El siglo de Álvaro Gómez Hurtado

Por: José María Baldoví*
@HJCKradio Fotos: Archivo particular

Perfil

Por los cien años de su nacimiento, Villegas Editores lanzó "Obras Selectas", una antología de las obras más importantes de Gómez Hurtado. A continuación, un perfil del periodista y político.

Soy un periodista y casi nada más que eso”, solía decir Álvaro Gómez Hurtado, de quien ya se cumple un siglo de su nacimiento, motivo por el cual Villegas Editores acaba de poner en circulación, en un estuche de color azul oscuro, cinco gruesos tomos de sus Obras Selectas. Que van desde su célebre ensayo La revolución en América hasta los tres libros de Cultura y Civilización, síntesis de la cátedra dictada por él en la Universidad Sergio Arboleda. En esta antología también se encuentra Soy libre, volumen concebido por Gómez Hurtado en 1989 tras haber sido secuestrado por el M-19 durante 53 días.

Sin embargo, si aquella en realidad fue la convicción intelectual más profunda del líder conservador —la de ser nada más que un periodista, o casi nada más—, la realidad es que su máxima aspiración pública y su voluntad política de mayor envergadura apuntó hacia la consecución de la presidencia de la república. No lo logró. Y es de suponer que para el hijo de Laureano Gómez, mandatario por algo más de un año, semejante revés debió representar una herida imposible de cauterizar. Pues anhelaba instaurar, como lo dejaba entrever en sus conferencias y notas editoriales para el periódico fundado por su padre, un Estado moral antes que un estado de opinión. O acaso un estado de opinión como preámbulo de un Estado moral.

Cecilia Gómez Hurtado y Álvaro Gómez Hurtado junto a su padre Laureano Gómez antes de partir al exilio.

Fue tal su empeño, que en uno de sus últimos alegatos políticos Gómez Hurtado llegó a sostener que era “el último liberal”. Él, Álvaro, el sucesor del laureanismo, el defensor de la obra de Felipe II en las posesiones hispánicas de ultramar, el enemigo del régimen: “ese sistema de compromisos y de complicidades que está dominando la totalidad de la vida civil”, el promotor entre nosotros del acuerdo sobre lo fundamental: idea anglosajona de administración pública libre de simpatías políticas, el vapuleador de la decadencia traducida en colectivización soviética y ausencia de creencias espirituales, el sostenedor del confesionalismo, el más alarmado por la descristianización de la nación. También el admirador del arte colonial y el obsesivo pintor de caballos: “con ellos se conquistó a América”.

Al margen del Gómez Hurtado líder natural del Partido Conservador, fundador del Movimiento de Salvación Nacional, tres veces candidato presidencial y presidente colegiado de la Asamblea Nacional Constituyente, el Gómez Hurtado escritor significó, para las letras, la prensa y el pensamiento humanístico del país, una presencia y una influencia más virtual y mediática que verdaderamente efectiva. El carácter exótico de sus planteamientos no caló en la sociedad colombiana porque ésta ha vivido en permanente estado de fuga, es decir, en impenitente decadencia. Y, por lo mismo, ha sido conformista, ensimismada, tímida, paniguada.

El Gómez Hurtado escritor significó, para las letras, la prensa y el pensamiento humanístico del país, una presencia y una influencia más virtual y mediática que verdaderamente efectiva.

Digo que sus propuestas fueron exóticas porque Gómez Hurtado quería darle altura ética y altura intelectual a los debates sobre la existencia, el mundo, las ideas, el destino, la historia, la política, en fin. Decía que había más conservatismo que Partido Conservador. Hoy ya no queda ni una cosa ni la otra.

A mi juicio, Gómez Hurtado perdió demasiado tiempo en la vida pública. Se distrajo innecesariamente en un mundo que lo rechazó desde el principio. Ser hijo del Basilisco le trazó una senda que no le reportaría satisfacciones. Al final pagaría con su vida su rebeldía en contra del régimen del oprobio. Por eso hay que recuperar al escritor, al conferencista, al profesor, al movilizador de tesis, al contradictor dialéctico. Álvaro Gómez fue ante todo un hombre de letras y de pensamiento. Claro que su dilatado e incisivo ejercicio político pesa mucho a la hora de adelantar un balance de su obra. Y tal vez no sea posible todavía desligar a los dos Álvaros: el de la pura acción política y el de la reflexión pura. En el fondo, Gómez Hurtado pretendió educar al país y transmitirle su ideal de belleza y de compromiso ético. No lo entendieron. No hemos dejado de abrirnos paso a codazos.

La singularidad de Gómez Hurtado obedecía, en lo formal, a una expresión que combinaba la síntesis periodística, el discernimiento de tendencia filosófico-profesoral y el dominio castizo del idioma. La didáctica, la dialéctica y el lenguaje diáfano fueron elementos que hicieron de la oralidad y la escritura del jefe conservador un registro que los colombianos identificaban como único y propio de lo que significaba el talante conservador alvarista.

Por otro lado, la distinción que hacía entre civilización y cultura, adquirida durante su residencia en Alemania, también contribuyó a que el pensamiento de Gómez Hurtado hiciera permanente hincapié en que la primera corresponde al aspecto material, científico y tecnológico de la vida, al triunfo de la inventiva humana, al dominio sobre la naturaleza, mientras que la cultura es una forma de estar en el mundo, de intervenir en él, una predisposición para encontrar el sentido de las cosas.

Álvaro Gómez Hurtado en la ventana de su casa después de haber sido libertado de su secuestro en 1988.

De manera que la civilización inventa la rueda, el avión supersónico, la tableta digital; la cultura es el esfuerzo racional por entender, situar, proyectar y controvertir aquello que nos rodea.

Dije arriba que el de Gómez Hurtado era un talante conservador alvarista, es decir, conservador laureanista, lo mismo que decir fundamentalismo gomecista. En esto también el jefe del conservatismo fue muy peculiar. La concepción ideológica de Álvaro, en el sentido pleno del término, era sectaria. Herética. Disidente. Y en esto no hay descalificación, porque al igual que Laureano y el laureanismo, Álvaro y el alvarismo se dieron a la tarea de defender unas ideas que se consideraban superiores. En consecuencia, la custodia de esas ideas imponía la obligación de un mesianismo en torno a ellas, como arguyó Enrique Gómez Hurtado en el libro De frente.

Ese era el talante laureanista y por consiguiente alvarista: el establecimiento de unos fundamentos occidentales, hispánicos y católicos que le permitieran al individuo y a la sociedad asumir, frente a la amenaza de la disolución total, un compromiso de orden cultural y moral. Es decir, para conservar el talante sectario, resultaba indispensable que el peligro de la catástrofe fuera permanente.

Conservador a su manera, Álvaro Gómez Hurtado creó su propio y selecto espacio político, periodístico e intelectual; dicho de otro modo, su propio espectáculo doctrinal que se conocería como alvarismo, más puro que el godismo. Ser alvarista equivalía a ser herético. El herético alvarista peleaba para propugnar su credo, señalar la situación de descomposición general, plantear la necesidad de no romper con la tradición hispánica, discutir la idea liberal, divergir del estado de postración moral. Por eso terminó el alvarismo, y por extensión el gomecismo, en un anacronismo. Anacronismo que, enfrentado a la decadencia cultural y a un progreso privado de ética y estética, perdió estrepitosamente la partida.

La casa periodística del padre, Laureano, fue la casa periodística del hijo, Álvaro: El Siglo, luego El Nuevo Siglo, fue el fortín de la egoencia, es decir, de la perfecta individualidad, pero de sentido trascendente. Allí, los colaboradores de la vieja casa editorial bregaban por pensar, por escribir de una manera que los definiera como parte de esa egoencia, se compartía una estructura mental que sólo se daba entre los muros del diario de los Gómez. En El Siglo estaba el ombligo, al que según Fernando González hay que mirar para recibir la inspiración del Padre, de Adán y de todos nuestros antepasados, “para aprender que venimos, que somos hechura e individuos”. Allí se buscaba a qué causas entregar la vida. Se aspiraba a la sindéresis y a la mística.

Para mí, unas pocas páginas justifican el recuerdo de Álvaro Gómez Hurtado: las reunidas bajo el título de La prensa como poder espiritual. Sobre todo en tiempos en que ese poder está refundido en las cadenas de transmisión de los rendimientos empresariales.

*Profesor universitario y autor de la novela Alcánzame la gafas, sobre Fernando Pessoa, y del libro de relatos El pie del capitán Blake y otros cuentos demoledores.

 


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