“Green book”: el color de los aplausos

Por: Vanessa Velásquez Mayorga
@vanessavm__ Foto: Cortesía

Cine

"Green Book", y su banda sonora, compuesta por Kris Bowers, es un homenaje a Shirley y una manera de revivir su música y su técnica y hacerla relevante en el 2019.

Don Shirley fue un hombre prodigioso. Nació en Jamaica  y se sentó ante un piano a los dos años y medio. Desde ahí, su proeza musical solo fue en aumento. A los nueve años de edad viajó a la entonces Unión Soviética para estudiar en el Conservatorio de Música de Leningrado, donde comenzó su entrenamiento en la interpretación clásica y posteriormente continuó sus estudios en composición avanzada en la Universidad Católica de América, en Washington. A los 18 años debutó como concertista interpretando a Tchaikovsky con la orquesta Boston Pops, y al siguiente año, a los 19, interpretó su primera composición original en Haití.

Era todo eso, y además era un hombre de color. Un pianista excepcional entrenado en música clásica pero cuya piel era muy oscura para interpretarla. Durante un tiempo, Don Shirley se alejó del piano y se dedicó a estudiar psicología, y de ahí viene el título de doctor con el que lo referencian en la película.

Pero con todo en contra, volvió a la música así floreció en una industria que le incitaba a hacer música de negros. Y lo hizo de la mano de Cadence Records y experimentando y combinando su técnica clásica en experimentaciones de jazz, casi que creando su propio género musical en el que combinaba su preparación académica con los rasgos de la música popular de los sesentas. Un artista impecable que, a pesar de sus 24 discos, hoy es conocido y recordado por pocos.

Shirley (Mahershala Ali) es el protagonista de Green Book, una cinta dirigida por Peter Farrelly, que cuenta el viaje del músico junto a un guardia italoamericano interpretado por Viggo Mortensen. En el camino, ambos hombres pasan por las distintas sedes de su gira musical y viendo de cerca los estragos del racismo en la década de los 60 al sur de Estados Unidos.

Y ahí entra la música. Green Book, y su banda sonora, compuesta por Kris Bowers, es un homenaje a Shirley y una manera de revivir su música y su técnica y hacerla relevante en el 2019. ¿Por qué? Porque hoy, más que nunca, la música de un hombre negro que luchó por encontrar y reafirmar su identidad (racial, sexual y hasta creativa) experimentando y creando obras maestras con lo que tenía a su alcance, es un símbolo, aunque parezca contradictorio, de resistencia y resignación.

Resistencia porque se atrevió a empujar los límites de lo que se le tenía permitido, negándose a ser enmarcado como “uno más” de una lista de intérpretes de color, y se encaminó hacia el sur de los Estados Unidos a tocar su música ante una audiencia blanca y racista. Resignación porque a pesar de eso la industria musical de los sesenta lo mantuvo alejado de interpretar composiciones clásicas. Incluso en el pico de su fama grabó con la Orquesta Filarmónica de Nueva York un concierto de Rachmaninoff que ninguna disquera quiso lanzar.

Si no soy lo suficientemente negro, ni lo suficientemente blanco, ni lo suficientemente hombre, ¿quién soy?”. Don Shirley.

Puede que el diálogo que cito arriba nunca haya salido de su boca, sino que fuera un recurso del guion, pero es ahí, en esa escena bajo la lluvia, que la película revela su significado.

La película se centra más en la resistencia del pianista. De su determinación de salir de su zona de confort – el maravilloso penthouse en el que vivía sobre Carnegie Hall en Nueva York- para girar por el sur de los Estados Unidos donde el racismo estaba más que latente. Es un viaje de contradicciones en el que vemos a un hombre de color que llama la atención entre blancos y negros. Con un bagaje cultural y una riqueza muy alta para ser negro, con la piel muy oscura para ser aceptado por los blancos, pero lo suficientemente talentoso para ser admirado y ovacionado por ambos.

Y respetado. Aunque Bowers no conocía a Don Shirley, al ser convocado para escribir la banda sonora se dedicó a estudiar su música y transcribir sus piezas, para posteriormente adaptarlas a versiones más cortas aptas para la pantalla y que fueran fieles al sonido único del pianista. Juega, además, con arreglos que se balancean sobre la línea de lo clásico con la pizca exacta de contemporaneidad para acompañar una historia que pasó hace 50 años y hoy viene a ser relevante.

En últimas, Green Book es una de esas historias que presentan un caso de tolerancia extraordinario para su época. Una amistad improbable que se mantuvo durante décadas y cuya historia aún sorprende y nos cuestiona sobre la manera en que se vivió durante mucho tiempo. Un drama disfrazado de comedia que muestra que la genialidad y el talento no tienen colores, ni razas, ni géneros.

Tampoco la música, y tampoco los aplausos.

 


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