Libertadoras: mujeres líderes

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Foto: Jonathan Bejarano

Crónica

En este nuevo capítulo de Libertadoras se habla de las mujeres que desde finales del siglo XX y la transición al siglo XXI fueron líderes desde diferentes frentes, como la cultura, el deporte o la ciencia. De igual forma, y tal vez como una antítesis, se abarcará el tema de la violencia de género y tomando como referente ciertos casos, como el de Rosa Elvira Celis, que marcaron un antes y un después con respecto a los feminicidios en Colombia.

Mujeres sin registro debieron pasar por la ruta ilustrada de la Expedición Botánica del sabio José Celestino Mutis. Desde el hogar o las relaciones sociales, alguna tuvo que asomarse a sus escuelas de dibujo. Los caminos del arte, que hacen posible decir lo indecible, no son imaginables sin mujeres. De Pablo Antonio García, primer pintor botánico y luego pintor de cámara del arzobispo virrey Antonio Caballero, también hay que decir que vivió con Josefa Romero y que su casa fue salón de enseñanza, donde aprendió su hijo, Victorino García, a quien se atribuyen nueve retratos de monjas muertas que remiten a las primeras épocas del arte neogranadino.

La mayoría de esos óleos sobre tela se conservan en el Museo del Banco de la República y hacen memoria de las religiosas de la comunidad de la Inmaculada Concepción. Pero también pintó monjas muertas Pedro José Figueroa, quien luego hizo retratos de Bolívar para la iconografía republicana, en tiempos en los que sus sucesores —José María Espinosa, artista de las guerras de Independencia, o José Manuel Groot, quien pintó, caricaturizó y escribió la historia del siglo XIX— ya moldeaban nuevos caminos para el arte. Con seguridad, entre los gajes de la pintura, la escultura, el grabado, la talla, la platería o el tejido de estos y otros talentos participaron las mujeres. Lea también: Libertadoras: mujeres para un país más equitativo

Más de allá de sus roles familiares, o de sus figuras de elegantes señoras sin opinar más de lo necesario y detrás de los hombres, con pocos derechos civiles y ninguno político, nunca faltaron las mujeres artistas. La historia no resalta más que unos cuantos nombres de escritoras o matronas de ilustre prosapia, pero con certeza muchas no se quedaron solo como modelos de retratos y cuadros de costumbres, o como simples asistentes de acuarelistas y joyeros, ni fueron ajenas a la técnica de mezclar pigmentos con aceite de lino y resina para trabajar los óleos, ni estuvieron ausentes cuando la fotografía o la litografía cambiaron las artes gráficas.

No hay suficiente memoria de sus manos orfebres, dibujantes, alfareras o artesanas y, en cambio, se puede seguir el trazo de un ilustrado como Alberto Urdaneta, quien sintetiza en su vida y obra la transición de la primera mitad del siglo XIX hacia la academia artística, como lo define Santiago Londoño Vélez en su libro Arte colombiano: 3.500 años de historia. Nacido en 1845 en Bogotá, Urdaneta fue uno de los primeros colombianos en estudiar el Louvre y compartir con impresionistas europeos en París, antes de volver al país a hacer historia. No fue un gran pintor, como advierte su biógrafa Pilar Moreno de Ángel, pero sí un “formidable dibujante”. Le puede interesar: Libertadoras: mujeres para un país más equitativo (parte II)

Por eso en 1877, cuando puso en circulación el periódico El Mochuelo para fustigar al radicalismo liberal, sus ilustraciones y caricaturas dieron de qué hablar. Le costaron un destierro de tres años, pero cuando volvió estaba fortalecido por el arte. El 6 de agosto de 1881, cuando despuntaba la Regeneración de Núñez, acuñó una de las revistas culturales más importantes en la bibliografía nacional: el Papel Periódico Ilustrado. No solo fue plataforma intelectual de una generación de escritores, incluida Soledad Acosta, sino pionero en el tratamiento estético de las artes gráficas, con cerca de 700 grabados que marcaron época y enmarcaron la historia.

 

Podcast Libertadoras capítulo 15El Papel Periódico Ilustrado circuló hasta mayo de 1888 y desapareció porque su promotor, Urdaneta, falleció a sus 42 años, en noviembre de 1887. Un año antes, había constituido la Escuela Nacional de Bellas Artes que, desde entonces, en calidad de alumnos o profesores, se volvió escenario de aprendizaje de varias generaciones de artistas. A la par, también se abrió paso una pléyade de talentos como Alfredo Greñas, Santiago Páramo, Epifanio Garay, Francisco Antonio Cano, Ricardo Acevedo Bernal, Marco Tobón Mejía o Eugenio Zerda. Junto a ellos, una mujer sumó su nombre al catálogo de los artistas de renombre: Margarita Holguín Caro.

Nacida en noviembre de 1875, fue la cuarta hija del dirigente conservador Carlos Holguín Mallarino, cuyo devenir personal estuvo asociado a los gajes del poder. Era sobrino del expresidente Manuel María Mallarino (1855-1857), y se casó con Margarita Caro Tobar, hermana del también líder conservador Miguel Antonio Caro. De esta forma, Margarita Holguín Caro, por vía materna, fue la nieta del fundador del Partido Conservador, José Eusebio Caro, y bisnieta de Nicolasa Ibáñez. Cuando tenía trece años, su padre entró a ocupar la presidencia de Colombia y, a partir de 1892, a sus 17, lo hizo su tío materno Miguel Antonio Caro. En ese momento, ella ya recibía sus primeras lecciones particulares de pintura. Conozca más de este tema: César Badillo: “Sembrar cultura y arte en un país es algo importante”

Inicialmente lo hizo en los talleres de Enrique Recio y Luis de Llanos, y después en el estudio particular del pintor Andrés de Santa María, quien, después de una larga residencia en Europa, a sus 33 años había retornado a Colombia. Mientras el consagrado artista siguió exponiendo en el Viejo Continente y entró a enseñar las técnicas del paisaje en la Escuela Nacional de Bellas Artes, Margarita Holguín Caro siguió su formación independiente. Para maestro y alumna, como para sus influyentes familias, llegó la pausa obligada de la guerra de los mil días entre 1899 y 1902, que los alejó del país. Cuando cesó la confrontación, a partir de 1904 sus destinos cruzados volvieron a encontrarse en el arte.

A su regreso, Andrés de Santa María entró a ocupar la rectoría de la Escuela Nacional de Bellas Artes, promovió que se admitiera a las mujeres como estudiantes y vinculó a la primera profesora: la artista Rosa Ponce de Portocarrero. Cuando planteó que se dictaran clases con modelos desnudas se armó revuelo. El tema llegó hasta el presidente Rafael Reyes, quien delegó la solución a su hija Sofía. Esta concluyó que en todas las academias de pintura del mundo se estudiaba el desnudo del cuerpo humano. De forma simultánea, Andrés de Santa María creó la Escuela Profesional de Artes Decorativas e Industriales, donde Margarita Holguín Caro entró a perfeccionar sus técnicas paisajistas.

Después ella viajó con su familia a París (Francia) y entró a estudiar en la academia Jullien. Retornó a Bogotá hacia 1910, porque Santa María fue nombrado presidente de la sección artística para la celebración de los cien años de la Independencia y, junto a 99 talentos, la invitó a que mostrara su obra. Presentó cinco telas que le significaron una medalla de honor. Al año siguiente, su óleo La costurera fue elogiado, pero más que una artista en busca de aplausos o ruptura de paradigmas, lo suyo fue pintar para sí misma. Como no fue esposa ni madre y tampoco tuvo apremios económicos, combinó el arte con el altruismo y creó la obra de Santa María de los Ángeles para dar educación a niñas desamparadas. Le puede interesar: Cuir: pistas para la construcción de una historia transfeminista en América Latina

En cuanto a su maestro y mentor, en parte por los inmerecidos ataques que recibió por su gestión como director de Bellas Artes y también porque quería impulsar la carrera musical de una de sus hijas, decidió emigrar a Europa en 1911 y se radicó en Bruselas (Bélgica), donde falleció 34 años después, sin regresar más a Colombia. A su vez, Margarita Holguín Caro, hasta su deceso en 1959, intervino en los tres primeros salones de artistas colombianos y desarrolló su obra social. Además. inspirada en una pequeña iglesia de Normandía (Francia), construyó en Bogotá la capilla de Santa María de Los Ángeles, y ella misma la decoró con bajorrelieves, bordados, pinturas religiosas y tallas en madera y carey.

Sus óleos Retrato del padre Almanza, Nóvita y Orillas del río Cauca, que presentó en el Primer Salón Anual de Artistas Colombianos en octubre de 1940, o su Retrato del general Roberto Urdaneta y En el jardín, que exhibió en el Segundo Salón de Artistas dos años después, quedaron como suficiente testimonio de una mujer brillante pero discreta. Esos mismos escenarios fueron el despunte de una nueva generación de creativos que, como anotó la artista e historiadora Beatriz González, anunciaron “un rompimiento definitivo con el centenarismo en el arte colombiano”. La Fiesta de la Juventud Colombiana, como fue llamada, reunió obras de 73 artistas, 16 de ellos mujeres; dos fueron premiadas.

En la categoría de escultura, recibieron medallas de plata y bronce Josefina Albarracín y Hena Rodríguez. La primera también fue premiada en los salones de artistas de 1946 y 1950, ofició como profesora de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Javeriana y fue esposa del escultor Ramón Barba. A su vez, Hena Rodríguez —también alumna de Barba, así como de los artistas Roberto Pizano, Francisco Cano y Coriolano Leudo— se desempeñó como profesora de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, dio vida a la Sección Femenina del Taller de Arte de la Universidad de Los Andes y, junto a otros artistas, apoyó el movimiento Bachué, que trabajó por consolidar la perspectiva del arte americano.

Con el paso de los años, nuevas artistas surgieron en los salones nacionales, las casas de la cultura o las escuelas de bellas artes. Entre ellas destacan Lola Vélez, muralista y acuarelista antioqueña; Blanca Sinisterra de Carreño, paisajista y artista de flores y retratos, o Emma Reyes, artista cuya existencia estuvo llena de desafíos, desde su orfandad en la niñez y su búsqueda de senderos de vida en viajes por América, hasta sus cuatro décadas en Europa dedicada a pintar y escribir. Con ellas, la antioqueña Débora Arango Pérez, la artista que rompió los prejuicios sociales y académicos para mostrarle al país la miseria que se negaba a reconocer y cómo, debajo de las capas de moralismo, había personas que se peleaban por un peso.

Nacida en Medellín en 1907 en una familia de doce hijos, desde sus días de estudiante en el Colegio María Auxiliadora demostró que lo suyo era más que simple destreza para pintar. Antes de los quince años, sus padres la llevaron al taller de Eladio Vélez, quien le enseñó las claves del dibujo y el retrato. Después lo hizo con el maestro Pedro Nel Gómez, con quien entendió que el arte era movimiento, colorido y gente. Lo demás lo exploró ella misma cuando escuchó a su maestro Gómez decir que se olvidaran de los paisajes y pintaran desnudos. A sus veinte años, expuso acuarelas, animales y naturaleza muerta junto a sus compañeras de clase, pero dos años después mostró su obra renovada en los salones del Club Unión.

Junto a Eladio Vélez, su primer maestro, y el artista Ignacio Gómez Jaramillo acudió a la Exposición de Artistas Profesionales, con una muestra de acuarelas y óleos con dos desnudos de mujeres —uno de ellos Cantarina de Rosa—, que irrumpieron en las retinas de los estirados asistentes a la muestra y le dieron a Débora Arango el premio mayor de $100. Ese mismo día comenzó a delinearse su camino de confrontación con una sociedad escandalizada por ver las formas que guardaba debajo de sus ropas. Le dijeron vulgar por atreverse a pintar el vello púbico, la insultaron por mostrar mujeres reales a las que les gustaba el sexo. Un sector extremo tachó su obra de impúdica y pornográfica.


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