Libertadoras: las Ibáñez

Por: Jorge Cardona
@HJCKradio Ilustración: Eder Leandro Rodríguez

Crónica

Después de su participación en tiempos de batallas independentistas y ya con la libertad en mano, las mujeres volvieron a ocupar lugares internos, tareas del hogar y de la familia. Sin embargo, muchas se negaron a esto y se abrieron paso en los caminos del poder. Ese es el caso de las hermanas Nicolasa y Bernardina Ibáñez nacidas en de Ocaña (Santander), cuya historia rompió los moldes de la época. Las dos conquistaron el corazón de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander.

Desde su victoria en Boyacá en agosto de 1819, doce años fue el tiempo de Bolívar en la construcción de la república. Cinco combatiendo en Nueva Granada, Venezuela, Ecuador y Perú. Dos entre Lima y Potosí extendiendo fronteras. Un año desde el alto Perú hasta Caracas apagando incendios, y desde 1827 en Bogotá para vivir la disolución de su sueño. En tres años, fracasó la Convención de Ocaña que propició a destiempo, se declaró dictador, la noche septembrina llegaron a matarlo y hubo insubordinaciones. Hasta que entregó el mando, dejó a Manuelita y se fue a morir a Santa Marta.

 

En ese momento, Santander, que gobernó desde el día de la independencia hasta el retorno de Bolívar, llevaba un año exiliado en Hamburgo, Bruselas, París, Londres, Florencia, Roma, Prusia y Suiza. En septiembre de 1831 fue a Estados Unidos, y en marzo de 1832 se enteró en Nueva York que debía regresar a la Nueva Granada para volver a gobernarla. Una constituyente así lo decidió. En junio se embarcó con el general Joaquín Acosta y su esposa Carolina Kembler, y en octubre llegó a Bogotá, a casa de su hermana María Josefa. La primera en visitarlo fue su amiga Nicolasa Ibáñez.

 

En octubre de 1832 tomó posesión, ratificó a todos los ministros que había designado el vicepresidente José Ignacio de Márquez mientras él llegaba, y volvió a gobernar al país hasta 1837. A una nación beligerante que, desde Santa Fe, Cartagena, Popayán o Pamplona, con réplica en casi todas las regiones, seguía aferrada a la “intrincada red de relaciones familiares y sociales que interconectaba el conjunto institucional, económico y social” de la Nueva Granada, como lo describió la historiadora Juana María Marín Leoz en su obra “Gente decente, la elite rectora de la capital”.

 

En otras palabras, la herencia de las familias acomodadas que acogían los ideales republicanos, pero desde los discursos, y los grupos sociales sin ilustración o “subsistencia asegurada”, y, por tanto, sin condición de ciudadanos, como lo dictó la Carta de 1832. Reforzada con la directriz de reconocer a “todos los hombres libres nacidos en el territorio de la Nueva Granada, antes de la transformación política de sus respectivas provincias en favor de la independencia”. Sin alusión concreta a las mujeres. Si acaso, aceptar los hijos de las esclavas nacidos libres, aunque la ley lo continuara dilatando.


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