Libertadoras: la regeneración

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Jonathan Bejarano

Crónica

El 8 de abril de 1880, el cartagenero Rafael Núñez, tomó su cargo como presidente de los Estados Unidos de Colombia. Su primer gobierno llegó hasta el 1 de abril de 1882. Fue un mandatario que llegó a romper los estereotipos y las más fuertes represiones de la sociedad conservadora regida por la iglesia. Uno de los cambios, tal vez el más impactante para esa época, fue su relación con Soledad Román quien nunca fue aceptada por ser el segundo matrimonio de Núñez.

El énfasis en la separación Iglesia-Estado que la revolución de Tomás Cipriano de Mosquera y los liberales radicales quisieron imprimirle al país desde su victoria militar en 1861, fue la raíz de la discordia política que reeditó en Colombia la guerra civil. El decreto de tuición de cultos que sujetó el desempeño de los ministerios sagrados al permiso del ejecutivo, el de la desamortización de bienes de manos muertas que autorizó expropiar bienes parroquiales, o el que dispuso una nueva expulsión de los jesuitas, lo único que provocaron fue la reacción de los católicos antirradicales y de los púlpitos convertidos en tribuna política.

A pesar del razonado propósito secularizador que animó a los liberales, el rumbo que algunos dieron al debate de la preeminencia civil sobre el culto religioso terminó por dividirlos, alentando de paso una tácita alianza entre la iglesia y los conservadores por el botín político. Con un factor adicional que atizó esa pelea. En 1864, el papa Pío IX expidió la encíclica Quanta Cura para censurar el modelo de sociedad con libertad de cultos, y el anexo Syllabus errorum, con su listado de 80 equívocos del racionalismo, las sociedades secretas, el naturalismo o las garantías de pensamiento y expresión representativos del liberalismo moderno .

Algunos jefes liberales se profesaban masones o incluso ateos y las excomuniones se pusieron al orden del día. Manuel Murillo Toro había asumido la presidencia en reemplazo de Mosquera y un grupo de damas encabezadas por Teresa Caycedo de Ortega, la poetisa Silveria Espinosa de Rendón y María Josefa Patiño, le escribieron para aconsejarle como devolver la paz a la república: “Si queréis haceros digno de un grande amor de vuestros conciudadanos, esforzaos en defender los derechos de la iglesia católica y la libertad religiosa de sus hijos”. Murillo les contestó que su deber era hacer respetar la constitución de Rionegro.

Como quedó escrito en el numeral 16 de esa carta política, sobre las garantías individuales, “la profesión libre, pública o privada, de cualquier religión, con tal que no se ejecuten hechos incompatibles con la soberanía nacional, o tengan por objeto turbar la paz pública”. Con refuerzo en el Catecismo Republicano que Murillo expidió para hacer pedagogía sobre los nuevos derechos. Pero el partido clerical, como llamaban los radicales a sus detractores, no dio tregua en sus señalamientos heréticos, y cuando Mosquera volvió en 1866 a su cuarto mandato, el entonces arzobispo de Bogotá Vicente Arbeláez resultó expulsado del país.

Al año siguiente, el turno fue para Mosquera, depuesto por una conjura militar y civil, despojado de sus derechos políticos y   expulsado del país. Aunque los radicales continuaron su obra y ese 1867 crearon la Universidad Nacional, el activismo de la curia no dio tregua y encontró en las sociedades caritativas y sus periódicos, el aliado perfecto para sus intereses: las mujeres católicas. En su obra “Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación, Colombia 1820-1886”, Gilberto Loaiza Cano resalta que “no fue gracias a las libertades promovidas por los ideólogos liberales que las mujeres se integraron a la vida pública, sino gracias a la importancia que les concedió la iglesia católica.

En ese ambiente de mujeres “piadosas, ricas e influyentes” se frenó el ímpetu radical. En noviembre de 1870, el presidente Eustorgio Salgar expidió el Decreto de Instrucción Pública para fortalecer el estado laico, con educación gratuita y obligatoria, formación para maestros de escuela y bibliotecas populares, que se transformó en piedra angular de la discordia. Al mismo tiempo concluía en Roma el Concilio Vaticano I que reiteró los dogmas cristianos y condenó las tendencias seculares, y esa visión agudizó la crítica de la iglesia y los conservadores a una reforma que calificaron como “cruzada de impiedad contra el catolicismo” o “creación de escuelas sin Dios”.


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