Académico

¿Cuáles son los límites de la libertad de cátedra? Hablamos con docentes sobre cómo las aulas deben ser espacios de crítica, argumentación y, sobre todo, pluralidad. Sin embargo, la conclusión es que no todo es tolerable.

Durante el último año se han registrado algunas denuncias de padres de familia y movimientos políticos que se quejan porque sus hijos o los estudiantes están siendo “adoctrinados” por sus profesores. Incluso, en 2019, el representante del Centro Democrático, Edward Rodríguez, presentó un proyecto de ley para limitar la libertad de cátedra. A pesar de que el proyecto no escaló, este tema no ha dejado de ser controversial. En abril de este año hubo revuelo en redes sociales porque miembros de ese mismo partido denunciaron a una profesora en Cali por pedirles a sus estudiantes un trabajo sobre las ejecuciones extrajudiciales, fenómeno comúnmente conocido en el país como falsos positivos.

En la tarea, la docente les pide que respondan a qué se le conoce como un caso de falso positivo, “quiénes fueron los encargados de planear, ordenar, ejecutar y llevar a cabo” esos hechos y el papel de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) en el esclarecimiento de esos crímenes. Los uribistas atacaron sin tregua a la mujer, la senadora María del Rosario Guerra, por ejemplo, escribió en su cuenta de Twitter que era “inaceptable” que la profesora “use las actividades académicas para adentrar a sus alumnos, sin la mínima ética profesional ni rigor informativo, en un tema tan delicado y grave como lo son los falsos positivos”.

Como pasa con casi todas las indignaciones en redes, la efervescencia se disipó días después. Sin embargo, ahora la libertad de cátedra y opinión fue usada como explicación por el Gobierno actual. En una entrevista con W Radio para responder a la pregunta de por qué el chileno neonazi, Alexis López, fue invitado por la Universidad Militar Nueva Granada a hablarle a un grupo de cadetes sobre la alerta de la izquierda, el ministro de Defensa, Diego Molano, dijo: “ Así como he sabido que han invitado académicos de izquierda para que presenten su trabajo, no sé cuál sea la presentación que tenga (este caso), lo único que sé es que todas las doctrinas, todas las teorías académicas tienen que darse para que los ciudadanos tengan, como se dice, la libertad de cátedra y puedan tener diferentes perspectivas”.

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La libertad de cátedra y de opinión ha sido un principio esencial en las democracias y es una de las maneras de materializar el derecho a la libertad de expresión y una de las principales garantías para el desarrollo científico en una nación. Esta se creó para impedir que los gobernantes de turno intervengan en lo que los profesores investigan y enseñan y garantiza las libertades esenciales de los docentes a pensar y expresar sus ideas y trabajo. “En general, sin ella, no se desarrollaría la ciencia”, afirmó el pedagogo Julián de Zubiría.

Pero, ¿hay límites en esta libertad? “Creo que en una sociedad democrática no todas las posturas deben ser bien venidas en un salón de clases. Las posturas radicalmente antidemocráticas tienen un lugar y deben ser analizadas, pero no bien venidas, no deben ser bien recibidas. Por lo demás, incluso el recibimiento debe ser limitado. Uno puede estudiar históricamente el fascismo, pero en una democracia debe hacerlo desde los valores democráticos. Yo no quiero vivir en una sociedad donde se discuta constantemente si las mujeres tienen derecho al voto o si los judíos son seres humanos. Quiero vivir en una donde los principios democráticos básicos son dados por hecho y no son puestos en tela de juicio constante”, dice el Ph.D en filosofía y profesor universitario, Tomás Molina.

Las posturas radicalmente antidemocráticas tienen un lugar y deben ser analizadas, pero no bien venidas, no deben ser bien recibidas.

Según Molina, lo más importante dentro de un salón de clase es que el docente no solo debe enseñarle a los estudiantes a discutir racionalmente sino a aceptar que el otro no es un enemigo. “Esa es la ventaja y la utilidad de la academia: en las aulas podemos ampliar el debate juzgando siempre y ante todo la calidad de los argumentos, caer en la caracterización del interlocutor como un enemigo que defiende no una posición razonable sino el resultado de un compromiso ideológico es perjudicial, es la fuente de la polarización y es perjudicial”, afirma Juan Mejía, profesor de filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana.

El profesor Santiago Forero, que dicta clase a jóvenes entre los 14 y 19 años en un colegio al norte de Bogotá, cuenta que lo que determina qué tipos de posturas se imparten en las clases deben basarse, sobre todo, en la posibilidad de constatar y rastrear las fuentes de los hechos que se van a mostrar a los estudiantes, estas certezas posibilitan un espacio de argumentación honesto y activa la conciencia sobre las consecuencias que puedan llegar a tener las opiniones dentro y fuera del aula. “La labor de un profesor debe iniciar en un reconocimiento de sus propias posturas y en un reconocimiento de sus propias reflexiones. Parándose en esa claridad es mucho más fácil encontrar la forma de conducir las emociones que pueden estar soportando esas posturas. La labor pedagógica es fundamental, sobre todo en el bachillerato, para separar los contextos que se juntan y los adolescentes no pueden distinguir”.

Forero apunta a un lugar sensible. Si bien, los maestros como cualquier ser humano tienen derecho a sus posturas y a comunicar sus opiniones frente a sus estudiantes, debe tener claro que estas no deberían ser impuestas como presunciones de verdad y que, en todos los casos, es responsable de analizar la etapa de crecimiento y aprendizaje en la que están sus alumnos. Esto no quiere decir de ninguna forma que no se deban hacer revisiones históricas como por ejemplo la historia del nazismo o el conflicto armado en Colombia, sino que, en palabras de la profesora Ángela Cruz, profesional en estudios literarios, magistra en estudios culturales, magistra en estudios editoriales y estudiante del doctorado en estudios culturales y literatura comparada de la Universidad de Arkansas: “Es muy importante saber cómo se diseñan los instrumentos pedagógicos a través de los cuales estamos construyendo los cuestionamientos que presentamos a los estudiantes. Tenemos que ser muy cuidadosos en la manera en la que diseñamos el material para que no sean auto conducentes o que tengan dentro de sí mismas las respuestas, sino que permitan al estudiante indagar, llegar a unas verdades que sean propias de su pensamiento”.

En esa línea, no deja de ser extraño que para el Gobierno de bancada uribista, el caso de la docente en Cali sea un abuso y un adoctrinamiento a los estudiantes, pero las enseñanzas del neonazismo corresponda al “acceso a todas las teorías”. “El discurso del gobierno es paranoico. Las teorías neonazis son válidas para él porque se conforman a su ideología: hay un enemigo interno en Colombia que quiere destruir nuestro modo de vida. Sin ese enemigo interno toda su visión de mundo se cae. Su identidad misma depende de que el enemigo exista. En ese orden de ideas, incluso si no apoya la superioridad de la raza aria, o el exterminio de los judíos, comparte ese punto con el nazismo: hay un enemigo aquí que se disfraza de persona de bien—así pintaban los nazis a los judíos—: académico, jurista, congresista, panadero, empresario, etc., pero en realidad es un enemigo que conspira contra la patria”, afirma Tomás Molina.

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“Los colegios no pueden estar de espaldas a la historia del país”, dice Santiago Forero. Estos debates, que se han trasladado a las redes sociales, deberían insistir, como dice, Juan Mejía, en la calidad de las razones pero también en la calidad del manejo de las emociones, la situación de discusión y argumentación es muy frágil porque no es un mero intercambio discursivo. ¿Por qué hay un afán por parte de algunos sectores en la imparcialidad?, ¿qué es lo que tiene la parcialidad que ocasiona tanta ansiedad?, por qué mejor el Estado no se encarga de configurar espacios educativos donde los procesos críticos sean fomentados y no temidos.


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