Valencia fueron las primeras en ser elegidas dentro de la escena política que hasta ese momento había sido solo masculina.

Cuando cayó la república liberal, en mayo de 1946, y el conservatismo volvió al poder con Mariano Ospina Pérez, el feminismo colombiano atravesaba un significativo momento. “Estamos cansadas de escuchar palabras floridas y elocuentes sobre nuestra feminidad, y queremos que estos elogios se conviertan en algo real: nuestro derecho al voto”. Era la voz de Mercedes Abadía, quien desde los años 30, en Caldas y el Valle, había defendido a las recolectoras de café y a las trabajadoras de los ingenios azucareros, antes de trasladarse a Bogotá a fortalecer una alianza femenina que encontró muchas aliadas con su mismo objetivo.

Ofelia Uribe de Acosta y Lucia Rubio de Laverde desde el periódico Agitación Femenina, en Tunja, o en Radio Cristal en Bogotá, y en todos los congresos y conferencias sobre los derechos de la mujer. Josefina Canal de Reyes documentando idéntica lucha. Teresa Santamaría de González o Sofía Ospina Navarro desde Medellín, con su revista Letras y Encajes y su círculo de discusión de los asuntos sociales. El mundo le daba forma al nuevo orden político después de la Segunda Guerra, la Carta de Naciones Unidas había surgido para garantizar los derechos de la familia humana y desde Colombia esa brega incluía las garantías de las mujeres.

Desde 1915 se había creado en La Haya la Liga Internacional Femenina Pro-Paz y Libertad y, en 1945, con ocasión de sus treinta años, decidió realizar un congreso en Haverford (Estados Unidos). Al evento concurrieron lideresas de varios países, también Colombia, y entre las conclusiones se incluyó un acápite de recomendaciones a las mujeres del continente y la convocatoria a un congreso interamericano, que se realizó en 1947 en Guatemala, con participación de Soledad Peña y Lucila Rubio de Laverde. El internacionalismo feminista tuvo su recompensa un año después, en el artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Las garantías del voto femenino y el derecho de acceso a las funciones públicas, que tiempo después llevaron a la Convención sobre los Derechos Políticos de la Mujer, reforzaron la directriz del voto en igualdad de condiciones. En Colombia, ese influjo internacional activó el sufragismo como sujeto político colectivo, como lo detalla la historiadora española radicada en el país Lola G. Luna, en su obra El sujeto sufragista, feminismo y feminidad en Colombia (1930-1957). La misma autora refiere que entre 1933 y 1954, cuando finalmente se logró el objetivo, se alcanzaron a presentar once proyectos de ley al Congreso a favor del sufragio femenino.

En 1946, año de la vuelta de tuerca en la política nacional, se plantearon tres iniciativas. La primera de origen conservador, con autoría de Augusto Ramírez Moreno, otrora figura de Los Leopardos. La segunda de origen liberal, avalada por el representante Germán Zea Hernández. Y una tercera socialdemócrata de Gilberto Vieira, José Francisco Socarrás y Augusto Durán. Las tres se unieron en un proyecto con ponencia favorable, pero imperaron los prejuicios. En enero de 1947, antesala de las elecciones parlamentarias de marzo, la Convención Liberal presidida por Jorge Eliécer Gaitán insistió en el tema. En sus propias filas también abogaban por hacerlo, pero a plazos.

Semanas después se realizó un ciclo de conferencias en la Biblioteca Nacional en Bogotá, coordinado por Emilia Ayarza y presentado por la primera dama, Bertha Hernández. En dicho evento despuntó un nuevo contingente de lideresas: Elisa Mújica, que se perfilaba como escritora; María Currea de Aya, enfermera que se transformó en pieza clave del movimiento sufragista; la abogada Aydée Anzola con su ponencia “Ni más abajo ni más arriba que el hombre” para insistir en la confraternidad de los sexos como exigencia de la modernidad, o la abogada Esmeralda Arboleda, que emprendía sus labores como adalid de las mujeres.


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