Libertadoras: mujeres para un país más equitativo (parte II)

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Ilustración: Jonathan Bejarano

Crónica

Las mujeres siempre lucharon por sus derechos. Lo hicieron cuando ese término aún no existía y lo hicieron después cuando se estableció, pero no las incluía del todo a ellas. Sin embargo, hoy, son más las luchas que se han ganado y muchos más los debates que aún quedan por dar. Las mujeres se han sobrepuesto a abusos, censura y represión y por eso hoy en Libertadoras, recordamos sus luchas.

Desde los hospicios, orfanatos y lazaretos legados por la colonia, al lado de los miserables y los enfermos, entre los enajenados mentales, los condenados o los moribundos, las manos de las mujeres siempre estuvieron prestas. Se pierden en la noche de los tiempos las historias de quienes entregaron sus vidas a ayudarlos. Junto a los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios o los Padres Camilos de la Buena Muerte, entre los religiosos franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas o mercedarios, estuvieron también las hermanas de la caridad, las betlehemitas, las hermanas de La Presentación, o las de la anunciación, y muchas otras seculares que dedicaron sus vidas al oficio de servir a los demás.

Ya avanzada la república, en desarrollo de las políticas del Vaticano de impulsar las misiones católicas en el mundo, como lo detalla Juan Felipe Córdoba en su libro En tierras paganas, “entre los años 1873 y 1950 llegaron a Colombia 54 comunidades religiosas, la mayoría de origen europeo, 31 de mujeres y 23 de hombres”. Hacia 1893, con la creación del Vicariato Apostólico del Casanare en la población de Támara, la Iglesia organizó las misiones en prefecturas apostólicas y vicariatos, y en adelante, muchas terciarias capuchinas, carmelitas, lauritas, agustinas, benedictinas o adoratrices, mantuvieron su fe activada para servir a las comunidades en las montañas, los extramuros o en las selvas. Lea también: Libertadoras: mujeres para un país más equitativo

De sus vidas misioneras hay momentos y personas cuya memoria continúa. Como María Jesús Upegui Moreno, nacida en 1837 en Medellín durante un parto que le costó la muerte a su madre. A sus 15 años, convencida de su decisión, manifestó a su padre que dedicaba su vida a servir en el hospital San Juan de Dios en la capital antioqueña, y allí pasó 22 años cuidando a los enfermos. Luego permaneció dos décadas administrando la casa de locos, como llamaban al manicomio que sostuvo con limosnas y por la voluntad del doctor Tomás Quevedo. Después fundó un hogar para niños desamparados y huérfanos y una casa dedicada a San Antonio para atender a los ancianos.

Fue “una heroína de la caridad”, escribió en su autobiografía su sobrina, la santa de Jericó (Antioquia), Laura Montoya Upegui. Fue una vida de servicio como laica que, desde su perspectiva personal y religiosa, terminó bien recompensada. En marzo de 1901, a sus 64 años, desde su Casa de la Misericordia, obtuvo el permiso de la Iglesia Católica para conformar una congregación de hermanas que se denominó las Siervas del Santísimo y de la Caridad. En el convento que creó, vivió 20 años más, y su obra fue tan fecunda como la de la referida madre Laura, a quien educó en su hogar para huérfanos en Medellín. Antes de iniciar su misión, Laura Montoya fue a Amalfi a cuidar a su abuelo. Le puede interesar: Libertadoras: mujeres del arte y la política

Nacida en mayo de 1874, desde su infancia Laura Montoya afrontó diversos desafíos. Su padre perdió la vida en la guerra de 1876 y se vio condicionada a ayudar en casa. A los 16 años obtuvo una beca del gobierno, a los 22 años se hizo maestra de Escuela Normal. Pasó por Amalfi, Fredonia, Santo Domingo, La Ceja, Marinilla y Medellín, antes de partir a Dabeiba en 1913 a trabajar con los indígenas Emberá Katíos. Al año siguiente creó la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena y en 1919 organizó en San José de Uré una misión paralela con comunidades negras. Cuando murió en 1949 dejó una sólida obra humanitaria.

“Necesitaba mujeres intrépidas, valientes, inflamadas en el amor de Dios, que pudieran asimilar su vida a los pobres de la selva”, fue su lema. Cuando murió ya eran 467 en tres países y 90 casas. El 12 de mayo de 2013 fue canonizada en la Plaza de San Pedro en el Vaticano, donde el papa Francisco habló de la primera santa “nacida en la hermosa tierra colombiana”. En el santoral católico, la fecha para invocar su memoria es el 21 de octubre. Su vida y obra, condensadas por ella misma en más de treinta libros con “la historia de la misericordia de Dios en un alma”, representa una faz femenina colombiana devocional y misionera que puede agregar muchos más nombres.

Como Margarita Fonseca Silvestre, nacida en Bogotá en mayo de 1884, quien, a pesar de sus serios quebrantos de salud, desarrolló un apostolado social en la congregación de las Siervas de Cristo Sacerdote que hoy se expande por el mundo. Desde sus hogares, donde albergó a decenas de niñas y ancianas abandonadas, o en cualquiera de sus obras de asistencia social hasta su deceso en 1945, le quedó tiempo para dejar una obra poética mística de apreciable valor literario. Desde igual perspectiva, la religiosa María Berenice Duque, nacida en Salamina (Caldas) en 1898, fue creadora de las hermanitas de la anunciación y también ejemplo de mujeres notables en el servicio desinteresado. Lea también: Libertadoras: mujeres educando a un país

Desde el primer hospital o escuela de enseñanza creados en Colombia, mujeres seculares o monjas se vincularon activamente a las labores educativas y el apoyo a los médicos, pero el camino de la asistencia social lo terminó por marcar la sociedad de San Vicente de Paúl que forjó en Bogotá Mario Valenzuela junto a otros jóvenes, tras decidirlo en la sacristía de la iglesia de San Francisco el 18 de octubre de 1857. Inició con una escuela pública gratuita de 12 niñas y en 20 años fue la beneficencia que no suministró el Estado. En 1877, Mario Valenzuela se dedicó a las misiones jesuitas y pronto los Hermanos Cristianos y las hermanas de La Presentación se sumaron a la tarea de curar y educar.

En cuanto a los médicos, sin perder de vista al sabio y pionero José Celestino Mutis, de los primeros tiempos republicanos es preciso incluir a José Fernández Madrid, también presidente durante la llamada Patria Boba, Juan Gualberto Gutiérrez que combatió en la batalla de Boyacá, o el francés Alejandro Próspero Reverend que atendió al libertador Bolívar en su lecho de muerte. Pero el médico influyente de las primeras décadas fue Antonio Vargas Reyes, que intervino en las primeras guerras civiles, y creó la Escuela Privada de Medicina en 1864, tres años antes de que la Universidad Nacional abriera la suya en el año de su fundación. El primer decano fue justamente Vargas Reyes. Le puede interesar: Libertadoras: la regeneración

Dos años después, en agosto de 1869 se creó la Beneficencia de Cundinamarca, primera institución oficial dedicada a la asistencia social a través de hospicios para niños y niñas, asilos para mendigos o enfermos mentales, y atención en salud. Con influencia de la medicina francesa, nacieron varios hospitales y clínicas, y se controlaron enfermedades como el tétanos, la difteria, la disentería, la peste o las fiebres. En 1886 se expidió la ley 30 que creó las Juntas de Higiene en Bogotá y la Beneficencia de Cundinamarca fue adscrita a la principal. Este fue el modelo estatal que se desarrolló en Colombia hasta la creación del Ministerio de Salubridad Pública en 1924.


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