Libertadoras: mujeres del arte y la política

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Foto: Jonathan Bejarano

Crónica

Entrado el siglo XX las mujeres empezaron a conquistar nuevos campos. Escenarios artísticos y de la vida pública en los que tal vez ya habían participado, pero de forma oculta. Es así como figuras clave como la escritora y política María Cano o la artista Débora Arango marcaron un hito en la historia de Colombia.

Fue una noche de bridge en el Hotel Regina, esquina suroriental del Parque Santander, día de baile en honor al expresidente Olaya Herrera, que había cumplido y dejaba el poder a López Pumarejo. Era diciembre y, antes de ir a la chimenea, su amiga Camila Suárez le preguntó: “¿sabes que en El Espectador necesitan una muchacha activa, inteligente, que se haga cargo de la vida social, y dije que tú eres la indicada?”. Al rato ella contestó: “No digas tonterías, en los periódicos, al menos escribiendo, no trabajan sino hombres”.  Pero al día siguiente la llamó el jefe de redacción Alberto Galindo y por setenta pesos mensuales entró al diario.

Eran los días finales de 1934, López daba las primeras luces de su “Revolución en marcha” con impulso a la ley de acceso de las mujeres a la universidad, y Emilia Pardo Umaña, bogotana, 1-49 de estatura, no sabía inglés ni alemán. Menos mecanografía o taquigrafía, pero a sus 27 años era una mujer culta y pertenecía a una acomodada familia conservadora del centro de la ciudad. “Somos sinceros en el deseo, pero desconfiamos de su realización. No empieza ciertamente con grande alegría este año, hay pocas fiestas para saludarlo y pocas son las personas que lo esperan en la ciudad…”. Con ese tono debutó en el periódico de Luis y Gabriel Cano.

El periodismo había alcanzado su mayoría de edad y desde las ciudades en desarrollo urbano, El Espectador, El Tiempo, El Colombiano, Cromos, Vanguardia Liberal, El País, La Patria, El Heraldo, los diarios ayudaban a forjar la nación. Pero era un asunto de hombres y de secretarias o ayudantes. La novedad de Emilia Pardo Umaña fue situarse en una esquina del periódico a comenzar su propia historia.  Nacida en Bogotá en 1907, educada en reputados colegios y en un acomodado ambiente social donde sus padres vivían informados, Emilia Pardo Umaña fue la traviesa hija de familia que se escondía en el salón de dibujo para leer.

El afán por los libros venía de su padre Luis Pardo Carrizosa, ávido lector que el día en que su hija cumplió 15 años, como era costumbre, le regaló la infaltable novela María, de Jorge Isaacs. El ritual terminaba en que las conmovidas lectoras terminaban el libro con lágrimas en sus ojos. Emilia Pardo no aflojó una sola y terminó su lectura decepcionada. Su padre lo recordó en el reclamo que le hizo cuando entró a El Espectador. Pero en poco tiempo, además de notas en Vida Social, ella pasó a ser columnista de opinión y anfitriona de sus alebrestados colegas en su casa familiar, situada en el costado occidental de la iglesia de San Victorino.

En el voz a voz de los cafés o en las calles citadinas, pronto se hizo reconocida, y así escribió ella misma para definir sus convicciones: “Me llamo Emilia Pardo Umaña Carrizosa Camacho Pardo y Santa María. Nací en esta muy católica, muy leal y muy aburrida ciudad de Santa Fe de Bogotá (…) Soy completa, absoluta y definitivamente soltera, digo yo porque no he querido casarme, y dicen mis amigas -que las buenas amigas bogotanas son más falsas que un marido fiel- que porque no he tenido con quien hacerlo. ¿Quién dice la verdad? Vaya usted a saber”.  Era un tiempo tensiones políticas, pero “Joya”, como le decían, sabía cuál era su lugar.

En un periódico de escritores liberales, era la única mujer, además conservadora. Le sobraba tiempo para provocar a sus lectores, a sus colegas y hasta a sus jefes.  Se inventó un irreverente consultorio sentimental que terminó siendo un éxito editorial, en el que “Ki Ki, la doctora en amor”, contestaba con humor las cartas de sus lectoras. Sin embargo, desde su fuero personal empezaron a prevalecer sus diatribas políticas. Tras la reforma constitucional de 1936, cuando López regresó al poder reelegido seis años después y la oposición de Laureano Gómez se hizo inclemente, Emilia Pardo Umaña entendió que había llegado el momento de cambiar de orilla.


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