Libertadoras: Las Juanas de la independencia

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Ilustración: Eder Leandro Rodríguez

Crónica

Las mujeres resistieron el régimen del terror de Pablo Morillo y a pesar de las prohibiciones de sumarse al ejército patriota, acompañaron a Bolívar y Santander. Hasta la compañera de un combatiente del batallón Rifles dio a luz en un gélido solitario paraje del páramo de Pisba.

El 6 de mayo de 1816 en dos lugares de América se dieron dos sucesos ligados por la historia. Tres días después de desembarcar con seis goletas, un bergantín y 250 hombres con mil fusiles en isla Margarita (Venezuela), Bolívar emprendió un nuevo intento por la libertad. Ese mismo día, en la Nueva Granada, el general español Pablo Morillo entró triunfante a Santa Fe en plan de reconquista y desató el terror. Bolívar fue reconocido como jefe supremo, Morillo creó el Consejo de Guerra, el Consejo de Purificación y la Junta de Secuestros que impusieron luto y ruina en muchos hogares.

Semanas después, ida y vuelta desde Haití, desde Carúpano, Bolívar suspendió su orden de guerra a muerte y anunció que ningún español volvería a sufrirla fuera del campo de batalla. A esa misma hora, la crueldad de Morillo y Sámano se ensañaban contra la gente en Santa Fe. Sin fueros ni condición social, las mujeres que se aliaron o simpatizaron con la causa patriótica, terminaron despojadas de sus bienes, desterradas, confinadas a poblaciones remotas, forzadas a otorgar favores sexuales a la oficialidad española, privadas de la libertad o en el mayor de los casos, ajusticiadas.

 

La arremetida de la reconquista se hizo sentir especialmente en las regiones. Por facilitar la fuga de unos oficiales patriotas, en Neiva fueron sacrificadas Rosaura Rivera, Antonia Moreno y Marta Tello. Por auxiliar a unos fugitivos, Anselma Leyton fue al patíbulo en Lérida. A Luisa Trilleras, heroína de Natagaima, la fusilaron en Prado. A María del Rosario Devia, también de Natagaima, la pasaron por las armas en Purificación. Mercedes Loaiza fue sacrificada en Villavieja por esconder a un rebelde. Y en Santa Fe, el día 14 de noviembre de 1817, fusilaron a Policarpa Salavarrieta, La Pola.

No cesó la venganza en los meses siguientes. Biviana Talero fue sorprendida con correspondencia sospechosa y fue fusilada en Chocontá. A María Josefa Esguerra la señalaron de ser agente de los insurgentes y murió en Machetá con Candelaria Forero. El oficial español Carlos Tolrrá causó estragos en Tenza. A María de los Ángeles Ávila la fusilaron frente a su tienda por auxiliar a los patriotas. Salomé Buitrago y Genoveva Sarmiento tuvieron el mismo destino. Inés Osuna fue confinada a Guateque, y allí fue ajusticiada. Ignacia Medina también murió en esa población por orden de Simón Sicilia.

Desde que Bolívar supo de la penosa situación en la Nueva Granada, y de cómo se organizaba la resistencia en Casanare, ordenó entablar relaciones. Santander pasó a Venezuela, conferenció con Bolívar y cuando retornó llevaba órdenes secretas y una proclama. Tiempo después, lo hablado cobró forma cuando se creó un Estado Mayor con Santander como uno de sus jefes. Desde ese ejército de resistencia, en el que intervinieron al menos 17 mujeres casanareñas, empezó a gestarse la república. A finales de 1818 llegó un anuncio precursor: la declaratoria de Estado Libre del Casanare.

Único territorio liberado de la Nueva Granada, por tanto, destinado a representar a la unión republicana. La vanguardia del ejército libertador que tuvo como a uno de sus sargentos a Juana Béjar, residente de Pore. El 15 de febrero de 1819, Bolívar instaló el Congreso de Angostura que diseñó la democracia naciente y, tres meses después, en la aldea La Setenta, a orillas del río Apure, en Venezuela, expuso a los demás jefes su cambio de planes: la invasión a la Nueva Granada cruzando la cordillera oriental. Desde ese día no hubo forma de evitar que muchas mujeres marcharan con ellos.

Aunque el 11 de junio en Tame (Arauca), el subjefe del Estado Mayor, coronel Antonio Morales, expidió la orden perentoria 126, con este precepto, “No marchará en la división mujer alguna, bajo la pena de cincuenta palos a la que se encuentre. Si algún oficial contraviniera esta orden, será notificado con severidad, y castigado severamente el sargento, cabo o soldado que no la cumpla”, no fue posible persuadirlas de que no se alistaran. Había que auxiliar heridos, sepultar muertos, apoyar a la tropa. Las llamaron “Juanas” y fueron a la guerra como conspiradoras, voluntarias o guerreras.

Así las resaltó el escritor Paulo Forero en su texto “Las heroínas olvidadas de la independencia”: “Ninguna recibió dádiva, recompensa ni mención. Cumplido su deber, desaparecieron ante el muro de los fusilamientos o volvieron silenciosamente al mundo campesino de donde habían salido”. El testimonio de esa convicción por no perderse un instante de la historia se dio en el desolado páramo de Pisba el 3 de julio de 1819, cuando la tropa se detuvo en proximidades de Pueblo Viejo por una extrema razón: la mujer de un soldado del batallón Rifles entró en dolores de parto.

Entre el azote de las deserciones y las enfermedades; de las mulas y caballos ahogados o desbarrancados; de las monturas y municiones perdidas, o del frío extremo y sepulturero, la novedad fue esa mujer trigueña y joven que dio a luz. Algunos autores la identifican como María Josefa Canelones, de Tame. El niño fue envuelto en camisas rotas y, como señaló su padre, el batallón Rifles tuvo esa noche un hombre más. En cuanto a ella, escribió Daniel O’ Leary, en la mañana siguiente estuvo lista y, en la retaguardia del batallón, caminó dos leguas por escabroso terreno con su recién nacido en brazos.

Lo escribió Santander: “El ejército era un cuerpo moribundo” cuando llegó a Socha tras cruzar el páramo de Pisba. Pero la hospitalidad de su gente fue su recompensa. Por gestión del párroco y el alcalde, fue arropado en la iglesia. El general Anzoátegui, en carta enviada a su esposa, expresó: “Solo el genio del libertador pudo salvarnos, auxiliado, eso sí, por el patriotismo de la provincia de Tunja, especialmente sus mujeres que se despojaron de su ropa para hacer camisas, calzoncillos y chaquetas para los soldados, de todo lo que tenían en sus casas para socorrernos”.

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