Adiós, realidad

Por: Chejo García
@ChejoGarcía Ilustración: Fanatic Studio / AFP

Crónica

¿Cómo se despide del mundo un hombre que lo ha olvidado todo?

Sus manos tiemblan un poco. José Isidoro me mira y trata de reconocerme, pero no logra conectar la realidad que tiene al frente con sus recuerdos. Baja la mano hasta el borde de la camilla, como buscando una piedra para espantarme. Le digo: “tranquilo, papá abuelo. Soy yo, Sergio”. Sus ojos se abren, reconoce las cortinas que nos separan de los demás pacientes, toca las mangueras que le perforan las venas, me mira y me dice: “yo sé, mi chinito, yo sé”. Son las siete de la noche y José Isidoro ha vuelto a la realidad por un instante.

Estamos en la sala de cuidados intermedios del Hospital San Rafael de la ciudad de Girardot. José Isidoro está hospitalizado por una descompensación debido a la baja concentración de sodio en la sangre. Su cuerpo es frágil. Mide 1.75 y tiene pegada la piel a los huesos; sus piernas apenas pueden sostener. No soporta caminatas largas. Cuando está en su casa, en el barrio Rosa Blanca, permanece acostado en la cama o sentado mirando hacia un punto lejano, tan lejano como sus recuerdos.

Sus problemas comenzaron en 2014 cuando empezó a perderse dentro de su propia casa. No sabía dónde quedaba el baño o la cocina o los interruptores de la luz. Muchas veces cayó al suelo porque no sabía que ahí, donde mandó el paso, habían puesto una butaca desde hacía años. En Bogotá le diagnosticaron demencia con cuerpos de Lewy, una enfermedad degenerativa y progresiva del cerebro que comparte características con el Alzheimer y el Parkinson. Por un lado su memoria se deterioró a pasos de elefante mientras su cuerpo experimentó temblores y movimientos involuntarios que hicieron que, por ejemplo, llevarse la cuchara a la boca fuera una tarea que requería de puntería y algo de suerte. Luego llegaron las visiones que lo transportaron por distintas épocas de su vida. Esto dificultó seriamente su capacidad para distinguir la realidad.

Es un día cualquiera de junio de 2016. Mi abuela llama desde su casa, en Girardot, a mi mamá, en Bogotá, para contarle que mi abuelo está acostado en la cama, morado y tieso pero que aún respira. No sabe qué hacer. Mi mamá y yo hablamos y decidimos dejar tirados nuestros trabajos y tomar la carretera hacia Girardot. Poco más de tres horas nos toma llegar. Mi abuela ha conseguido pedir un taxi (no hay ambulancias disponibles, dice) y, con ayuda de los vecinos, lo llevan al hospital.

Nos encontramos en la sala de espera. José Isidoro no responde, está totalmente ido, fuera de sí. Lo sientan en un sillón más amplio y cómodo que la silla rimax donde lo habían ubicado inicialmente, le administran suero y piden que alguien deje sus datos personales, pues todo indica que deberá pasar la noche en observación con un acompañante. Yo.

Esa noche sería la última que nos veríamos. José Isidoro, mi abuelo, mi papá abuelo, se iría en un mes, el 24 de julio de 2016, en el mismo Hospital San Rafael, tendido en una camilla, luego de superar tres de cuatro infartos. Y yo no estaría ahí.

Esta noche, en la camilla, José Isidoro se despierta varias veces. Le hablo para que me recuerde, para que no me olvide. Porque no hay castigo que lastime más que ser olvidado. Le digo en dónde estamos y por qué, le hablo de mí, le cuento quién soy. Su mirada se ilumina por un instante y me dice: “yo sé, mi chinito, yo sé”.



Continuar leyendo

Canción actual
Title
Artist