Arte

A propósito de los 114 años del natalicio de la artista, volvemos en el tiempo para recorrer la obra de la pintora mexicana.

Los movimientos y vanguardias artísticas del siglo XX hicieron eco en América Latina, especialmente en México, donde muralistas y surrealistas hicieron de puente entre los artistas que habían destacado en Europa y los que empezaban a afilar los pinceles de este lado del mundo. Lea también: “Escuche la que sería la voz de Frida Kahlo“.

Frida Kahlo hizo parte de esta historia. Su obra fue catalogada como surrealista con una mezcla de ejercicio autobiográfico, en donde los colores puros, los autorretratos y las escenas descarnadas que la artista luego describiría en sus diarios, hacen parte de un catálogo extenso que, para ser sinceros, cobró relevancia desde hace casi tres décadas.

Elementos característicos de sus pinturas y de la misma Kahlo se han vuelto referencias visuales de la cultura popular: sus trenzas, cejas marcadas, ponchos de colores y flores en la cabeza se hicieron comunes desde hace unos años, junto a sus frases conocidas, producto de la reproducción en masa de sus recuerdos, muchos de ellos resguardados en La Casa Azul, su casa del pasado que es ahora un museo y lugar de culto en la ciudad de México.

Muchas cosas se especulan sobre su vida, incluso algunos sucesos de han narrado desde las tablas, llenando de más y más ficción, una vida lo suficientemente verosímil como para sumar episodios fantásticos. Sin embargo, su pintura habla por sí misma y para concentrarnos en la riqueza de su obra repasamos algunos cuadros que nos pueden dar nociones claras sobre el estilo y la pulsión creativa de Frida Kahlo.

Las dos Fridas (1931)

La figura del alterego es el concepto creativo de esta obra. Como en gran parte de las obras del surrealismo, esta pintura representa el encuentro de dos: dos mujeres, dos formas de narrar y dos herencias. Cada una de las Fridas está acompañada por los elementos que las caracterizan, a la derecha, la raíz indígena mexicana exalta la cercanía de la artista con México que toma forma en un pequeño retrato de Diego Rivera, muralista y compañero sentimental de mucho tiempo con Kahlo. 

Al otro costado, los rasgos europeos. El vestido blanco, espeso y las tijeras que parecen haber cortado algo, un vínculo, un lazo representado por los corazones expuestos y los caminos de sangre que rodean cada uno de los personajes. Además, en distintas biografías de la artista aparece una misma historia. Este cuadro es un recuerdo de la niñez de Kahlo, quien a los 6 años hablaba todo el tiempo con su amiga imaginaria.

Los cielos espesos y las figuras claramente demarcadas, además de un juego de luces y pliegues en los elementos importantes de la obra, alineaban a la artista a las características pictóricas heredadas del surrealismo.

Autorretrato con collar de espinas (1940)

En toda la obra de Frida Kahlo los animales tienen un lugar destacado y constantemente se encuentran con otros símbolos religiosos, bien sea de tradición indígena o cristiana. Esta característica responde a una de las grandes fascinaciones de la artista: la naturaleza, no solamente fue una admiradora de la misma, sino llegó a tener en su poder especies exóticas.

Esta obra no es la excepción. La época de creación coincidió con el final de su relación con Diego Rivera, quien fue su pareja y un artista con quien trabajó de manera activa y cercana. Los animales figuran como presencias: el mono representa a Diego y las aves, mariposas y libélulas, la liberación de Kahlo de ese vínculo.

El collar de espinas es un guiño a uno de los símbolos más usados del cristianismo: la corona de Jesús. Para Frida, es la forma de contar el dolor y las heridas que quedaron con ella, luego de su historia con Rivera.

Sin esperanza (1945)

Kahlo atravesó graves estados de salud a lo largo de su vida, no solamente por accidentes, sino por el deterioro de su organismo, incluso hubo un momento en el que no pudo comer más, al punto de tener que ser alimentada a través de una sonda.

El resultado fue un cuerpo delgado y ausente de fuerza. Su forma de representarlo fue la figura del día y la noche, en el que pende una masa deforme de cuerpos, pieles y animales que yacen muertos sobre la artista. 

Mi Nacimiento (1932)

En este lienzo la artista retrata su propio nacimiento, una metáfora de la nueva vida y abandono del pasado, ejemplificado por la sábana que cubre el rostro de la madre que es ella misma.

La columna rota (1944)

Esta obra se deriva de uno de los episodios más trágicos en la vida de la artista, un accidente que la dejó postrada por meses y ahondó en ella la sensación de pérdida, desesperanza y sufrimiento. La expresión en este autorretato es cercana a la actitud que, con el tiempo, Kahlo asumió frente al dolor: impavidez.

De nuevo, el entorno del cuadro -el desierto, el cielo despejado y los clavos en el cuerpo- dan cuenta del sentir profundo de la artista, una mujer que hizo del dolor una capa más de la piel. Una que no se reseca, ni se muda: permanece como una marca de nacimiento.


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