Música

Hablamos con Primo Vega y Maelo Rebollón sobre el nuevo disco de la agrupación musical, su búsqueda sonora y la travesía durante estos cinco años de producción.

A menudo, hablar de una banda implica ubicar fechas específicas en una línea de tiempo: cuándo nacen, qué días lanzan nuevas canciones y qué otros van a presentarse; quiénes son sus integrantes, qué instrumentos tocan allí. Para hablar de la Tromba Bacalao hay que hacerlo al revés porque solo hay una cosa fija en ellos, el deseo de hacer música. Más que remontarse a un momento exacto del tiempo, hay que volver a las noches en las que podíamos bailar, cuando en un lugar repleto de gente que se mueve al ritmo de la cumbia, Primo Vega le pide al público que se agache para poder seguir cantando. Así transcurrieron los primeros años para la banda: fiestas, toques, conciertos, micrófonos abiertos “para amenizar farras”. Así nace la Tromba: desde el público y para el público. Luego, vinieron las canciones. Siete años después, su primer disco.

Con casi una década de trayectoria musical, La Tromba Bacalao presenta El Jornal del Volatinero”, su primer larga duración. Hablamos con Primo Vega, Maelo Rebollón, sus intérpretes, Nicolás Samper y Miguel Rodríguez, sobre su búsqueda sonora, la travesía durante estos cinco años de producción y la atemporalidad de las historias de sus canciones en un país como Colombia. Le puede interesar: “‘Estamos por la utopía’: una defensa solidaria ante el abuso policial“.

Pensar La Tromba en el tiempo es una oportunidad de dar piel desde el recuerdo a quienes han hecho parte de la agrupación, tal como indica su nombre y definición – Tromba: una Irrupción tumultuosa de personas – han sido un grupo amplio y espeso de músicos que han construído – y deformado si se quiere – su visión del tropipogo. En medio de jams, ensayos y escenarios de color neón, La Tromba Bacalao ha sido el punto de encuentro de todos los sonidos que han atravesado los oídos de los músicos que se han montado en esta nave y que desde su paso por la misma, abrieron un trecho para ser y sonar como lo hacen en el presente. 

Es importante saber quiénes nos han hecho bailar: En la voz y letras está Nicolas Samper, quien hace de Primo Vega en la banda y asegura que es a él a quien más toca entre una canción y otra. Este personaje ha tomado un buen tiempo de creación y pasó de tocar punk con el grupo de Los Renegados en el colegio, a ser uno con la guacharaca en el escenario. En sus palabras: “yo aprendí a tocar guacharaca y ese fue mi primer encuentro con el ritmo, ya de frente tocando, en serio en la vida, y fue muy raro porque no fue una decisión de ser músico, sino de tener el placer de tocar”. 

Miguel Rodríguez es también Maelo Rebollón. Ha vivido desde niño a través de la música y esta ha sido su brújula: “Desde peladito toco porro, cumbia pura de las costas colombianas porque aprendí ahí y viví también en la costa venezolana, entonces el folclor venezolano está. Todo se centra en Colombia y eso es lo que nos gusta tocar como grupo”.

Aunque sean siete los artistas que están presentes en la banda hoy, en la Tromba Bacalao el sujeto es plural y se entiende desde el “Somos y hemos sido”, porque la historia ha sido escrita a varias manos. En el bajo está Jorge Restrepo, pero Scott Figler, un canadiense más cumbiero que cualquiera, fue quien grabó el bajo del disco. La percusión también ha sido compartida, aunque está presente Miguel Rodríguez, Andrés Giraldo ha hecho lo propio, luego de estudiar toda la música que ha podido, y es así como se ha alimentado el recorrido musical de la banda: gustos particulares y estudios individuales que se convierten en cumbia mixta, en tropipogo.

Cuenta Miguel Rodríguez que por eso el tiempo, la exactitud que suponen las fechas, son un terreno movedizo en la Tromba porque todo ha fluido como un encuentro sonoro: “Así como pasó en el bajo, pasó en la batería. Teníamos a Samir Tuki-Tuki, quién le dio un aire de rock and roll a la banda en su primer EP, y de pronto llega Giraldo, que venía de la salsa y el Pacífico para adentrarse en ritmos que, como blancos y bogotanos, nos es muy difícil entender. Él lo hizo y lo trajo a la Tromba. Por ahí se abrió espacio para los estudiosos de esta vaina que son Juanda Mar (El Mono), el profesor Nicolás Eckardt, qué de alemán sólo tiene el apellido porque es más cachaco y más colombiano que todos, e Iván Medellín. Ellos, en conjunto con nosotros los empíricos, Nicolas Samper y yo, hemos encontrado la forma de mezclar teoría, con lo que sentimos y lo que vemos”.

El mapa de La Tromba cruza continentes, mares y coordenadas; anda del Pacífico al Caribe y navega acentos e idiomas, porque “cada uno parte de su cultura central de Bogotá, pero cada quien ha explorado lo que le ha dado la gana de explorar. La Tromba, el recorrido y lo que está antes del grupo es un bagaje supremamente colombiano, rocanrrolero y punkero”.

“El Jornal del Volatinero” da cuenta de esa amalgama entre músicos y sonido. Este es un disco que se ha gestado en el tiempo y reúne todas las intenciones, rituales y pasiones de los jornaleros de la Tromba. Ocho canciones componen el álbum, luego de un proceso de producción cuidadoso, la selección de los tracks finales fue difícil. Gracias a la curaduría de Pedro Ojeda, el resultado es un disco que puede bailarse de principio a fin y se quiere, también, puede ser leído como episodios de una historia inconclusa. Un disco que “más amarrado no se puede”. 

“El Caprino”, “Cachacarón”, “La crespa y la corintiana”, “Civil y Sado”, “El bufón de los velorios”, “Guadalupe”, “El lado oscuro de la luna” y “Mi segunda muerte”, nacen de la pluma de Nicolás Samper (Primo Vega), quien habla de su proceso de escritura como un ciclo de altos y bajos, de búsquedas sencillas y otras que se sintieron como una minería de palabras. Un proceso cargado de curiosidad y esfuerzo, como la creación misma del personaje. Para Samper, ”hay muchas letras que fueron estudiadas, no joda, mucho esfuerzo. El personaje requirió mucho esfuerzo mental en una época en la que estaba todo el día así, hablando en costeño. Estudiaba historia y contestaba así preguntas de la clase, muy inconscientemente. Eso era chistoso, meterse en la cultura desde el otro lado, desde cómo se habla y cómo se escribe y qué es lo que se cuenta”.

Desde que existe, La Tromba Bacalao ha contado y cantado el país que ven, desde las historias y los cuentos que lo constituyen, los viejos mitos que habitan los territorios, hasta las leyendas de los vallenatos que crecimos escuchando, hacen parte de los personajes e historias de las canciones del Jornal. Además, han construido su propia visión, atravesando con cadencia y burla los discursos políticos y sus figuras, interpretando lo que sucede con un lenguaje híbrido y enseñándonos costeñol. 

A primera escucha parecen extraños, inclasificables, pero no hay límites entre géneros, ni teoría que frene a un cuerpo que responde a lo que escucha. Los tambores, el acordeón, la guacharaca y la voz ronca de Primo, hacen que el cuerpo se disponga, que se suelte. Hacen de la extrañeza el ritmo perfecto para bailar. No hubo nunca una intención de ser raros, esa ruta ha sido un trecho que nace con cada paso y con cada nota, la única intención desde el primer momento fue la música, así lo explica Miguel: “cuando yo llego a la banda en el 2017, tuve una conversación con el guitarrista y me quedó  una frase que dijimos en su carro: “yo lo que quiero es hacer música que me guste poner y sentarme a oír”. No es una banda que está buscando ser complicada, no es una banda que está buscando ser diferente, es una banda que sus entrañas suenan así”.

En la Tromba Bacalao la música viene de adentro, es un encuentro de la experiencia y el sentimiento. Es un ritual y como equipo lo convirtieron en un retiro. Ese fue uno de los más bellos primeros recuerdos de Miguel: “estábamos un día juntos cuando alguien dijo: “nos vamos a un retiro musical”. Yo no entendía de qué hablaban estos locos. Nos fuimos a Madrid, Cundinamarca, tres días y cuatro noches, nos levantábamos a tocar y nos acostamos para el día siguiente hacer lo mismo. Parábamos para almorzar y cenar, pero de resto hágale, tocar y tocar”.

Esas sesiones fueron la semilla del jornal. De esa búsqueda sonora sin pretensiones en la que se entregaron al disfrute, salieron escenarios sonoros a los que luego, Nicolás se encargó de encontrar una letra precisa. Después, junto a Pedro Ojeda vino un proceso de arreglos y edición. Sin embargo siguen existiendo muchas posibles lecturas del disco, por ejemplo, para quienes hayan visto la banda en vivo, escuchado su “Ritual Pandémico” o haber cantado “ChocoCristo”, este álbum puede ser un viajero en el tiempo, uno que se hace maleable con el paso de los días y a la vez, es una imagen congelada de lo que nos negamos a dejar de ser, de gente que se burla de las muertes, de gritos de lamento por lo que pasa, de Guadalupes, de seres civiles y de personajes sados.

A los ojos de Miguel, “si bien es un disco viajero en el tiempo, es un volatinero que está trabajando día a día y aunque ha pasado un montón de tiempo en su construcción y en su lanzamiento, creo que las vainas siguen iguales, siguen habiendo los mismos problemas, el noticiero sigue siendo el mismo de hace 30 años. Los vallenatos sabrosos seguirán teniendo una característica especial durante los siglos, de los siglos, amén, entonces hay una cosa dentro de este viajero en el tiempo que también hace un llamado a la atemporalidad de nuestra realidad. Esa es mi lectura del disco, estamos estancados en el tiempo por lo tanto la tromba es eso, pasado y presente y futuro y pasado y presente”.

En el Jornal hay canciones hechas para momentos particulares, es el caso de “Civil y sado”, que nos remonta al fatal escenario del 2016 y la derrota en las urnas a la paz. La elección del “No” en el plebiscito. Cuenta Samper que esta letra “hace referencia a las decisiones del pueblo que es tanto civil, como sado, un gran masoquista”. Recuerda además que en medio de la tensión del ambiente político, “Miguel, Nico y yo salíamos a marchar porque sabemos que hay vainas por las que vale la pena salir, hay derechos que nos están quitando y nadie hace nada. Hay gente muy valiente que pone el cuerpo frente a un fusil o frente al bolillo, nosotros hicimos un disco lento en 6 años pero esa es nuestra marcha. Las reglas del juego también son esas”.

Otras canciones, como “El bufón de los velorios” devienen del descubrimiento: “Bufón de los velorios es un texto de Alberto Salcedo Ramos, yo lo leí y me enteré que había gente que iba a los velorios hace reír y me pareció muy hijueputa. Luego, había un taller de Edson velandia en el que había que llevar una crónica y hacer una canción. En la banda estaban haciendo un currulao, yo la melodía y vimos que cuadraba”.

La construcción del álbum ha significado un tejido de muchos hilos, desde las canciones, atravesando el sonido y terminando en cada uno de los miembros de la banda. Ha significado un aprendizaje sostenido. Para Samper fue una transición del deseo a la acción, “Nosotros si queríamos que ese concepto estuviera, todo ha sido un aprendizaje para nosotros porque hicimos parte de una ola en la que no nos montamos, no aterrizamos en la playa y la velocidad cambió, pero creo que eso hizo que el disco madurara y que todo haya sido para bien porque ahora el disco suena distinto”.

Algunos de esos hilos conectan con el pasado y al escuchar el álbum, nos remontan a la música de épocas particulares e incluso, de la música que nos hizo cercanos a nuestros padres, como si se tratara de un encuentro nostálgico y un documento de memoria. Al respecto Nicolás explica que “tendemos a pensar en la memoria como lo que es malo, lo que es político, que en este país equiparan. Ahora me acuerdo de una cosa que dijo la ministra Arango, dijo que la Minga no era válida porque era política, y entonces ¿de qué estamos hablando? Eso pasa mucho en este país, hay que repetirnos mucho las cosas, tanto que Mockus es un genio por decir que la vida es sagrada, el man es brillante porque supo resumir eso en un pueblo de habla mierdas. Así lo asumen todos los pandilleros que Gobiernan este país y digo pandilleros porque es un término histórico, porque si han sido diferentes pandillas las nos han gobernado: las de las tierras, las de los bancos, las que no son capaces de construir el ferrocarril, las del café y ahora la de las economías de las ideas – que ojalá alguno tenga una idea que no sea rappi – pero uno dice lo mismo siempre. En un país que se ha construido a punta de masacres, todos los países se construyen así, pero el problema es que Colombia le tocó eso con el tiempo de la llegada de los derechos humanos y yo solo que querido preguntarme por todo. Hay canciones en las que mi intención no es decir que “esta es la verdad” o “este es el camino”, yo creo en no tomarnos tan en serio lo que dicen, desconfiar del discurso cuestionarle las creencias a la gente”.

El Jornal del Volatinero”, vio la luz en un año lleno de cabos sueltos y cuerdas flojas, en el que mantener el equilibrio ha sido un acto de fe. Suspendidos por la incertidumbre, seguimos buscando de dónde sostenernos y la fuerza de La Tromba los recuerda que, sin importar cuánto tiempo ha pasado o cuánto tiempo falta, hay que bailar y reír todo, así sea la desgracia. No hay conciertos agendados, ni fecha para una nueva entrega, pero junto a los siete de la banda se ha consolidado una certeza: la música siempre vuelve.

 


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