Libertadoras: los curas, las maestras y las señoras

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Ilustración: Eder Leandro Rodríguez

Crónica

Los tiempos del radicalismo liberal declinaron por sus peleas con la iglesia, y muchas mujeres entraron a la política para defender los preceptos católicos. Rafael Núñez y Soledad Román, una pareja clave para el estado confesional católico y el concordato.

En ese ambiente de mujeres “piadosas, ricas e influyentes” se frenó el ímpetu radical. En noviembre de 1870, el presidente Eustorgio Salgar expidió el Decreto de Instrucción Pública para fortalecer el estado laico, con educación gratuita y obligatoria, formación para maestros de escuela y bibliotecas populares, que se transformó en piedra angular de la discordia. Al mismo tiempo concluía en Roma el Concilio Vaticano I que reiteró los dogmas cristianos y condenó las tendencias seculares, y esa visión agudizó la crítica de la iglesia y los conservadores a una reforma que calificaron como “cruzada de impiedad contra el catolicismo” o “creación de escuelas sin Dios”. Puede seguir leyendo: Libertadoras: una voz excepcional entre guerras

Con polémico recorrido como párroco y periodista clerical, tras asistir al Concilio Vaticano I, el cura Manuel Canuto Restrepo volvió nombrado obispo de Pasto en 1871. Contra la Comuna de París impuso su exaltación a la Comuna de Pasto, grey de fieles que acogían como verdades sus pastorales contra el liberalismo “hereje, erróneo y ateo”. Con gente repitiendo que la educación obligatoria era de “corrupción obligatoria”. Ese mismo año nació la sociedad de laicos y eclesiásticos Juventud Católica y uno de sus mentores, Miguel Antonio Caro, creó el impreso El Tradicionista. Ambas iniciativas para insistir en la consolidación de una política antirradical. También lea: Libertadoras: la libertadora del libertador

Una plataforma católica en defensa de la infalibilidad del Papa, del regreso a las constituciones redactadas en el nombre de Dios, y de la defensa del Syllabus y la convocatoria a un concordato con la Santa Sede. Con una disciplinada cohesión de feligreses y copartidarios conservadores que contrastaba con la creciente división liberal entre radicales a ultranza e independientes moderados, unos y otros capoteando a su forma la enconada diatriba santa. Murillo Toro con tolerancia y respeto a la libertad de expresión en su segundo bienio en 1872, y Santiago Pérez tratando en vano de que el fanatismo político no mutara en una guerra religiosa.

Entonces apareció en escena el dirigente que le iba a dar la vuelta de tuerca a la historia: el cartagenero Rafael Núñez. Después de una larga ausencia en Europa, en 1875 volvió electo al Senado y a la semana oficiaba como candidato presidencial de los independientes. Los radicales apelaron a las artimañas electorales para detenerlo porque sabían que su objetivo era tocar su inamovible carta de Rionegro. Los conservadores y la iglesia lo veían con recelo y recordaban que había sido el firmante del decreto de desamortización de bienes de manos muertas de Mosquera en 1861. Él ya estaba curtido como detonante de escándalos.

Primero en Panamá, en junio de 1851, cuando se casó con Dolores Gallego y sus críticos resaltaron que lo hizo por cálculo electoral y no producto del corazón, pues era la cuñada del jefe político de la provincia José de Obaldía. Electo a la Cámara dos años después, se fue a Bogotá sin su esposa, y en poco tiempo ya estaba en la mira social por otra mujer: Gregoria de Haro. Un amor multiplicado por los hallazgos de la prensa. El año en que se expidió la carta de Rionegro, Núñez partió a New York y luego ofició como cónsul en El Havre, en Francia. Al momento de regresar al país optaron por separarse, atendiendo razones de esos tiempos.

En estos términos lo admitió Núñez en una carta enviada a su hermano Ricardo: “No tardamos en darnos cuenta los dos que juntos no teníamos porvenir, como no fuera sentirnos siempre perseguidos como animales de monte, así que decidimos una separación amistosa”. Núñez volvió sin Gregoria de Haro, pero dispuesto a opinar. “La posibilidad de una buena contienda política me excita tanto como las caderas de una mujer amable”, era su comentario. Y cayó como anillo al dedo a los liberales independientes. Sus cuentas moralistas estaban saldadas y ahora Núñez representaba una óptima carta electoral contra el candidato radical, Aquileo Parra.
Y como escribió Indalecio Liévano Aguirre en su biografía Rafael Núñez, cuando este ganaba apretadamente en las urnas, “el radicalismo se quitó la máscara y con un impudor sin igual en nuestra historia política, se lanzó decididamente por el camino del fraude”. Agrega el escritor Joaquín Tamayo: “Hay faltas que son irremediables. 1875 fue la fecha de defunción del Partido Liberal. Los funerales se celebraron diez años después”. Los consabidos reclamos sin respuesta, las dos versiones que quedan para la historia, y el 1 de abril de 1876, Aquileo Parra tratando de gobernar a una nación contaminada con el virus del fanatismo político.

Sin posesionarse, ya caminaba la guerra santa que no atendió su gesto restableciendo la enseñanza religiosa en los planteles oficiales. En algunos frentes portando banderas de la Virgen o de los Estados Pontificios, y entre los pelotones, el Pío IX, en honor al Papa. El obispo Manuel Canuto Restrepo reclutando católicos o conservadores dispuestos a dar sus vidas por la fe. Una confrontación que la historia rotuló como la guerra de las escuelas, los curas y las señoras ejerciendo su “santo derecho a la resistencia”. Cuando Parra recobró el control a comienzos de 1877, expulsó a los obispos implicados en la revuelta, entre ellos a Restrepo y a Carlos Bermúdez.

En cuanto a las mujeres, en su ensayo “Guerra y sociedad (1876-1877)”, el historiador Luis Javier Ortiz Mesa precisa que      entre sucesos de apoyo económico o labores de enfermería, incluso con el concurso fervoroso de las monjas, había “señoras que enviaban a los campamentos conservadores banderas y divisas bordadas o que recogían la pólvora y el plomo en los campos de batalla”. Gonzalo España agrega que en esa guerra de 1876 hubo “una gran participación femenina en defensa de la religión” y que las beatas estuvieron muy activas, como se ilustra en la obra “El Luterito”, del escritor antioqueño Tomás Carrasquilla.

Entre tanta intemperancia verbal y excesos, en el ocaso de la guerra santa, el director del Diario de Cundinamarca, el notable científico y periodista Florentino Vezga, aportó al país la sugerencia más sensata: “es hora de que la mujer colombiana deje de ser un ente en política”. A regañadientes lo había advertido el escritor José María Samper cuando reconoció que paradójicamente esa puerta de entrada no la había dado la sociabilidad liberal sino la iglesia católica. Los liberales, tan audaces para ganar con sus armas las garantías públicas, temieron la fuerza electoral de las mujeres y por eso muchas de ellas terminaron siendo sus contradictoras.

En 1878, cuando asumió la presidencia el vencedor en la guerra, Julián Trujillo, desde el Senado Rafael Núñez notificó al país cuál era la consigna de la nueva era: “Regeneración administrativa fundamental o catástrofe”. La anunció el hombre derrotado dos años antes que había renacido de sus cenizas gracias al amor. De regreso a Cartagena, volvió a verse con su amiga de juventud Soledad Román y ese reencuentro le devolvió los ánimos, pero también revivió su dilema. Seguía casado por lo católico con Dolores Gallego y ella no podía aceptar el divorcio pues quedaba en el limbo. Ni casada ni soltera, es decir, sin derecho a estado civil.

Como la iglesia insistía en que adulterio, matrimonio no católico o divorcio no eran más que “torrentes de corrupción y diluvio de pasiones sublevadas que amenazan con sepultarlo todo bajo el lodo maloliente de la concupiscencia”, su salida fue concertar un enlace civil en el exterior. Soledad lo consultó con el obispo de Cartagena, Eugenio Biffi, quien creía que el divorcio era un abuso nacido de la tolerancia, pero con origen impuro, así fuera ocasionado por una fuerza mayor como el adulterio. Lo narra la escritora Silvia Galvis en su obra “Soledad”, su respuesta fue una admonición: “¿Cuándo te mordió esta idea venenosa?”.

Se casaron por poder en julio de 1877. Él en el consulado de New York. Ella en el de París. Se instalaron en la casa de El Cabrero en Cartagena y luego Núñez retornó a Bogotá donde la historia lo aguardaba. Lo demás lo había pronosticado Murillo Toro antes de morir en 1880: “Detrás de Trujillo vendrá Núñez y una vez los conservadores se adueñen del poder por la defección de Núñez, a quien perpetuarán en el gobierno apoyados por el clero que dominará la República, todas las conquistas en materia de derechos y libertades del liberalismo en el transcurso de los últimos 25 años, serán borradas de nuestras instituciones”.

Núñez ganó las elecciones en 1880 y empezaron a cumplirse también las palabras de uno de los beneficiados por el cambio de ruta, el dirigente conservador Carlos Holguín: “Con Núñez podemos mandar a hacer la losa de la sepultura con una lápida que diga: aquí yace el radicalismo, horda nefasta que profanó la nación de Jesucristo. Hágase la voluntad de Dios”. Solo que, en el fuero íntimo del gobernante, el propósito de arrasar al radicalismo era claro, pero pesaba más en su fuero íntimo el agobio del qué dirán social que lo obligaba a mantener a su esposa Soledad Román en Cartagena, lejos de la “sana moral de la altiplanicie” bogotana.

En su primer bienio, Núñez se concentró en reformas económicas. Control estatal de las finanzas con un Banco Nacional como emisor y protección aduanera en vez del libre cambio, en contravía con el ideario liberal. Además de la oposición radical, de inmediato se sumaron varios notables independientes. Entonces Núñez entendió que requería un partido político nuevo para finiquitar sus planes y alguien que conservara lo que había avanzado. Para la primera misión, como gesto conciliador a sus defensores, volvieron del exilio los obispos. Para la segunda, escogió al liberal independiente de 71 años, Francisco Javier Zaldúa.

Pero Zaldúa, alentado por los radicales y los independientes, desde candidato se le salió de las manos a Núñez y aceptó dubitativo el apoyo de sus adversarios con francas palabras: “no tengo otra cosa que ofrendar que los pocos días que me restan”. Asumió en abril de 1882 y murió en diciembre, asediado por el Congreso que controlaba Núñez. Él era el primer designado, pero no quiso asumir, y le dejó la silla presidencial a José Eusebio Otálora. Prefirió empezar a planear su retorno al poder, con el apoyo determinante que no tardó en llegar: los conservadores que preferían su nombre a volver a los días de la persecución al clero.

Antes de su regreso al gobierno fue derogada la ley de inspección civil de cultos y se restablecieron las relaciones con la Santa Sede. Como delegado del nuevo Papa León XIII arribó al país monseñor Juan Bautista Agnozzi. Pero mientras se componían los asuntos con la iglesia, los liberales inventaron otra guerra. Cuando Núñez retomó el poder, ya estaba en marcha en Santander y, como escribió Liévano Aguirre, su esposa Soledad Román fue su principal ayudante.  “Al pie del telégrafo, o en el consejo de gobierno asesorada por Roldán y Angulo, lo atendía todo, lo dirigía todo, sin perder detalle, sin desmayar en los momentos más críticos”.

Entre amigos y detractores del gobierno, todos la conocían desde que llegó a Bogotá y quedaron al descubierto los vaivenes de la política. “Los radicales, descreídos y escépticos, que implantaron en el país el divorcio vincular y el matrimonio civil, se negaban a que sus esposas saludaran a la esposa civil del presidente y, en cambio, las familias conservadoras, católicas, tradicionalistas y enemigas del divorcio, rodeaban a su mujer de atentos y oportunos homenajes”. Al otro que le tallaban los zapatos era a monseñor Agnozzi, que no se cansó de reportar a Roma que Núñez y Soledad vivían en “un escandaloso, público y adulterino concubinato”.

Todo se remedió porque Núñez anunció que la constitución de Rionegro había dejado de existir, y porque en 1886 un consejo de delegatarios cambió la Carta Política y proclamó a Colombia como estado confesional católico. El gesto previo de reciprocidad lo aportó el nuevo arzobispo de Bogotá, monseñor Telésforo Paúl, en una reunión social en palacio en la que se celebraron los 60 años de Núñez y su victoria en La Humareda, cuando tomó del brazo de Soledad Román para entrar juntos al banquete. Al año siguiente se firmó el concordato con la Santa Sede que restableció para la iglesia sus derechos sobre la evolución de la enseñanza y la familia.

En cuanto a Núñez y Soledad, se casaron en 1889 por lo católico, tras la muerte de Dolores Gallego. Él tenía 64 años, ella diez menos. Desde El Cabrero, Núñez transitaba por su tercer gobierno, ahora sexenio, mientras en Bogotá ordenaba el conservador Carlos Holguín. En 1892, Núñez volvió a salir electo, retornó a Cartagena y gobernó el inspirador de la carta de 1886, Miguel Antonio Caro. Los reemplazantes del regenerador, Holguín y Caro, eran cuñados entre sí. Núñez murió en 1894 y Soledad treinta años después. El vaticinio de Murillo lo cumplió la hegemonía conservadora. Los derechos de las mujeres debieron esperar hasta el siglo XX.


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