Literatura

Se celebran veinte años de la concesión del Premio Nobel de Literatura al escritor alemán. Recordamos parte de su discurso donde hace énfasis en la responsabilidad de los escritores por controvertir el orden establecido.

En octubre de 1999 el mundo de la cultura celebraba con júbilo el fallo de la Academia Sueca que otorgaba el Premio Nobel de Literatura a Günter Grass «por su forma de descubrir y recrear el rostro olvidado de la historia».

Grass fue el escritor más famoso, polémico y a la vez representativo de la segunda mitad del siglo XX alemán. Alcanzó el éxito masivo con su primera novela, El tambor de hojalata, publicada en 1959 que cuenta la historia de Óscar, el pequeño que no quería crecer.

Durante su discurso, Grass se refirió a sus dos primeras novelas y cuestiona ¿qué es lo que hace a los libros y, con ellos, a los escritores tan peligrosos que el Estado y la iglesia, y los consorcios mediáticos se ven obligados a tomar contramedidas?

“Con la publicación de mis dos primeras novelas El tambor de hojalata y Años de perro y de la novela corta intercalada El gato y el ratón aprendí pronto, siendo un escritor todavía relativamente joven, que los libros causan escándalo y pueden provocar cólera y odio. Lo que, por amor, no le había ahorrado a mi país, fue leído como si ensuciara mi propio nido. Desde entonces se me considera controvertido. Aquí me encuentro, por lo que se refiere a escritores malditos enviados a Siberia o a algún otro lado, en muy buena compañía. No deberíamos quejarnos de ello. Más bien deberíamos considerar estimulante ser permanentemente controvertidos y adecuado también al riesgo de la profesión que hemos elegido. Lo que ocurre es que los autores del simple acontecer verbal escupen de buena gana y con premeditación en la sopa de los poderosos que afirman constantemente su derecho a sentarse en el banco de los vencedores, por lo que la historia de la literatura se comporta de forma análoga al desarrollo y refinamiento de los métodos de censura.

El desfavor de los potentados obligó a Sócrates a apurar hasta las heces su copa de veneno, empujó a Ovidio al exilio, forzó a Séneca a abrirse las venas. Los más hermosos frutos literarios, obtenidos en los jardines de la cultura occidental, decoraron con sus nombres durante siglos, y hasta hoy mismo, el Índice de la iglesia católica. ¿Qué retraso sufrió la Ilustración europea por las medidas de censura de los príncipes reinantes absolutos? ¿A cuántos escritores alemanes, italianos, españoles y portugueses expulsó el fascismo de sus países, de sus espacios lingüísticos? ¿Cuántos escritores fueron víctimas del terror leninista-estalinista? ¿Y a qué coacciones están expuestos todavía hoy los escritores en China, Kenia o Croacia?

Yo soy del país de las quemas de libros. Sabemos que el placer de aniquilar el libro odiado de una forma u otra sigue siendo o vuelve a ser concorde con el espíritu del siglo y, ocasionalmente, encuentra su expresión telegénica, es decir, espectadores. Mucho peor es, sin embargo, la persecución de escritores, de forma que sus asesinatos, amenazados o consumados, aumentan en todo el mundo, y todo el mundo se ha acostumbrado ya a ese terror incesante. Es cierto que la parte del mundo que se llama a sí mismo libre levanta la voz indignada cuando en Nigeria, como ocurrió en 1995, el escritor Ken Saro-Wiwa, que denunciaba la contaminación de su patria, fue condenado a muerte con sus compañeros de lucha y se ejecutó la sentencia, pero luego vuelve a la normalidad, porque una protesta de base ecológica podría estorbar los negocios de la Shell, ese gigante del petróleo que reina en el mundo.

Ahora bien, ¿qué es lo que hace a los libros y, con ellos, a los escritores tan peligrosos que el Estado y la iglesia, los consorcios mediáticos y los politburós se ven obligados a tomar contramedidas? Rara vez se trata de atentados directos contra la ideología reinante, a los que siguen la orden de callarse o cosas peores. A menudo basta con la prueba literaria de que la verdad sólo existe en plural – lo mismo que no hay sólo una realidad, sino una multitud de realidades – para valorar ese resultado literario como un peligro, un peligro mortal para el respectivo guardián de la sola y única verdad. También el hecho de que los escritores – porque es parte de su profesión – no sepan dejar al pasado en paz, abran heridas demasiado rápidamente cicatrizadas, desentierren cadáveres en sótanos sellados, penetren en estancias prohibidas, coman vacas sagradas o, como hizo Jonathan Swift, recomienden niños irlandeses como asado para la cocina inglesa reinante, es decir, de que, en general, para ellos no haya nada sagrado, ni siquiera el capitalismo, los hace sospechosos, dignos de castigo. Sin embargo, su peor delito sigue siendo que, en sus libros, no quieren hacer causa común con el vencedor de turno en el acontecer histórico, sino que se mueven con deleite por donde los perdedores en esos procesos históricos se mantienen al margen y tienen mucho que contar, aunque no sean escuchados. Quien les da la palabra pone la victoria en entredicho. Quien se rodea de perdedores es uno de ellos”.

Günter Grass, ganador del Premio Nobel de Literatura de 1999, llega a una conferencia. 04 de octubre de 2007 en Gdansk

Ese año de 1999 Grass también obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Era la primera vez que premiaban a un autor en lengua no española. “Su escritura, de gran calidad estética, constituye un servicio apasionado a los valores de la libertad, de la defensa de los débiles y un apoyo decidido a los elementos que fundamentan los sistemas democráticos modernos. Ciudadano europeo, Günter Grass es un autor internacionalmente reconocido, que considera inseparables el arte y la moral”, señaló el acta del jurado.

Y nuevamente el discurso de Grass, el escritor de izquierda, y que nunca dejó de confrontar la historia nazi de su país, era noticia en los medios de comunicación por sus declaraciones.

“Una buena parte de la literatura que yo puedo escribir surge de las pérdidas. Cuando los sistemas, como recientemente el soviético, se rompen contra su propia historia; cuando las estructuras de poder se convierten en nada; cuando la estupidez de los vencedores clama al cielo; cuando con la libertad viene la miseria y se añaden las oleadas de refugiados de la más reciente emigración de los pueblos; cuando la Historia, nuevamente, zozobra de una forma catastrófica y el capitalismo, como única ideología restante, se desvanece en un irracionalismo mundial; cuando sólo la Bolsa tiene sentido y, con ella, todo puede resbalar; y cuando, finalmente, el gremio de los historiadores, cansados de pelearse por notas de pie de página, se extravía en la incertidumbre de la post-Historia, la Literatura se cotiza mucho. Vive de las crisis. Florece entre los escombros. Oye el ruidito de la carcoma. Su función es profanar cadáveres. Por un precio, o por nada, vela a los difuntos y cuenta a los supervivientes, siempre de nuevo, las viejas historias.

Sin embargo, si se hojean los suplementos literarios o se escucha el runruneo del mundo de la cultura, siempre que lo secundario desplaza impertinentemente a lo primario, la Literatura, según el curso de monedas, queda desplazada. En el mejor de los casos, sirve como acontecimiento, una vez acicalada, o para alimentar la Internet. Según dice la publicidad, incluso fomenta el consumo entre los grupos marginados.

Sin embargo, yo me niego a creerlo. Soy un ignorante confeso. Ese progreso que quiere meterme prisa no me dice nada. De forma pasada de moda, practico una profesión también pasada de moda, no tengo ordenador, no doy tumbos por la Internet, escribo aún mis manuscritos a mano, mecanografío la segunda y la tercera versión con ayuda de una máquina de escribir traqueteante, y lo hago a diario, de pie junto a un pupitre; mientras voy de un lado a otro, murmuro para mis adentros y mastico las frases hasta que, tanto habladas como escritas, adelgazan a fondo o se redondean en los extremos. Sin embargo, estoy seguro de que la Historia prosigue epiléptica y, siempre en contradicción con ella, la Literatura tiene futuro.

«Como galardonados somos, por así decirlo, las luces de cola de un periodo horrible, todavía hoy aferrado a los dogmas», afirmó Grass, quien aseguró que «la Historia seguirá proyectando su sombra hasta muy entrado el próximo siglo».

Günter Grass recibió enérgicas críticas tras confesar en 2006 haber pertenecido en su juventud a las Waffen SS. Su última polémica fue en 2012, cuando publicó un poema en el que acusaba a Israel de poner en peligro la paz mundial, lo que provocó que fuera declarado ‘persona non grata’ en el país. Murió por una infección a los 87 años en Lübeck, la ciudad del norte de Alemania donde vivía. También le puede interesar: Homenaje a Julio Cortázar en HJCK

 

 


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