Entrevista

La autora Gabriela Arciniegas lee sus obras y explica su proceso creativo para el libro 'Bestias'.

La escritora colombiana Gabriela Arciniegas, considerada una de las pioneras de la literatura de terror en Colombia, es nieta del historiador Germán Arciniegas, quien le contagió su amor por la lectura y la escritura.

Desde muy pequeña vivió rodeada de un ambiente de literatura, música y personajes históricos, como las discusiones acaloradas de su abuelo y su mamá sobre Cristóbal Colón. Su tía le leía La Odisea y así escuchaba los primeros cuentos con monstruos marinos. Lea también: Los libros colombianos que estarán en la Feria Internacional de Fráncfort

A estas circunstancias se agregan las visitas de ilustres personalidades a su casa y de tener una familia de intelectuales, quienes siempre le inculcaron el amor por el conocimiento, la curiosidad y el mundo que la rodeaba. Esa vida familiar, liderada por su abuelo, la llevó a ser escritora.

En su etapa de rebeldía se enamoró de Edgar Allan Poe y Baudelaire, posteriormente de poetas colombianos como Barba Jacob y León de Greiff, también es una gran lectora de Montaigne, el Marqués de Sade, Dostoievski, la literatura brasileña, Clarice Lispector, etc.

Arciniegas es autora de Rojo sombra, Sol menguante (poesía), Bestias y su más reciente publicación, Cuentos del Café Flor.

Yo empecé a escribir cuentos gracias a Edgar Allan Poe, después vino Stevenson “El diablo en la botella”, La pata de mono, de Orson Welles; ese tipo de historias me encantaban.

Uno de los cuentos favoritos de Gabriela, de su libro Cuentos de Café Flor, es el titulado Simonetta, que leyó para los oyentes de la HJCK:

Siempre había querido ir al Café flor. Desde que tenía doce años y me empezó a gustar el niño que vivía al frente. Soñaba que éramos más grandes. Lo soñaba caballeroso y considerado, lo vi abriéndome la puerta del carro de su mamá, ayudándome a quitarme el abrigo y apartando la silla en una mesa para dos, segundo piso contra la ventana, el aviso de “Reservado” esperándonos, el sol cayendo por el occidente.

Pero mi vecino nunca me quiso. Nunca me invitó a salir, Nunca conocí el interior de su casa. En cambio, una tarde que me vio pasar por la cera del frente con Camila, nos abordó, me dirigió un nervioso “hola” y se puso a hablar con ella. Cuántas noches soñando con el roce de sus pestañas en mi mejilla, su mano guiándome al beso. Cuántas tardes al teléfono con Camila contándole esos sueños, cuántos meses de estar planeando con ella cómo abordarlo, cómo pedirle el número, cómo hacer que me viera al menos como a una amiga. Esa tarde, en un segundo, entre los dos, me quebraron el alma.

Durante la entrevista, Gabriela también se refirió a otra de sus creaciones, Bestias, un libro de cuentos donde cada relato muestra un monstruo, una bestia.

“Hay algunos cuentos que parten de historias de terror. Hay atrocidades humanas que lo tocan a uno”, contó Gabriela al hablar de la historia de una niña con problemas cognitivos que fue criada con gallinas. Ella terminó sintiendo que las gallinas eran como de su propia familia. “Me causó curiosidad sobre qué pasaba”, agregó la escritora.

Esta historia inspiró La lengua de los ángeles, leída por su autora:

Una vez habitó el confortable mundo, la cueva íntima, el castillo en penumbra donde oía los sonidos a través del agua, donde solo existía ella. Donde sólo habitaban los recuerdos sobre las últimas palabras que los ángeles le dicen a todas las almas antes de ponerles el dedo en los labios y empujarlas al mundo. Pero se abrió un día un hoyo en el cielo, se vacío el agua y ella fue forzada a salir.

Hasta entonces era perfecta. Sabía que era una conciencia encerrada en su cuerpo, y cuando la obnubilación pasó, quiso saber cómo había sido creada, en qué se había convertido. Se miro las manos, probó los dedos gordos de sus pies, trató de saber dónde estaba. Se dio cuenta después de dormir un centenar de veces, de conocer los matices de la noche y los temores que traían las sombras, que era un ser incompleto. Que cada día la creación hacía retoques en sus huesos, en su piel.


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