Crónica

Un antiguo debate sobre el nombre del aeropuerto de Santiago nos hace rememorar —para no olvidarlo nunca— la violencia sexual cometida y aceptada por el poeta chileno.

En diciembre del año pasado, sobre la mesa parlamentaria chilena volvió una antigua moción: rebautizar al aeropuerto internacional de Santiago con el nombre de Pablo Neruda. La propuesta no caló gracias a que el movimiento feminista chileno se opuso: “no están los tiempos para homenajear a un maltratador de mujeres, que abandonó a su hija enferma y confesó una violación”, dijo Pamela Jiles, del Partido Humanista.

Habría que empezar hablando de Malva Marina, que nació en 1934, y fue la única hija de Pablo Neruda, fruto de su matrimonio con Maria Hagenaar Vogelzang (“Maruca”). Recientemente ha salido a la luz Malva, la primera novela de la poeta neerlandesa Hagar Peeters en donde se cuenta como la protagonista fue víctima de abandono. Tenía hidrocefalia y su padre, el prestigioso poeta del amor, y la revolución no tuvo mucha piedad con ella. Decía, según el libro, que era “un ser perfectamente ridículo”, “una especie de punto y coma”, “una vampiresa de tres kilos”. Primero la ocultó. Y, después, la abandonó definitivamente.

Malva nació el 18 de agosto de ese 1934 en un hospital madrileño. En la familia la llamaban Malvita. En principio, Neruda no era consciente de la gravedad de la enfermedad de una niña que consideró una “maravilla” recién nacida. “Malva Marina, ¿me oyes? ¡Ven, Vicente, ven! Mira qué maravilla. Mi niña. Lo más bonito del mundo”, le decía a su amigo Vicente Aleixandre que, sorprendido por la anomalía, la miraba.

La desilusión de Neruda por la enfermedad de su hija no hizo sino crecer. Nunca soportó el hecho de tener una hija enferma. No entraba en sus cálculos. Y así, tras un sinfín de desencuentros e infidelidades con su pareja y madre de Malva, y con un evidente rechazo hacia su hija, en 1936 el poeta las abandona definitivamente. La niña solo tenía dos años. Las dejó en Montecarlo, ciudad a la que llegaron escapando de la Guerra Civil. De allí, pasando penurias y sin apenas dinero, fueron a Gouda, en Holanda. En esa misma ciudad, en 1943, moriría Malva Marina con ocho años.

Más cursi que Hello Kitty y más oscuro que Darth Vader”.

En el libro El club de los execrables, de los españoles Malcolm Otero y Santi Giménez, Neruda es definido como “uno de los poetas más populares del siglo XX , pero también un sátiro, un vanidoso recalcitrante, un padre monstruoso, un envidioso y un iracundo amigo de los dictadores más sanguinarios” que obtuvo el Premio Nobel de Literatura y el Premio Stalin de la Paz (en palabras de los escritores del libro sería como “el Premio Pablo Motos al Talento”) al que también le cae el ser “más cursi que Hello Kitty y más oscuro que Darth Vader”.

Los autores de este libro recuerdan que su conocido verso “me gustas cuando callas porque estás como ausente” es una arriesgadísima elección si se lo lanzamos a una pareja actualmente y simboliza, de alguna manera, la relación del poeta con las mujeres.

Y más o menos así describe la reacción de una empleada de servicio que él mismo confesó haber violado en su autobiografía Confieso que he vivido: “Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré a la cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. (…) El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme”. La mujer a la que se refiere Neruda la conoció cuando era diplomático en Ceilán (actualmente Sri Lanka).

Neruda era conocido, entre otras cosas, por ser un amante empedernido.  “A quién sí amaba Neruda era a Stalin”, cuentan los españoles en el libro. Y al dictador de la RDA Honecker. Además de comunista, gustaba de ir a prostíbulos donde pedía champán. También era un gran aficionado al caviar porque “una cosa es ser comunista y otra gilipollas”, ironizan los autores en El club de los execrables.

En el libro de Malcolm Otero y Santi Giménez también apuntan a su rivalidad-envidia con otros poetas de su época, especialmente a Vicente Huidobro, que llegó a decir: “¿Es que mi presencia es un obstáculo para la felicidad del señor Neruda y sus amigos? Siento mucho no poderme suicidar en el momento”.

El debate por el nombre del aeropuerto internacional de Santiago de Chile volvió a quedarse mudo después de los alegatos de los grupos feministas, quienes propusieron que el lugar debería llamarse Gabriela Mistral, la primera mujer iberoamericana y la segunda persona latinoamericana​ en recibir un premio Nobel.


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